Relato de un silencio

Esta es la historia de cómo mi familia terminó presa en su propia casa de la guerra que se recrudeció entre paramilitares y guerrilla.

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Foto familiar del cumpleaños número doce de Marcela Ramírez Cardona. /Fotos: Archivo Familiar

Recuerdo que los primeros brotes de violencia aparecieron un 31 de diciembre, cuando nos preparábamos para recibir el año nuevo. De la nada un helicóptero del Ejército empezó un enfrentamiento con la guerrilla que había derrumbado un puente a punta de cilindros de gas convertidos en bombas. El resultado dejó once buses quemados, varios muertos –entre ellos guerrilleros, miembros del Ejército y civiles– y la cabecera municipal incomunicada con los demás municipios cercanos.

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Para ese entonces mis papás y yo vivíamos en una vereda y trabajábamos como mayordomos en una finca, rodeados de un gran espejo de agua y mucha vegetación. Días después, entre las espesas montañas, durante varias semanas los aviones fantasmas aprovecharon las noches oscuras para atacar campamentos guerrilleros, con sus balas de luces de bengala que iluminaban el firmamento y gran parte de los montes que rodeaban las veredas aledañas a mi casa.

Rezábamos el rosario para que este fuego cesara. Al principio solo se oía hablar de guerrilleros que pasaban cerca de las fincas, que pedían agua potable en las casas y que dejaban los caminos marcados con sus botas de caucho.

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Una tarde cuando llegué del colegio, entrando a la finca empecé a divisar carros, motos y muchas personas reunidas en mi casa; algunos eran vecinos cercanos, pero, en su mayoría, eran jóvenes que nunca había visto. Con cautela llegué y sin entender lo que sucedía, mi mamá hizo que me quedara encerrada en mi habitación para que no escuchara de qué hablaban allí. Horas más tarde se terminó la reunión, la gente se marchó y mi papá muy preocupado se sentó a hablar con mi mamá de la situación.

–Mija, quedamos aquí atrapados, ya nos dijeron que no nos podemos ir de la finca y que hablemos con el patrón porque tienen que pagar “vacuna”; que cada mes va a pasar un muchacho por la finca y le tenemos que tener la plata lista. Esa fue la primera vez que vi en sus rostros la imagen del terror.

Después de una noche de insomnio, mi mamá se armó de valor, fue a la finca más cercana donde había teléfono fijo y llamó al dueño de la propiedad. Esa mañana la vi regresar con cara de desesperanza y angustia, la misma que más tarde vería reflejada en mi papá. Aunque ellos intentaban ocultarme lo que estaba sucediendo, yo me las valía para enterarme, así fuera escuchando detrás de las puertas.

El patrón se había negado rotundamente a pagar vacuna, para él eso era la financiación de una guerra que no pensaba alcahuetear. No pasaron ocho días cuando un grupo de aproximadamente 15 paramilitares estaban viviendo en la finca, unos en la cabaña del patrón y otros en nuestra casa. ¡Sí!, en nuestras camas, usando nuestras cosas y comiendo en nuestros platos. “Armados hasta los dientes” –como decía mi mamá–, no podíamos negarnos a sus propuestas y actuaciones. Como ya el patrón no nos iba a volver a pagar, el trato era que mis papás trabajarían para ellos y recibirían una remuneración. Al inicio todo parecía normal con los nuevos inquilinos, pero todo comenzó a tornarse pesado cuando a mi mamá le tocó lavar ropas manchadas de sangre y cuando yo iba al colegio, ubicado en el pueblo, y los rumores en las calles hablaban de personas asesinadas a manos de los paramilitares.

Pie de foto: Marcela Ramírez en la finca donde pasó su infancia, atravesada por el conflicto armado.

El miedo empezó a apoderarse de la región y los rumores eran que mi familia y yo nos habíamos convertido en sus colaboradores. Nadie nos preguntó si esa había sido nuestra elección.

