Memorias de un Colibrí

Esta es una de las historias que escribieron oficiales sobre sus vivencias durante el conflicto armado, en el curso de construcción de memoria histórica de las Fuerzas Armadas.

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/Archivo El Espectador.

"De mi infancia tengo recuerdos del conflicto armado que marcaron mi amor por el servicio a mi patria. Guardo en mi mente la toma del Palacio de Justicia. Sucedió una tarde cuando nos encontrábamos en la casa de mi abuela. Recuerdo el aroma a chocolate caliente y la angustia de mi abuela ante la noticia que no podía creer. A eso se sumaba la desesperación por no saber nada de mi tía, que trabajaba en el sector donde pasaron los hechos. Solo teníamos las imágenes que pasaban por la televisión.

Otra triste remembranza que tengo es la bomba que explotó en el CAN, por esos días en que las detonaciones en la ciudad eran seguidas por culpa del narcotráfico. Mi padre se encontraba muy cerca al sitio y resultó afectado. Recuerdo verlo llegar en su vehículo, narrando su experiencia, visiblemente nervioso. En mi corazón agradecía que no le hubiese pasado nada. Pero mi papá aún guarda unas esquirlas de lo que le pasó aquel día, que no se borran de su memoria.

(Lea otra de estas historias aquí: Un héroe y una mina)

Las diferentes noticias que difundían por televisión, las que se escuchaban en la radio y las que leía en el periódico, me hicieron pensar que yo podía hacer algo. Soñaba con volar para ayudar a la gente y también protegerla. Con esfuerzo y dedicación logré ingresar a la Fuerza Aérea Colombiana en 1996. Durante el tiempo de escuela recuerdo que no podía salir a descansar por los acuartelamientos, que eran muy comunes en esta época. En esa etapa viví de cerca el atentado contra la Escuela Militar de Aviación, a mediados de 1999. Unos cilindros habían explotado a escasos metros de nuestro alojamiento. Recuerdo ver una ventana corrediza pasar de lado a lado; el olor a pólvora; los gritos y el sentimiento de incertidumbre por no saber que ocurría; los soldados corrían con sangre en su cara. La noche era lluviosa y escuché rápidamente las turbinas de un helicóptero. Tomé el armamento y, en mi paso acelerado, vi a los cadetes, heridos por los vidrios, afanados por llegar al lugar de reacción. Escuchamos sobrevolar el helicóptero pese a la lluvia y eso nos hizo sentir más seguros. Al otro día, nuestra aula de vuelo estaba destrozada.

(Lea también otra de estas historias aquí: Una casa y mil sueños volando)

Pasado el tiempo, y luego de graduarme como oficial piloto de la Fuerza Aérea, en diciembre de 1999, (recuerdo la felicidad de mis padres y familiares) con las expectativas inmensas de ser piloto de helicóptero, fui asignado a la base aérea que ha construido una gran parte de la historia del país.

Con el amor de servir y ayudar a la gente empecé a salir a comisión, como copiloto de un poderoso rapaz, aeronave que realizaba misiones de transporte de heridos, de muertos, de víveres, de personalidades. En ocasiones aterrizabamos en lugares inhóspitos. Los plexiglases delanteros (vidrios de seguridad) parecían la pantalla de una película de acción y los radios narraban y describían esos momentos.

Fueron varias las misiones. Pero recuerdo una que me impactó, a mediados del 2001. Salimos de Tres Esquinas Caquetá "en reacción", como normalmente ocurría cuando se tomaban una población o había un ataque a las tropas de tierra. La misión era apoyar a las tropas que estaban siendo atacadas entre la Tagua y Puerto Leguizamo, lugar conocido como el Alto Coreguaje. Volamos directo al punto, las condiciones meteorológicas no eran muy buenas. Nos acercamos cada vez más y por el radio escuchamos la angustia, el afán de quienes estaban en tierra. Ya en el punto, alcanzamos a escuchar los tiros y ráfagas. Podíamos ver muy poco porque estábamos volando entre colchones de nubes. La impotencia nos embargó. Se logró disparar a algunos sitios y hacer que se desplazaran los bandidos. Estuvimos ahí hasta que el combustible lo permitió y llegó el apoyo de otra aeronave. Fuimos a  Puerto Leguizamo a tanquear.

Llega a mí una imagen mientras aterrizamos en el puesto del alto Coreguaje (Caquetá) con los comandantes: una línea de muertos, aproximadamente 50, entre guerrilleros y soldados de la patria. Las paredes de las casas están completamente agujereadas por los combates. Recuerdo el olor a selva y a sangre, y mi curiosidad por ver los muertos de la guerrilla. Al ver sus rostros noté que todos eran muy jóvenes, podría decir que ninguno era mayor de edad, había niños y niñas. Me embargó un sentimiento de repudio al ver como ellos eran carne de cañón, dirigidos por unos cobardes que solo querían hacerle daño a la Nación.

A los pocos días se desarrolló una operación porque se sabía que los guerrilleros estaban cerca. Recuerdo ir con tropas del Ejército. Un helicóptero MI se adelantó. Al llegar al punto propuesto para el aterrizaje el MI llegó primero. Aún estábamos a unas millas, cuando escuchamos que les estaban disparando. Increíble, pero el MI con el flujo de su rotor abrió la copa de los árboles durante la trayectoria de aproximación. Y allí se encontraban los guerrilleros reunidos para almorzar. Recuerdo ver al MI tratando de volar para cruzar el río y caer al otro lado, con bastante humo. Todo fue en cuestión de segundos.

Aterrizamos cerca de la aeronave con la tropa que llevábamos a bordo. El helicóptero escolta y las aeronaves armadas disparaban, los helicópteros de transporte bajaban la tropa y evacuaban heridos. Luego volvimos a Puerto Leguizamo. Días después tuvimos que ir al punto y aterrizar en medio de la selva cerca de la aeronave. Esperamos un tiempo y realmente no nos explicábamos como el MI había volado y logrado caer al otro lado del río. Tenía más de 100 impactos de diferentes calibres. Estuvimos varios días sobre volando entre la Tagua y Puerto Leguizamo. Cuando teníamos que comer, salíamos escoltados y armados. La comisión terminó para mí, pero en el sector continuaron las operaciones. Regresé a la base y fui a visitar a mis padres. Solo les conté que había conocido sitios muy bonitos y lugares nuevos, que era muy interesante volar helicóptero".

Escrito por el mayor Yerim Andrés Rozo Cepeda.