El segundo tiempo de un desmovilizado

Juan Carlos Castro encontró en el fútbol una manera de ayudar a resarcir a la sociedad, alejar a jóvenes de las drogas y las pandillas, y reconciliarse con sus antiguos enemigos.

futbol_y_paz.jpg

Juan Carlos Castro, exintegrante del bloque Calima de las Autodefensas, hoy busca que la juventud se acerque al fútbol y practique este deporte con dedicación y esperanza. / Fotos: Christian Escobar

Tres días después de terminar esta investigación periodística en Puerto Tejada, un muni­cipio del norte del Cauca, recibí la llamada de Juan Carlos Castro, un desmovilizado del Bloque Calima de las Autodefensas, que ahora intenta ayudar a jóvenes de barrios deprimidos por medio del fútbol: “Estamos encerrados, hay una balacera en la calle donde estuvimos hablando. ¡Oiga eso!”. Hubo unos segundos de silencio y luego… ¡Tas…! ¡tas…! Las detonaciones se oyeron nítidas.

(Ver también: Jugando la vida a la orilla del río)

Apenas 72 horas antes, en la estación de Policía, había visto llegar a un patrullero que des­cendió agitado de su motocicleta. A él y a su compañero los habían recibido a bala en un barrio de las afueras del pueblo. “No respetan a nadie”, dijo uno de los policías, refiriéndose a las pandillas de niños y jóvenes que azotan a este municipio, ubicado a unos 20 kilómetros de Cali.

Las autoridades hablan de 13 pandillas, que pueden tener más de 30 integrantes cada una, y de un número mayor de pequeños grupos ligados a estas. Medios periodísticos locales mencionan unas 47 pandillas, una por cada mil habitantes. Algunos líderes comunitarios calculan en mil los jóvenes vinculados a este tipo de organizaciones.

Año tras año, cientos de personas desfilan por las calles de Puerto Tejada para protestar contra la violencia generada por estos grupos; pero las balaceras y los muertos continúan. Las pandillas defienden con armas de fuego sus pequeños territorios, que generalmente son de tres o cuatro cuadras. Hay sectores denominados ‘barrios de guerra’, donde las balaceras se desatan en cualquier momento. Cruzar estas fronteras puede significar la muerte, una paliza o un atraco.

(Le puede interesar: Una pelota para la reconciliación)

Hace algunos meses, Juan Carlos Castro cruzó por uno de esos territorios. Un grupo de muchachos lo interceptó en una esquina. No exhibieron armas, pero el desmovilizado identificó los bultos de los revólveres en las pretinas.

—A mí déjenme tranquilo que yo ya viví mi guerra. Yo quiero es ayudar a los muchachos para que no les pase lo mismo —les dijo.

Algunos de los pandilleros lo reconocieron. Lo habían visto entrenando microfútbol con los niños, caminando por las calles del pueblo, con un balón debajo el brazo, o pateando balones y hablando con los jóvenes en las can­chas municipales.

(Lea también: Un abrazo de gol)

—Dejálo que se vaya —dijo uno de los pandilleros. En las calles ardientes de Puerto Tejada, el fútbol les permite a Juan Carlos Castro y a unos 25 líderes comunitarios transitar por la población con alguna tranquilidad, si así se le puede decir a este tipo de situaciones cada tanto.

Todos ellos han sido formados por la Fundación Colombianitos. Esa entidad aplica una estrategia pedagó­gica, diseñada por el movimiento Gol y Paz, para utilizar el fútbol como una herramienta que impulsa el desarro­llo social en comunidades vulnerables y les muestra a los jóvenes un camino diferente al de la guerra, las pandillas y la delincuencia.

Iba solo por el refrigerio

Juan Carlos Castro hizo parte de un grupo de líderes socia­les, víctimas y victimarios del conflicto armado que se capa­citaron durante seis meses en este municipio habitado —en 97 por ciento— por afrodescendientes. La mayoría trabaja como operarios y corteros de caña en los ingenios azucare­ros, comerciantes informales y obreros rasos.