Las pruebas difíciles empezaron cuando, sin querer, nos enterábamos de a quiénes iban a asesinar. Cada semana tenían un listado de personas, que empezamos a conocer como la “lista negra”, con nombres, números de cédula y apodos, pegada en la sala de mi casa; además, cada nombre estaba escrito por detrás de la estampita de un santo. Tenían sus propios rituales para matar, hervían las balas con agua bendita, le rezaban a la Virgen del Carmen, a María Auxiliadora, a la Milagrosa… a la misma virgen que nosotros le rezábamos por la vida de nuestros conocidos, esa misma que ellos invocaban para que la persona no se escapara de las balas, de la muerte y de su suerte.

Ahí fue donde empecé a pensar que Dios nos había abandonado. Mientras ellos usaban revólveres, fusiles y otras armas que nunca había visto en mi vida, el silencio era el arma de mi familia.

Cierto día, en la “lista negra” vi el nombre de un compañero que estudiaba conmigo. En ese instante tuve un nudo en la garganta que me acompañó por muchísimo tiempo. Esa misma semana, el lunes, los muchachos –los paramilitares, a quienes ya les decíamos así– salieron muy temprano, según ellos, con una misión que cumplir. Más tarde, un vecino me dio la noticia de que habían matado a un muchacho del colegio y lo habían dejado en el basurero municipal, que no quedaba muy lejos de mi casa.

Dicen que fue uno de los entierros más concurridos, que todo el mundo lo lloró, que nadie entendía por qué lo habían asesinado, que su mamá estuvo a punto de enloquecer, que la velación fue en el colegio donde estudiábamos juntos, que el pueblo se vistió de luto, que en las calles había soledad y silencio.

Yo me encerré, me ensimismé, nunca quise hablar del tema con nadie. El cargo de conciencia en una niña de once años, que sabía lo que iba a suceder, es un karma con el que se carga para toda la vida. Yo sólo pensaba en el porqué de tantas muertes y torturas, ¿por qué no había sido capaz de ponerlo en alerta?, ¿por qué no le dije a un profesor?, ¿por qué no le dije a su mamá?, ¿por qué me quedé callada? Todavía me pregunto qué hubiera sucedido si no hubiera guardado silencio.

Tres días más tarde, regresé al colegio. Cuando entré al salón vi una imagen que nunca he podido borrar de mi mente: en la parte de atrás estaba la silla en la que mi compañero se sentaba, con un inmenso listón morado. El resto del año esa silla y ese listón fueron nuestra compañía. Yo no entendía lo que estaba pasando. Los que decían cuidar y poner orden en el pueblo estaban matando a los hijos, los papás, los amigos, los conocidos, a mujeres, profesores y ancianos. Estaban acabando con nuestra gente, con la vida y con los sueños.

Mis papás y yo estábamos enterados de todos los vejámenes, atrocidades, torturas y todo tipo de planes siniestros que se formulaban en mi casa. ¿Pero quién podría huir? Estábamos inmiscuidos en un juego macabro del cual ya no teníamos salida. Estuvimos más de un año sin ver a nadie de la familia, era imposible salir de allí, pues donde cayéramos en un retén de la guerrilla, nunca sobreviviríamos. Ya estábamos catalogados como auxiliares de los “paras”, como muchos les llamaban. Dios ya nos había abandonado. También nuestros amigos, los vecinos y la familia. Ni qué decir del Estado.

Los paramilitares acostumbraban hacer fiestas en la finca, y lo más triste es que sus invitados de honor eran algunos funcionarios públicos y el comandante de la estación de Policía. Yo notaba la cara de amargura y de impotencia de mi papá cuando tenía que hacerles los asados y servirles sus tragos. La situación en esta región se tornó tan tensa que dicen que los mismos soldados hacían retenes para solicitar nombres y cédulas y así pasar información a los “paras” para que elaboraran la famosa y temerosa “lista negra”. Desde las 6:00 de la tarde el pueblo estaba en toque de queda, ni un alma se veía transitar en las calles.

