Buenavista, sin armas y con libros

En el marco del acuerdo de paz, el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia, instalaron 20 bibliotecas públicas móviles en zonas veredales y puntos transitorios de normalización. La escritora Marta Orrantia visitó recientemente una de estas bibliotecas, ubicada en la vereda Buenavista en Mesetas (Meta). Allí conoció las historias de la comunidad rural y los excombatientes de las Farc, además del impacto que ha tenido la biblioteca móvil en una de las zonas protagonistas del conflicto en nuestro país.

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Los niños comparten la lectura en una biblioteca móvil.

“Mi tía es guerrillera”, dice Lucylena, una niña con piel canela y ojos color miel. “A mí me cae mejor la guerrilla que el ejército, pero no me gustan las armas”. Lucylena, que no tiene más de nueve años, es la mayor de tres hermanos. Es alta y tiene la mirada curtida de quien se ha encargado durante mucho tiempo de las tareas de su hogar. Cada día, ella y sus hermanos caminan dos horas entre la selva tupida del piedemonte llanero, para ir a la escuela de Buenavista, una vereda a una hora de Mesetas, en el departamento del Meta.

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Sus compañeros de colegio están de acuerdo con las preferencias de Lucylena, pero a ellos sí les atraen las armas. “Para matar micos”, dice uno. “O cachicamos (armadillos)”, grita otro. Sin embargo Arnobis se queda en silencio y me mira con sus ojos claros, casi transparentes. Cuando le pregunto para qué quisiera tener un arma, él se encoge de hombros y hace una mueca que parece una sonrisa. “¿Para hacerle daño a alguien?”, lo increpo, sin atreverme a pronunciar el verbo matar. Aunque es el mayor de la escuela, no tiene más de once años, y nos encontramos con los otros niños, en el aula multiniveles, la única que hay en el lugar. “Si toca...”, dice, y clava sus ojos en el libro de matemáticas.

Esa relación con la guerra no es gratuita. Los niños de la vereda Buenavista crecieron en medio de un conflicto sangriento entre el ejército y las FARC y tuvieron que vivir momentos aterradores. “A veces pasaba un avión 'rafagueando' y los niños corrían a meterse debajo de los pupitres”, recuerda la profesora Elena Trujillo, que vive en la escuela junto con su marido y más recientemente su madre, doña Gladys.

La profe, como le dicen, lleva diez años encargada de la escuela y no oculta el amor por su oficio, pero tampoco las dificultades de enseñar en una zona de conflicto, golpeada no solo por la violencia sino por la corrupción. “Claro que las cosas han cambiado con la paz –dice, y usa el sustantivo como si fuera una realidad– pero al mismo tiempo hemos sido víctimas de ella. Antes nadie sabía dónde quedaba Buenavista y ahora los ojos del mundo están sobre nosotros, pero no nos ha servido de nada. Ni siquiera la vía la han mejorado...”.

Tiene algo de razón. El municipio de Mesetas era famoso por su violencia y poco más. Ubicado entre La Uribe y Granada, es un lugar hermoso, lleno de montañas, selvas vírgenes y ríos caudalosos. Durante años fue territorio de las FARC y ahora dos de sus campamentos se ubican allí. El Mariana Páez, donde se produjo el acto de dejación total de armas, y el Simón Trinidad, donde se encuentran los guerrilleros que estaban presos en el momento de firmar el tratado de paz. En el centro de ambos campamentos, aparte de un par de casas campesinas y una que otra tienda, está la escuela de Buenavista.

Allá está también la Biblioteca Pública Móvil, un proyecto del Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional, que consiste en llevar libros y material audiovisual a lugares donde hoy funcionan las zonas veredales y que antes eran epicentros del conflicto armado y, más que eso, crear escenarios de diálogo entre los habitantes de la vereda.

La Biblioteca ocupa un galpón pequeño, y más que un lugar para la lectura, se ha convertido en un punto de encuentro de la comunidad. Allá, los niños ven películas, los campesinos van a imprimir documentos y los excombatientes buscan libros sobre manualidades, doctrina o novelas rusas.

Pero tanta actividad tiene un responsable: Julián García, el bibliotecario, un joven valluno que está radicado en el Cauca, amante del teatro y, como él mismo se denomina, “aprendiz de etnógrafo”. Julián llegó a Buenavista a comienzos de 2017 y en pocos meses, tanto comunidad civil como excombatientes, han aprendido a quererlo y a considerarlo uno de los suyos.

