Los hijos de la guerra (3)

“Hay que llorar para seguir”, la historia de Mauricio Domínguez, víctima de El Nogal

Olga Domínguez Peñalosa, hermana de Mauricio Domínguez -una de las 36 víctimas fatales del atentado al Club El Nogal-, cuenta cómo ella y su familia han lidiado con el dolor de la muerte del odontólogo bogotano.

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Mauricio Domínguez, una de las víctimas del atentado al Club el Nogal. / Cortesía

El 7 de febrero de 2003 Mauricio Domínguez Peñalosa debía estar en Manizales, y no en Bogotá. Domínguez, un odontólogo de la Universidad Javeriana (donde también fue catedrático), tenía programada una conferencia para ese día en Manizales (Caldas) y sin embargo a última hora decidió quedarse en Bogotá para pasar tiempo con su familia en el club El Nogal.

Mauricio se encontraba con su esposa Mónica Echeverry y su hija menor, Maria Andrea, comiendo. nCuando terminó de comer, se paró de la mesa y fue en ese momento que llegó la tragedia: una bomba estalló en el club. Las mujeres sobrevivieron, pero Mauricio falleció. 

Su hijo Fernando, quien nació de la relación entre Mauricio y Claudia Liliana Mariño Plata -con quien también tuvo a Andrés Felipe-, iba en camino al club para encontrarse con su padre cuando pasó el atentado.

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La de El Nogal es una historia ya conocida y un hecho atroz por el que las Farc, artífices del atentado, tuvieron que pedir perdón a las víctimas de los 36 muertos que dejó el ataque.

El pasado 7 de febrero, 15 años después del atentado, la exguerrilla -ahora convertida en partido político- participó en un acto de verdad, perdón y reparación con algunas de las víctimas de El Nogal. Allí trataron de explicar que cuando se presentó el ataque al club tenían información de que ese era un “centro de reuniones para la planificación de operaciones contrainsurgentes, encabezadas por funcionarios gubernamentales y paramilitares”. Y que esa fue la razón del atentado.

Aunque hay quienes consideran que el acto de perdón puede tomarse como un cierre de este fatídico capítulo de la historia del país, hay otros que creen que dicho simbolismo llegó tarde.

(Vea el video de los 15 años del atentado al club El Nogal)

En el caso de Mauricio Domínguez, cuenta Olga, una de sus hermanas, la forma como asumieron la tragedia es un ejemplo resiliencia. Luego de que se enteraron de la muerte de Mauricio intentaron, primero, encontrar razones para negarlo, como es apenas natural. dicha idea era alimentada por argumentos que tenían que ver con su estilo de vida saludable, tan dedicado al deporte y hasta en características de su personalidad como la bondad o el profesionalismo. Pero ninguno de esos argumentos sirvió ante la realidad.

“Cuando una cosa de esas sucede, cuando estuviste con una persona que el día anterior se encontraba en perfecto estado... y al otro día le llamas y solo escuchas el buzón de voz... Yo me sentía tan aplastada, no tenía ni posibilidad de pararme derecha. En ese contexto también siento que el odio necesita fuerza y yo ni siquiera la tenía. Pero el tiempo ha pasado”, agrega Olga en su relato a El Espectador.

Y, entonces, después de ese letargo en el que se sume una persona para no aceptar la realidad, tuvieron que enfrentar otras tragedias que sobrevinieron a la familia después de la muerte de Mauricio. Una de ellas, el fallecimiento de su padre. Sí, perdió a su hermano en el atentado a El Nogal y meses después a su padre, Víctor Enrique Domínguez, como consecuencia de una leucemia. “Mi papá nunca aceptó cargos políticos, porque quería proteger a sus hijos, y que a uno de ellos se lo mataran en un ataque de las Farc... Mi papá, consecuencia de emociones intensas que no se pueden expresar, desarrolló leucemia y murió”. Pero surge, también, la necesidad de no derrumbarse.

(Para más información: Preguntas sin resolver en el atentado al club El Nogal)

“Cuando a Mauricio lo mataron fue espantoso para todos. Los niños intentaban mirar a adultos de la familia buscando respuestas. Uno tenía que darles proyección de vida. Lo que pasó acá fue tenaz, dolió muchísimo, pero la pregunta es: ¿Valió la pena conocerlo? Todos decían que sí, entonces decíamos ‘vamos a llorar, esa carga va a existir, pero seguimos caminando’. Y así se manejó, y el tiempo va haciendo su trabajo, porque si la intensidad fuera la del primer momento, sería algo espantoso”.

Interrogada sobre los recuerdos que tiene de su hermano, Olga responde que no es necesario aferrarse a cosas materiales. Aunque estén los álbumes familiares. Para ella y para su familia prevalecen los sentimientos de un hombre al que define como “un profesional brillante y un ser humano extraordinario”, insistiendo en que “es difícil decirlo, porque, generalmente, los muertos son extraordinarios, pero este era un caso excepcional”.

Sobre las Farc, Olga dice poco. Asegura que no es quién para perdonar y que no odia a la guerrilla, porque “es darles demasiada importancia. El tiempo ha pasado y no puedo decir que los odio. No me producen nada, veo una realidad escueta, que son mentirosos y que no hay anda que les vaya a servir, diferente al negocio que tienen. Siento que la paz era importante”.

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Por último, dice que ella y los demás parientes y amigos de Mauricio aprendieron, con los años, que, aunque la sensación de vacío que aminora pero sin desaparecer, “las penas se afrontan en vivencias. Lo primero que hay que tener claro es que lo que pasó fue gravísimo, fue espantoso, pero pasó y la vida sigue, no se puede quedar ahí. Había que llorar para estabilizarse, cargarse y seguir”.