El retorno de los campesinos cuyo hogar es el Parque Nacional Paramillo

A ellos la guerra los expulsó de sus tierras, en las cuales vivían desde antes de que fuera área de protección ambiental. Ahora quieren volver, pero el panorama no se ve fácil.

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El acceso a esta zona es bastante difícil e implica un trayecto de horas en lancha./ Fotos: Laura Contreras.

—Oiga, usted a mí no me conoce, ¿por qué me va a matar?

Rógeres Higuita recuerda con puntos y comas el día en que su vida cambió para siempre. Era 8 de septiembre de 1997. A primera hora paramilitares lo sacaron a rastras de su casa, lo llevaron a orillas del río Sinú y ataron sus manos a un palo de totumo. Ahí quedó, al lado de otras siete personas que, como él, figuraban en una de las tantas e infames listas negras que circularon durante los años de la violencia, que indicaban que él y esos siete hombres más le ayudaban a la guerrilla y por eso merecían morir.

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Mirando de frente a su verdugo, un joven que no pasaba de los 17 años, Rógeres Higuita volvió a increparle:

—Usted a mí no me conoce, ¿por qué va a hacer eso conmigo?

En la hilera de retenidos, él era el último. Y, para ese momento en que encaraba a su victimario, era el único todavía completo: uno a uno, los otros siete campesinos habían sido decapitados ante sus ojos incrédulos y llenos de miedo. La sangre se mezcló con el barro de la ribera y Rógeres sentía que mojaba hasta sus tobillos. Él no quería perder la cabeza también, no quería perder la vida. El paramilitar, sintiéndose cuestionado, sólo atinó a responderle:

—Yo ni sé por qué hago esta cagada...

Higuita todavía no da crédito a lo que ocurrió después.

—Me pidió perdón como dos o tres veces, soltó el machete al suelo y se fue.

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Antes de que al Parque Nacional Paramillo llegaran los paramilitares, tres grupos guerrilleros hicieron presencia en esa zona: Farc, Eln y Epl. Pero en esta región de difícil acceso, selvática y de tierra fértil, que pare por igual arroz, ñame o plátano, los asuntos de la guerra nunca fueron en blanco y negro, como no lo fueron en ningún rincón del país.

—Usted no sabe la fiesta que hicimos el día que el Epl desocupó este territorio. Creímos que habíamos ganado la gloria. Sacamos a esa gente, ya descansamos, ya no hay quién nos vacune ni nos ponga problema, eso creíamos. Resulta que se nos convirtió en el infierno, porque nos volvieron nada—, asegura Rógeres Higuita.

—Cuando entró esa gente de las autodefensas venían Jaime, que era del Eln, y Jimmy y Rambo, que eran de las Farc. Es decir que esos, después de que fueron guerrilleros, se volvieron para esa gente—, señala Winston López.

—Lo que reclamamos es la deuda grande que el Estado tiene con nuestras comunidades —agrega Higuita—. Es que los paramilitares que vinieron aquí, que mataron a ese poco de gente, que quemaron las casas, que nos hicieron correr, que nos robaron el ganado, que nos trataron como unos miserables, fueron los mismos guerrilleros del Epl que desmovilizamos, que le entregamos al Gobierno y a su delegado, Horacio Serpa. Luego ellos aparecieron como paramilitares, vinieron acolitados por el Ejército y nos volvieron nada.

Tanto López como Higuita forman parte del grupo de campesinos que hoy están tratando de retornar al Parque Nacional Paramillo, luego de que la violencia los expulsara con vehemencia y sin tiempo para preguntas. Su caso, como el de tantos de sus vecinos, es sin duda complejo: sus familias habitaban el parque desde antes de que éste fuera decretado como tal en 1977, y ese acto administrativo que protegió esta área ambiental significó, a la vez, que ellos perdieran cualquier posibilidad de tener un título que los acreditara como propietarios.

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—En este campo por acá tan lejano hay muchas de esas enfermedades tropicales y una es la malaria. Los mosquitos pican de las 6 de la tarde para arriba —dice Rosa Elena Álvarez, una auxiliar de enfermería cuya sonrisa contrasta con la solemnidad de todos los demás presentes en el Parque Nacional Paramillo—. Trabajé con la Universidad de Antioquia y la Organización Mundial de la Salud recogiendo muestras de malaria: duraba diez días, bajaba y descansaba tres, y subía otra vez. Me quedaba en la casa del presidente de la Junta de Acción Comunal, ellos me daban la comida y les ayudaba con la liga, o sea la carne, el pollo o lo que ellos alcanzaran a coger en el monte. Llegaba con los pies vueltos nada, le tocaba a uno bañarse con agüita caliente y sal. Me tocaba salir en las noches: que hay un parto, que hay un herido, que una inyección, ven acá, como si yo fuera médica, pero es que en estas zonas la gente no tiene a quién recurrir.

También subo con una IPS que trabaja más que todo con indígenas, me ha tocado aprender embera: bera wera significa muchacha, biká es gracias. Hacerles citología es complicado, porque ellas son muy reservadas. Las que he visto están todas muy sanitas. Lo otro es que a las indígenas no les gusta operarse, los hombres son muy machistas, para ellos mientras más hijos tengan, mejor. Son comunidades muy pobres, no tienen sustento ni para ellos mismos, pero el gobierno les paga por cada niño, es una contradicción. Esta es una zona bastante dura, pero lo que más me gusta es ayudar a la comunidad.

