NORTE DE SANTANDER

El renacer de las campesinas de El Zulia

La Asociación de Mujeres Campesinas e Indígenas de El Zulia fue víctima del conflicto. Hoy trabajan para que la organización resurja.

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La Anmucic llegó a tener presencia en 27 departamentos de Colombia, con más de 90.000 asociadas./Cristian Amaya - El Espectador

En una pared están sus fotos y, al lado de cada una, vasos donde hubo velas. Ese muro de la sede de la Asociación de Mujeres Campesinas e Indígenas de El Zulia (Amuci), municipio de Norte de Santander, conmemora la vida de Martha Hernández, la mujer que durante más de diez años presidió la Asociación y que fue torturada y asesinada junto con su esposo el 19 de agosto del año 2000 a manos de los paramilitares.

Hoy, 17 años después, no la olvidan. Al contrario, la sienten como un impulso para no detenerse, para seguir en la lucha por conseguir la reparación colectiva e individual a la que tienen derecho.

Amuci comenzó como una organización que debía garantizar la participación de las mujeres en el sector rural. Fue con Política de Mujer Rural de 1984, cuando por iniciativa del Ministerio de Agricultura se creó la Asociación Nacional de Mujeres Campesinas e Indígenas de Colombia (Anmucic), pues hasta ese momento lo rural estaba representado por la ANUC (Asociación Nacional de Usuarios Campesinos) y sólo el 3 % eran mujeres.

La Anmucic llegó a tener presencia en 27 departamentos de Colombia, con más de 90.000 asociadas. En El Zulia, a sólo 20 minutos de Cúcuta, se dio el capítulo más importante de la organización en Norte de Santander. Las mujeres campesinas e indígenas ya participaban activamente de las actividades articuladas por el Ministerio de Agricultura, en este municipio en cabeza de Tulia Castañeda, una mujer que se dedicó a apoyar y acompañar los proyectos productivos que más de 420 mujeres del municipio vieron como su forma de vida.

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Dieron la pelea por trabajar la tierra y por ser reconocidas como productoras, no únicamente como amas de casa, y consiguieron sus títulos familiares. Toda una proeza, pues los dueños siempre eran los maridos.

A mediados de los 90 lograron también un espacio para poner a andar una granja comunitaria. Martha Hernández era la cabeza de la Asociación. Una mujer irreverente y amiguera que no se quedaba callada ni quieta. Y no estaba sola: Lucila Páez, la vicepresidenta; Tulia Castañeda, la mujer de los proyectos y las asesorías; María Reyes de Cruz, Margarita Montañez, Amparo Rangel Herrera, Amanda Rodríguez y muchas otras, estaban ahí, al pie.

El Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena) las apoyó con maestros constructores que las ayudaron con sus casas y con la finca. Sus esposos las ayudaron a limpiar los terrenos y las apoyaron. Dicen que no tenían miedo. “La guerrilla estaba, pero con nosotras no se metían, sí atacaban a los ganaderos y a los finqueros. Nosotras estábamos en la mitad, los del Ejército, los paramilitares y la guerrilla tenían las armas, nosotras teníamos la palabra”, reflexiona Lucila Páez, quien ahora es la presidenta de la Asociación.

Lograron sacar adelante el proyecto: una casa de reuniones con los implementos necesarios para la producción de pollos, más de doscientos, y de cerdos. “Estábamos bien, trabajábamos mucho y se veían los resultados”, recuerdan. Hasta que llegó 1999, el año en que ingresaron los paramilitares.

Se identificaron como autodefensas campesinas, recuerda Lucila, pero “de campesinos no tenían nada”, dice. Las llamaban guerrilleras, las mujeres de Amuci fueron señaladas y perseguidas. El 19 de agosto de 2000 ocurrió lo que más recuerdan: asesinaron a Martha Hernández.

Ella, convencida de que podía hacer más para ayudar a la Asociación, aspiró al Concejo, pero las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) le informaron que no podía hacer política y que mejor se quedara callada. Martha no lo hizo, salió de la reunión que convocaron los paramilitares y los maldijo. Un día después, ese 19 de agosto en la noche, la sacaron de su casa junto con su esposo.

Uno de sus hijos fue a donde el alcalde de El Zulia, Juan Alberto Carrero, y éste le aconsejó silencio. Pero, en cambio, fue al comando paramilitar y recibió golpes. A las cinco de la mañana, en compañía de Lucila, fueron a la entrada del corregimiento de Urimaco, que era prácticamente un basurero, y encontraron los cuerpos de Martha y de Leo, sus padres.

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“¿Para dónde corría yo? ¿Qué iba a hacer? ¿Iba a meterme donde esos hombres y qué me iban a hacer entonces a mí?”, se pregunta Lucila, que apenas puede hablar del tema, esquivando el dolor. Ese hecho la hizo tomar la presidencia de Amuci.

Desesperada, Lucila volvió a donde el alcalde. “¿Qué hago?, le dije. Él me respondió: ‘Mamita, quédese callada. Si tiene cómo, ponga esos animales en otra parte, antes de que esa gente se lleve todo’. Yo no podía. Así que me fui a hablar con los ‘paras’. No tenía de otra. Le pregunté al comandante si podía seguir yendo a ver los animales. Me dijo: ‘Muerto el perro, se acaba la sarna. Si usted no tiene nada que ver con guerrilla, hágale’. Si sí, tenga seguro que la segunda cabeza que va a rodar por esa montaña es la suya’. Lo recuerdo bien, él me reconoció que habían matado a Martha”.

De ahí hacia adelante sólo hubo tristezas: desmantelaron la granja comunitaria, robaron los cerdos, los pollos, tomaron la casa de trinchera, asesinaron al esposo de una de las asociadas, otras fueron víctimas de violencia sexual y algunas más simplemente se fueron. Se concentró el miedo en El Zulia y Amuci se fue desintegrando poco a poco.

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Las mujeres de El Zulia, sin embargo, no se rindieron. Las que vivían en veredas y fueron desplazadas por la violencia hacia el casco urbano del municipio, siguieron y siguen ahí. Se volvieron a unir y en 2013 fueron reconocidas como sujeto de reparación colectiva por la Ley 1448 de 2010. En 2016, la Unidad para las Víctimas les entregó una nueva sede. Le pusieron su mano, tienen un lugar para recordar a Martha y una línea de tiempo en la que conmemoran su historia.

Ahora están en proceso de recibir un proyecto productivo, esperan que uno tan bueno como el que les destruyeron. En este proceso han contado con el apoyo y la asesoría del GIZ, una agencia del Gobierno Federal Alemán, especializada en la cooperación técnica para el desarrollo sostenible, así como del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y otras organizaciones internacionales.

Cada mujer está atravesada por Amuci. Pero también tienen sus particularidades, sus dolores y violencias, por lo que piden ser reparadas también individualmente. Luchan por recuperar sus tierras, se apoyan entre ellas y, más de 20 años después, plantean reconstruir su historia y su organización.