Cuando las Auc arribaron por vez primera al Valle del Cauca

Hace 18 años por lo menos 50 hombres de los hermanos Castaño, provenientes de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (Accu), llegaron hasta el corregimiento de La Moralia para ejecutar los primeros asesinatos en el departamento. 

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Placa en memoria a las víctimas asesinadas por el bloque paramilitar Calima en el Valle del Cauca. El monumento fue realizado por el artista mexicano Alfredo Castañeda. /Fotos: Christiam Chaparro.

A tan solo 15 minutos del municipio de Tuluá y en medio de las faldas de la cordillera Central se esconde el corregimiento de La Moralia, un caserío donde la lluvia se hace cómplice del transcurrir de los días y donde los campesinos tratan de llevar una vida tranquila.

Solo dos veces al día –entre las 12:30 p. m. y las 3:00 p. m.– sale una chiva, desde el barrio Chino de la ‘Ciudad Corazón del Valle’ hasta esta aldea, que transita por los estribos de las fincas y donde los habitantes de este pueblo tienen su única conexión con la urbe porque, como sucede en muchas partes de Colombia, los pobladores de estos sitios apartados solo son visibles cuando padecen una tragedia. Mueren, luego existen.

Cuando la noche del sábado 31 de julio de 1999 los feligreses de la iglesia del corregimiento de La Moralia concluyeron la eucaristía, en la que se celebraba el Día de La Virgen del Carmen, y con la que oficializaban las fiestas patronales, nunca imaginaron que a partir de ese instante sus vidas se partirían en dos.

Esa noche, de cuatro camiones Kodiac parqueados en diferentes puntos del pueblo fueron descendiendo por lo menos 50 hombres que, vistiendo prendas alusivas a las Fuerzas Militares y portando armamento y equipos de comunicación, bloquearon las vías de acceso y obligaron a los habitantes a agruparse en el parque principal para escuchar el mensaje de Norberto Hernández Caballero, alias ‘Román’, comandante del bloque paramilitar Calima.

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Nadie había percibido lo que en realidad estaba sucediendo, debido a que esta ha sido una zona de constante presencia militar, gracias al dominio que han tenido del territorio los grupos guerrilleros y, al mismo tiempo, por los constantes combates que se han fraguado entre las tropas insurgentes y los aparatos del Estado.

Medardo Antonio Bedoya, un campesino de 52 años, se sentó en un taburete viejo, frotó sus inmensas manos curtidas de tanto labrar estas tierras, en las que siembra y cosecha café y plátano, y con una voz entrecortada comenzó a relatar que los paras llegaron a eso de las 7:00 de la noche y se pararon en todo el atrio de la iglesia. Desde este lugar, con el dedo índice de su mano derecha, un encapuchado –que estaba al lado del alias ‘Román’– apartó a unas cuantas personas.

“Los 'paras' tenían en su poder una ‘lista negra’ con varios nombres –le llamaban lista “negra” porque significaba que no había la más mínima posibilidad de poder dialogar con ellos– y ahí se llevaron a unos cuantos campesinos del pueblo”, comentó Bedoya.

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Entre los escogidos estaban Orlando Urrea y Sandra Patricia Urrea, padre e hija, quienes fueron trasladados a la vía de Monteloro. Él tenía 45 años, y ella, que era estudiante de enfermería, fue señalada como supuesta amante de alias 'Óscar', uno de los jefes del Sexto Frente de las Farc.

Allí –señala Bedoya– en medio de un arbusto los paramilitares descargaron una serie de balas contra los dos miembros de la familia Urrea que penetraron diferentes partes del cuerpo, provocándoles una muerte instantánea. Es medio día. Los platos del almuerzo están servidos sobre la mesa. Antonio Élmer Muñoz carga sobre sus hombros un costal lleno de quesos listos para vender en el parque principal. Él, a sus 63 años, tiene una gran lucidez para hablar y sus ojos verdes aún recrean las imágenes de los pormenores de aquel 31 de julio de 1999.  

