Empresarios capacitan a excombatientes para afianzar una salida de paz

Carlos Durán, presidente de Levapán, y Jorge Ballén, presidente de Panaca, han apostado por capacitar a excombatientes de diferentes grupos armados, en panadería y desarrollo agropecuario, convencidos de que no pueden quedarse “mirando desde la barrera” la implementación del Acuerdo de Paz.

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Durante tres meses, excombatientes de las Farc se capacitaron como técnicos agrícolas, gracias a la iniciativa de Panaca, la Agencia para la Reincorporación y Normalización (ARN), la Agencia de Desarrollo Rural, el Ministerio de Agricultura y el fondo Colombia en Paz. / El Espectador

El Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las Farc ha posibilitado momentos impensables años atrás. Dos de ellos, sin duda, han sido las graduaciones de excombatientes de las guerrillas, de los grupos paramilitares y de exmiembros de la Fuerza Pública como técnicos agropecuarios, capacitados por Panaca, y como panaderos, gracias al trabajo de la empresa Levapán. Dos hechos aislados que se unen en esta historia como testimonio del compromiso que algunos empresarios tienen con esta posibilidad de dejar la guerra atrás. Estas son sus experiencias.

Hacemos pan, hacemos paz

En la teoría de hacer pan se han capacitado a unas 500 personas en Antioquia, Valle, Cundinamarca y Caquetá. Este año esperan llegar a mil estudiantes.

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“En este proceso la empresa privada juega un papel determinante, porque las oportunidades de esparcimiento y desarrollo que tienen los excombatientes y militares heridos en combate o presos son muy limitadas”. Es la voz de Carlos Durán, presidente de Levapán, la compañía que lleva a cabo un proceso de capacitación en panadería a actores del conflicto armado con su proyecto “Hacemos pan, hacemos paz” desde 2017.

“No podemos quedarnos mirando desde la barrera este escenario, tenemos que tomar parte activa para entender la realidad de Colombia. La oportunidad está servida sobre la mesa, es única y no podemos dejarla pasar”, sostiene Durán. Esa es la idea que ha marcado el camino desde que se preguntaron cómo contribuir al posconflicto, tras la firma del Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las Farc.

Desde entonces, hicieron alianzas con la Andi (Asociación Nacional de Empresarios de Colombia) y la ARN (Agencia para la Reincorporación y Reintegración). El trabajo ha consistido en llegar con un aula móvil hasta donde se encuentran los excombatientes o militares, para enseñar la teoría y la práctica de hacer pan. Son aproximadamente dos semanas de capacitaciones.

Durán cuenta que cuando comparte alguna de las historias de estas capacitaciones es duramente cuestionado, pero después lo felicitan porque la gente logra entender la dimensión de lo que representa esta tarea. Ana Milena Celis, gerente de responsabilidad corporativa de Levapán, comenta que en un año han capacitado a unas 500 personas en Antioquia, Valle, Cundinamarca y Caquetá. Este año esperan llegar a mil estudiantes.

En enero de 2018 iniciaron actividades a dos horas de Florencia, en la zona veredal de Agua Bonita, ubicada en el municipio de La Montañita, departamento del Caquetá, donde cerca de 200 excombatientes de las Farc dejaron sus armas. Hoy este es uno de los espacios territoriales de capacitación y reincorporación (ETCR).

Jorge Ballén, presidente de Panaca.

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Al finalizar este curso, los excombatientes se graduaron en una emotiva ceremonia. Fue aquí donde Wílmer Rojas, el excomandante del Frente 15 de las Farc, conocido como Colacho Mendoza, dijo: “no estamos dispuestos a decir que no hicimos nada por este proceso de paz en el país”, y aseguró: “esta es una oportunidad única que todos debemos aprovechar”.

Las capacitaciones han dejado enseñanzas para quienes se inscriben y adquieren el conocimiento, pero también para los empleados de Levapán y los aliados que hacen parte del programa. Eso cree Juan de Jesús Pérez, asesor técnico y una de las personas que realizan el curso de panadería. “La experiencia es enriquecedora a nivel personal, porque el conocimiento que tenemos lo estamos traspasando desinteresadamente a quienes lo necesitan. Los testimonios son impactantes, algunos agradecen hasta el punto de llorar”, mencionó Pérez.

En febrero de 2018, Levapán también realizó capacitaciones en el Centro de Rehabilitación Inclusiva (DCRI), ubicado en el cantón militar de Puente Aranda en Bogotá, donde se recuperan y socializan soldados afectados en combate. Ana Milena Celis manifestó que “al ver a las personas que hacen parte de este lugar, uno entiende que la discapacidad está en la cabeza. Todos los actores del conflicto armado tienen una realidad y viven sus dolores de una manera distinta. Entender eso no es fácil, pero la capacidad de resiliencia que tiene cada uno de ellos es la mayor lección que me han podido brindar”.

