Desaparecidos del Palacio de Justicia: una búsqueda de varias generaciones

Las 12 personas desaparecidas tras la toma del Palacio de Justicia dejaron una estela de familiares que 32 años han luchado incansablemente contra el olvido. Ahora los más jóvenes siguen buscando las respuestas que no hallaron sus padres y sus abuelos.

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Familiares de los desaparecidos. / Archivo familiar

Aproximadamente hace tres meses, Sandra Beltrán recibió una llamada, ordenada por el grupo de patología de Medicina Legal, citándola a ella y a toda la familia de Bernardo Beltrán, desaparecido tras la toma del Palacio de Justicia en 1985, que trabajaba como mesero de la cafetería. La cita era en la Fiscalía para notificarles el hallazgo de los restos de Beltrán. La búsqueda que iniciaron sus papás y hermanos, la madrugada del 7 de noviembre de 1985, había concluido con un final agridulce: aún se desconocen el autor o los autores y las circunstancias de su asesinato. Los miembros de su familia, como los demás de los desaparecidos, exigen mucho más que recibir un montículo de lo que alguna vez fueron huesos. 

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Enrique Rodríguez, papá de Carlos Rodríguez, otro de los desaparecidos, siguió las pistas de su hijo incansablemente. Asumió la búsqueda con su carácter frentero y sus conocimientos como juez. “Mi papá, como líder de la familia, dedicó prácticamente toda su vida y todos sus esfuerzos hasta que tuvo fuerzas para tratar de buscar a Carlos y establecer la verdad para que se hiciera justicia”, explica César Rodríguez, otro de sus hijos, quien asumió la nueva fase de la búsqueda con Cecilia Cabrera, esposa de su hermano desaparecido. Ambos acompañaron a Enrique Rodríguez desde la primera noche en que Carlos no volvió a casa. 

A pesar de haber tocado puertas que se mantuvieron cerradas durante mucho tiempo, la persistencia logró que se abriera una investigación seria 20 años después del holocausto. El paradero de Carlos Rodríguez, sin embargo, es un misterio con el que su hija, Alejandra Rodríguez, vive desde los 35 días de nacida. Creció al margen de lo sucedido, protegida por su familia, la cual intentó involucrarla lo menos posible para evitar su dolor. “Aproximadamente a los 18 años decidí meterme de lleno en el tema del Palacio de Justicia, aprenderlo, manejarlo, saber qué fue lo que pasó el 6 y el 7 de noviembre de 1985”, dice Alejandra Rodríguez. 

El proceso ha sido largo e infructuoso. Asumir una crianza sin su papá y apropiarse de la búsqueda de su familia a lo largo del tiempo, la ha llevado a asegurar que adquirió “un compromiso con él y con sus compañeros de trabajo para que la sociedad sepa qué fue lo que sucedió con ellas y así rescatar la memoria de ellos”. 

Elsa María Cortés de Guarín, la mamá de Cristina Guarín, encargada de la caja en la cafetería del Palacio de Justicia, que desapareció durante su toma, fue muy amiga de la abuela de Alejandra Rodríguez, María Helena Vera. Vivieron experiencias juntas a lo largo de su vida, entre ellas la tragedia que les arrebató a sus hijos para siempre. Su esposo, José Guarín, un tipógrafo liberal, lideró la búsqueda desde el principio junto con Enrique Rodríguez.

Los primeros resultados llegaron en 1993, cuando el Tribunal Administrativo de Cundinamarca aceptó que sí hubo desaparecidos en el Palacio de Justicia y condenó a los ministros de Justicia y de Defensa como responsables por la desaparición de Cristina Guarín. Al morir su papá, el 19 de febrero de 2001, René Guarín dejó de trabajar para tomar el liderazgo en la investigación. Es así como cada 6 de noviembre se encuentra con los demás familiares de los desaparecidos para recordar. Guarín ha contado que, al principio, a esas familias las rechazaban, les “tiraban agua”, los medios los ignoraban, “hasta bolillo nos dio la Policía”, comentó alguna vez René Guarín. 

El mismo camino lo ha recorrido Juan Francisco Lanao, quien creció en Ecuador, lejos del país en donde su mamá, Gloria Anzola de Lanao, fue desaparecida luego de la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19 y de la retoma del edificio por parte de la Fuerza Pública. Durante sus años en el exterior la versión que le dieron, también para protegerlo, tenía vacíos. “Sabía que tenía una madrastra y que no vivía con mi mamá, pero mi percepción era que había fallecido en una especie de atentado terrorista en Colombia, que había ocurrido en el Palacio de Justicia y que mi mamá estaba parqueando el carro ahí”.

Los primeros en buscar a Gloria Anzola fueron sus hermanos y sus papás, quienes nunca perdieron el contacto con Juan Francisco Lanao. Preguntaron, como el resto de familias, en el Cantón Norte y en la Escuela de Caballería, sin mayores resultados que los rechazos a sus preguntas y hasta amenazas posteriores. Recibieron llamadas diciendo que su familiar estaba sufriendo. Su esposo entró a buscarla entre las cenizas del Palacio de Justicia, acompañado de una de las hermanas y del papá de su esposa, tratando de identificar cualquier rastro. La madre de Gloria Anzola murió, como muchos de los padres de los desaparecidos, sin verdad y sin justicia. 

Ahora Juan Francisco Lanao, quien comparte el dolor con once familias más a los que les desaparecieron un ser querido, sigue buscando en un proceso que, para Cesar Rodríguez, parece interminable. “Mi mamá no tenía nada que ver ni con el M-19 ni con nadie ahí, ella simplemente tenía su oficina cerca. Yo no pude crecer con la persona que me dio la vida, no pude gozar del amor de mi madre por estos hechos” explica.

Un caso más fue el de David Suspes Celis, el chef de la cafetería, quien trabajaba sus últimos días en el Palacio de Justicia porque se iba a trabajar a Carulla. Su familia nunca se llegó a imaginar el tortuoso camino que les aguardaba. En 1985 Myriam Suspes, hermana de David, con 19 años, acompañó a su mamá desde el primer momento, mientras buscaban desesperadamente junto a sus otros hermanos. “Me hice partícipe en la búsqueda de mi hermano y de los desaparecidos. Cuando empezamos no había nada”, cuenta Myriam Suspes. 

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A los tres años del holocausto nació su hija, Elizabeth Suspes. Creció con historias donde se mencionaba su tío, sin muchos detalles de lo que ocurrió durante esos días en Colombia. “Ella sabía quiénes eran todos sus tíos, menos su tío David. Nosotros le decíamos que estaba en el cielo. Un día ella me preguntó que si podíamos ir a visitarlo”, cuenta Myriam Suspes. Fue en ese momento cuando sintieron que era el momento de contarle la verdad. 

Poco a poco su hija se fue adueñando de la historia y comenzó a asistir a las reuniones que se organizaban en conmemoración a los desaparecidos. La radiografía del vínculo que siente cada generación de la familia Suspes Celis es clara. Mientras Carmen Celis, la madre de David Suspes, se sumió en una tristeza profunda por no haber hallado a su hijo, su hija siente una enorme inconformidad con la impunidad del caso. “Me parece injusto todo. La manera como nos ha tocado buscar justicia, hasta llegar a la justicia internacional. A mi hija la he visto por momentos con un sentimiento de ira, de ver que su abuela sufrió por la pérdida de un hijo, pero a la vez con ganas de seguir. Ella no desfallece”.