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El Acuerdo 24 de 1977, “por el cual se reserva, alinda y declara como Parque Nacional Natural un área ubicada en los departamentos de Córdoba y Antioquia”, se publicó el 2 de mayo de ese año y lo firmaron el presidente y el secretario de la junta directiva del Inderena. Así nació el Parque Paramillo, “con el objeto de preservar la flora, la fauna, las bellezas escénicas naturales”. El Gobierno le designó entonces 460.000 hectáreas, de las cuales hoy 1.301 están sembradas con cultivos de uso ilícito, que es casi el doble de lo detectado el año anterior, según los monitoreos de la ONU.

En Parques Nacionales Naturales admiten que campesinos como Rógeres Higuita o Winston López dicen la verdad: en esa área vivían familias que, cuando el parque fue decretado, perdieron la posibilidad de que algún día esa tierra estuviera a su nombre.

—Eso nos sucede no sólo en este sino en otros parques —le confirmó a este diario Carolina Jarro, subdirectora de Gestión de Parques Nacionales—. Pero no toda la gente que está reclamando es la que vivía allí antes. Nos ha llegado más, mucha más en el Paramillo, donde se está trabajando en la caracterización para ofrecerles alternativas.

Para el tema de cultivos ilícitos, cuenta la funcionaria, se está haciendo un trabajo con la  Vicepresidencia y la Agencia de Renovación del Territorio. Esta es una región de especial importancia ecológica, razón por la cual las opciones para los campesinos, sostiene Jarro, deben estar en consonancia con el tema medioambiental: o son reasentados, o se permiten ciertos proyectos productivos, o se montan iniciativas de ecoturismo en los lugares que sea posible, o trabajan en la conservación del área.

Los campesinos, sin embargo, no son los únicos que reclaman su derecho a la tierra en esta zona.

—En Paramillo también hay resguardos indígenas y en algunos, incluso, hay ocupación campesina. Son tres resguardos, dos al norte, en el alto Sinú, entre Tierralta e Ituango; y uno por la parte alta del río San Jorge, en el municipio de Puerto Libertad. Para la sustitución de cultivos, teniendo en cuenta el Acuerdo (de Paz), se está trabajando para hacer erradicación con base en acuerdos previos con los campesinos. En este parque la situación es muy compleja, sobre todo porque fue una zona estratégica en el conflicto.

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—Mi papá en su juventud era como muy machito, manejaba el machete —recuerda Winston López—. Entonces llegó a la casa donde estaba mi mamita y la obligó a tener el acto sexual con él. Así, pues, mi mamá quedó embarazada y nací yo. Me ha tocado vivir un poco triste eso: mi papá ausente, mi mamá ausente, pero bueno, la vida continuó.

Winston López, habitante de Santa Cruz del Manso, recuerda que el Epl “siempre mataba a las personas que estaban en las mejores condiciones”; que cuando el Eln llegó no fue “con intención de matar”; que vio a muchos vecinos ayudarle a la guerrilla “por platica”; y que en los pocos años que no hubo Farc, Eln o Epl, hubo prosperidad, “porque la presencia armada siempre lo que hace es que uno tenga miedo”. López asegura que un día, cansado de la violencia paramilitar, encaró a Carlos Castaño.

—Vea, güevón, lo felicito, de hoy en adelante lo voy a llamar Parlante, porque usted es un tipo hablador —cuenta López que le dijo Castaño—. Y de ahí en adelante ningún problema de las autodefensas con un civil.

Ese acto de valentía le trajo consecuencias: las Farc lo etiquetaron como “paraco”. La guerrilla se apareció un día en su casa y se robó sus 42 cabezas de ganado y 11 mulas, más las gallinas y pavos que encontró. Lo retuvo, lo golpeó, y sólo hasta que el pueblo entero fue a buscarlo, la guerrilla lo dejó ir.

—Al día siguiente muy temprano nos fuimos todos, éramos más o menos 2.800 personas. Nos fuimos a Tierradentro el 19 de junio de 1998. Quedamos en la ruina. Mi mujer me dijo: ‘Yo no me voy a quedar viuda’ y se fue, me quedé con mis dos niñas. En 2007 traté de volver, pero enseguida hubo otra arremetida de las Farc y volví a salir desplazado.

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Antes de tomar la lancha que los locales llaman la Johnson —y a los lancheros, johnseros—, para adentrarnos en el alto Sinú durante siete horas para llegar al Parque Nacional Paramillo, el sacerdote de la parroquia de Tierralta nos convoca en la plaza principal para darnos su bendición. A pocos metros de allí hay un bronce del padre Sergio Restrepo Jaramillo, asesinado el 1° de junio de 1989, cuando la casa Castaño y sus “Tangueros” comenzaban a ser pandemia por todo Córdoba. El jesuita que trabajaba con él, Mario Calderón, tuvo que huir después del atentado. A él la violencia paramilitar lo hallaría en su propia casa, en Bogotá, junto a su esposa, ocho años después.

Esta región ha cambiado. Los paramilitares se desmovilizaron, las Farc también lo hicieron, pero el temor sigue siendo el vaho que cubre la vida de sus pobladores. Cuando nos acomodamos en las Johnson, listos para partir desde la represa de Urrá, unos cuantos militares se paran sobre las escaleras que limitan con el agua y con sus celulares nos graban. Creen que lo hacen con disimulo, pero es bastante obvio lo que ocurre. En esta tierra, tal parece, la guerra es un león que yace con los ojos cerrados. Lo que se preguntan quienes lo observan es si está muerto o tan sólo duerme.

Este reportaje fue hecho con el apoyo del Cinep/Programa por la Paz.