Simón Bolívar y la libertad de vivir sin coca

La historia de este campesino en Putumayo, que cambió la coca por la cúrcuma y ahora es ejemplo de emprendimiento en su región.

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En 2008, Simón fundó Saborama, una empresa comunitaria en la que produce y comercializa la cúrcuma. / Fotos: Gustavo Torrijos - El Espectador.

Cuando Simón Bolívar volvió a los cultivos, a echarle machete a las matas de coca que quedaban, escuchó los gritos de los vecinos que pasaron por allí: “¡Si eres güevón, Simón! Seguí sembrando coca, que el resto no te va a servir pa’ nada”. Él agachó la cabeza y ocultó el miedo que tenía de que su idea fracasara. Les respondió que esa era su vida, que lo dejaran en paz. Después de tanto mal que le había traído ese “polvo mágico”, desde hacía muchos años estaba seguro de que quería dejar de cultivar y consumir coca.

Ese episodio, recuerda él, ocurrió en el 2007, cuando estaba cerca a los 44 años. Después de volver a la finca de su familia en Puerto Caicedo, intentó criar gallinas y cultivar stevia, pero sin mucho éxito. Tuvo que ponerle toda su fe a una planta que hasta hace tres años había llegado al Putumayo: la cúrcuma, un rizoma muy parecido al jengibre, pero de color naranja, usado para hacer el famoso curry en India.

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Conoció la planta cuando un amigo suyo lo llevó a su finca y se la mostró. “Simón, este cultivo es bueno, vos sos el propio para manejarlo”, le dijo, tal vez por el entusiasmo que le había visto para sacar adelante a su familia a través de otros medios. Sin dudarlo, Simón le pidió que le vendiera 15 kilos y le pagó con 15 mil pesos. Volvió a su casa a “moler machete”, como suele decir. Desyerbó un cuarto de hectárea y ahí sembró sus primeras matas, a pesar de que los vecinos de la vereda Campobello se le burlaban, porque la coca era lo único rentable.

A esa edad, Simón otra vez estaba comenzando desde cero. Desde sus 18 años sabía lo que era salir de Putumayo y meterse en cualquier trabajo que apareciera. Trabajó en Florencia y en Caquetá, y duró 18 meses en el Huila, prestando servicio militar. Casi que 20 años después, regresó a Mocoa para trabajar con una fundación que asistía a población desplazada e indígena en el departamento, a la cual renunció para volver a los cultivos de la finca de sus padres. Esa había sido su ruta de escape al vicio de la cocaína, a la vida de parranda con el dinero fácil y a la violencia.

A sus 13 años colaboraba con el ‘negocio’ familiar de aquel entonces. “Antes todo esto era coca, verdecito todo. Cogíamos como unas 300 arrobas en esos cultivos. Yo era el que procesaba, compraba la gasolina, los tarros, la soda. Y cuando no había soda trabajábamos con cemento o con ceniza, pero el todo era sacarle el alcaloide”, recuerda Simón.

Era la década de los 70, y para ese entonces en su casa llegaban a vender hasta dos millones de pesos por kilo. Cada tres meses sacaban las 300 arrobas, es decir, aproximadamente 3400 kilos para vender: “Así como había mucha plata, también había mucho desorden: trago, vicio y mujeres. Era tremendo”.

Y con la coca también llegó la violencia. Uno de sus hermanos fue asesinado por los paramilitares y otro, por la guerrilla. En los noventa, él, su familia y sus vecinos vivían con la presión de las Farc para que sembraran matas de coca y pagaran vacunas si estaban en otro tipo de comercio.

“En ese entonces yo vi cómo, para el lado del río Picudo Grande, la guerrilla les hacía sembrar a mis compañeros de seis hectáreas en adelante y después les decían: "les damos tres minutos para que se vayan" cuando ya estaban las cosechas”, dice. “Quería evadirlo, no quería tener vicio, ni absolutamente nada que ver con la coca. Me mamé”.

Otro ‘polvo mágico’

Cuando regresó, en 2007, la finca quedó a su entera disposición para formar una familia con su esposa. Ella, que llevaba años raspando coca y recibía sus buenas ganancias, no le hallaba sentido a que su marido intentara cultivar plátano o Stevia. Y la realidad parecía darle la razón. Los cultivos no estaban siendo provechosos y él tuvo que endeudarse, vender una casa, buscar la forma de generar buenos ingresos por mucho tiempo.

