Una casa y mil sueños volando

Esta es una de las historias que escribieron oficiales sobre sus vivencias durante el conflicto armado, en el curso de construcción de memoria histórica de las Fuerzas Armadas.

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/Archivo El Espectador.

"Yo, el mayor Naily Akid Ganem Hernández, quiero compartir muchos momentos que encierran alegría, tristeza, enojo, impotencia, decepción, miedo, frío, calor y muchos más sentimientos encontrados que alimentan nuestros recuerdos. Han dejado fuertes huellas e imágenes que nos acompañarán más allá del tiempo que dura nuestra carrera militar y van moldeando como arcilla nuestro carácter y nuestra forma de ver el conflicto. Al cual decidimos participar cuando juramos defender a Colombia y morir por ella.

Durante estos casi 20 años de carrera tuve la oportunidad de vivir y experimentar muchos acontecimientos que dejaron en mi memoria marcas tanto físicas como en el alma. Una mañana del 29 de enero del año 2002, estando disponible para volar en el helicóptero HUEY II, en la base militar de Apiay (Villavicencio).  Fui llamado para ir y realizar un requerimiento de transporte en el área de El Castillo (Meta).  Al llegar al sitio, vi un cráter de aproximadamente cinco metros de radio y dos metros de profundidad. Los escombros de lo que era una casa estaban esparcidos por todos lados y la vegetación alrededor estaba destruida, había restos de uniformes militares y sangre. Me impactó ver tal escena de destrucción.

(Lea otra de estas historias aquí: Un héroe y una mina)

En la misma área había 12 bolsas negras, donde se encontraban algunos de los cuerpos de los soldados que estaban en esa casa. Ellos venían desarrollando una operación de persecución de algunos bandidos que los habían hostigado anteriormente. Sin observar ni verificar de la mejor manera esa casa, los soldados ingresaron para descansar sin percatarse que había sido preparada y cebada con explosivos que se activaron mientras dormían. La explosión acabó con la vida de 22 hombres que hacían parte de la compañía del Batallón Contraguerrilla No. 53, adscrito a la brigada móvil No. 3.

El Vick Vaporub era normal utilizarlo en la nariz para soportar los olores putrefactos de los cuerpos y la pólvora de los explosivos que quedaban en el ambiente. Sólo fue posible encontrar a 18 soldados de los 22 que murieron en la explosión de la casa en la que descansaban.  El resto de cuerpos quedaron esparcidos en un área de aproximadamente 200 metros y su búsqueda duró casi dos días. Lo más impactante fue cuando empezaron a subir los restos a mi helicóptero. Había bolsas de 20 centímetros, donde se encontraban las partes de los cuerpos que se pudieron recuperar. Quedamos con la incertidumbre de no haber podido encontrar a cuatro soldados que terminaron registrados como desaparecidos.  

 (Lea también otra de estas historias aquí: Memorias de un Colibrí)

Cuidado de salvación

En el año 2002 me encontraba disponible para volar un helicóptero cuando nos ordenaron salir a una misión de evacuación aeromédica. Procedimos al área de operaciones en San José del Guaviare, escoltados por un helicóptero B-212 rapaz para evacuar a un soldado herido en combate. Cuando aterrizamos, vi cuando subieron en una camilla hecha de una manta camuflada y unos palos de soporte al herido. La acción la hacen con mucho cuidado, debido a que el disparo que lo alcanzó entró por la parte superior del hombro y se alojó en su espalda. La idea era no moverlo mucho para evitar que llegara a quedar cuadripléjico.

Lo evacuamos y el enfermero de combate nos dijo que pidieramos por radio una camilla para trauma de espalda. Miré al muchacho a los ojos y vi su sufrimiento. Él  sabía que podía llegar a tener complicaciones y, de pronto, no podría volver a caminar. Sus ojos me decían que no lo dejara morir, que éramos su única esperanza de vida. Cuando llegamos a la base militar de Apiay había una ambulancia esperándonos para recibir el herido. Cuando se acercaron al helicóptero, dos enfermeros cogieron de las piernas y de los brazos al herido, sin ningún cuidado, y lo montaron en una camilla acolchada. Su cabeza la dejaron por fuera de la misma. En ese instante me llene de impotencia, me acordé como sus compañeros en el área de combate intentaron no moverlo mucho para cuidarle su espalda, con compañerismo y cariño. 

Después de ver la poca precaución de los enfermeros, me bajé del helicóptero y me acerqué iracundo. Les dije que no era posible que todo el esfuerzo que se había hecho en el campo de batalla se perdiera.  Les dije que ese soldado era un héroe y estaba dando su vida por defendernos a todos. "Por favor respeten su estado y trátenlo con el cuidado necesario que se merece”, les reclamé.

Días después tuve que volver a Apiay y averigüé por el soldado que había evacuado por esos días. Me informaron que el muchacho había quedado paralítico, que no pudieron hacer nada en la cirugía porque el proyectil estaba en su columna. Me sentí muy mal y siempre quedó en mi memoria la mirada de ese soldado que me pidió que lo salvara y yo le respondí que estaría en buenas manos. Sentí que le fallé".

Escrito por el mayor Naily Akid Ganem Hernández.