El cara a cara entre víctimas y el Eln

La catarsis de Machuca

Pobladores del corregimiento de Segovia (Antioquia), donde hace 19 años la guerrilla provocó un incendio en el que murieron 84 personas, se encontraron por primera vez con sus victimarios. Un encuentro agridulce que dejó los cimientos de un proceso de reconciliación.

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El 19 de octubre de 1998 se realizaba el sepelio de decenas de personas que perdieron la vida en la población de Machuca. / Archivo El Espectador

Han pasado 19 años y 21 noches desde aquella madrugada que le cambió la vida al pueblo de Machuca, un olvidado corregimiento de Segovia, en el nordeste antioqueño, que fue arrasado por el fuego luego de que el Eln estallara el oleoducto. “Era la 1:45 de la madrugada del 18 de octubre de 1998. Nos despertaron la explosión y el olor a crudo. Lo que vivimos después sólo puede parecerse al infierno”, relata Yuranis*. Y no sólo por la muerte de 84 personas, ni porque cientos de familias lo perdieron todo. Tampoco porque se registraron decenas de quemados, sino porque los pobladores de esta tierra, rica en oro y petróleo, vieron pasar bolas de fuego por sus calles; su río, proveedor de alimento y vida, bajó embravecido en llamas; y los gritos de terror y llanto irrumpieron en el silencio de la madrugada. “No lo podemos olvidar”, afirman sin dudarlo un segundo los sobrevivientes.

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Han pasado casi dos décadas de la tragedia de Machuca y nadie les ha dicho a las víctimas qué fue lo que pasó. En más de una ocasión, el Eln ha anunciado que asumirá la responsabilidad y les pondrá la cara, pero el tiempo transcurre y nada pasa. Sólo el jueves, en un pequeño salón de la Universidad de San Buenaventura, en Medellín, una delegación de víctimas escuchó la voz deslucida de un mando de esta organización. Desde Quito (Ecuador), Bernardo Téllez, miembro de la delegación de paz de la insurgencia, participó vía internet en el lanzamiento de un libro que recuerda esta tragedia y que les exige responsabilidad no solo al Eln, sino al Estado y a la petrolera Ocensa. El evento tenía prevista la presencia de Eduardo Martínez, gestor de paz de esa guerrilla, pero por razones médicas no pudo cumplir la cita. Por eso, los negociadores en Quito decidieron conectarse telefónicamente.

En el 2008, el entonces vicepresidente Francisco Santos anunció que iría a Machuca acompañado del excomandante de la organización insurgente, Francisco Galán, quien pediría perdón a los machuqueños por lo ocurrido. El día de la cita el pueblo esperaba el gesto de responsabilidad, pero otro imprevisto impidió que llegara y se quedó listo el escenario y la gente con su perdón en la mano. En el 2011, el grupo guerrillero pidió excusas en un escueto comunicado en el que afirmaba, como también lo hizo Téllez esta vez, que su actuar no buscaba infligir daño y dolor a la población civil. “Ello no nos exime de responsabilidades, pero no se puede confundir con un hecho premeditado a la usanza de los paramilitares o de las tropas gubernamentales”, dijeron en ese momento, y lo repitieron la semana pasada. “Aquí está el Eln para dar la cara, porque Colombia necesita un proceso de reconciliación, que exige verdad toda, verdad todos”, señaló Téllez esta vez.

En el acto tuvo ocasión el lanzamiento del libro Machuca, del irlandés Gearoid Ó Loingsigh, quien investigó el proceso penal de los pobladores de este corregimiento contra la empresa Ocensa. El caso lleva dos décadas sin avances y hoy se encuentra en la Corte Suprema de Justicia. La investigación recoge los documentos del proceso, las exigencias de la comunidad, los argumentos de la petrolera y concluye que, si bien la guerrilla es la responsable indiscutible de la acción homicida, el Estado y la misma Ocensa tienen corresponsabilidad. El primero por el abandono institucional que se expresa en una carretera en mal estado que hizo que los heridos se demorarán hora y media entre Machuca y el hospital de Segovia. La segunda, porque no tuvo previsión, ni un plan adecuado de manejo de emergencias. Aun así, para los sobrevivientes de la tragedia la reparación del Estado y la petrolera debe traducirse en oportunidades; mientras que del Eln esperan verdad, sincero arrepentimiento, asunción de responsabilidad y actos de reconstrucción.

“Mis padres murieron esa madruga. Crecí solo. Luché para poder estudiar. Y en la ceremonia de graduación vi a mis compañeros acompañados de sus padres y familiares. Yo estaba solo, ¿Eso quién me lo devuelve?”, le preguntó Yeison*, entre la rabia y la congoja, al delegado de paz del Eln. El evento abría un espacio para preguntas y comentarios a los machuqueños que habían ido hasta Medellín. Y lo que vino entonces fue lo que se conoce como catarsis. Tímidamente se fueron parando uno a uno los sobrevivientes. Primero con preguntas temerosas y al fin con reclamos sentidos. ¿Por qué nos hicieron eso? ¿Qué ganan haciéndoles daño a los civiles? ¿Por qué no han ido a pedir perdón?. Alguno explicó que el incendio se inició no por la voladura del oleoducto, sino porque acto seguido el Eln dinamitó el puente y la chispa de la explosión le prendió candela al río. Narraron cómo la gente corría hacia la montaña, el dolor de perderlo todo, familia, casas, recuerdos. Téllez trató, sin éxito, de explicar que no tenían la intención de causar tanta muerte, que quien estaba al mando de la operación murió años después en un combate y que no se arrepiente de levantarse en armas, pero sí de afectar civiles.

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Al final, llenos de rabia, del dolor de recordar lo que ocurrió, de juntar todas las palabras de evasión de responsabilidades que han escuchado en 20 años de la guerrilla, el Estado y Ocensa, los machuqueños se retiraron del recinto conmovidos por lo que fue el primer cara a cara con sus victimarios. El Eln prometió que iría hasta el pueblo de Machuca a pedir perdón. Y aunque con el episodio la reconciliación no llegó, las víctimas iniciaron su camino de empoderamiento. Sus reclamos se oyen más fuertes que antes. Saben que la verdad la tendrán que luchar, como todos estos años de silencios, y que los machuqueños resurgirán de las cenizas, como el esbelto árbol que posa en el parque central del pueblo, que todos creyeron que moriría luego del incendió de hace 19 años.