ICÓNICAS

Ceferina Banquez: “Yo bajo del monte solo para cantar”

La cantadora que convirtió el bullerengue en un arma de resistencia.

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Ceferina Banquez nació el 3 de febrero de 1943, en María la Baja, Bolívar./ Ilustración de La Ché

—Yo nunca fui a un colegio. En mi época no teníamos estudios. No es como ahora, que mandan profesores al campo. Yo tengo todas mis composiciones aquí, en mi cabeza. Es el talento con el que nací. Yo no sé leer ni escribir, pero me dicen maestra.

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Ceferina Banquez ha compuesto más de 30 canciones. Sentada en una sala de ensayos de Barcelona, rodeada por los músicos que la acompañarán en su concierto de esta noche, la cantadora de bullerengue me mira con sus ojos acuosos y me pregunta: “¿Ya estás grabando?”. Aunque nació hace 75 años, el 3 de febrero de 1943, en María la Baja, departamento de Bolívar, Ceferina Banquez siempre empieza contando su historia partiendo del día en que se convirtió en una desplazada.

—En el 2001 mi finca de Guamanga se quedó sola. Tuvimos que abandonarla porque había mucha violencia por ahí. La gente tuvo que salir huyendo. Mataban los paracos y mataba la guerrilla. Yo me fui pa’l Magdalena con mis hijos y encontré trabajo en una finca de palma. Estando allá me mataron un primo hermano y a otros familiares cercanos por parte de mi mamá.

Ceferina Banquez llegó a Guamanga a los nueve años. En Guamanga conoció a Francisco Miranda, el hombre con el que se casó a los 17. En Guamanga nacieron y crecieron sus seis hijos: tres mujeres y tres hombres. Cuando el papá de sus hijos falleció a causa de un derrame cerebral, el más pequeño tenía nueve meses de nacido. La tierra era su único medio de sustento. Antes de que el conflicto armado de Colombia la obligara a huir de su finca, Ceferina Banquez sembraba plátanos, yuca, ñame, arroz. “Si salí de la finca fue por la violencia”, dice. “Allá no se quedó nadie. Es muy duro ver que matan a tus hijos, a tu papá, a tu mamá. Por eso varios de mis vecinos, a los que les mataron a sus familiares más cercanos, se fueron y no volvieron más”.

La cantadora, que lleva un mes paseando su bullerengue por ciudades europeas, fue Reina del Bullerengue del Festival de María la Baja (2009). Fue ganadora del Premio a la Dedicación del Enriquecimiento de la Cultura Ancestral de las Comunidades Negras, Raizales, Palenqueras y Afrocolombianas (2013), otorgado por el Ministerio de Cultura de Colombia por su disco Cantos ancestrales de Guamanga (2010). También fue protagonista del documental Cantadora: memoria de vida y muerte en Colombia (2016), dirigido por María Fernanda Carrillo. Este verano ha actuado en Madrid, Barcelona, París, Lyon, Gotemburgo y Viena, donde ella y su sobrino, el músico Juan David Banquez Mendoza, perdieron el avión que los llevaría de vuelta a Colombia. El vuelo perdido se convirtió en la excusa para regresar a España y organizar un segundo concierto en Barcelona, el que ofrecerá esta noche, acompañada por su sobrino y los músicos y las coristas del grupo Guayabera Sessions. “Ahora, después de vieja, es que yo estoy disfrutando. Imagínate, la mayoría de las cantadoras somos pobres y campesinas. Quién me iba a decir que mi canto llegaría aquí, al fin del mundo”.

El canto de Ceferina Banquez es penetrante, jubiloso y a veces lastimero. Todas sus tías, por parte de su mamá, María Epifanía Teherán, y de su papá, Eduardo Banquez, fueron cantadoras de bullerengue. El bullerengue es un baile que se canta. Dicen que llegó a las tierras de Córdoba, Bolívar y Urabá gracias a los negros africanos que se sublevaron y levantaron sus pueblos libres cerca de Cartagena. El bullerengue precisa de una voz de mujer, que será la principal, de un coro, toque de palmas, o tablas, y dos tambores: el alegre y el llamador. Hubo un tiempo en que María de los Reyes Teherán (Reyita), María del Carmen Teherán y Petrona Banquez —tías de Ceferina— iban a cantar a los pueblos, no por dinero, sino para divertirse: “A las cantadoras de antes no les daban paga, solo les ofrecían ron. Una componía un verso y otra, otro verso. Cuando ellas cantaban, yo me quedaba escuchando como un loro”. Alguien vaticinó que la cantadora de Guamanga seguiría los pasos de sus tías. A los ocho años reconocía las tres variantes rítmicas del bullerengue: el senta’o, el fandango y la chalupa. Tenía una voz diáfana y habilidad para componer canciones basadas en sus fatigas cotidianas.

