Del libro “Memorias: 12 historias que nos dejó la guerra”

(I) Tranquilandia y las tierras de la familia Lara

Junto al  Parque Nacional Chiribiquete están los Llanos del Yarí, zona de colonos que sirvió de pista aérea al cartel de Medellín, fue  escondite de caletas de las Farc y terminó como el baldío más grande de la nación en Caquetá. 33 años después del operativo contra Tranquilandia, los herederos de Oliverio Lara transaron tierras donde operó la mafia.

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Restos de un avión bimotor modelo 70 en la pista aérea Felipe, cerca de El Recreo, donde vivió Gonzalo Rodríguez Gacha, el “Mexicano”. / Mauricio Alvarado - El Espectador.

Oliverio Lara Borrero ya era potentado cuando fue asesinado en la hacienda Larandia, cerca de Florencia (Caquetá), el 27 de abril de 1965. Tres años antes había arribado a los Llanos del Yarí en busca de tierras aptas para la cría de ganado. Las encontró en esas sabanas pegadas al Parque Nacional Natural Chiribiquete, donde el monte abunda por igual en tiempos de verano o de invierno. Según consta en la escritura 1553 de 1963, en diciembre de ese año logró adquirir los predios El Recreo, Méjico y Tinajitas. Le costaron $129.000 y las escrituras quedaron a nombre de la Compañía del Sur Limitada, que representaba los intereses del acaudalado empresario huilense. 

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Cuando se cerró el negocio, los predios adquiridos por Oliverio Lara ya tenían su propia historia. En 1953, después de la amnistía que permitió la entrega de armas de las guerrillas del Llano al gobierno militar de Gustavo Rojas Pinilla, uno de los disidentes de este proceso de paz, Hernando Palma, junto a otros guerrilleros, llegaron a los Llanos del Yarí. En pocos días, para quedarse con sus tierras, les declararon la guerra a los indígenas tiniguas, originarios de la región, y les quemaron su ranchería SachenaJona (en lengua tinigua, Aposento Tranquilo). Tiempo después, esta tierra se dividió en tres hatos ganaderos, que finalmente quedaron en manos del capitán retirado de la Fuerza Aérea Gustavo Artunduaga Paredes.

Este exoficial fue el primero que voló hasta San Vicente del Caguán (Caquetá) como pionero de la aviación en la Amazonia, con la empresa Aeroselva. No es claro cómo se quedó con las tierras que Hernando Palma había despojado a los indígenas, pero formalmente, el 23 de febrero de 1960, apareció vendiéndoselas a los hermanos José Ricardo y Agustín Moreno, quienes a su vez las transaron con Oliverio Lara Borrero. El negocio se formalizó en la Notaría Segunda de Neiva, a través de la escritura pública 1553. En el documento de cinco folios quedó escrito que los tres predios quedaban constituidos en uno solo, con mejoras en casas de habitación, corrales, bañaderos de ganado, cercos de alambre de púas y sementeras. Y un campo de aterrizaje en el hato El Recreo.

Según se lee en el certificado de tradición, los tres predios sumaban 5.495 hectáreas y 6.236 metros. Desde que Oliverio Lara los compró en 1963 hasta diciembre de 2016, por escritura pertenecieron a la citada Compañía del Sur Limitada. No obstante, en estos 54 años pasaron muchas cosas, como por ejemplo, que ese territorio en los años 80 fue el paraíso de los narcotraficantes. ¿Cómo se dio esa metamorfosis hasta que en la zona se erigió el famoso laboratorio de Tranquilandia? La historia comienza con el secuestro y asesinato del potentado en abril de 1965. La versión fue que lo mataron unos trabajadores y que su cadáver fue hallado cerca de Florencia, enterrado en forma vertical y con un hachazo en la cabeza.