Ellos eran dioses, dueños de la vida, de las casas, del pueblo, de las fincas, de la gente y de las mujeres. Ya no había tranquilidad. Cayeron muchos inocentes. Mi mamá decía que “ellos mataban por ver caer”. En la finca vivimos muchas noches de pánico, no dormíamos pensando en que tal vez algún día la guerrilla iba a llegar; aparte de eso, los festines que organizaban no nos dejaban dormir. En esa época ya ni el sueño quería estar con nosotros.

Una mañana salí temprano de clase porque, lamentablemente, habían asesinado al profesor de una vereda, y la rectora nos mandó a todos para la casa. Cuando llegué a la finca, mi papá estaba amarrado en un árbol con lazos de esos que usan para trabajar con ganado y el sitio estaba rodeado por el Ejército. Mi mamá lloraba tirada a los pies de mi papá. En ese momento pensé que de los paramilitares nos habíamos salvado, pero del Ejército ya no era posible. Mi padre estaba atormentado a punta de preguntas, lo golpearon, lo trataron de paramilitar, lo humillaron. Al final, al no obtener respuesta alguna, lo soltaron y se marcharon. Después de tantos incidentes, los minutos en esta finca estaban contados para nosotros y empezamos a buscar la forma de salir de allí esa misma semana.

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La última noche, cuando ya teníamos listo el trasteo para irnos, fuimos a acompañar a un vecino que le habían asesinado a un sobrino. Esa noche la guerrilla fue a la casa a buscarnos. Desde lejos divisamos como las botas de caucho recorrieron el terreno, entraron a nuestra casa y dañaron, empujaron, rebujaron todo lo que había a su alcance. Fue una de las noches más aterradoras de cuantas vivimos. Mi papá amaneció mojado, empantanado, porque pasó toda la noche escondido en un cafetal; apareció en la madrugada.

Y así, por el estilo, fuimos testigos de la muerte del chancero, del que vendía las arepas de chócolo, de profesores, de jóvenes, de los papás de varios amigos, de mujeres, hasta de niños. Incluso tuve que soportar el acoso por parte de uno de ellos, y es que en esa época las jovencitas eramos carnada fresca para este grupo sanguinario.

Soy consciente de que muchos reprocharon nuestro silencio, pero realmente eso es lo que nos tiene con vida. Siempre me han gustado los medios de comunicación y desde muy joven he trabajo empíricamente en estos. Cuando inicié mi labor en la emisora comunitaria tenía alrededor de quince años, y siempre que realizaban marchas y protestas por los desaparecidos y víctimas de la violencia, yo evitaba hacer cubrimiento de estas actividades, pues no quería ver los rostros de las personas que sufrían por sus seres queridos. Los mismos que yo hacía algunos años había visto en la “lista negra” pegada en la sala de mi casa. En un pueblo con 6.300 habitantes, para ese entonces, todos se conocían.

Cuando logramos salir de ese infierno, mi papá, sin un trabajo estable y por ende sin seguridad social, fue diagnosticado con Guillain Barré, una enfermedad dura y además costosa, que está asociada con los músculos y ocasiona la pérdida total de la movilidad. Las células nerviosas de mi padre no habían resistido tanta presión por lo que habíamos vivido y colapsaron provocando una parálisis ascendente.

Fueron tres meses en un hospital y tres años de recuperación. Pero aquí vamos de nuevo, sin perder la fe. Como le decía siempre: “si sobrevivimos a los paramilitares, al Ejército, a la Policía y a la guerrilla, esta enfermedad no nos ganará la última batalla”. Ahora él cura sus heridas del alma y se recupera de las secuelas físicas de la enfermedad. Mi mamá, por su parte, recibe ayuda psiquiátrica, pues después de tantos años dice que las muertes y las desapariciones forzadas no la dejan vivir en paz.

Yo, después de tantos años, he decidido romper el silencio de lo que vivimos. El deber de la memoria es ese, reflexionar para que esto trascienda y no vuelva a suceder.