Conocí a Julián y a su proyecto cuando asistí al lugar, invitada por la Biblioteca Nacional para dar una charla sobre la importancia de la lectura y la escritura en los procesos de memoria y reconciliación. Llegué a Buenavista en un campero destartalado, uno de los pocos vehículos que se atreven a transitar por una carretera que es más un barrial que una vía. Habíamos salido de Mesetas cerca del mediodía y nos tomó poco más de una hora cruzar un tramo que, de haber sido una carretera en buen estado, nos habría llevado a lo sumo quince minutos.

“Quítense los zapatos para entrar”, pide Julián. Hacía unos días me había advertido que debía llevar botas pantaneras, impermeable y una buena chaqueta. “Esto es como Bogotá”, dijo, y no se equivocaba. La garúa incesante hace que todo esté en un perpetuo lodazal imposible de mantener limpio, por más empeño que se muestre. El piso del galpón, sin embargo, está impecable. Gracias a una mezcla entre disciplina y cariño, Julián le ha enseñado a los usuarios de la Biblioteca que ese lugar es de ellos, y que es necesario cuidarlo para mantenerlo bien.

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Apenas tenemos tiempo de conocer la biblioteca, dejar nuestros maletines y ponernos de nuevo las botas, porque Omar ha accedido a llevarnos con su campero al campamento Simón Trinidad, ubicado un poco más adentro de la vereda, donde se encuentran los excombatientes que estaban prestando una pena carcelaria.

El lugar, unas barracas prefabricadas en la cima de una pequeña meseta, es amplio y dicen que siempre hay comida y cama para quienes lleguen. Y llegan a diario, porque aún los presos no han terminado de salir de las cárceles. Apenas entramos nos reciben tres hombres que se encuentran conversando en la carpa de recepción. Son negros, todos tienen acentos diferentes, y apenas nos ven comienzan a

llamarnos “monitos” y a hacernos bromas. Nos ofrecen un vaso de agua de panela helada, y nos llevan al comedor principal, donde nos esperan el director del comité de Cultura (las FARC conservan aún una estricta disciplina y sus integrantes se dividen en comités, a los que se les asignan tareas) y otro hombre que lleva una camisa del mismo azul que sus ojos. Quieren saber cuál es el propósito de mi visita, por qué es relevante que ellos me escuchen y cuál es mi historia. “¿Qué filiación política tiene?”, me pregunta el hombre de azul. Me parece curioso que esa sea la condición, y aunque me siento un poco intimidada, le digo que eso no es relevante. Luego de mirarme durante un par de segundos, accede a reunir a un grupo de personas dispuestas a escuchar lo que tengo que decir.

Mientras se ponen en la tarea, me invitan a conocer la biblioteca, una pequeña habitación con libros, en su mayoría, de agricultura y poesía. El bibliotecario ha aprendido, gracias a Julián, los rudimentos del oficio, y está orgulloso de su labor.

Luego de que el director del comité pudiera reunir unos treinta excombatientes, nos sentamos en una especie de aula de instrucción, aunque sin paredes. Hablo de la importancia de contar sus historias, no para culpar a nadie sino para comprender mejor el país. Algunos asienten, mientras que otros me miran con desconfianza. A mi lado se encuentra Leidy, su “seudónimo”, como ellos insisten en llamar el nombre que se ponen cuando entran a la guerrilla. Leidy tiene una chaqueta gruesa y unas botas de cuero, y su atuendo es más el de una sofisticada bogotana que el de una guerrillera curtida. Antes de iniciar la charla me da la receta de una ensalada de berenjena. Luego, cuando comienzan a hablar de los diferentes motivos por los que entraron a las FARC (tan disímiles como ellos mismos), Leidy dice que quiere contar su historia.

De no se dónde sale una niña de piel dorada y ojos verdes, de unos tres años. Carmen es la hija de Leidy y la única niña del campamento. Tal vez por eso es consentida, inquieta y demandante. Mientras su mamá relata sus orígenes, la nena le quita el celular (la nueva adquisición de los guerrilleros) y sale corriendo con él. Se cae, grita, y un grupo de muchachos la levanta y corren todos a ayudarla y a lavarle las manos, como si tuviera una corte de tíos ansiosos por servirla. En el Simón Trinidad hay aproximadamente 400 excombatientes, de los cuales solo treinta son mujeres. Carmen, entonces, tiene muchos padres adoptivos a su disposición.

Leidy dice que proviene de Puerto Berrío, de una familia comunista. “Despertaba cada mañana entre cantos revolucionarios y aprendí a leer con La voz proletaria”. Su abuela, cuenta, cuidaba a los guerrilleros que enfermaban y los llevaba a una finca llamada La isla de Cuba, hasta que se recuperaran.