“Ya iba llegando a mí casa, cuando en medio de los cafetales por los cuatros costados fueron saliendo unos señores con unos brazaletes. Ellos se identificaron con el nombre de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Yo rogué para que me dejaran seguir con mi esposa y mis dos hijos. Un hombre hizo un par de señas y pudimos continuar caminando. Al llegar a casa se escuchó una voz fuerte que decía que apagáramos las luces. Eso hicimos. Nos acostamos a dormir. A los diez minutos escuchamos un vendaval de bala”, aseveró el campesino.

Muñoz hace una pausa y su mirada queda perdida en el limbo. Se lleva sus gigantescas manos a la cara, como tratando de borrar lo que es difícil de dejar en el olvido. Se entiende. Porque quien carga con una tragedia también tiene que guerrear con la zozobra que produce saber que los recuerdos siguen intactos rondando su cabeza día a día y noche a noche.

“Al año mataron a mi hermana. Ella trabajaba en un puesto de Telecom. Un día una persona se hizo pasar por guerrillero y –en medio de las presiones en las que manteníamos– a ella se le aflojó la lengua. A los pocos días los paramilitares la torturaron, entre varios hombres la violaron y le clavaron unas agujas por las uñas para que dijera los nombres de quienes le colaboraban a la insurgencia. Aún no me repongo de este asesinato. Creo que la muerte de mi hermana me ha dolido más que la de mi madre o la de cualquier otro familiar”, manifestó Muñoz.

Luego de perpetrar el asesinato de la familia Urrea y de amedrentar a la población civil, los paramilitares dejaron panfletos y grafitis con los que estamparon su huella por el pueblo. Días atrás, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) habían reproducido volantes con los cuales anunciaban su llegada al Valle del Cauca, con el fin de combatir la lucha subversiva.

El profesor Jorge Salcedo Ramírez, en un trabajo realizado para la Secretaría Departamental de Salud del Valle (SDSV) en el año 2001, recopiló las palabras con las que se le abría la puerta a un nuevo actor de la guerra en la región.

“El pasado fin de semana se conoció en Cali el primer comunicado de ese grupo, al cual las autoridades no dieron credibilidad. Sin embargo, ayer circularon otros panfletos en Jamundí y en el norte del Valle. Los panfletos advierten que los habitantes que auxilien a la guerrilla tienen tres opciones: abstenerse de colaborar con ella, aislarse de la guerrilla o abandonar la región mientras persista el conflicto”, es uno de los fragmentos de un artículo –reproducido el 29 de julio de 1999– por el diario El País de Cali.

Este hecho era el primer campanazo de la oleada de sangre que se venía en la región a manos de los miembros del Bloque Calima, pertenecientes a la Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Según datos de la Fiscalía, entre 1999 y 2004 la violencia paramilitar perpetró 2.372 asesinatos, 367 desapariciones, 1.004 desplazamientos forzados y 11 crímenes de violencia sexual en el Valle del Cauca.

Los habitantes de La Moralia narran que la llegada de los paramilitares al departamento se dio gracias al financiamiento que le dieron los políticos, empresarios y miembros importantes del Ejército colombiano, debido a las fuertes extorsiones, secuestros y asesinatos que estaban sufriendo por parte del Sexto Frente de las Farc y el Frente Jaime Bateman Cayón –una disidencia del M-19–, que estaban asentados en las zonas rurales de Tuluá, Bugalagrande, Sevilla y Andalucía.

“Los paras llegaron con el cuento de que iban a acabar con la guerrilla, pero en el tiempo que ellos recorrieron estos territorios solo vimos caer a familiares, amigos y vecinos, que eran campesinos”, mencionó sin ningún titubeo Pedro Pablo Castañeda, vicepresidente de la Junta de Acción Comunal (JAC) de La Moralia.

Al cumplirse 13 años de la primera incursión del Bloque Calima en el Valle, la JAC de La Moralia decidió realizar una imponente escultura en toda la entrada del pueblo. En ella se vislumbra una placa con los nombres de las personas que fueron torturadas y asesinadas por los paramilitares en el departamento; una imagen de campesinos, que simboliza la lucha por la tierra por parte de estas comunidades que viven asentadas en estos caseríos y, por último, una mano empuñada, que hace referencia al aguante que tuvieron varias familias –en medio de las amenazas y el desasosiego– para soportar los vejámenes del embate del paramilitarismo en el Valle.

