Mauricio Archila: “Debemos conocer lo que pasó para reconciliarnos”

El investigador es uno de los candidatos a integrar la comisión de la verdad habla de las herramientas para esclarecer lo que sucedió en el conflicto armado en Colombia.

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Mauricio Archila Neira es doctor en historia de América Latina de SUNY, Stony Brook. / Gustavo Torrijos - El Espectador

¿Por qué es importante el papel de la Comisión de la Verdad en la sociedad contemporánea?

La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición es un mecanismo para entender qué pasó durante la violencia política en el país, con miras a evitar su repetición. En ese sentido, reactiva la memoria individual y colectiva, especialmente de las víctimas, mientras jalona procesos de reconciliación y de convivencia. Un país como Colombia, que ha soportado por mucho tiempo un conflicto armado, necesita con urgencia una Comisión de la Verdad.

Su trabajo académico ha estado centrado en esclarecer la violencia que han sufrido los movimientos sociales y las izquierdas en la historia del país. ¿Es usted de izquierda?

No tengo nada que esconder al reconocer que soy hombre de izquierda, aunque siempre fui crítico de la lucha armada. Quienes hayan leído mis obras constatarán esto. No creo que para formar parte de la Comisión de la Verdad haya que ser “químicamente puro” en política; además, eso no existe en la realidad. Uno tiene sus opiniones y sus criterios para mirar el presente y el pasado. Lo que sí se exige es un claro compromiso ético por la verdad, independientemente del color político en que ella venga envuelta, y una actitud abierta para escuchar las diversas versiones de lo ocurrido en el país. Además, como colombianos debemos respetar y valorar al otro, sea de derecha o de izquierda, en su calidad de ser humano.

Aún no se conoce cuál será la formación de los integrantes de la Comisión de la Verdad. ¿Cree que la participación de historiadores sea clave para su éxito?

Independientemente de si soy nombrado, me parece fundamental que haya historiadores o historiadoras allí, pues es necesario contar con conocimiento del pasado para contextualizar los hechos, y con las herramientas que da este oficio, como el escrutinio de las fuentes para sopesar su grado de confiabilidad y de veracidad o el contraste entre los testimonios orales y la documentación escrita, para sacar lo mejor de ambos en aras de ir construyendo esa verdad que todos anhelamos conocer.

¿Cuáles serán los puntos más complejos que tendrá que flanquear la Comisión?

Es difícil saber de antemano las dificultades que enfrentará la Comisión de la Verdad, pero se pueden prever algunas, todas superables. En los acuerdos de La Habana hay una clara apuesta por poner en el centro a las víctimas, independientemente de quien haya sido el victimario. Eso va a implicar ejercicios individuales y colectivos de memoria, lo cual tiene su grado de dificultad, como lo he constatado en mi experiencia investigativa, con entrevistas. Y máximo si se hacen audiencias públicas con victimarios y otros actores de la sociedad. Habrá que pensar en metodologías adecuadas para que se cumpla el objetivo de que fluya la memoria y se esclarezcan los hechos.

¿Qué otra posible dificultad podrá encontrar la Comisión?

El acceso a la documentación de los diversos actores del conflicto, y no sólo pienso en el Estado y sus Fuerzas Armadas, que hasta el momento parecen estar dispuestas a permitir el acceso a sus archivos. Pienso también en la insurgencia, pues dónde están sus archivos, si es que los conservaron. Pienso igualmente en la documentación de empresarios nacionales y extranjeros que eventualmente pudieron estar involucrados en hechos victimizantes y, en general, en la sociedad colombiana, que no tiene como hábito conservar archivos, así sean de baúl, como decía Orlando Fals Borda. Eso va a ser una tarea ingente de la Comisión.

También se habla de la gran dificultad para construir un relato de lo ocurrido.

Cada parte tiene su historia, que habrá que escuchar privilegiando a las víctimas. No hablo de tantas historias como habitantes hay en Colombia, pero si ni siquiera los 14 “historiadores” se pusieron de acuerdo en las causas del conflicto, es difícil esperar que de la Comisión de la Verdad salga una versión única de lo ocurrido. La Comisión tiene como mandato estudiar patrones o tendencias de victimización. Sobre estos habrá que estructurar relatos y explicaciones que satisfagan la sed de verdad que tiene nuestra sociedad, especialmente las víctimas.

Usted hace parte del Cinep (Centro de Investigación y Educación Popular), una organización que ha velado por la defensa de los derechos humanos y el conocimiento de la sociedad. ¿Esto tiene alguna incidencia en la Comisión de la Verdad?

Al contrario de lo que piensan los críticos de la paz, mi vinculación al Cinep tendrá una incidencia positiva en la Comisión de la Verdad, si soy nombrado en ella. Podré recoger el trabajo en favor de todas las víctimas que adelanta esta ONG desde hace años y, en concreto, la información de sus bases de datos, especialmente sobre derechos humanos, información cuya validez es reconocida en el país y en el exterior, aun por la embajada norteamericana.

¿En qué medida este ejercicio nos ayudará a reconciliarnos entre los colombianos?

Un primer paso para la reconciliación es el conocimiento de lo ocurrido, y a eso apunta la Comisión de la Verdad. Sabemos que será una verdad “histórica”, de contextualización y comprensión de los hechos, más que una verdad judicial, para condenar o absolver a los responsables de esos hechos. Para eso están los jueces de la JEP. El proceso de activación de la memoria individual y colectiva, así como los actos de reparación material y simbólica que se promuevan, serán también cruciales para la reconciliación. Pero ésta no exige el perdón; ello es algo que corresponde otorgar a las víctimas. En cualquier caso, todo el Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición está orientado a evitar que los hechos de violencia se vuelvan a presentar. Esta será la garantía de que el proceso de paz recorrió el camino acertado. Es difícil construir una paz estable y duradera, más con la polarización que existe, pero Colombia se la merece.