Luego vino la represión del Estado, a comienzos de los años ochenta. Leidy, aún pequeña, aprendió que debía esconder el periódico revolucionario detrás de un ladrillo en la cocina cada vez que llegaba el ejército al pueblo. Su padre y su abuelo fueron encarcelados, así como los hombres de muchas familias del pueblo –entre ellos varios primos–, y era en casa de su abuela donde las mujeres se reunían antes de ir a visitarlos a la cárcel.

Más tarde, la persecución fue además contra las mujeres. Su madre tuvo que huir y ella, con 13 años, se refugió en casa de los abuelos paternos. En 1984, mientras veía el noticiero con su familia supo que habían matado a su hermana. En las noticias no nombraban a su madre, pero Leidy sabía que estaban

juntas y fue a buscarla. “Entré a una casa silenciosa, solitaria. Caminé de habitación en habitación llamándola y nadie respondía. Al final me dijeron que ella también había sido asesinada, frente a mi hermano, que tenía apenas dos años”.

Desde ahí, no quiso estudiar más. Cada día le suplicaba a su tío que la dejara entrar a la guerrilla, hasta que este accedió. Leidy tenía 14 años.

Julián, el bibliotecario, propone que se junten para contar sus historias. Luego de una pequeña discusión de fechas, determinan que él los visitará un día a la semana para escuchar, grabar y transcribir todos sus recuerdos, sus dolores, los muertos, los hijos, el futuro. “¿Y luego qué hacemos con eso?”, pregunta un hombre con un parche en el ojo y sin un brazo. “Un libro”, aventura alguien. “Total, nosotros hemos hecho cartillas”. “Un blog”, dice otro. Y se entusiasman con el nuevo proyecto.

De regreso a la escuela, mientras caminamos a tientas por el lodazal (ya ha oscurecido), Julián cuenta que visita el campamento Simón Trinidad todos los jueves para dar un taller de escritura de proyectos productivos. Quiere enseñarles a estructurar proyectos, de tal suerte que puedan atraer capital privado para que invierta en sus ideas. El curso, que había comenzado con veinte personas, ya tiene cuarenta, por lo que se vio obligado a abrir otro módulo.

Esa noche, mientras desafiamos el frío con un café dulce y sabroso, la profe y su mamá, doña Gladys, recuerdan cómo se vivía en esas montañas durante la guerra, y plantean los retos de una escuela tan pobre y tan pequeña. “Antes tuvimos refrigerios pero ahora, como no apoyamos al alcalde que salió elegido, los niños no tienen nada que comer”, se lamenta la profe. Mientras ellas hablan de su cotidianidad, pienso que todo se reduce a la política. Se rumora en la zona que el alcalde no quiere pavimentar la vereda, porque le dará prioridad a otra vía, donde unos amigos suyos tienen un predio. Otros dicen que la plata la invirtió en una finca. “Lo único cierto es que cada vez está peor la vía, debido además a que los camiones que entran con los materiales de construcción para las Zonas Veredales, están dañándola con su peso”. No todo es malo, sin embargo. En lo concerniente a la guerra, ahora pueden dormir tranquilos, porque saben que no habrá ataques en medio de la noche, ni bombardeos, ni helicópteros. Y también está la biblioteca, y Julián. “Los niños tienen un dispositivo de lectura ahora, y lo cuidan mucho. Es maravilloso tener acceso a libros, porque antes solo podíamos ver los textos escolares”, dice la profe.

La mañana siguiente amanece nubosa y fría. La profesora y su madre se levantan al amanecer y conversan mientras se hace el café del desayuno. Luego comienza el ajetreo de la jornada escolar. Hay que limpiar la escuela, trapear los baños y dejar todo a punto para cuando lleguen los chicos, unos a caballo y los más a pie. “Se nos rompieron los vidrios, por eso tuvimos que poner mapas en las ventanas”, se disculpa la profesora, que me presenta y me deja sola frente a un grupo de niños y niñas que me miran como un bicho raro y parecen tan intimidados con mi presencia, que les cuesta hablar. Les pregunto qué quieren ser cuando grandes, y uno dice que quiere ser ingeniero civil, porque ha conocido a una ingeniera que se quedó en su casa durante un tiempo. Otro afirma que le gustaría ser piloto de helicóptero, pero no sabe bien para qué.

