Son producto de un diplomado de la Comisión Nacional de Conciliación

Textos para la reconciliación en el Bajo Atrato

Líderes sociales de Belén de Bajirá, Riosucio y Carmen del Darién escribieron sobre sus vivencias y procesos que adelantan para construir paz y espacios de diálogo en una región en la que los violentos han vuelto a ganar protagonismo. 

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Más de 40 líderes sociales participaron en el diplomado Pases para la Reconciliación.
Cristian Garavito - El Espectador

“Fue triste y muy dolorosa esa época. Al campesino de a pie le tocó caminar y pasar por encima de ‘los muñecos’ –como se les decía a los muertos que dejaban tirados en los caminos– para poder llegar a sus labores, o de regreso a sus casas. En mi ignorancia pensaba que para los grupos armados era divertido matar por matar y poner los cuerpos en el camino para que el campesino los pisara, saltara y sintiera temor”. Este es uno de los apartes del relato de Feliza Martínez, bibliotecaria de Belén de Bajirá (Chocó-Antioquia), quien hizo parte de un grupo de líderes sociales del Bajo Atrato que escribieron una serie de textos para promover los procesos de reconciliación en la región.

(Vea aquí el relato completo: Textos para la reconciliación: “Amemos más y odiemos menos”)

Estos textos cobran especial relevancia en la coyuntura actual que se vive en la zona, donde los líderes de procesos de restitución de tierras y defensores de derechos humanos se encuentran en medio del conflicto entre grupos armados que luchan por tener el control total de la región. En esta disputa, especialmente entre el Eln y el Clan del Golfo, fue asesinado Mario Castaño Bravo, reclamante de tierras que denunció la entrada de paramilitares a sus territorios.

Los relatos fueron escritos por los participantes del diplomado Pases para la Reconciliación, un proyecto de la Comisión Nacional de Conciliación, con apoyo de la Embajada de Alemania, que buscaba crear nuevos espacios de diálogo y encuentro entre la sociedad civil y excombatientes de las Farc. El propósito de los textos era que los líderes de la región dieran a conocer sus historias personales y sus aportes a los procesos de reconciliación para evitar que la violencia volviera a tomarse las calles de sus pueblos.

“La Fuerza Pública ha crecido exponencialmente en el Chocó en los últimos 15 años, pero extrañamente no logra controlar a ninguno de los grupos armados, ni de narcotraficantes, ni de mineros ilegales (…) Desde finales del siglo XX el conflicto armado ha dejado miles de muertos y desaparecidos, y más del 60 % de la población del Chocó desplazada. Sin embargo, una mirada a los precarios niveles de la salud, la educación y el empleo, puede llevar a concluir que el mal menor en el Chocó es el conflicto armado”, escribieron líderes de Riosucio (Chocó).

(Lea el texto completo aquí: Memorias del Urabá chocoano)

La historia de violencia en la región tiene como protagonistas a todos los actores del conflicto. Desde la Fuerza Pública, hasta la guerrilla y los grupos paramilitares. “Entre 1990 y 1995 mi época en el bachillerato–, presencié muchos asesinatos causados por las Farc, el Epl y el Eln. Según ellos era justo, porque era una consecuencia por haber hecho cosas malas. Ellos eran los que imponían la ley y eran los únicos armados que se conocían en el pueblo. Acá no llegaba ni el Ejército ni la Policía. Para la población era normal esa situación En pocas palabras, se hacía lo que ellos dijeran”, escribió Amaury Arteaga, del Comité Prodefensa de Belén de Bajirá.

(Aquí el texto completo de Amaury Arteaga)

El líder comunitario agregó que a finales de los 90 llegaron a la zona personas que decían ser del Ejército: “Les decían ‘bolsillones’. Empezaron a aparecer con personas que desertaban de la guerrilla, venían con la cara tapada y señalaba a quienes colaboraban con la insurgencia, que terminaban siendo asesinados sin ninguna posibilidad de un juicio. Luego llegaron los paramilitares, a quienes les decían los ‘mochacabezas’. También llegaron con exguerrilleros en sus filas y causaron las más horrorosas masacres. Los habitantes de Belén de Bajirá se desplazaron, no quedaron más de 500 personas, la mayoría de las casas estaban vacías y las calles desiertas”.

A muchos de los participantes del diplomado el conflicto les desintegró sus familias. En su texto, Claudia Patricia Salas, lideresa y secretaria de la Asociación Prodesarrollo de Belén de Bajirá, relató que en tiempos remotos las familias vivían del campo y en tranquilidad, “hasta que llegó una señora llamada ‘violencia’. Yo había escuchado hablar de ella y de la guerra que la genera, pero no la había vivido en carne propia. Pero un día sentí que tocó a mi puerta. Comencé a vivir toda una odisea: desaparecieron al padre de mis hijos y me montaron una persecución, como si yo fuera una delincuente. Me obligaron a desplazarme estando embarazada. Este episodio marcó mi vida y alcancé a comprender ese lado oscuro que azota a mi país. Me volví sensible al dolor ajeno”.

(Lea el texto completo de Claudia Patricia Salas)

La violencia ha sido una constante entre los habitantes de la región y eso lo dejaron claro los participantes del diplomado en sus textos. “En Riosucio (Chocó) la guerra no tuvo compasión. Los pájaros dejaron de cantar y prefirieron migrar, porque las bombas y las balas aturdían su melodía y cortaban sus alas. Se escuchaban los cañones como si fueran golpes de manduco en el río. La tierra dejó de producir para recibir cuerpos sin vida. Los caminos se perdieron, como desaparecen los sueños e ideales de un campesino que anhela su próxima cosecha. Los ríos se taparon porque ya nadie los transitaba por el miedo”, escribió en su relato la hermana Elisabeth Ceballos.

(Puede leer aquí el relato de la hermana Elisabeth Ceballos)

La religiosa, junto a otro grupo de misioneras, creó en Riosucio un grupo de acompañamiento para mujeres víctimas del conflicto armado, quienes comenzaron a contar sus historias de vida. Según Ceballos, fue un proceso que les enseñó a perdonar: “Ellas poco a poco han contado su historia, su tristeza, su dificultad, y aunque al inicio su corazón lloraba, hoy ya son capaces de ver este acontecimiento con otros ojos. Ya ríen, comparten, sueñan y duermen. Convirtieron este espacio en la mejor terapia de sus vidas, porque no sólo aprendieron a perdonar, sino que llevan esperanza a otras mujeres, que quedaron viudas, sin sus hijos y marcadas por las inclemencias”.

Los textos son una muestra de la resiliencia de las comunidades de Belén de Bajirá, Riosucio y Carmen del Darién. Si bien la paz ya se firmó, aún siguen siendo víctimas por la lenta implementación de los acuerdos y por el reacomodamiento de los grupos ilegales en la región. Sin embargo, no han dejado de ser líderes y de crear espacios para el diálogo y la reconciliación, para así evitar que en las calles de sus pueblos primen las balas sobre las palabras. Por eso sus relatos se convierten en la memoria de lo que fue la violencia y de los retos que supone la construcción de paz en las regiones más olvidadas del país.

(Lea: "Pasos para la reconciliación en Belén de Bajirá")