En la Feria Internacional del Libro de Bogotá

La memoria del conflicto desborda su propio museo

El Museo Nacional de Memoria Histórica de Colombia se expone por primera vez, aunque físicamente todavía no exista. Desde hoy, en la Filbo, los visitantes podrán conocer la polifonía de voces y la programación académica, artística y pedagógica que lo conforman.

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Detrás de cámaras de la construcción del eje cuerpo. Entrevista a Leider Palacios, indígena embera de Córdoba. / Juan Pablo Daza

Pensar en un museo es, muchas veces, hacerse a la imagen de una edificación cerrada, estática, que contiene objetos y que brinda una misma experiencia. El Museo de Memoria Histórica de Colombia, sin embargo, no cumple esas características. Existe, aunque aún no tiene una sede física. Sigue en construcción, lo que contiene cambia y la experiencia que brinda es diferente para cada persona. La experiencia comienza hoy, con la apertura de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo). Allí, en el pabellón 20, el Museo tendrá 1.200 metros cuadrados para exhibir parte de su guion, como un preámbulo antes de abrir sus puertas en 2020.

“Voces para transformar a Colombia” es el nombre de la exposición, una polifonía de relatos regionales que fueron recolectados en los últimos 10 años, como resultado del trabajo del Centro Nacional de Memoria Histórica. El Museo es, entonces, el espacio para la memoria de las víctimas del conflicto armado colombiano. Y tiene una gran particularidad: es el primer museo que se hace en caliente, es decir, cuando el conflicto no ha terminado, cuando la memoria sigue en construcción.

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Tierra, cuerpo y agua

Los tres ejes que guían el hacer del Museo surgieron después de explorar muchas ideas no satisfactorias. Una, explica Cristina Lleras, curadora del Museo, fue trabajar por hitos históricos, “el problema era que siempre íbamos a dejar a alguien por fuera”; luego se intentó por actores, “pero, ¿cómo lo cuentas cercenando los hechos, sin entender cómo esos actores se van encontrando?”. Hasta que surgió esta propuesta, que fue la elegida porque puede contener la complejidad del conflicto, los ejes sirven como vehículos narrativos, pueden irse transformando y logran que los visitantes se piensen en relación con ellos. Luego vinieron las preguntas.

¿Qué les hace la guerra al cuerpo, a la tierra y al agua? ¿Qué hacen el cuerpo, la tierra y el agua en la guerra? ¿Cómo cuentan la guerra? Esos tres interrogantes han guiado la construcción del guion museográfico durante los últimos dos años. Sin embargo, las respuestas siguen en obra: “En este Museo no buscamos respuestas únicas ni cerradas”, dice Lleras, y lo complementa con lo que sí buscan. “Al ir a la exposición y con esas preguntas el visitante podría no sólo decir: esto fue lo que le pasó a una comunidad campesina en el Magdalena, sino también: esto le pasó a la tierra en el Magdalena y en muchos otros lugares. Cuando empiezas a unir las piezas grandes del rompecabezas, comienzas a responder las grandes preguntas”.

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Pero no hay respuestas acertadas ni erradas, sino experiencias propias que se mezclan con los insumos del Museo: fotografías, videos, mapas, tejidos, murales, conversatorios, recorridos pedagógicos y programación artística, estos últimos tres elegidos estratégicamente para que amplíen en universo de lo expuesto.

Dos grandes decisiones

De esta manera, la ruta la elegirá el visitante. ¿Qué me ha dejado la guerra? Aislamiento, culpa, motivación, miedo... La respuesta determinará por dónde empezar a recorrer el encuentro de las voces y las experiencias que las víctimas aportaron. Y luego, cuando la exposición finalice, el visitante tendrá una carga encima y algo tendrá que hacer con ella. El umbral de salida será otra pregunta, ¿ahora qué puedo hacer para transformar a Colombia? “El mensaje aquí es que si esta es la sociedad que hemos construido en los últimos 60 años, pues tenemos la capacidad de construir una diferente. Tenemos la esperanza de que la gente dé un paso más allá. Que tome una decisión para transformar”, resume Lleras, porque la exposición quiere interpelar.

“Nos preguntamos si esta exposición debía ser informativa o problemática. ¿Queremos que la gente salga más informada de lo que entró o que se interrogue sobre la manera en la que se ha relacionado con el conflicto? Sabemos que mucha gente tiene una concepción vaga del conflicto, pero que hay un sentido común alrededor de la guerra a partir de lugares comunes. Pero también nos preguntamos si lo que debía hacer la exposición era remover esos lugares comunes, ponerlos en cuestión”, explica Luis Carlos Sánchez, director del Museo de Memoria Histórica.

El museo de las víctimas

Ya con la línea narrativa definida, Lleras, Sánchez y todo el equipo del Museo se enfrentaron al contenido, qué iban a incluir en la primera apertura al público y cómo lo iban a presentar. La guía fue clara, tenía que ser un museo plural, en el que las víctimas se sintieran representadas.

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Decidieron que las voces que ahí estén “no sean descalificadoras de otras, revictimizantes, justificadoras de la violencia o memorias heroicas que luchen más por la legitimidad de quien las construye y no por el encuentro”, aclara Sánchez.

Además, identificaron las voces que poco han sido escuchadas, los territorios más lejanos, los casos de distintas violencias, sectores sociales y actores, de modo que sea menos el olvido.

Esta primera exposición es donde todo está a prueba, aunque, dice Lleras, “siempre vamos a estar a prueba, incluso cuando se construya el edificio no puede haber una exposición definitiva. Tendríamos que hacer el Museo del tamaño del país. Afortunadamente la memoria desborda cualquier museo”.

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