El conciliador de paz que fue reclutado y torturado en la guerra

Monólogo de Asensio Pineda, un líder campesino que fue reclutado por las Farc, luego por el Ejército, después fue torturado desde un helicóptero y hoy es un conciliador y monitoreador de paz en Uribe (Meta), su tierra natal.

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Asensio Pineda tiene 31 años y es un líder social del municipio de Uribe (Meta)./ Óscar Pérez.

Agosto de 1999 fue el mes en que llegué por primera vez a las filas de la guerrilla. Se estaba cocinando la toma del poder por las armas y esta zona de Uribe (Meta) era estratégica para llegar a la capital por la cordillera oriental y el páramo de Sumapaz. Presionado por un compromiso, que entonces había que cumplir o pagar con la vida, me llevaron, sin más, a los campos de batalla de una guerra feroz y cruel. Para ese momento, las Farc ya se había consolidado como insurgencia en las montañas de Uribe, en los tres páramos de la cordillera y, a la par, inició los diálogos de paz con el Gobierno de Andrés Pastrana.

El compromiso empezó cuando cumplí 13 años. La primera vez que me llevaron, la guerrilla dijo que tenía que tomar un curso político. En eso estuvimos varios días y luego nos devolvieron para la casa, junto con otros jóvenes de Uribe. La segunda fue para obtener un curso militar, con el argumento de que como la Fuerza Pública nos vivía maltratando y acusando de que éramos colaboradores de las Farc, entonces, que era para que nos defendiéramos. Después del segundo curso pudimos regresar a casa, pero luego de tres meses regresaron por mí.

¿Por qué?, les pregunté.

Detenerse en un camino de herradura en esos tiempos era fatal. Una mañana de ese agosto del 99 no acaté la regla de supervivencia y caí en manos de las Farc. Era preferible andar en grupos de tres personas, o más, para no morir o ser reclutado. Pero, para ellos, la tercera fue la vencida. Ese día ya no me preguntaron si quería, sino, que tenía que ingresar a los campos de batalla.

¿Por qué?, les insistí.

Y me respondieron algo sensato en medio de tanta insensatez: “Usted ya tiene dos cursos y sabe mucho de nosotros”, me dijo el emisario de un comandante guerrillero del Bloque Oriental. Pensaban que me llevaría el Ejército y eso en la guerra es desventaja.

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Es que a los 13 años quién puede encontrar la razón en medio de tantas balas cruzando cerca de tu cara. Duré cinco años intentando combatir, pero al cuarto no pude más. Mi columna estaba atrofiada de tanto cargar el equipo de campaña, que pesaba unos 60 kilos, más el fusil y la munición. Estaba inmóvil. Me quedaba rezagado de las marchas (que eran de dos o tres días, a veces) y me convertí en una carga para la tropa con la que andaba. Al final, después de tantos lamentos y quejas de dolor, buscaron mi hoja de vida y escribieron que me mandaban para la casa porque no era capaz de seguir en ese trajín.

Todo eso lo redactaron los mandos medios. Ya había cumplido la mayoría de edad, 18 años, y por eso salí con las manos en alto, sin deberles nada, en busca de salvar mi columna. La familia me ayudó durante el tratamiento y logré recuperarme después de dos años. Sin embargo, cuando supieron que estaba bien, me buscaron para que regresara y ahí enfurecí. Les dije que cumplía con las leyes impuestas por ellos en el pueblo y que quería trabajar, que buscaran en los archivos de la guerrilla, porque ahí estaban las razones de mi salida.

“Listo, trabaje”, me reiteraron.

Meses después, se apoderaron del ganado y de la finca de mi familia, y nos desterraron. Eso fue en 2004 y lo perdimos todo. Nos fuimos a sufrir a Villavicencio y en una redada habitual me cogió el Ejército. Estuve mes y medio en una academia militar de esa ciudad, tratando de encontrar a alguien que me rescatara de mi cuarto reclutamiento y de mi posible llegada al otro lado de la guerra. Al final, apareció un personero de “villao” y un mes más tarde me arrebató de las garras de las fuerzas estatales.

