Las enseñanzas de Atilio y Pura para La Normal de Montes de María

Después de las desapariciones forzadas de dos rectores, los estudiantes de esta institución en San Juan Nepomuceno (Bolívar) los recuerdan y trabajan para que las nuevas generaciones no crezcan desconociendo el conflicto.

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Los rectores de La Normal de Montes de María, Atilio Vásquez Suárez y Pura Álvarez de Bustillo. / Cortesía modificada por El Espectador

En 2005, cuando la profesora Rosma Morales asumió la rectoría de la Escuela Normal Superior Montes de María, en San Juan Nepomuceno (Bolívar), le dijo a la comunidad educativa que o se dejaban morir o seguían pa' lante ante los hechos ocurridos: en 1997 paramilitares habían desaparecido al rector Atilio Vásquez Suárez y en 2001 a la rectora Pura Álvarez de Bustillo. Todos eligieron resistir.

Pero no fue fácil, recuerda Aracelys Rodríguez, docente de la institución. El miedo, la zozobra y el silencio siempre estuvieron presentes durante los años de control por parte de las autodefensas, en medio de constantes enfrentamientos con los frentes 35 y 37 de las Farc. En esa época fueron desaparecidos los directivos, a quienes conoció y rememora entrañablemente.

Un pedagogo al servicio de la comunidad

Atilio Vásquez Suárez asumió la rectoría de la Escuela Normal en 1992, y desde entonces enfocó sus esfuerzos en hacer que el conocimiento llegara a todos de la mejor manera. Aracelys Rodríguez lo recuerda así, intentando hacer que nadie se quedara por fuera de clase. Ella, de hecho, lo conoció cuando recién llegaba a San Juan Nepomuceno, desplazada desde el sur de Bolívar, donde ejercía como profesora siendo solo bachiller, en 1994.

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Ese fue el año en el que fue expedida la ley general de educación (Ley 115 de 1994). Esta norma dictaba, entre otras cosas, que los profesores debían profesionalizarse. “Me decía que yo tenía mucha madera de maestra, que no dejara pasar la oportunidad”, recuerda Rodríguez, pues el rector le dijo que lo mejor era que ella hiciera el ciclo complementario en la Escuela Normal y se graduara como bachiller pedagógico, para luego continuar estudiando. “Él me dio esa oportunidad, él me prestó de su plata para que yo pagara el primer semestre en la Normal, porque yo no tenía, mientras que yo me acomodaba”, dice.

Y así fue, el rector, que pasaba su tiempo libre jugando softbol con amigos y en campeonatos comunitarios, la impulsó a ejercer la docencia nuevamente.

Pero su lucha mayor fue la de llevar educación de calidad a sitios en los que no la había. Esto se tradujo en un proceso de proyección social en el que la Escuela Normal tenía colegios “satélites” en lugares como Ovejas, Turbaco e incluso en municipios del sur de Bolívar. En ese momento, esa era una revolución educativa y social.

Esa fue su bandera, acercar por medio de la educación a comunidades que, a causa del conflicto, poco podían interactuar, acceder al Estado, o estaban bajo el total dominio guerrillero o paramilitar. Dijeron, luego de su desaparición, que tal vez por este proceso incomodó a los “paras”, pero aportó a la transformación de estas comunidades.

Él nunca pensó en eso, estaba confiado en que únicamente había servido a su comunidad, que eso no era un delito y que nadie tenía por qué hacerle daño. Pero luego llegó el 27 de julio de 1997. Esa tarde el rector terminaba de jugar un partido de softbol y se trasladaba en su moto de regreso a casa cuando fue interceptado por una camioneta. Según las versiones libres de Justicia y Paz que dieron varios paramilitares, entre ellos Salvatore Mancuso y Juan Manuel Borré, alias ‘Javier’, se supo que lo bajaron de su moto, lo golpearon, lo metieron al carro y lo trasladaron a un sector llamado El Totumo. Dijeron que había sido torturado y que tal vez estaba en una fosa común o había sido arrojado a un río. No hay claridad al respecto.

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Lo que sí saben en la comunidad es que cuando se enteraron de que se habían llevado al rector, ellos no se quedaron quietos. La Normal estuvo en paro alrededor de un mes y hubo marchas silenciosas exigiendo la liberación del profesor Atilio, porque no se podía hablar. “No se podía decir nada. Si mataban a una persona, tú no podías ir a acompañar a la familia porque miraban quién iba. Uno no sabía quién era quién”, recuerda Aracelys.

