Un abrazo de gol en Ciénaga (Magdalena)

Esta es la historia de cómo un hombre terminó jugando fútbol en el mismo equipo con los victimarios de su madre como símbolo de perdón y reconciliación.

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Dani Daniel Cantillo entrenando con niños de Ciénaga (Magdalena) / Fotos: Nicolás Peláez

Pasaron 25 años para que Dani Daniel Cantillo regresara al colegio donde estudió su primaria. Un partido de fútbol en el San Juan del Córdoba, uno de los colegios más tradicionales del municipio de Ciénaga, en el departamento del Magdalena, es la razón que lo trae de vuelta.

Cantillo luce nervioso, siente en el estómago el vacío previo de cuando se juega una final. Pero esta vez no es por el partido. Enfrente están las personas que le hicieron vivir los momentos más tristes de su vida.

Sus años estudiantiles fueron felices, y más cuando se convirtió en el único jugador menor de 10 años que integraba la selección infantil que participaría en los intercolegiados municipales. Cantillo recuerda que respondió con altura en los pocos minutos que le dio ‘el profe’, general­mente cuando ya el triunfo estaba asegurado, y entre pena y alegría la imagen de su madre, que no se perdió ningún partido y que coreaba su nombre mientras saltaba en una banca de madera sin importarle si jugaba o no.

La misma noche en que se disputó la final del torneo, en el que salieron subcampeones, doña Leticia Riveros, la madre de Daniel, reunió a la familia en la sala de la casa y le dijo que tenían que abandonar Ciénaga porque estaban amenazados de muerte. Con el tiempo, Daniel compren­dería que ella esperó a que finalizara el campeonato para dar una noticia que ya no daba espera.

El recuerdo del torneo lo acompañaría a Daniel por el resto de su vida. Lo acompañó en Barrancabermeja, a donde llegaron cargados de ollas y maletas, a un barrio donde nadie jugaba fútbol. Lo acompañó cuando su padrastro, que para él es su padre y su amigo, le dijo sollozando que a su madre, quien había regresado a Ciénaga a arreglar unos asuntos, y que le había prome­tido un Nintendo de regalo a la de vuelta, la habían asesinado los paramilitares en la esquina de la casa. Lo acompañó mientras lloraba abrazado del ataúd de su mamá, negándose a aceptar lo que había sucedido. Lo acompañó mientras lavaba bultos de sal en las minas de Manaure, en La Guajira, de una a seis de la mañana, para no faltar al colegio y conseguir su comida y la de su hermano menor. Lo acompañó cuando conoció a la mujer de su vida, a la que ama y con la que tiene dos hijos, y también lo acompañó cuando ella casi lo deja porque la adicción a las máquinas tragamonedas le estaban ganando el partido. Lo acompañó cuando descubrió su talento como ebanista y las cosas comenzaron a salir bien con la venta de artesanías en el municipio La Estrella, área metropolitana de Medellín, “pero en estas comunas, mi querido Daniel, si le va bien a uno nos va bien a todos, así que páguenos la vacuna o váyase de acá, que por aquí los costeños huelen a feo”.

Lo acompañó cuando volvió a Ciénaga, con una mano adelante y otra atrás, decidido a vivir donde había nacido y conservaba el recuerdo profundo de una infan­cia feliz. Lo acompañó cuando decidió que en la comuna El Poblado, a donde llegan tantos niños cargados de ollas y maletas, sí se jugaría fútbol y que él, con una pelota de trapo, se encargaría de eso. Y lo acompaña hoy, claro, porque por las vueltas de la vida, por los designios de la guerra, por las trampas del destino y por el ebrio azar, está invitado a jugar un partido en el San Juan del Córdoba, con los victimarios de su madre.

De realismo mágico y violencia

Una región a orillas del mar Caribe, con ríos de agua dulce que se desprenden de una sierra nevada y atraviesan sus playas, podría ser sinónimo de turismo y prosperidad en cualquier lugar del mundo. Pero en Colombia, en las últimas cuatro décadas, esa privilegiada posición geográfica significa terror. Muerte.

