Hoy se estrena el libro “Las almas que escriben”

La violencia que tocó a Bogotá

Diez víctimas del conflicto durante cinco meses compartieron sus experiencias y las escribieron. Anécdotas de cómo los diferentes actores armados cambiaron sus vidas. 

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María Beatriz Sierra es viuda de Héctor Ojeda, asesinado por la guerrilla en una diligencia judicial. Luz Marina Hache era la esposa de Eduardo Loffsner, desaparecido militante del M-19. Mercedes Ruiz Higuera es la esposa de Hernando Ospina, desaparecido en 1982. María Gladys Martínez fue una de las víctimas del atentado al Club El Nogal. / Fotos: Cortesía Alta Consejería para las Víctimas - Joao Agámez

La violencia que ha vivido el país por cuenta de las guerrillas, el paramilitarismo y el Estado también se ha sentido en Bogotá. Dentro de las 351.870 víctimas que han llegado a la capital y que se encuentran en el Registro Único de Víctimas, alrededor de 26.000 se vieron afectadas en la ciudad. A pesar de que son el 0,2 % de los reportes nacionales, sus historias hacen parte del conflicto armado de los últimos cincuenta años.

Por ello, el año pasado, 10 víctimas de diferentes actores y que sufrieron la violencia en la capital se reunieron y durante cinco meses compartieron sus perspectivas y revivieron sus historias con un solo fin: recordar a las personas que perdieron y escribir sus relatos, como un camino hacia el perdón y la sanación.

Como resultado tuvieron 36 textos con más que sus relatos. Hablaron del dolor que les dejó el hecho y de sus familiares. “Hablamos de ellos como esposos, hermanos, amigos, compañeros y dejamos de lado el temor y el miedo”, dice Mercedes Ruiz, una de las participantes del encuentro.

Hablar de las personas que ya no están no es tarea fácil y más si fueron víctimas de desaparición forzada, si murieron en un atentado a un club privado o cayeron en una emboscada de la que las autoridades tenían conocimiento.

Por ejemplo, María Gladys Martínez, víctima directa del atentado en el Club El Nogal, perdió a 12 compañeros de trabajo. Por una cuestión de suerte, el 7 de febrero de 2003 no estuvo en la taberna en la que regularmente tenía turno, sino en la cafetería de al lado, dentro del club. De ese día, tiene claro el momento en que explotó el vehículo en el parqueadero: “De pronto sentí que algo me elevó. Caí. Me sentí transportada por un tubo con mucha luz. Llegué a la mitad y retrocedí. Eso fue demasiado rápido. Me fui a parar y no pude; tenía múltiples fracturas, quemaduras en la cara y en las manos. Me sentía impotente, porque no podía hacer nada por mí ni por los demás”, narró en su escrito.

Por su parte, Mercedes perdió a su esposo Hernando Ospina quien, desde que llegó a Bogotá, hizo parte de sindicatos y del Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR). El 11 de septiembre de 1982 fue obligado por hombres armados a salir a la fuerza de su taller de mecánica, en el barrio Las Ferias.

“Nos cuenta un vecino que vio cuando lo llevaban hombres de civil, que iba más pálido que papel blanco. Yo lo describo como un sacrificio por los demás compañeros, porque a pesar de que ya sabía que tenía seguimientos, que sus compañeros no aparecían ni vivos ni muertos, se dejó llevar dócil y tranquilo”.

En el caso de María Beatriz Sierra, fue su esposo el que murió en medio del fuego cruzado. Era fiscal e iba, junto a ocho compañeros, al levantamiento de un cuerpo en una vereda de Usme, que estaba minada. “De las montañas bajaron los guerrilleros y con fusiles y metrallas los acribillaron sin darles chance de salvarse. Luego se supo que la Sijín era la responsable de esta diligencia, pero los alertaron y, a cambio, mandaron al cuerpo técnico del Juzgado 75 de Instrucción Criminal, que prácticamente desapareció”.

Para ella, este proceso de reconciliación y escritura fue la mejor forma para realizar el duelo. El asesinato le cambió la vida y la convirtió en la cabeza de su hogar. “Mi esposo era fiscal y yo maestra, es decir, que yo ganaba cuatro veces menos, por lo que después de eso tuve que trabajar haciendo dos turnos, tuve que hacerme cargo de mis hijos que estaban en el colegio y no tuve tiempo para hacer el duelo y perdonar”, dice Sierra.

Al comienzo, la idea de las víctimas era publicar los escritos para visibilizar las historias de sus seres queridos entre aquellos que no tuvieron que vivir la violencia. No obstante, ante el avance de la implementación del proceso de paz, el dar a conocer sus historias es parte de lo que denominaron un grito, para decir que siguen ahí y tienen mucho por decir.

“Desde nuestros pensamientos y creaciones queremos que la gente se entere de que existimos y exigimos justicia. Este trabajo aporta al diálogo y lo que para nosotros es una futura reconciliación”, concluye Ruiz.

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