Entonces, el miedo sí se apoderó de San Juan Nepomuceno y hubo un control total por parte de las Autodefensas, que se movían con el Bloque Héroes de los Montes de María y conformaban el Bloque Central Bolívar; pero no fue el fin de la comunidad ni de la institución. La rectoría, entonces la asumió el profesor e historiador Roberto Arrieta hasta el año 1998, cuando fue nombrada la profesora Pura Álvarez de Bustillo, también desaparecida en 2001.

Una maestra exigente y comprometida

La “seño” Pura, como les dicen a las profesoras en la costa, era maestra de español y magíster en Educación. Era supremamente exigente y siempre estaba preocupada de que todo marchara de manera adecuada. Tenía mucho carácter, en eso coinciden quienes la conocieron, y con ese carácter continúo la lucha por la acreditación y el desarrollo educativo a nivel regional, aún con la presencia de los paramilitares.

De hecho, los años en los que la seño Pura estuvo en la rectoría fueron unos de los más violentos en la región, pues los actores armados se disputaban el territorio. El 11 de marzo del año 2000, de hecho, en la vereda Las Brisas, en el mismo San Juan Nepomuceno, paramilitares comandados por Uber Banquez, alias “Juancho Dique”, torturaron y asesinaron a 12 campesinos.

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La soledad y el miedo que se sentía en el pueblo afligían a la seño Pura. Aracelys Rodríguez cuenta que, días antes de su desaparición, viajaron juntas desde Cartagena a San Juan. Llegaron al pueblo a las cinco de la tarde, porque la carretera la cerraban a las seis en el Batallón de Malagana. Ese día Pura iba nostálgica. “Ella me dijo: mira cómo ha cambiado nuestro pueblo, nuestra cultura, las calles están solas, todo el mundo encerrado. Hay miedo, hay terror, a uno no lo matan porque sea bueno o malo, sino porque alguien mal informa. Ella iba triste”, dice.

 Y fue el 7 de abril de 2001, cuando se iba para Barranquilla a pasar Semana Santa con su familia, que fue secuestrada junto a su esposo y su cuñado. Nadie se pronunció, apenas si hubo artículos en la prensa.

Después de eso la situación fue cada vez peor, en 2002 fue cometida la masacre de Los Guáimaros, donde fueron asesinados 15 campesinos, que sigue sin esclarecerse. La zozobra de la que hablaba la profesora Pura sí se apoderó de San Juan durante los años cuatro años siguientes.

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Luego el pueblo venció increíblemente el terror, impulsado desde la misma institución que había vivido las desapariciones de sus rectores: la Escuela Normal Superior Montes de María.

La rectora Rosma Morales, los profesores que habían vivido el conflicto y los padres de familia se pusieron dos tareas: repensar su currículo, de modo que no le diera la espalda al conflicto sino que lo resignificara, y no olvidar a quienes habían perdido. Profesores y profesoras se capacitaron en construcción de paz y resolución de conflictos, incluso una de ellas en Alemania y, cuando volvió, empezaron a contextualizar su enseñanza, de modo que ayudara a construir una cultura de paz. Así la escuela fue saliendo adelante.

Igualmente, las desapariciones no se olvidaron, “todos los años recordamos al profe Atilio y la seño Pura, pensamos en cuál fue su legado, cómo fueron sus aprendizajes. Usted le pregunta a un estudiante quién era Atilio y quién era Pura y se lo dicen”, dice la profesora Aracelys.

Ahora, todo lo que hacen va atravesado por el eje de convivencia y paz y los estudiantes. 20 años después, en la Normal recuerdan su historia, la de sus abuelos y familiares que vivieron el conflicto y que ya no están. Es así como este colegio se ha convertido en el lugar que soñaron Atilio y Pura para enseñar y formar a la comunidad.

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Hasta el próximo domingo en el portal web de Colombia 2020 se publicarán los perfiles de profesores que fueron asesinados en el marco del conflicto armado.

El especial es un homenaje a quienes han dado la vida ejerciendo la enseñanza y a quien en medio de todas las adversidades de la guerra se dedicaron a construir paz desde las aulas.

Asimismo, hacer memoria sobre el ejercicio docente y su legado en Colombia representa un homenaje para quienes trabajan en territorios que siguen padeciendo la confrontación armada.

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