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Esa fue la suerte de Ciénaga y de gran parte del depar­tamento del Magdalena. La bonanza marimbera llamó la atención de los grupos armados en la década de los sesenta, quienes poco a poco armaron sus propios cuerpos de segu­ridad y se convirtieron en la génesis del paramilitarismo. De ahí se derivaron estructuras armadas que después escri­bieron una historia sangrienta como las de los Rojas en la zona de El Palmar, entre Santa Marta y Fundación, y las de Hernán Giraldo Serna en Guachaca, en el Parque Tayrona.

Los abuelos de doña Leticia, la madre de Daniel, fueron unos santandereanos que llegaron a Ciénaga atraídos por el esplendor bananero de los años veinte, donde vivieron años prósperos y felices. Tras la masacre de 1928 —de la que habla Gabo, la que sí ocurrió— decidieron emigrar a Santa Marta, donde rehicieron su vida.

La temperatura en Ciénaga a las 12 del día alcanza los 40 grados. En las bancas del Parque Centenario, enormes iguanas hacen modorra a la par de sus habitantes. Pero acá, sentados en Zungo Café, enfrente de la majestuosa plaza donde el cantante Carlos Vives grabó el video de su álbum Bailar contigo, el aire acondicionado está a su máximo nivel. Cantillo me cuenta su historia. Me cuenta y me reclama, mientras se le encharcan los ojos negros, por obligarlo a recordar. “Mami siempre hablaba del abuelo y de las histo­rias que le contaba mientras recorrían las fincas bananeras que lograron conservar, en los que el viejo siempre decía que el destino de Ciénaga no lo marcó ninguna marihuana sino haber sido el centro de un emporio agrícola, económico y político llamado United Fruit Company”. La United, decía el abuelo, no solo fue una compañía extranjera que llegó a esta región en busca de la comercialización de frutas tropi­cales, sino que hasta la masacre ejerció un para-estado civil apoyado por los militares y el gobierno. “Pues ese abuelo tenía razón, afirma el historiador Guillermo Henríquez, sentado en una mecedora de mimbre en la biblioteca de su casa. “Ciénaga fue realismo mágico antes de Gabo. Con la United llegaron el telégrafo, el teléfono, el cine, el teatro, las vitrolas, los pianos, la transición de la arquitectura colo­nial a la republicana pero también, debido a que el general Reyes les regaló el uso de las aguas y les permitió tener el monopolio de la comercialización agrícola, con el tiempo se generó una evidente explotación laboral que desató la masacre y marcó el destino cienaguero”.

Leticia creció en medio de estas historias y heredó el legado de su abuelo por trabajar la tierra. De un matrimonio que solo duró dos años y del que nacieron Javier y Dani Daniel. Algunos meses después, en unas Fiestas del Mar en Santa Marta, conoció a Julio César Cantillo, quien se convertiría no solo en el padrastro de sus hijos, sino también en el amigo inseparable que les dio su apellido.

El amor por el trabajo que caracterizaba a Leticia le per­mitió a su familia una vida sin necesidades. A comienzos de los noventa cumplió su sueño de tener una finca aguacatera de 35 hectáreas en Guachaca, a la que llamaron El Barco, donde la familia, la Cantillo Riveros, pasaba los fines de semana y de una vez recogía el pancoger necesario para alimentarse. Fue por esos tiempos cuando Hernán Giraldo Serna, más conocido como ‘el Taladro’ o ‘el Señor de la Sierra’, consolidaba por estas tierras su régimen del terror.

Desde finales de los años setenta la guerrilla había declarado a Giraldo Sierra objetivo militar por su liderazgo social y militar en la zona. En 1986, un atentado en su contra cometido por este grupo armado terminó con la muerte de su yerno y de su hijo. Decidido a vengar a su familia, Giraldo Serna cambió sus animales por armas y les exigió a los campesinos aportar un hijo para formar un grupo de autodefensas cuyo único fin era acabar con la guerrilla. Esto ocasionó los primeros desplazamientos de campesinos en la región.

Paralelamente, en la zona nororiental de la sierra (Adán Rojas y sus hijos, Rigoberto, Adán, José Gregorio y Camilo, también crearon su grupo de autodefensa en la región occi­dental. Estas organizaciones se unieron y a ellos se les sumó José María Barrera, conocido como ‘Chepe’ Barrera. Este grupo, liderado por Hernán Giraldo, al que se denominó Frente Tayrona, se extendió a La Guajira, donde hizo alian­zas con bandas delincuenciales de Palomino y Mingueo. Y ahí, en su zona de influencia, estaba la humilde hacienda de los Cantillo Rivero.

