Hip hop contra la "limpieza social" en Bogotá

La forma más convencional de llamar al asesinato de la juventud en los barrios populares es “limpieza social”. La comunidad hip hop bogotana ha sido víctima del fenómeno, lo empezó a narrar y ahora propone alternativas para superar los estigmas y la violencia.

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Danger, Poeta, Sisimico y Espo en la terraza de la Casa de la Cultura. Sueñan que sea un teatro. / Gustavo Torrijos - El Espectador

No ha pasado ni siquiera un mes desde que empezó el 2018 y la comunidad hip hop ya ha visto caer asesinados a tres de sus integrantes. El cuerpo de Héctor Éverzon Hernández Beltrán, más conocido como Samurái, fue encontrado cerca del relleno sanitario Doña Juana, en Ciudad Bolívar. Fue asesinado a golpes. Sus amigos no salen del asombro, porque cuentan que era un líder muy querido por la comunidad y fue el primer artista de esa localidad en tener impacto a nivel internacional. También en Ciudad Bolívar fueron asesinados dos jóvenes más, estos a balazos. El análisis que hacen los hiphoperos de la capital sobre estos dos últimos asesinatos es certero: fue la “limpieza social”.

A Samurái lo enterraron en el cementerio Jardines de Paz. Una caravana de unas 500 personas acompañó a su familia hasta el lugar. Pero entre los jóvenes que asistieron a despedir el cuerpo del artista hubo momentos de zozobra, pues varios de ellos vieron una camioneta que aseguraron se dedicaba a hacer “limpieza social”.

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Pasaporte sello morgue

La llamada “limpieza social” es un tema tan viejo como macabro. En este artículo nos referiremos a esto como lo llama el Centro Nacional de Memoria Histórica: aniquilamiento.

“Caminábamos todos en nuestro ambiente / la noche ya reinaba se veía muy poca gente / rugió una sirena / Contra la pared / ¡Hijueputas no se muevan que cayeron en la red!”. Así, la banda bogotana La Etnnia empezó a hablar de cómo en los barrios populares asesinaban a los jóvenes en su álbum El ataque del metano, que se publicó en 1995. La canción se llama Pasaporte sello morgue.

Diana Avella, artista de hip hop, cuenta que en el barrio Santa Rosa, en el centro-oriente de Bogotá, donde ella creció, los vecinos se levantaban cada domingo a ver el joven que había sido asesinado en el transcurso de la noche por los conocidos “tiras”, grupos dedicados al aniquilamiento. Según su relato, en el barrio era conocido que los “tiras” eran escuadrones de la muerte integrados por paramilitares y agentes de seguridad estatales.

Lo que dice Avella coincide con el relato que hace Poeta, líder hiphopero que prefiere identificarse con su nombre artístico. Estamos en la localidad de San Cristóbal, en el sur de la capital. Cuenta que el aniquilamiento empezó a recrudecerse tras la llegada de la policía a la zona, es decir, en los años 80. Ya había en el sector una tradición de justicia por mano propia debido a que los vecinos se organizaban en brigadas para garantizar la seguridad. Con la llegada de los organismos de seguridad estatales pensaron que los problemas iban a ser resueltos con las instituciones. No fue así. “Muchos de ellos (los vecinos que se encargaban de la seguridad) desarrollaron entrenamiento militar”, recuerda. “Pertenecieron a un grupo estatal muy peligroso, que en mi niñez generaba mucho terror, el F2. A finales de los 80 y principios de los 90 era el terror de la cuadra, la mano negra”, agrega.

El aniquilamiento no sólo se tomó estos barrios periféricos de Bogotá. El informe “Limpieza social: una violencia mal nombrada” documentó que el asesinato de los jóvenes estuvo presente en 28 departamentos, 356 municipios, con un saldo de 4.928 personas asesinadas. En Bogotá fueron asesinadas a 346 personas. “No era casual que esos asesinatos se perpetraran contra los pobres. Había distinción de clase, se presumía que la gente más pobre era la más peligrosa, porque tenía hambre y necesidades”, enfatiza Avella, que lleva más de 20 años en la comunidad hip hop.

“Absurda pedagogía / terrorismo en psicología / entre sangre y odio / se armó una gran orgía”, dice un fragmento de la canción Lista legra de La Etnnia que hace parte del álbum La voz de la calle, de 2011. No es una casualidad que esta agrupación haya retomado el exterminio 16 años después de Pasaporte sello morgue. A los jóvenes los siguen asesinando.

La violencia hacia la comunidad hip hop es fácil de percibir. De hecho se puede rastrear en las redes sociales. Tras el festival de música Hip Hop al Parque, el año pasado, varias personas comentaban las noticias sobre el evento con mensajes como “reúnen a los delincuentes, les arman un show y ahí están los resultados” o “No deberían acabarse este tipo de eventos, todo lo contrario, hay que hacerlos mensualmente y permitirles el ingreso de armas cortopulsantes (sic), esto contribuirá a la LIMPIEZA SOCIAL que tanto necesitamos en esta ciudad”.

