Ideas para cambiar la coca por comida en el Catatumbo

Tanto indígenas como campesinos están poniendo en práctica proyectos productivos de lácteos y cacao para sustituir los cultivos de uso ilícito. Piden apoyo empresarial y mejoras en la infraestructura de la región.

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En el mercado de Tibú la mayoría de productos vienen de Cúcuta. / Fotos: Gabriel Corredor Aristizábal

“Hace décadas comíamos marrano de monte, lapa, curí, armadillo, cachicamo, marimonda, loro, ardilla y pescado. Pero ahora uno debe caminar un día para llegar a los sitios de caza y muchas veces no hay. Cada vez dependemos más de las veredas cercanas. De allí traemos el arroz, la papa y la panela. Pero sólo algunas familias tienen para comprar eso. Los que tienen cacao lo venden y compran; muchas otras usan el dinero de cultivar o raspar coca”.

Pie de foto: cultivos de coca en el Catatumbo.

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Con un español chapurreado, Leonor Achiondora, secretaria de la Asociación de Autoridades Tradicionales del Pueblo Barí (Ñatubaiyibari), explica que cada vez más jóvenes del resguardo Motilón Barí, que queda en el municipio de Tibú (Norte de Santander), pegado a Venezuela, usan la coca para sustentar a sus familias. La tentación del dinero rápido los está alejando de sus tradiciones. ¿La solución? Incentivar el cultivo de cacao.

Pensar que en el Catatumbo hay un problema de desnutrición parece una contradicción, especialmente después de conocer la región y adentrarse a esas tupidas selvas tropicales donde las papayas le pueden caer en la cabeza al transeúnte desprevenido y las piñas silvestres crecen como si fueran maleza. Pero lo cierto es que el Catatumbo ha sido por años una despensa agrícola abandonada.

Muestra de ello fueron las cifras que dio a conocer la Cruz Roja en 2016, luego de un estudio en San Calixto y El Carmen, dos municipios de la región. El informe daba cuenta de que el 16,1 % de los niños menores de cinco años presentaban síntomas asociados con desnutrición aguda. La desnutrición crónica afectó al 13 % de los menores de edad. Tanto niños como adultos, según el estudio, sufren enfermedades como diarrea, respiratorias y parásitos.

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Cientos de familias encontraron en los cultivos de uso ilícito una forma de protegerse de esa realidad. Por eso cuando los campesinos preguntan “¿de qué vamos a comer si dejamos la coca?”, no es un cuestionamiento menor.

En el caso de los barís, las autoridades del pueblo empezaron a incentivar la agricultura familiar y el cacao de exportación para solucionar el problema de raíz. “Empezamos un piloto de cultivo de cacao con tres comunidades. La idea es tener apoyo técnico y de mercadeo. Pero también queremos concientizar a la gente, especialmente los jóvenes, para que cambien su pensamiento y busquen una fuente legal de ingresos”, añade Leonor.

La seguridad de Leonor de que este proyecto puede funcionar proviene de la experiencia. A principios de los 80, la comunidad tenía una cooperativa de comercialización de cacao. Pero el bloque Catatumbo de los paramilitares empezó a robar sus camiones, amenazar a los líderes de la organización e impedir que movieran el producido. La pequeña empresa se vino al piso. Ahora, apoyados por la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) y otras organizaciones, empiezan a recuperar el proyecto.

La idea de que el cacao puede ser una alternativa a la coca tanto para indígenas como para campesinos es compartida por Fedecacao. “Hace cinco años el cultivo de cacao era de unas 13.000 hectáreas en Norte de Santander, pero el cultivo de coca, los cambios climáticos y el bajón en el precio del grano desanimaron a muchos cultivadores. Hace dos años volvieron a resurgir de forma paulatina. Creemos que este puede ser un proyecto sustituto importante”, explica Eduardo Otero, representante de Fedecacao en Norte de Santander.