Lo cierto es que sus hijos Hernán, Emma, Olga, Mercedes, Oliver, Leonidas y María Pepita Lara quedaron como herederos de la Compañía del Sur y, al menos en papeles, la tuvieron hasta 2016. Sin embargo, en los Llanos del Yarí existen otras versiones de lo que habría sucedido con esos predios. Por ejemplo, en la vereda Morrocoy Alto, a cinco horas de la cabecera de San Vicente del Caguán, vive Carlos Rodríguez, un campesino que conserva escrituras de estas tierras y dice saber cómo llegó la mafia a quedarse con ellas. Según él, los descendientes de Oliverio Lara les vendieron los predios Méjico y El Recreo a Rogelio Mora y a Ricardo Cabrera, dos ganaderos del Huila, en los años 70.

El dilema es que no quedaron escrituras de esta supuesta transacción y, en cambio, afirma Rodríguez, en poco tiempo entraron a sumarse al festín los esmeralderos Isauro y Hernando Murcia, socios del zar de las esmeraldas Víctor Carranza. De la noche a la mañana, estos se presentaron como dueños del hato Méjico y luego de El Recreo. Le dijeron a Rodríguez que se los habían comprado a los Lara, cuenta Rodríguez. Sin embargo, relata el campesino, el primer narcotraficante que se hizo notorio en los llanos del Yarí fue Carlos Lehder Rivas: el joven lavaperros de Pablo Escobar que estuvo “jugando fútbol” en El Recreo durante un mes y luego desapareció. Detrás suyo llegaron Gonzalo Rodríguez Gacha, al predio Méjico, y Pablo Escobar, a El Recreo.

Los Murcia desaparecieron como por arte de magia y los campesinos aún se preguntan si ellos fueron los testaferros de los capos del cartel de Medellín. Lo claro es que en poco tiempo el Yarí llegó a tener cincuenta hatos y siete pistas aéreas. Desde El Recreo, Méjico, Caquetania, Canadá, Tranquilandia, Ciudad Yarí, Candilejas y otros, en principio salían vuelos para Neiva o Bogotá con miles de bovinos. Luego se pusieron de moda las avionetas bimotor movilizando droga hacia las costas de Venezuela y Perú. Fue la época en la que los hermanos Jorge Luis, Juan David y Fabio Ochoa Vásquez se sumaron a esta bonanza cocalera y, junto a Leonidas Vargas, entre otros, impusieron su ley en la región.

¿Tierras para qué?

De los tiempos de Oliverio Lara, de quien se dice que alcanzó a tener 140.000 hectáreas porque echaba a los colonos por delante y una vez desmontado el bosque extendía sus predios para la ganadería, explicó el exasesor de los diálogos de paz en Cuba, Alejandro Reyes, se dio paso al imperio de los narcotraficantes. Después vino el famoso operativo del 7 de marzo de 1984, a través del cual la Policía Antinarcóticos le dio vida al mito de Tranquilandia. La acción fue comandada por el coronel Jaime Ramírez Gómez, que desmanteló este fortín para el procesamiento de cocaína. El general retirado Luis Ernesto Gilibert Vargas era teniente coronel y fue quien condujo el operativo en terreno.

Basado en el oficio que reportó entonces a la justicia, relató que en el allanamiento encontraron cien construcciones rústicas, siete aeronaves, diez lanchas, tres vehículos, cuatro tractores, seis pistas de aterrizaje, 21 armas largas, siete radios de comunicación, 34 plantas eléctricas, 38 motosierras, 10 compresores y 12 estufas. Al final, la Policía Antinarcóticos reportó que se destruyeron 13,8 toneladas métricas de cocaína, avaluadas en 1,2 billones de dólares. Lo demás es conocido. Un mes después, el cartel de Medellín asesinó al ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla; el gobierno Betancur reaccionó autorizando la extradición y estalló la guerra narcoterrorista de Pablo Escobar. El coronel Ramírez fue asesinado en noviembre de 1987.