Para Andrés Javier Gómez Cáceres, soldado regular oriundo de Sincelejo, este tipo de proyectos resaltan la importancia de una vida después de la guerra, porque va más allá de donar una ayuda y les permite capacitarse en algo que les sirve y les gusta. La iniciativa, además de llegar al DCRI y a espacios de reincorporación, también ha ido a cárceles militares.

El 27 de marzo, el presidente Juan Manuel Santos concedió a Levapán la Orden Nacional al Mérito, junto a 12 empresarios más que en estos meses han contribuido a la reintegración y reincorporación de excombatientes a la vida civil. Entre ellos también estaba Jorge Ballén, presidente de Panaca. Un reto enorme que se sigue tejiendo con el apoyo de algunos empresarios convencidos de su capacidad de transformación social.

Cambiar fusiles por semillas

Hace cinco años, Jorge Ballén, fundador y dueño de Panaca, decidió que además de hacer campamentos para colegios, quería trabajar por los campesinos de Colombia. Así denomina este empresario a las víctimas del conflicto y también a los hombres y mujeres que algún día empuñaron un arma (sin importar en qué tipo de ejército) por falta de oportunidades para desarrollarse en el campo.

“Ellos son el deber ser de un lugar como Panaca. Sin campo no hay ciudad, sin campesinos educados no hay prosperidad”, dice al explicar que la educación de calidad y enfocada a desarrollar el campo es la mejor manera de contener la gran migración de campesinos hacia las ciudades.

Esa migración, entiende Ballén, se ha dado porque históricamente los campesinos –niños, jóvenes y adultos– han sido los más desprotegidos y olvidados. “Los pénsumes de los colegios están enfocados a obtener mejores resultados en las Pruebas Saber y me pregunto si muchos de nuestros campesinos no pierden el tiempo estudiando física, química y trigonometría, cuando eso no tiene aplicabilidad en el campo”, se cuestiona.

Ballén se reivindica como un empresario anclado a la tierra y cuenta que, gracias a su papá, un hacendado adinerado, aprendió a trabajar el campo y conocer y valorar la esencia de los campesinos. Y recuerda que, en los años 90, él y su familia emprendieron los primeros proyectos para desmovilizados del paramilitarismo y del Epl en sus fincas en Urabá. Fueron cerca de 50 excombatientes los beneficiarios, pero la guerra impidió que siguieran adelante. De hecho, la disidencia del Epl secuestró a uno de sus hermanos.

Así que, para él, brindar educación y oportunidades de empleo a personas desvinculadas del conflicto no es algo nuevo. Ya lo hizo también con desmovilizados de otras zonas del país y en Panaca había ofrecido su proyecto de educación campesina para víctimas del conflicto y para exmiembros de la Fuerza Pública. Pero fue en 2012, cuando conoció a Alejandro Éder, entonces director de la Agencia Colombiana para la Reintegración, que decidió darle forma a ese programa de educación y recibió aprobación del Estado, además de recursos de la cooperación internacional para desarrollarlo.

Hace dos meses graduó a más de 320 excombatientes de las Farc como técnicos prácticos agropecuarios Panaca, un programa compuesto por seis módulos: agronomía, agroecología, ganadería, especies menores, porcicultura y equinos, más un módulo transversal que Ballén llama formación del ser y en el que incluye desde clases de emprendimiento, hasta técnicas de resolución de conflictos.

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Carlos Durán, presidente de Levapán.

En total fueron 630 horas de clase, que les permiten a los graduandos ser agricultores, mayordomos o tener cualquier tipo de emprendimiento asociado al campo.

El modelo de Ballén se inspiró en la Escuela Agrícola Panamericana, en Tegucigalpa, Honduras, que tiene 75 años de historia formando profesionales del campo. “Es el Harvard de la formación rural”, dice con orgullo por haberse graduado allí como agrónomo. “Es un internado, tiene un régimen militar, son 5.500 hectáreas de campus, con procesos reales de producción y transformación industrial de lo que puede haber en el campo”, explica.

Pero su real inspiración, dice, es haber conocido bien a quienes han hecho la guerra. “El empresario del campo en Colombia que diga que no ha pagado una extorsión, miente”, exclama. Reconoce que su familia sufrió tres secuestros y que han convivido con todos los grupos. “El 90 % de esas personas empuñaron un arma por falta de oportunidades para desarrollarse en el campo”, asegura.

Por eso reclama de los empresarios más conexión con las tragedias de los campesinos. “Tienen miedo y eso es respetable, pero deberían vincularse a procesos como este, que pueden resignificar la vida de la gente que viene de la guerra”, reclama de sus colegas.