El líder del agua que se baña con totuma en Buenaventura

Narcilo Rosero es uno de los líderes del Comité Ejecutivo del Paro Cívico de Buenaventura. Este es el perfil de un hombre amenazado por luchar durante cuatro décadas por el acceso a los servicios públicos en el principal puerto del Pacífico.

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Narcilo Rosero lleva 42 años defendiendo el agua. / Fotos: María Paula Durán - CNMH

Esta mañana un barco gigante atestado de contenedores navegó juicioso cerca de las boyas: un modelo siguiendo una línea recta invisible. Andaba lento, cansino, con un bordoneo particular que ya solo es paisaje.

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Esta mañana un hombre negro abrió la puerta café de su casa palafítica, en medio de los manglares, una batallita ganada al mar, y se detuvo a mirar al frente la basura flotante entre el agua dulce y el agua salada mezcladas con la lluvia de la madrugada. Descamisado, solo con una pantaloneta blanca, hurgó en una caneca azul desteñida. Sin importar los ojos que lo escrutaban desde un edificio se bañó afuera de su casa, como todos los demás, lanzándose una a una cubetadas de agua hasta completar su baño.

Esta mañana Narcilo Rosero se levantó a las cinco, abrió la llave y se dedicó a recoger agua durante las únicas tres horas -a veces cuatro, a veces dos, a veces menos- en las que se presta el servicio en Buenaventura, esa ciudad en la que llueve todos los días, en la que hay nueve cuencas hidrográficas y su gente no tiene agua. Ese hombre de 61 años, a pesar de que lleva tres décadas peleando para que su gente tenga agua todo el día, tampoco la tiene.

Esta mañana, como cada madrugada, se bañó a totumazos.

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Imaginen un long play reproduciendo “Aguacero” de El Gran Combo de Puerto Rico. Ay bendito, cómo cantan: Era una tarde gris cuando empezó a caer el aguacero aquel que te trajo hasta mí…  Narcilo Rosero dice que Cali es la capital mundial de la salsa. Antes de que la música llegara allá, primero pasó por Buenaventura, la ciudad que mira al océano Pacífico. El marinero que era su vecino hace casi medio siglo era el boricua, el que se las sabía, el que les enseñaba el ritmo del caribe antes de que los caleños se enteraran.

Como la música, Narcilo navegó el mar hasta Buenaventura. Sucedió cuatro décadas atrás. Tenía una novia en un pueblito pequeño de Nariño, entre Tumaco y Salahonda. A la niña aquella la pretendía un policía. Papá y mamá recordaron entonces la historia del policía que mató un muchacho que pretendía su prometida. Podía parecer la historia de Santiago Nassar en Crónica de una muerte anunciada. Eso presintieron papá y mamá. Narcilo, váyase donde la abuela. Empacaron su ropa y lo mandaron para Buenaventura, con miedo de que lo mataran por celos o envidia o lo que fuera. Y aquí está, tantos años después, protegiendo su vida de otros que no lo quieren vivo.

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Narcilo se llama Narcilo por error. El único de los “17 hijos reportados” sin nombre compuesto es él. En el momento de su nacimiento papá Narcilo estaba trabajando “en la costa”. La costumbre es que el papá les daba el nombre a sus hijos y los registraba.

Al regresar “de la costa” el hijo se llamaba igual que el papá.

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Lo primero fueron los libros de pistoleros en el Colegio Pascual de Andagoya. Luego recuerda las lecturas de Henry Miller, del español Pío Baroja y del francés Balzac, su favorito con Un asunto tenebroso.

 -En ese momento comencé en el movimiento estudiantil. Me metí a la juventud patriótica y otros grupos juveniles a leer y discutir sobre temas de Buenaventura.

Óscar Gutiérrez, amigo de Narcilo, recuerda bastante “un día de la madre en el que el rector llevó al colegio una amiga, de esas que dice ‘mijo’ sin conocerlo”. La indignación de que aquel hombre no llevara a su esposa movió a los estudiantes a tomarse el colegio por dos semanas. Al final el rector se fue. “Cuando le conté a mi mamá, me dijo que no había cómo defenderlo”, recuerda Narcilo en una tertulia en el Banco de la República en Buenaventura.

Siguieron los reclamos y la defensa de los derechos de los estudiantes. Sacaban profesores beneficiados por favores políticos. En esos años empezó a ser el que es ahora, enojado por la presencia de una mujer desconocida que decía ‘mijo’ sin recato.

El 7 de febrero de 1976 inició en su ciudad un proceso de formación de ligas de usuarios de servicios públicos domiciliarios. Desde entonces se vinculó con la lucha por el agua y guardó uno a uno los documentos relacionados con el tema. Está acumulando basura, le decían, pero en cuatro décadas sumó 15 mil folios que hoy conforman un archivo sobre vendedores estacionarios, reclamación de servicios públicos y sobre el Comité por la Unidad, Defensa y Salvación de Buenaventura, que el Centro Nacional de Memoria Histórica digitalizó y que Narcilo donó al Banco de la República.

En esos documentos dice que en 2001 el Distrito de Buenaventura le concedió a Hidropacífico la operación del acueducto y alcantarillado, y que en 2005 el operador asumió en su Plan Maestro que la ciudad contaría en 2014 con el servicio las 24 horas. Ni servicio ni plata: pérdidas. Lo que logró Narcilo y algunos líderes es que se construyeran dos plantas de tratamiento para que no se suspendiera el servicio una vez se enturbiaba el agua y que parte de los recursos necesarios para el Plan Maestro de Acueducto y Alcantarillado los ganaran con la marcha que hicieron en 2014 y que fue el origen de lo que luego sería una gran movilización.

