El Mango, un año después de que la comunidad expulsara a la Policía

En cinco relatos el líder del corregimiento de El Mango, Cauca, Dagoberto Muñoz, cuenta por qué sacar a la Policía del pueblo ha servido para pacificar la vida de los pobladores. Desde entonces, no se ha disparado una bala y los líderes, señalados de milicianos, ya tienen una propuesta para acabar con el narcotráfico. 

el_mango_2.jpg

Dagoberto Muñoz era el presidente de la Junta de Acción Comunal de El Mango, Cauca, cuando la comunidad decidió expulsar a la Policía de la cabecera corregimental.
Andrés Hurtado

El corregimiento de El Mango pertenece al municipio de Argelia, Cauca, y está ubicado en límites con el océano Pacífico. Es muy estratégico para el narcotráfico y por eso la coca se ha enquistado en esa tierra de campesinos y afrodescendientes. Con eso, también llegó la guerra, rauda y demoledora. Las confrontaciones entre la guerrilla y la fuerza pública en los últimos 10 años, hasta 2015 cuando la comunidad decidió sacar a la Policía del pueblo, había dejado un total de 13.427 personas desplazadas. Entre estos, 6.485 hombres y 6.942 mujeres. Según el censo del DANE que registra una población total de 25.350 habitantes, más de la mitad de los argelianos fueron expulsados de su tierra natal durante la última década.

Dagoberto Muñoz, presidente de la Junta de Acción Comunal de El Mango hasta abril pasado, recuerda qué sucedió la madrugada del 22 de junio del año pasado, cuando una turba de gente del corregimiento decidió derribar las trincheras y sacar a los policías acantonados entre las casas de los habitantes, y qué sucede hoy cuando no hay Policía y en medio del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc. Este es su testimonio.

La Junta de Acción Comunal es la que manda

Ellos son los líderes de la Junta de Acción Comunal que decidieron pacificar el pueblo retirando las trincheras y los uniforados./Fotos: Andrés Hurtado.

Después de 2007, cuando se instaló la Policía en el centro del pueblo, las costumbres que teníamos se fueron perdiendo. Ya los líderes de la Junta de Acción Comunal no eran los que ponían las reglas de convivencia. Vivimos muchas épocas en las que quien castigaba a los borrachos cansones éramos nosotros. Las balas no sonaban ni en las fiestas patronales y las discotecas se cerraban a la hora establecida por la junta. No amanecían abiertas como empezó a pasar desde ese año.

Luego, en 2011 vino la incursión guerrillera. Como los uniformados estaban apostados en la cabecera del corregimiento, el frente 60 de las Farc empezó a atacarlos y la gente a abandonar sus casas. Se desplazaron a vivir de arriendo fuera del casco urbano, retirados de las trincheras de los policías. Eso duró hasta junio del año pasado cuando sacamos a los uniformados y las reglas de nuevo las pusimos nosotros.

Volvimos a hacer la semana cultural y el único reinado en el que no gana la más bonita sino la que más tiene plata. Es que detrás de las candidatas hay grupos de personas que se dedican a vender empanadas, a hacer bingos y a vender rifas para recoger recursos. El grupo que más logre fondos es premiado con la coronación de su candidata, pero ese dinero es reunido e invertido en obras para la comunidad. Con esas actividades hemos construido dos puestos de salud, el acueducto, dos casetas comunales y varias mingas para quitarle monte a la carretera.

Hoy, la Policía ya no está en cabecera de El Mango y vivimos en paz. Ya podemos salir a disfrutar del parque central, ir a misa y orar por Colombia. Es que el proceso de La Habana también ha logrado traer tranquilidad al pueblo. Miren, nosotros no es que no queramos a los uniformados, ni que creamos que ellos son malos, sino que los sacamos porque si se instalaban al lado de nuestras casas la guerrilla bombardeaba el pueblo.

El día que sacaron a la Policía

Las trincheras ubicadas en las montañas donde había carabineros también fueron retiradas.

La semana del 22 de junio de 2015, cuando una turba de habitantes se reunió y sacó a los policías de El Mango, fue la comunidad la que tomó la decisión. Como en agosto es costumbre realizar la semana deportiva y cultural, muchas personas se reunieron en el parque para organizar el evento más importante del año. Ese día varias personas que estaban en la reunión dijeron: “qué vamos a hacer semana deportiva si la guerrilla nos la va a dañar”. Yo les pregunté: ¿Por qué? Y entonces los de las veredas aledañas respondieron: “hemos escuchado que la guerrilla está rondando el pueblo con camiones de cilindros bomba”.

En ese momento todos pensamos que la solución era avisarle a la Policía “para que nos defiendieran saliendo a los alrededores a buscar a los guerrilleros”, les dijimos. Pero ahí fue Troya. Nos fuimos como 120 personas a hablar con ellos, pero la respuesta que nos dio el comandante fue que no tenían autorización de salir de donde estaban acantonados, utilizándonos como escudo de guerra a nosotros. Ahí fue cuando la gente se alborotó: “si no nos van a defender entonces sálganse para que no nos perjudiquen. Nosotros queremos hacer la semana cultural”. Y luego dijimos: “Si no se salen de aquí nosotros los sacamos”.

Entonces vino la revolución y la gente empezó a gritar: “fuera la Policía, fuera la guerra. Fueraaaa”. Todo el pueblo fue llegando. Eso se dio como a las 12 de la noche y como a las seis de la mañana ya habían unas cinco mil personas entre gente de la cabecera y de las veredas cercanas. Fue un movimiento espontaneo que logró derribar trincheras hechas con costales de arena, sacar a los policías cargados y montarlos a un camión hacia el casco urbano del municipio de Argelia. De ahí ya se los llevaron a Popayán y los que están hoy solo vigilan desde las montañas de la cordillera occidental.