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Viaje por Tranquilandia

Para entender los tiempos de transición entre Oliverio Lara y los laboratorios de la mafia, la ruta empieza en la vereda Playa Rica o La Y, donde el colono Eliécer Caicedo conserva una miscelánea. Al sitio se llega por tierra, tres horas después de viajar desde San Vicente del Caguán. Un territorio que hasta la entrega de armas de las Farc, hace algunos meses, permitía moverse a sus anchas a los guerrilleros del Bloque Oriental. Tranquilandia está a 96 kilómetros de la referida vereda Playa Rica, luego de pasar por los hatos Caquetania, Guadalajara, Méjico y El Recreo. Después de atravesar la sabana y dejar atrás muchos caños de agua donde se alimentan los cajuches que salen del parque Tinigua. Pablo Escobar solía decir que allá tenía un zoológico nativo.

Aunque en su libro Gotas de aceite el autor sanvicentuno Carlos Faryd Perdomo sostiene que el verdadero fundador del hato de Tranquilandia fue Aurelio Ferro, un colono y comerciante de quina y caucho que llegó del Huila al Yarí antes de la llegada de Oliverio Lara, es evidente que estas tierras y sus dueños cambiaron desde que la mafia y la guerrilla llegaron a disputárselas.

Primero, las Farc ordenaron el cobro de “impuesto” de $5.000 por cabeza de ganado y los hatos empezaron a ser desocupados. El testimonio es de Farid Perdomo o Lilo, un campesino nacido en las sabanas del Yarí hace 53 años y mayordomo de la hacienda Jalisco desde 1987: “El propietario del hato, Carlos Alfonso Monsalvo, tenía 1.500 reses en 1988. Lo dejaron limpio tras acusarlo de paramilitar”. En septiembre de 2016, durante la Décima Conferencia de las Farc, última como grupo armado, la insurgencia le devolvió los predios a Monsalvo.

Tras la ofensiva del Estado contra la mafia, en la región terminaron imponiéndose las Farc. De su mano se repoblaron los Llanos del Yarí y la guerrilla se dio a la tarea de “decomisar” tierras que había ocupado la mafia. Algunos testaferros que intentaron regresar a la región fueron “expropiados” por esa “justicia” que dictó la insurgencia. Cuando se autorizó la zona de distensión para los diálogos de paz en el gobierno de Andrés Pastrana en 1998, las Farc ya tenían el control de los hatos, “que eran como una especie de trofeo de guerra”, dijo Gustavo Pérez, expresidente de la junta comunal de la vereda Playa Rica. 

Tierra de nadie, tierra de todos

Pie de foto: Facsímiles de las escrituras que demuestran las transacciones de la tierras donde operó la mafia.

La última batalla por la hegemonía de estas tierras se libra desde hace dos años y paradójicamente la protagoniza Hernán Lara, uno de los descendientes de Oliverio Lara Borrero, además exmiembro de la junta directiva de Ecopetrol y extesorero de la fundación Primero Colombia, que llevó en 2006 a la reelección a Álvaro Uribe. Este último, con un rastro en las tierras de Tranquilandia: durante el operativo del 84, entre las aeronaves que encontró la Policía Antinarcóticos, estaba el helicóptero de Alberto Uribe Sierra, su padre.

El 12 de febrero de 2015, los socios de la Compañía del Sur Limitada, la misma que constituyera el patriarca de la familia, convocaron a una junta extraordinaria para ceder al inversionista huilense Álvaro Mora sus cuotas en la empresa. Mora se declaró heredero de Rogelio Mora, supuesto adquiriente de la Compañía del Sur Limitada en los años 60, y Hernán Lara lo reconoció, aunque también admitió que no se hizo una escritura. Por eso, para finiquitar cuentas, intervino en representación suya y de sus hermanos con un solo activo negociable: los predios en los Llanos del Yarí.

“Quién va a dar escritura de tierras que han estado en manos de Raimundo y todo el mundo. Cuando mucho, lo que se podía hacer era entregar la sociedad”, comenta Lara. “Usted después aclara el asunto”, le dijo a Álvaro Mora. La promesa se cumplió a través de la escritura 0291, expedida por la Notaría 26 de Bogotá en marzo de 2015. De manera literal, los cedentes, es decir, los hermanos Lara y otros socios, declararon haber recibido de manos de Mora $55 millones. Curiosamente, al imprimir el certificado de tradición de esos predios, los nombres de los hatos Méjico y El Recreo, que acogieron con gusto los mafiosos en los Llanos del Yarí, fueron reemplazados en la escritura final por Seboruco. En el documento no existe anotación alguna que explique por qué se borraron los nombres mafiosos. 