Son chicos como todos. Quieren aprender, les gusta la escuela, jugar con los celulares y algún día, tal vez, viajar. Les gusta el campo, eso sí. Ordeñar y recoger café, y hasta los varones ayudan con las labores del hogar. Cuando les pido que me muestren qué están leyendo, sacan todos un Kindle de una bolsita y me enseñan un cuento infantil con ilustraciones. Siento que son, de alguna manera, afortunados. No solo tienen acceso a la tecnología, sino que la profesora trabaja con ellos (según su nivel) usando su dispositivo de lectura.

A media mañana bajamos caminando hasta el campamento Mariana Páez. Aquí se desmovilizó el temido Bloque oriental, y de los más de 300 guerrilleros que llegaron, no queda sino la mitad. Algunos han ido a visitar a sus familias luego de conseguir los salvoconductos y otros se encuentran en actividades pedagógicas, pero del primer grupo no se espera que regresen. Contrario a lo que se ha dicho en las grandes ciudades, el Mariana Páez dista mucho de ser un hotel de lujo. El campamento aún es un cambuche, un poco más permanente que cuando estaban en la selva, pero igual de precario. Todavía duermen bajo plásticos (bien templados, eso sí) y aunque cambiaron hamacas por camas, los camarotes no parecen ser de una comodidad extrema. Unos se quejan, pero hay otros que se muestran menos agobiados. “Estamos acostumbrados a que el gobierno nos falle”, me dice alguien. “A mí no me preocupa que me falle en esto, con tal de que se cumplan los acuerdos”. Su seguridad es uno de los temas que más los preocupa, no solo porque temen que los maten en las ciudades sino porque han visto integrantes de la disidencia merodeando por la zona, y ahora que están desarmados, se sienten indefensos.

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“Aún así, no me gustaría volver a tener un arma”, dice Julián, uno de los comandantes del campamento, un hombre atractivo, que nació en el Sumapaz, y que exhibe un don de mando innato. “Todos tenemos hernias discales causadas por el peso de los fusiles”, añade, medio en broma, medio en serio. Nos encontramos en una carpa que hace las veces de centro de operaciones, con un escritorio, un computador y un par de termos de tinto. A diferencia del campamento anterior, en este están esperando mi llegada, con pequeños carteles colgados de la zona común, donde tres guerrilleros ven la novela de la mañana. Julián, sin embargo, prefiere que nos apretujemos en la carpa del escritorio, para evitar las interrupciones. Comenzamos a hablar de reconciliación y Julián asegura no tener ningún rencor. Resulta difícil de creer, pero es la primera vez que escucho a un excombatiente diciendo que no odia al otro. Comenzamos a hablar de literatura y son enfáticos en decir que la lectura es un asunto de suma importancia en las FARC. “Todos los días leíamos durante una hora, a las cinco de la mañana, mientras estábamos en el monte. Ahora tenemos menos tiempo, en parte porque vienen muchas visitas, pero también porque hay actividades paralelas, como la construcción (diariamente, sesenta hombres trabajan haciendo unas barracas similares a las del campamento vecino, con materiales que envía el gobierno)”. Una guerrillera interviene para decir que en muchas ocasiones la lectura se hacía en voz alta, mientras se encontraban en actividades como el rancho. “Leímos juntos libros como El conde de Montecristo, y cada día era emocionante porque queríamos saber qué iba a ocurrir”. También había espacio para la literatura rusa (comunista) o los libros de doctrina. Siempre tenían un libro en su morral, y lo intercambiaban con los compañeros al terminarlo, o con los de otro frente cuando se encontraban. “Éramos una biblioteca itinerante, la más grande de Colombia”, dice la guerrillera, y se ríe de su ocurrencia.

“Pero no solo eso –añade Julián–. Había frentes en los que el comandante les pedía a todos que escribieran una página diaria. Un poema, una reflexión, cualquier cosa. Y de esa escritura cotidiana salían cosas muy interesantes”.

Un muchacho que ha estado observando, decide intervenir. Dice que ahora solo tienen tiempo para leer los acuerdos de paz. Asegura que le dedican mucho tiempo a la interpretación de los acuerdos y a la reflexión sobre cada uno de los puntos. Esa afirmación me recuerda a un seminario, donde los aspirantes a sacerdotes hablan incansablemente sobre los pasajes de la Biblia y su interpretación. Le pregunto entonces si entiende los acuerdos, porque me parecen bastante enredados, y él me mira desconcertado, como si hubiera dicho una tontería. “Es cierto que no son tan claros –responde al fin– pero para eso hay cartillas”.