También, a pocos metros de la cancha de microfútbol se puede observar un mural construido por el colectivo de artistas L’Etincellede de Cali, quienes le rindieron un homenaje a la comunidad de La Moralia y a la memoria del dirigente campesino Andrés Guillermo Robledo, asesinado el 18 de mayo de 2002.

Robledo era una de las voces más fervientes para ayudar a los campesinos desplazados por la violencia en el departamento. Conocía la Constitución Política de Colombia como la palma de su mano y a través de sus ojos guio el destino de 16 veredas enclavadas en las zonas rurales de Tuluá y Buga.

Él fue el fundador y máximo representante de la Asociación Campesina Los Yarumos, la cual estaba dedicada a planear y ejecutar proyectos sociales que beneficiaban a miles de labriegos que habían sido desplazados por el conflicto armado colombiano.

Sin embargo, el fantasma de la guerra no cesaba por estos territorios, porque al poco tiempo de que esta organización campesina echara sus primeros frutos, los paramilitares fueron asesinando sistemáticamente a las cabezas más importantes de esta entidad y, de paso, también se llevaron las luces de esperanza que alumbraban a estos aldeanos que deambulaban por lugares lóbregos.

“La muerte de Robledo es de esos acontecimientos que aún muchos campesinos lamentamos, porque él tenía buenas ideas para la comunidad. Incluso, desde el año 2001 lo venían amenazando, pero por seguir ayudando a la gente de estos pueblos nunca quiso exiliarse en otro lugar”, comentó Alonso Valencia, mientras su esposa le sirve un café amargo, debido a que desde hace tiempo sufre de una diabetes.

Valencia, a sus 56 años, carga sobre sus hombros la responsabilidad de ser el presidente de la Junta de Acción Comunal (JAC) de La Moralia. Él cuenta que las balas laceraron los tejidos sociales y por esta razón el éxodo campesino fue inminente. No se quedaron ni las animas. Cientos de aldeanos terminaron realizando cualquier oficio para no dejarse morir de hambre en las grandes ciudades. Las tierras quedaron en manos de los grupos alzados en armas.

Cuando algunos pobladores tomaron la decisión de regresar, luego de tres años de la primera incursión de los paras en el Valle, se tropezaron con la sorpresa de saber que alguna parte de la tierra donde sembraban y cosechaban alimentos pasaron a ser parte de grandes latifundistas. 

En ese instante Valencia me invita a recorrer el pueblo. Subimos a pie un terruño destapado, lleno de piedras y donde el polvo queda impregnado hasta en la piel. Este callejón, dice, carece de alumbrado público.

Los rayos del sol penetran de manera fuerte los cuerpos de los aldeanos de esta vereda. El sudor incesante es absorbido por las prendas de vestir. Unos niños corren por una trocha angosta en búsqueda de unos juguetes que se les perdió, mientras que don Alonso me dice que paremos para descansar por un momento, porque aparte de padecer una diabetes, también tiene que lidiar con un dolor crónico en su pierna derecha –y por eso cojea– producto de un desgarre que sufrió cuando era un chiquillo, en los tiempos en los que en las tardes se las dedicaba a dar patadas a un balón.

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El único puesto de salud que hay en este caserío se lo está carcomiendo el moho. Desde que fue bautizado como centro médico nunca ha abierto sus puertas. Ningún galeno ha pisado este lugar y, por esta razón, los pobladores de La Moralia tienen que desplazarse hasta el corregimiento de La Marina, que está a 10 minutos, en búsqueda de alguna asistencia médica.

Tal es el caso de Abel Antonio López, quien en este instante merodea por las calles polvorientas con su radio con el que escucha las noticias y música gangosa. López, a sus 71 años, es uno de los pocos sobrevivientes que ha podido echar el cuento sobre la arremetida de los paramilitares en el Valle. “Ellos caminaban por aquí como Pedro por su casa”, señala.

Este campesino sobrevive de la caridad que les brindan varios de sus amigos y vecinos. No tiene trabajo y tampoco recibe la ayuda del adulto mayor por parte del Gobierno Nacional. Sufre de un agotamiento pulmonar, lo que le genera una gran dificultad para ingerir alimentos y poderse movilizar. Su respiración es afanosa. Uno de sus mayores anhelos es volver a ver a su familia, pues solo dice: "Ellos no vienen por aquí, porque piensan que todavía hay grupos al margen de la Ley".