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En este momento, según las cifras de Fedecacao, hay 12.000 hectáreas sembradas que producen 1.656 toneladas. La producción no ha variado mucho desde 2010, año en el que Norte de Santander produjo 1.609 toneladas. Ellos afirman que a mediano plazo es una buena idea apostarle a este cultivo como parte de una estrategia de seguridad alimentaria en la región, en parte por los buenos precios a los que se ha vendido el cacao en los últimos años. En 2016 se registraron precios récord de $8.500 por kilo y este año se ha mantenido estable entre $6.000 y $5.700.

Pero todas estas cifras y estrategias son huecas si no están acompañadas de una estrategia comercial a largo plazo y una de seguridad alimentaria a corto plazo, es decir, en los próximos tres años, tiempo que demora una planta de cacao en producir.

Así lo afirma un defensor de derechos humanos de la zona que pidió reservar su nombre por razones de seguridad. “Los funcionarios del Gobierno que han llegado a la zona no han sabido darles a muchos la seguridad de que si ellos arrancan la coca van a tener la seguridad alimentaria de sus familias. Si vamos a sembrar cacao, por ejemplo, eso da en tres años, pero el subsidio de alimentación sólo dura un año. ¿De qué vamos a vivir los otros dos años?”. A este problema, añade el defensor, se suma el hecho de que detrás de muchas comunidades hay grupos armados que están presionando para que la sustitución no se dé.

Los lácteos como alternativa

Como los barís, los campesinos de la región también están buscando alternativas a los cultivos de uso ilícito, especialmente ahora que el bulto de coca está tan barato que un campesino sólo gana, si mucho, $2 millones por hectárea cultivada, y eso cada dos meses.

Uno de esos proyectos es una finca bufalera para la producción de leche y queso. Comenzó a funcionar después de una serie de estudios que hizo la Organización de Naciones Unidas (ONU) en los que determinó que los búfalos requerían menos cuidados, eran menos propensos a enfermedades tropicales y por lo tanto más autosostenibles en Colombia. Le entregó 70 búfalas y ocho machos a una organización campesina del valle del río Cimitarra, con la condición de que luego de 10 años le pasara esa misma cantidad de animales a otra organización campesina. La organización del río Cimitarra se benefició enormemente de lo producido en ese período, logrando que muchas familias iniciaran una sustitución voluntaria de cultivos de uso ilícito.

Pie de foto: Bufalos en el Catatumbo

Fue así como hace siete años la Asociación Campesina del Catatumbo (Ascamcat) empezó a usar la estrategia. “A cada familia campesina interesada y con tierra suficiente le damos seis búfalos. Luego de cinco años tiene que devolver los mismos seis animales y se queda con el producido”, explica Imel Sánchez, uno de los coordinadores de Ascamcat en la zona.

Más de 10 familias se han beneficiado del proyecto y la finca principal ya está produciendo queso por valor de $2 millones mensuales. “Esto es muy rentable porque la leche de búfala es más espesa que la del ganado blanco. Para sacar un kilo de queso se deben usar 10 litros de leche de vaca, mientras que aquí pueden ser 7 litros de leche de búfala”, añade Imel. Los campesinos creen que implementando correctamente la iniciativa podrían dejar la coca en 12 años.

Pero el gran reto, tanto en el tema de lácteos como en el de cacao y sus derivados, es crear productos terminados que se puedan vender en los mercados nacionales y hasta internacionales. Eso es vital, según explica Jorge Bedoya, presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC). “La asistencia técnica no debe ser sólo de manutención de cultivos sino de identificación de nuevos mercados para el producto, calcular la productividad de mi siembra, estrategias para empacar los productos, entre muchos otros temas de mercadotecnia y contabilidad”, explica.

Impulsar la productividad del pequeño campesino y mejorar las vías terciarias, que históricamente han sido un lastre para el desarrollo de la zona, serán de gran importancia para implementar los acuerdos de paz, especialmente los puntos de desarrollo rural y sustitución de cultivos de uso ilícitos. Eliminar los incentivos para cultivar coca en la región es la única manera de empezar a desactivar un conflicto tan fuerte y complejo como el que todavía vive el Catatumbo.