Cuando tocamos el tema de la escritura, sin embargo, ninguno de ellos sabe qué decir. Comprenden la importancia de la lectura, pero no saben cómo pueden escribir algo significativo, más allá de esos acuerdos en los que la mayoría no tuvo nada que ver. Antes de que muera la charla, alguien menciona la cultura, como una generalidad, y los asistentes –miembros todos del comité cultural– se emocionan porque tocan un tema que no les es ajeno. Hablan de sus bailes, muchos aprendidos de comunidades indígenas, y de los ensayos que hacen a diario para presentarse en auditorios en ciudades intermedias como Villavicencio.

Sin embargo, hay mucho más. A medida que la conversación avanza, el grupo se da cuenta de que tiene en su poder conocimiento único. Canciones como “Mensaje fariano”, un vallenato que se compuso hace 25 años y que hoy cantan con la misma devoción de un himno, hacen parte de un repertorio amplio de ritmos y letras que han sabido incorporar a sus fiestas y también a sus actividades pedagógicas.

“También está el baile de las FARC”, ofrece entusiasmada la guerrillera que habló de libros (es inevitable, unos pocos son los que hablan). Explica que le llaman el “baile en cuadros” y que es único y particular del Bloque oriental. Después de pedirle con insistencia una demostración, alguien pone una canción a medio camino entre vallenato y cumbia villera y ella saca a bailar a un muchacho que se pone colorado de la pena. Bailan un poco, y parece demasiado difícil de imitar, así que nadie se aventura a seguir la fiesta.

Los saberes, dicen, no se limitan al campo cultural. También conocen como pocos la selva, y las cualidades de cada planta. “Así no sepamos el nombre –dicen– sabemos que sirve para la leishmaniasis o para tinturar el pelo o para la piel, y esos son conocimientos que se transmiten de manera oral, y que conocemos todos los que hemos estado en 'la mata'”.

“No hay que dejar atrás la gastronomía –dice Julián, al ver que se aproxima el mediodía–. También nuestra comida es única. Tenemos por ejemplo la cancharina, que es una especie de arepa, pero hecha de trigo, y luego freída”. Con ese último comentario, nos invita a almorzar arroz con pollo antes de irnos, una atención que agradecemos.

Mientras comemos –compartimos la mesa con dos cachorros de siberiano, embarrados y hambrientos– escuchamos el sonido de una explosión. “Me mataron!”, grita alguien en el fondo. Siento que se mepara el corazón. “Se acabó la paz!”, grita otro, y aunque escucho las risas, no me tranquilizo hasta que no me explican que ha explotado un timbo de guarapo demasiado fermentado.

Después del almuerzo comienza a llover. Tenía una reunión con la comunidad, y cuando aparecen los observadores de la ONU, que vienen a saludar, me advierten que no llegará nadie, porque esta era una vereda muy dispersa y resulta difícil reunirlos. Contrario a sus predicciones, sin embargo aparecen algunos, a caballo, para no perderse una charla en la que prefieren no participar.

Julián me había advertido que sería así. Cuando llegó la horda de periodistas que acompañaba la dejación de armas, la comunidad había salido a contarles sus cuitas, con la esperanza de que sus palabras hicieran eco en Bogotá, pero no había resultado. Ahora no quieren hablar de sus historias, porque temen que se las roben y que queden convertidas en humo. Doña Gladys, que asiste para apoyar, habla de la importancia de la lectura, y al hacerlo, los demás asienten, pero explican que no tienen luz en sus casas, que no tienen tiempo y que, como Santiago que ya no ven bien. “Yo puedo ser sus ojos”, dice Julián, exhibiendo el mismo entusiasmo de siempre. Así, acuerdan reunirse también una vez a la semana para leer fragmentos de un libro en comunidad.

Al despedirme, con la promesa de volver (“todos dicen lo mismo y nadie regresa”, se lamenta la profe), me quedo pensando en la cantidad de actividades que desempeña Julián. Aunque le quedan seis meses, la Biblioteca no se quedará sola. Casi desde que llegó, trabaja con Sandy, que vive cerca y que ya maneja a la perfección los procesos de la biblioteca. Le queda a ella continuar las actividades de Julián, y crear nuevas, dependiendo de las exigencias de la comunidad.

Las historias, sin embargo, son otra cosa. Julián es un convencido de que cada uno de los grupos que conviven en Buenavista tiene que contar su propia historia y que nadie debería hacerlo por ellos. Solo así se aseguran de hacerlo bien. Sin embargo, cuando les pregunto a los niños quién quiere ser escritor cuando grande, nadie levanta la mano. Eso quiere decir que aún hay trabajo por hacer.