Las extorsiones por la tierra no tardaron en llegar. Leticia, que era quien manejaba los asuntos de la finca, pagaba todo lo que le exigían pero se negaba a entregar las tierras. Ocultaba lo que más podía esta situación con su familia y, al contrario, se esforzaba para que todos tuvieran una vida normal y feliz.

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Debido a las amenazas, Leticia decidió arrendar la casa en Ciénaga y desplazarse a donde unos hermanos en la ciudad de Barrancabermeja. Días después, el 29 de octubre de 1997, Leticia regresó a Ciénaga a cobrar la renta. Uno de los inquilinos, según las investigaciones judiciales, hacía parte del grupo armado de Giraldo. Esa tarde, cuando ya se dirigía a la terminal de transportes del antiguo Ecopetrán para retornar a Barranca, cuatro hombres la secuestraron y a las 12 de la noche, tras recibir cinco disparos en la cabeza, pasó a engrosar la lista de los 2900 homicidios que, según la Fiscalía, perpetraron los hombres de Giraldo. “Cuando me llamaron a contarme lo único que pensé en ese momento era en quién le iba a contar al niño”, cuenta el padrastro de Dani Daniel. “El amor y la admiración de Daniel por su madre era grande. Era grande. Ay, lo que yo te diga”.

En el mismo equipo

Todo está listo para comenzar el partido. En la cancha de microfútbol del polideportivo del San Juan del Córdoba hoy, 17 de junio de 2017, hay un ambiente festivo. Cerca de 150 niños de los barrios más vulnerables de Ciénaga, luciendo vestidos y sombreros típicos, serán los encargados de inau­gurar la jornada con el baile del caimán. Adultos mayores de los mismos barrios cantarán La cumbia cienaguera. El evento da inicio al proyecto ‘Juego sin rivales’, enmarcado en el Programa de Alianzas para la Reconciliación de Usaid y Acdi-Voca, operado por la Fundación Tiempo de Juego. Ciénaga es uno de sus lugares prioritarios de intervención por causa de su alta afectación en el conflicto armado. Pero hoy, ante tanta alegría, la guerra parece haber terminado.

Un animador, megáfono en mano, anuncia uno a uno el nombre de los integrantes de los equipos. “Para el equipo de los verdes, José Nicolás Wild, coordinador regional del Magdalena de la Agencia Colombiana de Reintegración. Para el equipo de los rojos, Andrés García, líder deportivo del municipio de Ciénaga”. Daniel, al que minutos después le corresponderá jugar con el equipo verde, luce intranquilo. Vuelven los recuerdos de siempre. Los días felices, los días tristes. Al frente, dos mujeres y un hombre, que pertenecieron al grupo de Hernán Giraldo, tam­bién esperan a que el animador los llame por el nombre y les asigne un peto de color. Ellos, que dicen no ser muy buenos para el fútbol, fueron tres de los 1116 paramilitares que se desmovili­zaron junto a Giraldo el 3 de febrero de 2006 en la vereda Quebrada El Sol, corregimiento de Guachaca. Ahora, can­sados de la guerra, hacen parte del plan de reintegración del gobierno nacional y pertenecen al programa Fútbol, Paz y Reconciliación, donde se capacitan con una metodología para dar clases de fútbol a los niños de los barrios más vul­nerables de Santa Marta, con el objetivo de que aprendan valores y habilidades para la vida y, en parte, para que no repitan su historia.

Cantillo llegó esta mañana al San Juan del Córdoba con un balón bajo el brazo, acompañado de 70 niños y niñas divinamente uniformados. También con un caja de artesanías de madera que ahora se exhibe en una mesa de mantel blanco. Esos 70 niños son el resultado del sueño que tuvo Daniel cuando regresó al barrio El Poblado de Ciénaga y supo que trabajaría por ellos, la mayoría despla­zados como él, con el objetivo de que su infancia feliz no fuera interrumpida.

Con un balón prestado Cantillo comenzó, siete años atrás, su sueño quijotesco. En esa cancha empantanada reunió niños que, atraídos por su oferta, crearon una rutina sagrada de cuatro entrenamientos semanales.

