Un llamado a silenciar los fusiles con el ELN

El padre Darío Echeverri, cercano a los procesos de paz del país, secretario general de la Comisión de Conciliación Nacional y uno de los responsables por parte de la Iglesia en el monitoreo y verificación del cese al fuego bilateral con el Eln, escribe por qué hay que creer que esta mesa de diálogos puede llegar a buen puerto.

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El ELN acordó en 2017, por primera vez, un cese al fuego bilateral con el Gobierno. / El Espectador

Esta semana se vivió un momento muy difícil en el proceso de paz entre el Gobierno y la guerrilla del Eln que no trascendió en la prensa. Aunque no puedo dar muchos detalles, me limitaré a decir que se había acordado una mesa transitoria en el país, entre el 5 y el 12 de diciembre, para gestiones de paz con esta guerrilla, que se prorrogó hasta el 15 de diciembre, sin resultados. Los miembros de la comisión negociadora del Gobierno y la guerrilla volvieron a Quito (Ecuador), donde continuará en su momento la mesa de negociación. Ese día me atreví a decirles que era necesario prorrogar el cese al fuego bilateral después del 9 de enero. El país lo necesita, el Eln lo necesita, el Gobierno lo necesita, porque es la única forma de crear confianza y avanzar en este proceso.

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Recuerdo que cuando estaba en mi primer año de sacerdocio en Chocó, en un pueblito donde todos eran negros y yo era el único mestizo, había un guerrillero del Eln que me seguía los pasos. Se llamaba Óscar Santos y llegó a ser miembro del Comando Central (Coce). En 2002, en La Habana, durante los diálogos de paz entre el gobierno de Andrés Pastrana y el Eln, Santos me reconoció y me dijo que me había conocido en mi ejercicio sacerdotal.

Ese año, el presidente Pastrana hizo una cumbre en la que fueron embajadores de varios países y el comandante Fidel Castro hizo una fiesta a la que asistí. Esa noche, el presidente Castro pensó que se firmaba la paz entre el Eln y el Gobierno, y les dijo a los guerrilleros que el mundo ya no era un lugar para la guerra armada, sino para la confrontación política.

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Junto a algunos de los miembros del Coce estábamos los obispos Jaime Prieto y Leonardo Gómez, y el padre Francisco de Roux. Aún me acompaña la fotografía de ese momento. Han pasado 15 años desde esa paz que no fue. Por eso esta semana me atreví a decirles a los guerrilleros del Eln, a Bernardo, Gustavo, Alejandro, etc., que estaban muy jóvenes y que no sabían valorar el momento que estábamos viviendo. Les dije que no sabían valorar lo que significaba que Naciones Unidas y la Iglesia fueran los veedores y verificadores de un cese al fuego que era la antesala de la negociación con el Gobierno. Hablé duro, muy duro.

Les dije que no sabía qué espiritualidad les quedaba (como comandantes jóvenes del Eln) de aquella que tenían los padres Camilo Torres, Manuel Pérez y Domingo Laín. Les dije con mucha preocupación que esperaba que la rescataran en este momento porque se necesitaba no sólo para prolongar un cese al fuego, sino más aún para la firma de un acuerdo de paz con un horizonte explícito de reconciliación.

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Creo que la negociación con las Farc tiene un vacío muy grande en ese sentido. Varias veces los miembros de las Farc se han encontrado con sus víctimas y han realizado eventos de petición de perdón en La Chinita, con los familiares de los diputados del Valle, o en Bojayá. Pero en esas peticiones de perdón han estado ausentes una serie de elementos espirituales, de esos que tenían los padres Camilo, Manuel y Domingo. La reconciliación requiere una dosis de espiritualidad, una dosis de humildad, y eso les falta a los colombianos y les ha faltado a las negociaciones de paz. No quisiera que le faltara a esta negociación entre el Gobierno y el Eln.

Este momento es sin duda más importante que ese que se dio en 2002 con el comandante Castro. Es un momento clave, más determinante que la ronda de diálogos entre Luis Carlos Restrepo y Pablo Beltrán, Francisco Galán y Juan Carlos Cuéllar. Y lo es porque la consolidación de un proceso de paz con las Farc pende de una negociación con el Eln.

Estamos en un momento en que el proceso con esta guerrilla debe avanzar de tal forma que no pueda ser afectado por el proceso electoral que se avecina. Si esa confianza se construye, cualquier Gobierno que venga no podrá volver atrás. En este aspecto también es importante la confianza que se construya con Venezuela y con otros países de la comunidad internacional.

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Por eso no dudo, por ejemplo, que de construirse esta confianza hasta el papa Francisco ayudaría. Se sumaría a una voluntad que también ha manifestado el secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, quien en una carta dirigida al presidente Juan Manuel Santos, hace una semana, expresó su apoyo y su voluntad para que este proceso salga adelante. Como él, hace 15 días, al entregar el informe de seguimiento al cese al fuego, monseñor Óscar Urbina Ortega manifestó la importancia de este proceso en la construcción de una Colombia distinta. Un proceso donde la Iglesia y las Naciones Unidas están jugadas en su respaldo. Y se la están jugando porque creen en su importancia y en la necesidad de tomárselo con total seriedad.

A Gustavo Bell, el nuevo jefe negociador del Gobierno y quien perteneció muy brevemente a la Comisión de Conciliación, sólo puedo decirle que él sabe cuál es el compromiso de la Comisión de Conciliación en la construcción de una paz que no sea la que surge de la firma de unos documentos, sino la paz que surge de quienes a pesar de haber sido contrincantes y enemigos por décadas, pueden mirarse a los ojos y confiar el uno en el otro, y pueden tener en cuenta a los pobladores de esta Colombia bonita, que han padecido el conflicto y que quieren -queremos- un futuro distinto.

A la comandancia del Eln, y le hablo a un Pablo Beltrán, a un Pablito en Arauca o a un Fabián en Chocó, les pediría que estén unidos, que actúen con generosidad, porque tanto sus gentes como las poblaciones que dicen defender lo necesitan. Hoy los espacios políticos permiten escenarios más fructíferos para la gente. No es hora de chiquiteces, como dijo el papa a los jóvenes cuando estuvo en el país. Es el tiempo de ser héroes y de grandezas históricas.

A los ciudadanos que miran con apatía este diálogo de paz sólo les pediría que piensen un poco en la vida dura y difícil de la gente de los campos del país. Es cierto que en el parque de la 93 no se siente el conflicto armado con el Eln, pero en los caminos de Arauca, Tibú, Nariño, Chocó o el Bajo Cauca antioqueño la gente sufre tremendamente las consecuencias de esta confrontación.

Hoy voy a celebrar la novena de Navidad en el tristemente recordado Bronx, en Bogotá, y oraré para que allí donde imperó la muerte y mucha tristeza resurjan la vida y la esperanza de un mañana mejor. En eso he creído siempre. Por eso les dije a varios comandantes del Eln que mi petición para este año es que esta posibilidad de paz llegue a buen puerto. Navidad es entender que el hijo de Dios encarnó y se hizo niño para enseñarnos que la construcción de paz para un país pasa por grandes gestos de humildad, perdón y reconciliación.