“La limpieza social empieza por el estigma del vecino”, afirma Danger, líder de hip hop en San Cristóbal. Al preguntarles a cuatro líderes de esa localidad si el exterminio de jóvenes persiste, responden en coro: “Claro”. Ven camionetas que merodean en las noches, se bajan hombres armados y disparan contra los jóvenes en las aceras y en los parques. Allí a las personas que asesinan de esta manera les llaman “rayas”.

Al preguntar quiénes son las “rayas”, Poeta responde: “puede ser desde el compañero víctima de un atraco que busca el ojo por ojo, pasando por la comunidad dándole palo al pelado que cogieron en la calle, hasta los santos discípulos de Cristo que vienen a hacer la brigada nocturna de salvación”. Y los otros complementan: “hasta los tombos (policías) pueden ser rayas”.

Sisimico, líder de hip hop de la localidad, cuenta que una noche estaba con un grupo de amigos en la calle, cuando llegaron dos personas armadas en una moto. A pesar de que le pegaron con la cacha, él logró huir hacia el CAI del barrio Libertadores, los policías detuvieron la moto y tras unos minutos de conversación los dejaron ir. Este diario se comunicó con la Policía Metropolitana de Bogotá para conocer su versión de estos hechos, sin embargo, desde su oficina de prensa contestaron que era un tema muy delicado y que no se iban a pronunciar sobre rumores.

Además, aseguran que en el sector conocido como Juan Rey, ubicado entre las localidades de Usme y San Cristóbal, se da “mucho” el aniquilamiento de jóvenes. Hay sectores vedados, por ejemplo, las zonas verdes de los cerros orientales. Cuentan que han asesinado a compañeros por recorrer los cerros, donde habría rutas de entrada de la droga que viene desde el sur del país a Bogotá.

Al preguntarles qué opinan acerca de la idea de que para “limpiar” la sociedad hay que asesinar ladrones y jóvenes, Sisimico responde: “está loco el que piense que la vida de otro no vale nada, independientemente de los hechos, porque todos somos seres humanos y la vida es sólo una”. Por su parte, Avella opina: “creo que la única limpieza social válida sería educar a la sociedad”.

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Hip hop: solución

“Llevamos 40 años de limpieza social y no ha servido de nada, aquí han matado generación y media de jóvenes y no ha servido de nada”, enfatiza Poeta. Habla desde la casa cultural que en 2014 ayudaron a construir líderes de la localidad de San Cristóbal como Poeta, Espo, Sisimico y Danger. Ese lugar contó horrores y ahora cuenta esperanzas.

En agosto de 1996 las Farc lanzaron pipetas contra el CAI que estaba ubicado en ese lugar y lo destruyeron parcialmente. Luego del atentado, la esquina donde está ubicada la casa se convirtió en una estrella de fronteras invisibles. Es decir, los jóvenes de un sector del barrio no podían pasar hacia el otro, porque de hacerlo serían asesinados.

En el pequeño cuarto donde ahora hay un estudio de grabación, estaban los calabozos. “Yo me acuerdo que uno pasaba por el lado y los manes gritaban que les llevara cigarrillos”, recuerda Danger.

Todos, con orgullo, recorren la Casa de la Cultura del barrio Los Libertadores, una instalación de tres pisos: en el primero están los estudios de grabación, en el segundo hay una biblioteca, un salón para baile y un balcón en el que los jóvenes de la localidad practican el grafiti. En el tercer piso hay una terraza, en la que sueñan construir un teatro. “Esto era feo. Ahorita uno como que no dimensiona la transformación, pero recordando eso... áspero”, dice Espo.

Pero las actividades no se limitan a la Casa de la Cultura. Los cuatro líderes apoyan la organización del Tour Hip Hop San Cristóbal: un festival de música urbana incluye Ellas y Ellos por la Paz, que resalta el papel de la mujer en la cultura hip hop; Rimas en Honor a los Caídos y Lo-más Neto, un festival por la paz y la reconciliación en los territorios.

Avella hizo parte de la campaña Juntos por la Vida, que empezó en el 2009 y pedía la no criminalización ni estigmatización de los jóvenes. En el Hip Hop al Parque del 2010 fue la primera mujer en la historia del festival que tocó como invitada distrital. Para este año tiene pensado dictar en varias regiones del país el taller “Arte, memoria y hip hop”, que ella misma formuló.

Los cinco líderes tienen peticiones para el Estado, los medios de comunicación y la sociedad en general, como medidas para frenar el aniquilamiento de jóvenes. A las instituciones les piden apoyo para sus iniciativas: “El Estado debería mirar esos procesos que realmente transforman los territorios y las personas”, pide Sisimico. Creen que los medios deberían resaltar más las iniciativas de paz de los jóvenes, para romper prejuicios, y que la sociedad debe decirle no a la violencia en su contra: “No sé quién puede pensar que quitándoles la vida a las personas va a cambiar el mundo. Para cambiar hay miles de herramientas”.

“Quiero que lo anotes así en la entrevista: en este país les tienen miedo a los maricas, a los guerrilleros y a la gente que se ve diferente, pero no les tienen miedo a la exclusión, a la ignorancia, a la segregación, a la pobreza y a dar mal un voto por un político”, concluye Avella.