Las necesidades no tardaron en llegar. La terapia futbo­lera exigía hidratación, refrigerios y uniformes, pero para Cantillo, que había resistido junto a su padre y sus herma­nos un nuevo desplazamiento en Barranca por la llegada de la guerrilla; que trabajó todas las noches entre sus 12 y 14 años lavando sacos de sal para pagarse sus estudios; que se había enfrentado a los combos de las comunas de Medellín, porque no quería darles la plata que se ganaba trabajando honradamente, y que ahora veía en su escuela de fútbol la forma de hacer su propia resiliencia, no estaba dispuesto a detener su gesta.

La manera de sostener su escuela la vio en una nota de televisión en la que explicaban cómo generar recursos reco­giendo botellas pet. Elkin Martínez, el papá de uno de los niños que participan en la escuela, también desplazados, sabía de reciclaje así que apoyó a Cantillo. Con la primera recolecta, de cuatro toneladas y media, recibieron buenos dividendos. Las mamás de otros niños de la escuela también se pusieron la camiseta y decidieron ayudar. Ya no eran solo botellas sino también cartones y plástico. Adecuaron las motos en las que se movilizaban y les pusieron canas­tas para aumentar el volumen de la recolección. Cantillo, que empíricamente se había convertido en ebanista, les pagaba con artesanías a las mamás que más recogieran. Así fueron creando una empresa que cubría las necesidades y fue cuando Ciénaga entera se volteó a mirar al barrio que recogía basura para sostener la escuela de fútbol.

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El proyecto ‘Juego sin rivales’ llegó a Ciénaga en busca de líderes que estuvieran interesados en fortalecer sus emprendimientos y a su vez recibir herramientas para trabajar con una metodología de formación en valores y generación de confianza y reconcilia­ción por medio del deporte y el arte. Cuando el gobierno local y actores de la comunidad se ente­raron, no dudaron en recomendar a Dani Daniel Cantillo. Y entonces él sintió que el trabajo de años se veía recompensado. Que había llegado la hora de demostrar de lo que estaba hecho. Si bien la Fundación Madera Sostenible, como decidió bautizar su proyecto, había sido reseñada por los principales medios de comunicación del país, nunca había recibido ayudas del Estado y la situación económica no era la mejor.

Junto a Daniel Cantillo, doña Rosa, Samir, Andrés, María Claudia y otros líderes de perfiles similares se capa­citaron, se conocieron, unieron su fuerza y su conocimiento y se dieron cuenta de que eran unos verdaderos agentes de cambio para su región. Todos ellos son los jugadores del par­tido de inauguración. Todos ellos vinieron con los niños por los que hace años decidieron trabajar sin que nadie les diera un centavo. Solo por la satisfacción de saber que quizás les podían entregar un país mejor al que a ellos les tocó vivir. Y al frente, dispuestos a jugar ese partido, están esos colom­bianos que por diferentes circunstancias de la vida termi­naron en la guerra y ahora se quieren cambiar de camiseta.

El animador anuncia a Daniel. Le dan un peto verde que lo hace ver un poco más delgado de lo que es. Cuando lo nombran, Luis Peña, el secretario de Juventudes de Ciénaga, se para y aplaude. Doña Karina Prada, primera dama del municipio, también lo aplaude. Los otros líderes también lo aplauden. Los niños también lo aplauden. Cantillo, con un poco de pena, levanta las manos en señal de agradeci­miento. Sus ojos negros se vuelven a encharcar.

A María Torres y a Edilberto Márquez, desmovilizados del Frente Resistencia Tayrona, ese que comandaba Hernán Giraldo, también les corresponde el peto verde. Minutos después, jugarán con Daniel en el mismo equipo. Minutos después, harán un par de pases y tocatas y se darán un abrazo sincero. Un abrazo de perdón, de esperanza. Un abrazo que los mantendrá unidos. Un abrazo de gol que marcará su historia de ahora en adelante.

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Colombia2020 publicará cuatro historias sobre cómo el fútbol ha sido un vehículo de reconciliación en ocho territorios a nivel nacional. Estas hacen parte del libro 'La pelota de trapo', naracción a la que le apostaron la Fundación Tiempo de Juego y el programa Alianzas para la Reconciliación de USAID y ACDI/VOCA.