El de Juan Carlos Castro es un ejemplo de transforma­ción a través del fútbol. Cuando lo llamaron para formar parte del proyecto trabajaba como cuidandero de una finca, a unas dos horas a pie desde Puerto Tejada. Un funcionario de la Agencia Colombiana para la Reintegración le propuso que asistiera a los talleres para cumplir con las 80 horas de servicio social a las que estaba obligado como parte del proceso de dejación de armas.

Castro es de estatura mediana, fornido y ceño adusto. Desde el sillón en el que se encuentra sentado, en un barrio de guerra de Puerto Tejada, se alcanza a ver por la puerta entreabierta a media docena de niños que juegan con una pelota de trapo en la calle sin pavimentar. “Quiero dedi­carme a ayudar a estos muchachos”, dice el desmovilizado.

Juan Carlos ocupa una pieza en la casa de Arturo Ruiz, un líder comunitario de 63 años que practica kung-fu, yoga y gimnasia. Ruiz, quien vive con su esposa de una modesta pensión como técnico de Telecom, le brinda alojamiento y alimentación. Le consiguió una moto, un celular y lo ayuda con algún dinero. “Me han recibido mejor que si fuera de la familia”, dice Juan Carlos. El desmovilizado se muestra pre­ocupado porque no ha conseguido un trabajo que le permita retribuir esas atenciones e iniciar su proyecto alrededor del fútbol como herramienta de convivencia.

Los dos hombres se conocieron en un proyecto patroci­nado por Gol y Paz, que capacitó a tres líderes comunitarios, cuatro desmovilizados de grupos armados ilegales y tres víc­timas del conflicto. Confiesa que durante los primeros días iba únicamente por recibir el refrigerio. No tenía con qué comer. Pesaba 62 kilos y estaba demacrado. Pasó muchos trabajos después de la desmovilización, tantos que pensó en aceptar las propuestas de irse con otros grupos armados, pero las imágenes de las personas asesinadas por el grupo paramilitar al que perteneció lo asediaban en las noches. Despertaba bañado en sudor, con la angustia de haberse convertido de nuevo en victimario.

La transformación

La tentación de regresar a las armas comenzó a cambiar cuando empezó a jugar fútbol con sus compañeros de curso, entre los que se encontraban tres exguerrilleras. “En ese momento era raro asistir a clases o jugar con personas que han sido tus enemigos. Eso lo pone a pensar a uno”, dice Juan Carlos, quien poco a poco se hizo más sociable. Sus compañeros lo vieron reír y hacer bromas.

Pero lo que le sacudió el alma de forma definitiva fue acercarse con un balón a los niños de los barrios pobres de Puerto Tejada. Recuerda que desde la primera vez los pequeños se apiñaron como abejas a su alrededor. Saltaban, jugaban y reían en medio de una algarabía que Juan Carlos no recordaba haber vivido nunca. Un día cayó en cuenta de que aquellos niños eran los mismos que en uno o dos años iban a engrosar las pandillas si no hallaban una alternativa para sus vidas.

Al acostarse pensaba en que esa ruta solo conduce a la cárcel o al cementerio. Recordaba todo el mal que él y los demás paramilitares del Bloque Calima habían causado en el Cauca, los gritos de las víctimas, sus rostros de terror, las mutilaciones… “Gracias a Dios nos quitaron las armas, o si no, matamos a media Colombia”, pensaba. Además, los niños de Puerto Tejada ya le decían ‘Profe’. A él, que no pudo estudiar de niño porque su padre y sus tíos fueron asesinados en el Valle cuando tenía casi la misma edad de aquellos que ahora le gritaban ‘Profe, tíreme el balón’ y se le encaramaban en la espalda durante los descansos. “Sus sonrisas. Yo recordaba mucho sus sonrisas”, dice.

Entonces tomó la decisión. Las 80 horas obligatorias de servicio social estaban por culminar, pero él iba a persistir en la intención de ayudar a aquellos muchachos. No sabía cómo, pues del lugar donde trabajaba como cuidandero lo echaron, según dice, sin prestaciones y sin pagarle los salarios atrasados.