Somos líderes, no milicianos

Dagoberto Muñoz, entonces presidente de la Junta de Acción Comunal, asegura que hoy en el pueblo no se dispara una bala.

En un principio, algunos Policías comían y dormían en las casas de El Mango. La gente les lavaba la ropa, les vendía víveres en las tiendas, en fin, hacíamos lo que todo campesino haría en este país: atender a los foráneos. Pero llegó la confrontación con la guerrilla, desde el 2 de julio de 2011 que fue uno de los bombardeos más fuertes que vivimos, y con ella la amenaza constante para los líderes, porque la guerrilla nos acusaba de ser auxiliadores de la fuerza pública. No se les podía vender nada a los uniformados. Ni en las tiendas, ni en las casas.

Desde ese momento el Gobierno empezó a lanzar acusaciones contra nosotros. Que éramos guerrilleros, milicianos y alcahuetes de las Farc. Más que todo nos señalaban a los miembros de la Junta, especialmente a mí, porque era el que mediaba entre las partes cuando se quería abusar de la comunidad. 

Como presidente de la Junta, en el tiempo de los bombardeos fuertes cuando hubo muchos policías con los oídos reventados, quemaduras, me tocaba recibirles la plata e ir a comprarles medicamentos porque el Gobierno no les mandaba. Les llevaba medicina, botas, papel higiénico, todo lo que necesitaran. Pero un capitán llamado Alejandro Acosta, insistía en que yo era guerrillero, y las Farc, en que yo era el “sapo” de la Policía. Uno como líder siempre queda entre la espada y la pared.    

Queremos arrancar la coca…

Estos campesinos piden que el Gobierno garantice la comercialización de sus productos para salir del mercado de la coca.

Tengo que empezar con una anécdota para hablar de la coca en estas zonas apartadas del centro del país. Nosotros, claro, estamos cerca al Pacífico colombiano. En una hora por camino de herradura llegamos a López de Micay y al oceáno Pacífico. El cuento es que los campesinos no es que estemos muy contentos sembrando coca en nuestra tierra. Eso daña el suelo por el uso del veneno y también afecta la salud. Pero el Gobierno es el que ha generado todo este escenario.

Cuando cogieron a Carlos Lehder, uno de los narcotraficantes más perseguidos del cartel de Medellín, la arroba de coca estaba a $90.000 y el café también tenía buen precio, no recuerdo cuánto. Eran los días del Gobierno de Virgilio Barco, quien se había anotado un diez tras la captura del capo. Meses después de que lo agarraron, la arroba de la hoja bajó a $18.000 y como el café estaba mejor pago, la gente decidió cortar la coca y sembrar el arbusto. Yo lo digo con sinceridad, esto pasó: el Gobierno fue tan estúpido que le pagó a los campesinos $1 millón por hectárea para que cortaran el café disque porque había mucha abundancia y tenían un convenio de importación con Brasil. Pues bueno, el campesino lo hizo y con ese millón volvió a sembrar coca.

Les digo de corazón. Si el Gobierno nos da buenos precios para los cultivos de café o cualquier otro producto, el mismo campesino acaba la coca, porque el precio de ésta tampoco es que sea estable, es como el dólar. Yo he hecho esta propuesta: si mandan las entidades estatales aquí al corregimiento y dicen, por ejemplo: “señores de la vereda Campo Alegre, qué quieren sembrar o qué se les da más aquí”. Y nosotros decidimos. Con que el Estado garantice asesoría técnica, estudios de suelo y comercialización, la misma gente acaba la coca, porque nosotros no es que estemos amañados con esa planta, sino que lo hacemos por necesidad.

Que se acabe el centro, la derecha y la izquierda

Así lucía el corregimiento de El Mango, Cauca, antes de junio de 2015, cuando la Policía se había tomado una cuadra del pueblo para atrincherarse.

Tenemos miedo de llegar al posconflicto porque la politiquería no deja que el país se reconcilie. Los campesinos somos los que vamos a pagar los platos rotos, ya que se está hablando de zonas de concentración guerrillera, pero si nuestro municipio, Argelia, que tiene influencia de esos grupos, no es escogido para eso, no sé qué pueda pasar. Va a quedar a merced de las bandas criminales y nosotros los líderes somos los damnificados, porque con tanta estigmatización del pasado, seguro hay mucho odio contra nosotros.

Tenemos que unirnos más como comunidades. Necesitamos que las organizaciones den ejemplo de unidad y dejen tanta politiquería. Pero, todos sabemos que los politiqueros tradicionales, partidos conservador y liberal, van a seguir jalando para su lado; los de la izquierda seguirán divididos. La Asociación Campesina, la UP, el Polo Democrático, etc., también, como los perros jalando un pedazo de cuero. Si nos unimos pensando en el posconflicto, sería muy bonito que los que son simpatizantes de la guerrilla no les alcahuetearan a los guerrilleros quedarse en bandas criminales. Y asimismo los partidos tradicionales, los simpatizantes, tampoco dejar que nos metan los dedos a la boca, que nos hagan puentes donde no hay ríos. 

Así luce hoy el corregimiento de El Mango, Cauca, un año después de que la comunidad expulsara a la Policía del casco urbano.

*@eabolanos