Excombatientes de las Farc y mujeres víctimas harán ladrillos en La Guajira

La necesidad de tener vivienda propia y la búsqueda de alternativas para aprovechar las basuras unieron a exintegrantes de las Farc y a una asociación de mujeres que sufrieron la violencia. Trabajan juntos para construir las casas de los reincorporados, en Fonseca.

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Richarlee Rojas, líder del espacio territorial de Pondores, al lado de Andrea Cabrera, la presidenta de Asoreco. / Nicolás Sánchez

Conejo es un corregimiento de Fonseca (La Guajira), que fue noticia recientemente por dos hechos. El primero se suscitó en febrero de 2016 tras la llegada de un grupo de excombatientes de las Farc a la plaza del caserío donde hicieron una intervención política con los fusiles terciados al hombro. El segundo se dio después de la divulgación de un video en el que un observador de Naciones Unidas bailaba con una guerrillera en la celebración del fin de año de 2016, en la zona veredal de Pondores, a la que llegaron cerca de 200 insurgentes para cumplir su proceso de reincorporación.

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El Estado construyó allí unas casas prefabricadas en las que viven hoy 300 personas, entre excombatientes y familiares. Sin embargo, Richarlee Rojas, encargado del Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR), como se llama ahora, advierte que la vida útil de esas edificaciones caducó. “Las entregaron para vivir seis meses y ya llevamos más de un año”. Además, según Rojas, los espacios comunes (como baños, salones y duchas) hoy son insuficientes para la cantidad de habitantes.

Los excombatientes empezaron a pensar en una solución definitiva para el problema. Con los 8 millones que les da el Gobierno a cada uno de ellos y con ayudas de cooperación internacional, el objetivo es construir 350 viviendas, 150 para quienes están en el ETCR ubicado en La Paz (César) y 200 para quienes están en el de Pondores.

Mientras ellos pensaban cómo tener una nueva vivienda, un grupo de mujeres del caserío de Conejo empezaba, por su cuenta, un proceso organizativo para darle solución a otro problema que aqueja a sus familias: la disposición final de las basuras.

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“La falta de recolección de basura se ha convertido en un problema de salud pública, porque tenemos 20 botaderos satélites”, dice Andrea Cabrera, hoy presidenta de la Asociación de Recuperadores Ecológicos de Conejo (Asoreco).

Ella, una ama de casa de la zona, cuenta que el carro de la basura no llega hasta Conejo y por eso las personas guardan los residuos en sus viviendas. En la casa de Cabrera tienen una compostera para hacer abono con los desechos orgánicos. Pero otra parte, no la pueden aprovechar ni acumular en el hogar: “Cuando hay mucha basura se quema y otra parte toca llevarla a los botaderos satélites”, dice.

Por eso, en 2017, 29 mujeres empezaron a capacitarse con el Sena para este proceso. De ahí surgió Asoreco, que hoy tiene como objetivo establecer un centro de acopio en el que puedan seleccionar el material reutilizable para venderlo.

En medio de ese proceso las mujeres de Asoreco se enteraron de la intención de los excombatientes de hacer un proyecto de vivienda. Se acercaron a ellos y les propusieron trabajar juntos. “Al principio algunas compañeras tenían miedo”, comenta la presidenta de la Asociación. “Aquí hay muchas víctimas”, confiesa Rojas. Sin embargo, en la medida en que fueron desarrollando encuentros la desconfianza perdió terreno.

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Conejo fue un lugar estratégico en la guerra. El corregimiento colinda con la Serranía del Perijá, cadena montañosa que forma parte de la cordillera Oriental. El control de esa cordillera fue uno de los objetivos de las Farc, porque, según sus planes estratégicos, era por donde iban a entrar a Bogotá y tomarse el poder.La guerra en ese territorio dejó graves afectaciones a los habitantes de Conejo. Por ejemplo, Cabrera tuvo que salir de la vereda Las Colinas debido a enfrentamientos entre la Fuerza Pública y la entonces Farc. Recuerda que un bombardeo en 2013 la obligó a salir desplazada hacia el casco urbano. Sus 28 compañeras de Asoreco y sus familias también padecieron la violencia.

La vida de Rojas también está marcada por el conflicto. En 1989 su mamá fue asesinada en Villavicencio (Meta), por lo cual huyó de esa zona del país y llegó a Antioquia, donde estudió unos semestres de filosofía.

Pero el Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las Farc le cambió la cara a Conejo. Los combates cesaron y en febrero de 2016 recibieron a los combatientes que se instalaron antes del cese al fuego definitivo. Los acercamientos entre la comunidad y los guerrilleros empezaron porque estos últimos hacían jornadas de pedagogía del Acuerdo de Paz.

Sin olvidar su pasado, mujeres y excombatientes empezaron a trabajar juntos. Su objetivo: tener un centro de acopio. Rojas, que también es profesor, empezó a investigar qué se podía hacer con los desechos que serían acopiados. Encontró que una parte de ellos se puede vender en Valledupar (Cesar) y otra en Maicao (La Guajira) para que algunas empresas los reutilicen en la elaboración, por ejemplo, de mangueras.

Pero no resulta rentable llevar otros materiales, como el icopor y la esponja, a otros municipios porque no hay compradores. Entonces Rojas encontró que podían fabricar ladrillos.

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Estos estarían compuestos por un 80 % de material reciclado y un 20 % de una mezcla de arena y cemento. Para materializar el proyecto están haciendo pruebas de los ladrillos en la Universidad de La Guajira.

Están muy animados con la posibilidad de materializar su idea. Reunidos en el ETCR, cuentan que necesitan una trituradora y un molde para hacer los ladrillos. Rojas cuenta que está trabajando en los diseños de las máquinas. “Tocando puertas”, dice

Cuando consigan apoyo para la maquinaria, el centro de acopio y el terreno para las viviendas, el sueño de estos excombatientes es que sus hogares se hagan con los ladrillos de esa fábrica.

También tienen proyectado que el acopio les dé trabajo a diez mujeres y cinco exguerrilleros. Al preguntarle a Cabrera por qué decidieron trabajar con quienes dejaron las armas afirmó: “Definitivamente en Conejo no queremos más guerra. Y si no queremos más guerra, debemos aceptar que ellos forman parte de nuestra comunidad”.