“No tengo nada que ver con ese problema y no me enredo. Por eso no quisimos hacer escrituras ni nada, sino que Álvaro Mora coja la sociedad, que es la dueña legal de esas tierras”, recalcó Hernán Lara. Ni él ni nadie de su familia quiere resolver los interrogantes que fueron quedando a través de los años respecto al destino de los predios donde nació el mito de Tranquilandia.

Y son varios los que surgen cuatro décadas después. El 5 de mayo de 2016 la directora de extinción de dominio de la Fiscalía, Andrea Malagón, anunció al país la recuperación de “una gran extensión de terreno históricamente usufructuado por las Farc en los Llanos del Yarí, en el Caquetá”. Se trata de 277.000 hectáreas de predios baldíos de la Nación, en los que el Gobierno busca establecer la verdadera tradición de la propiedad, para determinar si pueden hacer parte del fondo de tres millones de hectáreas que el Estado prometió a campesinos sin tierra tras el acuerdo de paz con las Farc.

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Los predios Méjico, Tinajitas y El Recreo podrían hacer parte de ese gran baldío, afirma el director de acceso de la Agencia Nacional de Tierras, Andrés Reyes, quien, luego de leer una copia del certificado de tradición expedido el 11 de agosto de 2017, afirma que esos predios nunca fueron adjudicados por el Estado. Lo que alguna vez existieron fueron mejoras, no tierra como propiedad privada. “Podría ser un caso de acumulación de baldíos. En los Llanos del Yarí, la Unidad Agrícola Familiar son 300 o 400 hectáreas, o sea que Álvaro Mora está por encima de eso”, resaltó el funcionario. 

Pero en la pelea por las más de 5.000 hectáreas, Álvaro Mora ha sido el nuevo abanderado. El 2 de diciembre de 2016 acudió a la Notaría Tercera de Neiva y le dio poder a Herlín Peña Triana para asumir la tarea de vender las tierras. Lo mismo hicieron Ómar Augusto Silva, Sergio Leonel Perdomo y William Fernando Bonilla, quienes figuran como compradores de los predios. Luego, Peña Triana viajó al municipio de La Montañita (Caquetá) y diligenció la escritura 0419 de 2016 sobre la transacción de las tierras. A cada uno de los compradores les entregó 1.800 hectáreas y, en total, ellos pagaron a Mora $60 millones. Hasta ahí va el cuento. Cuando se le pregunta a Hernán Lara si su compañía vendió tierras baldías, responde que no y que fueron predios legítimos vendidos a Rogelio Mora y Ricardo Cabrera, aunque sin escrituras después de 1965. Álvaro Mora es el representante legal de la Compañía del Sur Limitada, insiste Lara.

Otra cosa piensa el campesino Carlos Rodríguez, quien papeles en mano deja entrever que detrás de ese negocio sin escrituras hay mucha tela por cortar. Por ejemplo, un capítulo que sugiere aclarar es que se determine quiénes fueron las personas que permitieron el ingreso de los esmeralderos a los llanos del Yarí, y detrás de ellos a los mafiosos del cartel de Medellín. Lo demás es el rastro perdido de lo que fue Tranquilandia y su significado en la guerra colombiana. El territorio original de los indígenas tiniguas. La tierra prometida de los colonos o campesinos que abrieron monte pero después fueron despojados. La zona de influencia de la guerrilla, que usufructuó por mucho tiempo sus caminos y desterró al propio Estado. O el imperio del narcotráfico, que tuvo allí uno de sus templos, aunque no pudo impedir que el polvo que aún guarda Tranquilandia quedara sepultado como si la guerra fuera eterna.

*Esta historia hace parte del libro “Memorias: 12 historias que nos deja la guerra”, de Consejo de Redacción y la Fundación Konrad Adenauer. El libro fue publicado el pasado 23 de noviembre en la Universidad Javeriana.