Sin embargo, la cúrcuma fue la oportunidad para demostrarles a todos que sí era rentable librarse de la coca. "El polvo mágico ahora es la cúrcuma y no la coca", dice en medio de risas, mientras que nos da un té de color amarillo. Nos habla de todos los beneficios de esta planta, que es antinflamatoria y antioxidante, que sirve para limpiar la piel, para relajar el cuerpo, quitar la fiebre interna y bajar las inflamaciones. Que además sirve como condimento para las comidas y como colorante para telas y madera. Y se llena de orgullo con estas palabras.

Pie de foto: La cúrcuma se utiliza para hacer el curry, y también es conocida por sus múltiples beneficios medicinales. 

“Cultivarla no es complicado. Si es en tierra blandita, se coloca la semilla que ya esté nacida y a los 25 días ya está grande la mata. Son tres desyerbadas al año. No la abonamos con químicos, no la fumigados, todo es natural”, aclara. A cada mata le puede sacar entre 5 a 12 kilos y según nos dice, es un cultivo que no le ha dado problema, ni con el clima, ni con enfermedades.

En 2008, creó la organización Sabor Amazónico del Putumayo o Saborama. Junto con dos amigos constituyeron la empresa y hoy son 20 productores en la vereda Campobello, aunque ya se están expandiendo a otros municipios de Putumayo como La Hormiga, Orito y Villagarzón, y a Miraflores, en Cauca.

En estos diez años, consiguió los recursos para comprar los molinos y las máquinas tajadoras, y el apoyo para la comercialización del condimento. Venden la cúrcuma en polvo en sobres de 25 gramos a 2500 pesos y en tarros de 50 gramos, a 6 mil. El producto ha tenido tan buena acogida que en el 2012, el restaurante de comida asiática WOK usó para sus platos productos cultivados por familias campesinas del Putumayo, entre esos, el condimento de cúrcuma de Simón. Incluso una fotografía con su cara era la portada de ese menú especial.

Pie de foto: Simón sostiene las principales presentaciones en las que viene el condimento naranja. 

Simón nos asegura que todo lo ha logrado por su voluntad: de visitar a otras familias, de ir ciudad por ciudad a vender el producto, entrar a las oficinas de la Alcaldía o la Cámara de Comercio para que conozcan los beneficios de la cúrcuma. Y le funcionó. Ha tenido el respaldo de instituciones como Corpoamazonía y la Universidad Nacional para capacitaciones en el tratamiento, empaque y comercialización del producto. También ha tenido apoyo de la Agencia de Desarrollo Rural, el Departamento para la Prosperidad Social y la Cámara de Comercio, entre otras, para comprar los equipos de producción y financiar la imagen de Saborama.

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Se le ve feliz, orgulloso y con el ánimo de que más campesinos dejen la coca y cultiven cúrcuma, o cualquier alimento, pero que le saquen provecho. Ya tiene 54 años, pero no se le nota el cansancio ni el desgano para pararse cada mañana y caminar hasta sus cultivos, a desyerbar y plantar nuevamente. Eso sí, espera que los muchachos que le colaboran en Saborama, la hija y los nietos que viven con él, sean quienes continúen con el negocio una vez él no esté.

“Vamos también a trabajar con la pimienta, la Stevia, la vainilla y el chontaduro. Nuestra meta es que al 2030 seamos una empresa distribuidora de productos naturales en Colombia y si Dios lo permite, a nivel internacional”, señala.

La primera escena se repite, solo que ahora es él quien se acerca a las fincas de sus vecinos y les dice que sí sirvió liberarse de la coca. “Si nosotros cambiáramos nuestra forma de actuar y de pensar, y empezáramos a trabajar organizados, los cultivos desaparecerían en cualquier departamento. Si somos 500 o 1000 familias que vamos a recibir la ayuda del Gobierno, por qué no dejamos un millón de pesos para formar una cooperativa que sea de los campesinos, o un supermercado propio para que compren nuestros productos”, afirma con seguridad. “El Gobierno no nos ayuda a vender los alimentos, entonces somos nosotros mismos los que tenemos que ofertar nuestro producto. Pero si no hay liderazgo, no hay nada”.