Arturo Ruiz y su esposa fueron los primeros en ofrecerle un plato de sopa, igual que lo hacen con otras personas que llegan a su puerta. Después, lo invitaron a ocupar la pieza del fondo, como uno más de la familia.

En la misma cuadra vive Mercedes Hermosa, quien también participó en el proyecto de capacitación de Gol y Paz. Mercedes es víctima del conflicto armado. La guerrilla le mató a un hijo y a su esposo en el Caquetá y ahora ella se alista para regresar a ese departamento con la intención de ayudar, mediante el fútbol, a los niños que fueron afectados por la guerra. Tiene planes para organizar rifas, bazares y venta de tamales para vivir y para armar equipos.

Ella y los otros participantes aprendieron en el taller de Gol y Paz una metodología que les ayuda a infundir valores en los niños y jóvenes. Trabajan alrededor de la tolerancia, la solidaridad, la equidad de género, el respeto a la diferen­cia y la solución pacífica de conflictos, entre otros temas.

Una esperanza para Paola

Juan Carlos, Arturo y Mercedes se reunieron de nuevo un viernes por la tarde, a finales de abril, casi quince meses después de terminar el seminario, para compartir con unos 50 niños y jóvenes. La Fundación Colombianitos les envió refrigerios y les prestó petos y balones para los partidos.

Los muchachos llegaron de a poco al coliseo. Aparecieron por las esquinas, con el torso desnudo o con camisetas deportivas, la mayoría de equipos europeos. Algunos se acercaron con recelo, con la desconfianza apren­dida en la calle. Uno de ellos contó —dos horas después— que ha sobrevivido a cuatro balazos en dos incidentes de los que no quiere hablar mucho. Tiene unos 20 años. Ellos sienten la muerte como algo cercano, pues amigos, primos o tíos han caído en la guerra de pandillas. Todos quieren ser futbolistas profesionales y jugar en Europa. Nombran con entusiasmo a Yerry Mina, nacido y criado en Guachené, a no más de 20 minutos de Puerto Tejada. También dicen que esos sueños no serán posibles si no reciben apoyo del Estado. Ponen de ejemplo el caso de un muchacho que entrenaba con equipos de Cali, pero no pudo volver porque la mamá no tenía plata para los pasajes en bus o para, al menos, una bolsa de agua.

Llega el momento de jugar. Juan Carlos, Arturo y Mercedes organizaron ocho equipos. La metodología de Gol y Paz exige que los hombres dejen jugar a una mujer en su equipo. Los más grandes se oponen, pero al final aceptan a regañadientes.

—Paola…¡Venga, que usted va a jugar! —le dice Mercedes a una jovencita fornida que hace malabares con el balón en una esquina del coliseo. Se llama Paola Zambrano, tiene 15 años y comenzó a jugar a los 6 con el Club de Colombianitos. Su talento es reconocido por una escuela de fútbol de Palmira, a donde va a entrenar todos los fines de semana.

El fútbol ha sido su tabla de salvación. Gracias a él ha podido superar el dolor y el impacto que le causó la muerte de dos de sus primos, asesinados en la guerra de pandillas. Los dos cayeron cerca de su casa, al último lo mataron hace dos meses. “Escuché los balazos y cuando salí los vi tirados en la calle. Ya estaban muertos”, cuenta la niña.

Al padre de Paola, José Zambrano, un operario de maquinaria pesada en los cultivos de caña, lo encontraré mañana en la cancha de Comfacauca, alentando a su hija. Me dirá que Paola se deprime cuando no puede jugar. “Anda triste todo el día, en cambio cuando lo hace usted la ve ale­gre”, dirá José mientras observa a su hija con la selección de Puerto Tejada contra su equivalente de Villarrica, un municipio vecino. A los 25 minutos, Paola se descolgará por la banda derecha, le ganará en velocidad a su marcadora y pateará alto y fuerte. La pelota hará una comba y se clavará en un ángulo. Paola correrá a celebrar la anotación.

Pero eso ocurrirá mañana. Ahora Paola se pone un peto de color rojo y corre hacia el centro de la cancha a unirse a sus cuatro compañeros. En las graderías, media docena de jovencitas esperan su turno para jugar. Entre las mujeres de Puerto Tejada también hay furor por el fútbol debido a la actuación de las selecciones nacionales y a la apertura de la Liga Profesional de Fútbol Femenino.