Sigo recorriendo junto a don Alonso los callejones polvorientos de La Moralia. Llegamos otra vez al parque principal. Unas nubes grises anuncian la llegada de un estruendoso chaparrón. Una niña está rodeada de cuatro perros lánguidos. De la última chiva del día van descendiendo algunos pasajeros con sus corotos. Don Alonso me mira, asiente un poco la cabeza y sus palabras vuelven a tomar vuelo.

“Yo creo que si esas chivas hablaran, ellas darían una mejor versión que uno, porque los paramilitares asesinaron a todos los conductores de estos vehículos”, recalca.

A solo unos cuantos pasos de la iglesia, desde donde los paras vigilaban y amedrentaban a los pobladores de este pueblo, se encuentra Ilse María Claro, una vendedora de empanadas. Ella, una aldeana canija y cuyos labios se aferran a los dictámenes de la Divina Providencia, cuenta que no vivió en carne propia las torturas por parte del Bloque Calima en el Valle, pero sí le tocó vivir la embestida del Bloque Resistencia Tayrona bajo el mando de Hernán Giraldo Serna, alias ‘El señor de la Sierra’, quien tuvo el control sobre la Sierra Nevada de Santa Marta.

“Los paras mataron a mi mamá y a mi hermano. Perdimos la casa y las tierras donde sembrábamos y cosechábamos alimentos. Hace seis años llegué aquí y, con lo poco que pude echar en mi maleta, he podido rehacer mi vida”, dice la vendedora de empanadas, mientras las lágrimas recorren sus mejillas.   

Don Alonso se despide. Mi mano derecha se extiende y mis ojos lo miran fijamente como agradeciéndole por acogerme y ser mi guía por varias horas.

Las primeras gotas de lluvia brincan enloquecidas contra los callejones polvorientos. Ilse Claro pone a cocinar las siguientes empanadas para vender, mientras que del fondo del local –que funciona como una tienda– sale José Gabriel Coy, su patrón, un campesino longevo de sonrisa ardiente y que como carta de presentación trae a colación anécdotas de su pueblo Santa Sofía, ubicado en el departamento de Boyacá.

Él, a sus 72 años y soltero, solo espera que algún día pueda caminar por cualquier parte sin la preocupación que le produce saber que hay cuadrillas de hombres armados que merodean su casa. “Nosotros solo estamos armados de valores culturales para poner a cosechar nuestros cultivos. Queremos que termine la guerra y comience a brotar la paz”, comenta Coy.

Una de las curiosidades que se percibe a flor de piel en La Moralia, aparte de la pobreza, es que en este lugar conviven aldeanos de diferentes partes de Colombia con un mismo trance en sus vidas: llevar tatuado sobre sus teces el rostro de la violencia.

Además, los campesinos también tienen que lidiar con el horror de saber que cerca de sus moradas hay compañías que mueven maquinaria moderna, en donde la mercancía va de lado a lado. Este hecho lo condensa muy bien un labriego con una frase y quien prefiere no decir su nombre por temor a alguna represalia.

“El Ejército solo viene por aquí para cuidar a las multinacionales, las mismas que explotan y se llevan todos nuestros recursos”. El chaparrón cesó. Cierro mi libreta de apuntes y apago mi grabadora de voz. Me despido de don Gabriel y procuro bajar con cuidado una zanja para no irme a resbalar. Doña Ilse, desde el fondo de la tienda, y como es de costumbre en las mujeres devotas, me dice: “Que mi Dios me lo bendiga y que llegue bien a su casa, mijo”.

Poco a poco me voy alejando del pueblo y a mí mente viene el recuerdo de aquella frase que dijo un documentalista uruguayo en Univalle, luego de proyectar una pieza audiovisual en la que narraba una de las masacres más brutales en la historia del conflicto armado ocurrida en Nueva Venecia, una aldea incrustada en la Ciénaga Grande de Santa Marta. “La única presencia del Estado colombiano en Nueva Venecia es cuando en la radio suena el Himno Nacional a las 6:00 de la tarde”. Creo que los campesinos de La Moralia también piensan lo mismo.