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—“¡Cefe, ven a cantar! Tú eres la que va a reemplazar a tu tía Reyita”, me decía un tío. Y yo me ponía a cantar. A veces un niño decía: “Vamos a correr, a ver quién se pasa”, y yo salía corriendo. Un día, jugando así, me caí y me partí la nariz. De ahí saqué un bullerengue que dice: Llorando cantando / llorando cantando / y echando sangre por la nariz / y echando sangre por la nariz. / Y yo que brincaba / y yo que saltaba / y echando sangre por la nariz / y echando sangre por la nariz. “Tú eres la que va a reemplazar a Reyita y a Carmen. Tú vas a ser una gran cantadora”, me decía mi tío.

Lo intentó cuando tenía 23 años y ya era madre de tres hijos.

Ceferina Banquez quería cantar bullerengue en las fiestas, pero antes debía consultarlo con su esposo. “Me dijo que no, que él no se iba a quedar con los pela’os pa’ que yo saliera a cantar y a beber ron. Y yo jamás he bebido ron, por cobardía, porque no sé si el ron me va a poner a decir malas palabras. Con mi segundo marido pasó igual, me decía que no fuera a cantar a las fiestas porque las cantadoras siempre se enamoran del tamborero. ¿Qué podía hacer? Me dediqué a criar mis hijos y me olvidé del canto”.

Ceferina Banquez despertó una mañana pensando en lo que había soñado durante la noche. De su cabeza nacieron versos como flores de duelo. Desde ese día, sus composiciones le sirven para ahuyentar los horrores de la violencia. También le canta a la memoria de sus ancestros, a los saberes que no se aprenden en la escuela, a las manos que cultivan el campo, a los misterios de la vida y la muerte, a una niña que llora porque su madre se fue a trabajar la tierra en los Montes de María.

—Yo empecé a cantar por mi dolor. En el 2006 fui cogiendo ánimos para volver a Guamanga. En el 2007 regresé. Cuando iba por el camino, rumbo a mi finca, pasé por la casa de un vecino. A mi vecino lo mataron, y le mataron un hijo. Los mataron y los dejaron ahí, en el camino, como si fueran perros. Me dolió tanto que me fui a dormir pensando en eso. Al otro día hice una composición en décimas que se llama “Como yo soy desplazada”. Me preguntaba: ¿por qué tanta violencia? ¿Por qué matar a las personas así, sin motivo? ¿Cómo hacía uno para vivir en el campo?

Dice Ceferina que quienes más sufren los embates de la violencia son ellos: los campesinos. Según el informe anual Tendencias Globales, publicado en junio de 2018 por el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), Colombia sigue siendo el país con más desplazados internos del mundo: 7,7 millones de personas se desplazaron en 2017. “Si bien los frutos del cese de la confrontación armada han sido evidentes”, dice el informe de ACNUR, “también lo han sido los desafíos y vacíos de protección que siguen representando algunas regiones del país”. Ceferina Banquez no ha vuelto a dejar su finca. “Yo bajo del monte solo para cantar. Voy, canto, y vuelvo. Ahora estamos sembrando otra vez. Tenemos yuca, plátano, arroz. Quiera Dios que se acaben los desplazamientos en Colombia, que la gente no tenga que dejar su finca botada por culpa de la violencia”.

En pocos minutos, a las 10:30 de una sofocante noche de agosto, Ceferina Banquez volverá a cantar en Barcelona. El local está lleno. “Vino más gente que la primera vez”, dice su sobrino. La cantadora no está nerviosa. Lo dice con una sonrisa tímida, con el semblante tranquilo de su rostro de tez negra y pómulos altos. Lleva una flor en el pelo. Es una flor de tela blanca y azul. Lleva falda y blusa con vuelos, con flores rojas y moradas, y un collar de cuentas trenzadas, y un colgante con forma de corazón. Cuando sube al escenario, Ceferina Banquez saluda al público y, al primer toque de tambor, se quita las sandalias y empieza a cantar su historia.

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