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-Tenemos nueve cuencas hidrográficas que arrojan al mar 10 mil metros cúbicos por segundo. Qué paradoja que en Buenaventura abrimos el grifo y no recibimos agua. Antes quieren que nos retiremos del territorio para hacer macroproyectos portuarios; no tenemos salud, no tenemos una sola cama pública de segundo nivel. Nos están matando. Hemos dado cientos de deportistas y no tenemos un estadio. Nos hicieron una piscina y hoy es criadero de zancudos- dijo Narcilo hace tres meses en un evento en Bogotá.

Vamos por los principales problemas de Buenaventura, se dijeron los líderes. Unieron a 117 organizaciones y detuvieron la ciudad. Sucedió lo que luego conocieron en el resto del país: en el principal puerto de Colombia hicieron un paro cívico.

Recordó cómo organizaron desde 2013 el Paro Cívico de Buenaventura, con el que unieron a 117 organizaciones y detuvieron la ciudad. No podía ser que esos barcos gigantes que llegan y se van con carga le dejen 5,4 billones anuales al fisco y ni siquiera los 380 mil habitantes de la ciudad tuvieran agua. Lo mínimo, carajo.

-Lo que acordamos con el gobierno fue, para decirlo de forma sencilla, que nos ponga, por lo menos, en las mismas condiciones de los colombianos, de los caleños, que están a dos horas de la costa. No hicimos un paro para convertirnos en una Suiza, en un país europeo, lo hicimos para que el Estado nos ponga en las mismas condiciones sociales.

Se habló de 300 mil millones de pérdidas, según la Cámara de Comercio de Buenaventura, de 821 mil toneladas de carga acumulada. Qué importaba aquello, se decían, si el 5 de junio de 2017, tres semanas después, luego de una larga noche de negociaciones, acordaron la creación de un fondo económico exclusivo para Buenaventura: 1.5 billones de pesos.

Narcilo, uno de los 11 líderes del Comité ejecutivo del Paro Cívico, y líder de la mesa por el agua, respiró aliviado al saber que la lucha de toda su vida al fin tenía una luz de esperanza. Se destinarían 350 mil millones para el acueducto y alcantarillado, y 25 mil para los acueductos rurales. Así, por fin, dejaría de bañarse con totuma como aquella mañana bogotana.

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Dos policías toman gaseosa en la única mesa de una desvencijada casa de madera, metida en un parqueadero gigante de tractomulas.

-Señores… - dice Rodrigo Machado.

Ellos atienden, se levantan y salen resignados.

-Mi papá estaba a veinte metros de la casa, se paró a comprar una gaseosa y se le acercaron por la espalda. No los vio -dice.

Le dispararon y huyeron en una motocicleta. Ese día, el 27 de enero de 2018, asesinaron a Temístocle Machado, su papá, ese hombre que desafió personas y sectores que se hacían llamar dueños del territorio en el que vive su gente. Estaba fresco el paro cívico de Buenaventura, en el que había sido uno de los líderes de la mesa de territorio.

Fue el escándalo y la indignación la muerte de Temístocle: marchas, protestas, jornadas de luz. Días después la Unidad Nacional de Protección reaccionó y les dio esquemas de seguridad a los 11 líderes del Comité Ejecutivo, ya amenazados, que pedían a gritos protección. Mataron al líder y desde entonces a Rodrigo lo acompañan los dos policías que miran cada tanto. Desde entonces, a Narcilo lo transportan en camioneta, lo escoltan.

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Hay que verlo enojado. No importa si es noche o día, los ojos los esconde con unos lentes oscuros. El derecho es víctima de una conjuntivitis aguda que lo larga a llorar.

-Casi pierdo el ojo -dice.

Se toma un tinto y regresa a su aire severo, al relato de los diez mil metros cúbicos por segundo de agua que van al mar. El colmo que abra la llave y no caiga una sola gota, por eso preparó su café desde la mañana.

-Por todos lados es una negligencia. El Estado colombiano es mezquino, negligente, por eso me da rabia. En otras partes abro la llave y me baño; acá me tengo que bañar con totuma.

Ha sido así desde que recuerda: se levanta temprano a recoger y a llenar baldes. Le sigue bañarse con agua recogida.

-A cada rato salgo a hablar por la radio sobre el agua. Me contaron que una señora que me escucha dice que me quiere porque voy a lograr que ella tenga agua todo el día. Pero creo que se va a morir y no lo voy a lograr.

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Podían ser submarinos extraviados de la Segunda Guerra Mundial. El niño de nueve años que era Narcilo se asombró de que fueran más grandes que la embarcación a la que se aferraba. “Fue el susto más grande ver esos animales. Ahí conocí las ballenas”. Como ese no hubo otro miedo, no tan gigante ni asombroso. No lo siente ahorita. Sí lo demuestran sus sobrinas contadoras, ocupadas en cinco computadores ubicados en la sala de su casa, ni sus tres hijos que viven lejos de Buenaventura.

Con la muerte de Temístocle el ambiente se puso tenso. Una mañana cualquiera, al salir de su casa, lo llamó un vecino. Más temprano este llevó sus hijos a la escuela y en la esquina vio dos extraños que nunca había visto. Estuvieron pendientes un rato, cerca de la casa de Narcilo. Llamaron a la policía y los tipos desaparecieron.

-Yo no siento temor, quieren que uno se muera del susto, que me quede callado.

Y mientras detiene su voz, su camiseta parece tomar la palabra. Las letras blancas dicen: “Buenaventura se respeta, carajo!”

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*Periodista del Centro Nacional de Memoria Histórica.