El fútbol hizo amigos a los enemigos

Hace poco, Juan Carlos, Arturo y Mercedes viajaron jun­tos a Bogotá, invitados por Gol y Paz. Durante tres días se capacitaron con técnicos de la Liga Española de Fútbol y participaron en otras actividades con líderes, víctimas y victimarios. Además, conocieron las experiencias de excom­batientes afectados por minas antipersona que utilizan el fútbol para rehacer su vida o para alejar de las drogas y de la violencia a muchachos afectados por conflictos sociales.

Días después de regresar a Puerto Tejada, Juan Carlos Castro visitó a un grupo de niños que entrenan en la Villa Olímpica con Mauro Antonio Usuriaga, un entre­nador de fútbol que también ha recibido capacitación de Colombianitos y que hace un trabajo voluntario con más de cien muchachos de los barrios de guerra y de la vereda Perico Negro.

La fundación apoyó el trabajo en estas canchas hasta 2016. En 2017 se trasladó a los colegios José Hilario López y Ana Silena Arroyave, donde estudian unos 900 niños y jóvenes. La idea —dice la coordinadora de Colombianitos en Puerto Tejada, María Antonia Pérez— es trabajar por ciclos de tres años en cada colegio para implantar la metodología de fútbol en paz, hasta cubrir las 23 instituciones educativas del municipio.

Cuando terminaron el entrenamiento, Juan Carlos se reunió con los niños en un costado de la cancha. “Cuando fui soldado profesional y cuando fui paramilitar –les dijo– me enfrenté a bala con la guerrilla. Éramos enemigos a muerte. Pero ahora conocí en los programas de fútbol, paz y reconciliación a unas personas que fueron guerrilleras y nos hicimos amigos. Eso es para que se den cuenta de que el fútbol reconcilia a las personas”.

Algo similar ocurrió al día siguiente, en un encuentro casual con una veintena de niños del Club Deportivo Huellas del Oriente. Los pequeños regresaban felices de la Villa Olímpica. Acababan de ganar 4-3 y se clasificaron a la final de un torneo de fútbol. El entrenador de Huellas del Oriente es Jefferson Collazos Perea, uno de los profesores de Colombianitos en el colegio José Hilario López. Él y otros líderes comunitarios dedican su tiempo libre a trabajar con los niños y jóvenes en riesgo de vincu­larse a las pandillas.

“Ahí donde usted los ve —dice el profesor Jefferson señalando a los niños— todos sueñan con jugar en equipos profesionales, tienen mucho talento; tenemos muchachos que se están probando en Millonarios, Medellín, Pereira. Ojalá el Estado apoyara estas escuelas”.

Juan Carlos termina de hablar con los muchachos. “La vida es como el fútbol —les dice—. Si uno se porta mal le pueden sacar la tarjeta roja”. Es mediodía del penúltimo domingo de abril. A esta hora, algunas iguanas bajan de los guayacanes a caminar por los prados del parque principal, tapizados de flores color lila; una mujer pela chontaduros sobre una ponchera plástica y algunos jubilados juegan dominó en una esquina.

Arturo Ruiz les hace figuras de gimnasia y les enseña llaves de kung-fu a los niños de Huellas del Oriente. Desde que se graduaron del proyecto de Gol y Paz, Arturo y Juan Carlos Castro son una especie de predicadores del deporte como manera de salvación. “Queremos seguir apoyando a estos muchachos, pero necesitamos que nos ayuden. Necesito un trabajo para poder dedicarme a enseñar en mi tiempo libre; sé que hice mal, que fui victimario, pero tam­bién fui víctima y estoy seguro de que con lo que aprendí en Gol y Paz puedo ayudar a salvar de la muerte o de la cárcel a muchos niños”.

*Esta historia hace parte del libro “La pelota de trapo”, narración en la que creyeron la Fundación Tiempo de Juego y el programa Alianzas para la Reconciliación de USAid y ACDI/VOCA.