Botellas al mar que salvarán vidas

“Pongo estos seis versos en mi botella al mar con el secreto designio de que algún día llegue a una playa casi desierta y un niño la encuentre y la destape y en lugar de versos extraiga piedritas y socorros y alertas y caracoles”.Mario Benedetti

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Uno de los niños que escribió el libro “Les di la mano, tomaron la piel” durante su lanzamiento. / Mauricio Alvarado - El Espectador

Habría que admitirlo. Existe algo hermoso, de vez en cuando, en las recriminaciones. Cuando las personas nos exigen desde una expectativa tan alta que pareciera revelar, incluso a nosotros mismos, facetas desconocidas de nuestro ser. Suceden esas famosas “recriminaciones” que son como una réplica de nuestra alma, de nuestros anhelos, como si nuestro espíritu recordara algo importante y encontrara en la voz de otro un aliado ideal para manifestarse.

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No me refiero a los reclamos arteros sobre puntualidad, a los alaridos de celos, a las órdenes que soterradamente se piden como favores; me refiero a esas consideraciones favorables en tono de queja que, a veces, sentimos ni siquiera merecer y que en los labios de alguien más adquieren un carácter profético.

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Lo que debería ser un reclamo se vuelve un elogio en los oídos de quien sabe escuchar: el irresponsable se siente responsable; el perezoso, trabajador; el acelerado, paciente o, al menos, anhela serlo. Es así como algunas de las cosas más bellas en mi vida me las han dicho personas que quizás (entiendo hoy) me conocen mejor que yo: los que me sintieron valiente sin serlo alguna vez; prudente siendo un charlatán; inteligente, así pierda siempre con jaque pastor y no sepa qué hacer con las monedas cuando me dan las vueltas.

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Desde hace dos años en compañía de Nicolás Sánchez, Fernando Hernández e Isis Tíjaro, he tenido el privilegio de romper con la rutina de mis días para ir a compartir con un grupo de jóvenes que vivieron la guerra de cerca y que actualmente se encuentran en proceso de restitución de derechos en Benposta Nación de [email protected]

A través de la literatura, las fundaciones Huella Indeleble y Fahrenheit 451, de la que hago parte, han encontrado un canal para que estos jóvenes y niños compartan sus visiones del mundo convirtiéndose en narradores de su propia historia, eligiendo ellos mimos las temáticas de sus escritos. El resultado de este proyecto acompaña las páginas de esta edición de El Espectador, que desde el principio ha resonado con el sentido artístico e histórico de este valioso libro llamado Les di la mano, tomaron la piel.

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El lector podrá preguntarse qué relación tiene este trabajo con las “recriminaciones” y se lo quiero explicar. Por la naturaleza del proyecto, cada semana las fundaciones alternábamos el día de visita, esto quiere decir que cada 15 días podía encontrarme con los 24 autores que hoy leemos. Cada vez que ponía un pie en el salón, afloraban una docena de ojos que, en tono de chanza, me increpaban no haber ido la semana anterior; al principio trataba de defenderme excusándome en las obligaciones del trabajo, en las dinámicas del proceso. Con el tiempo entendí que esos ojos que me miraban veían en mí un ser humano con algo para decirles, algo más importante que cualquier cosa que todavía les haya podido decir y que, incluso aún hoy, trato de descifrar en estas páginas.

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Este proyecto llevaría apenas un mes cuando una niña de Guapi (Cauca) puso en mis manos una cartulina dibujada con un pastel de cumpleaños y 16 velas prendidas. Traté de explicarle, cuantas veces me fue posible, que mis dulces dieciséis se alejaron hace ya un par de décadas y que mi cumpleaños es en diciembre. Mi estrategia fracasó y el pastel llegó a casa, donde entendí que una joven que no me conocía había tenido tiempo para preguntarse por mi cumpleaños y que le pareció descortés no darme un regalo.

“Feliz no cumpleaños”. decía el sombrerero loco de Alicia en el País de las Maravillas, eso ha sido para mí conocerlos, muchachos. Porque estas palabras no le hablan a lo evidente, sino a lo que podría ser, a lo que no se ve y es en potencia. Porque para Nicolás, Fernando, Isis y yo, en el salón, en la vida, ustedes jamás fueron su pasado, son lo que eligieron hacer con él para sembrarse en el presente, autores de su propia existencia, autores de palabras que pueden salvar muchas otras (porque lo que ustedes vivieron no debe repetirse).

Alguna vez les dije durante uno de los talleres, citando a Benedetti, que los libros son como una botella de náufrago: uno nunca sabe dónde va a llegar y mucho menos quién la va a abrir. Sus palabras, desde hoy, han dejado de pertenecerles; esos papeles arrugados que me entregaban con corazones flechados, firmas extravagantes y dibujos primerizos, le pertenecen a una generación entera que necesita entender que la guerra en Colombia se hace con niños y que son los niños principalmente quienes la padecen.

Quiero devolverles, en forma de misiva, ese favor hermoso que hicieron conmigo hace apenas unos años en forma de botella. Quiero manifestarles que sus palabras son importantes para otros (como los no cumpleaños), que muy pronto se publicarán ediciones traducidas de sus cuentos y poemas en otros países; que la base de las “recriminaciones”, esas positivas a las que me refiero, tiene que ver con la intuición y yo intuyo cosas maravillosas para ustedes y su obra en el futuro.

Eso sí, debo decirles (porque se trata de una “recriminación”) que, a pesar de su corta edad, han escrito poco. Será un gusto verlos en enero, cuando reinicien los talleres, para decirnos eso que sabemos del otro y que ninguno puede decir. Me temo que es hora de seguir lanzando botellas a la marea… quizás en eso, la literatura pueda ayudarnos. Mientras tanto, sigan escribiendo. Este país lo necesita.

Los quiere con el alma,

Javier Osuna Sarmiento

PD: Maurendis, hace apenas un par de días firmaste tu libro para mí y escribiste que se había cumplido tu sueño. La verdad es que juntos estábamos construyendo el de todos, lo que sucede es que no nos habíamos dado cuenta.