En Villavicencio no pudimos hacer vida. Los cordones de miseria en las ciudades capitales tenían como protagonistas a los habitantes de todos estos municipios del sur del Meta, cuyo destino inicial fue desplazarse con la incertidumbre de no regresar. 

Yo regresé a Uribe a finales de 2005 y me instalé en la finca de mi familia. Álvaro Uribe, entonces presidente de Colombia, arreciaba con inteligencia gringa y bombas para llegar a los rincones más recónditos de las Farc. Este era uno de ellos y la insurgencia lo protegía cuidándose de sus enemigos. El 10 de enero de 2006 me llegó un sobre sellado con la razón de que había que entregarlo al siguiente finquero. Para evitar el radio transmisor, la guerrilla prefería utilizar el correo humano, es decir, a los campesinos colonos asentados en las montañas de Uribe para comunicarse entre sus frentes.

Así pasó aquella vez y había que obedecer. El 11 de enero, muy temprano salimos de la casa hacia el corte de trabajo y en busca del siguiente destinatario, que podía estar a dos horas de camino. No alcancé a llegar porque el Ejército, que patrullaba la zona, me retuvo y encontró el sobre sellado. No podía hacer nada.

Intenté explicarles la situación en la que vivíamos en ese momento, pero todas mis suplicas fueron ignoradas. Al contrario, durante tres días estuve durmiendo en un helicóptero Arpía, amenazado con puñales y fusiles para que contara dónde estaban los comandantes de las Farc, como si hubiera sido fácil saberlo en esos tiempos tan coléricos de la confrontación.  

Una tarde de esos tres días, treparon la aeronave a unos dos mil metros de altura. Se divisaban las márgenes de los ríos Duda y Guejar, repintadas de verde intenso y con una bruma sobre las ramas de los árboles, como si lo que floreciera fuera algodón. Me sentaron en una de las puertas, que estaba abierta, y mi seguridad apenas era una baranda de la que me sostenía con fuerza cuando los militares sacudían el helicóptero, como peleando en una guerra aérea, para obligarme a decirles lo que no sabía.

“¿Qué dónde está “Romaña”?”, me decían, mientras la boca de un fusil reposaba en mi cuello y a punto de caer al vacío de la selva oriental. El piloto giraba el helicóptero cuarenta y cinco grados para que sintiera el tedio de saber que quizá moriría en el siguiente instante. Tres días después me devolvieron al pueblo con la condición de que debía firmar el libro de buen trato. Y así lo hice, porque era la única oportunidad que tenía de regresar con vida.

En verdad no sabía del paradero de “Romaña”. No lo conocía. Era un enigma, no solo para las autoridades, sino también, en esos días de desconfianza y guerra sucia, para los campesinos de Uribe. Ahora es Henry Castellanos, está a 40 minutos de la cabecera municipal y en los próximos meses cultivará cinco toneladas de maíz después de haber sido el comandante del frente 57 de las Farc en esta zona.

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Yo, cumplí 31 años y soy líder social y defensor de derechos humanos. Desde 2017 conciliador de equidad y paz. Un programa impulsado por el Ministerio de Justicia y apoyado por la organización Pax Holanda, que pretende resolver los problemas domésticos de la comunidad a partir de terceros civiles, líderes reconocidos, que seamos mediadores en las diferencias comunitarias.

Es un programa que ha dado resultados y que funciona para reemplazar la justicia de mano propia o la que se imponía a través de grupos armados ilegales. Es que, en el pasado, que las vacas se pasaran al predio del vecino y se comieran los cultivos, eso era motivo de tragedias y venganzas perpetuas. Eso es lo que estamos frenando como conciliadores de paz. Aunque el proyecto está detenido porque no tenemos una sede física para atender a los quejosos.

A finales de 2017 los líderes de Uribe también nos vinculamos a un sistema de monitoreo participativo, un programa apoyado por la organización internacional, Pax Holanda, cuyo objetivo es describir y alertar sobre los hechos violentos que están poniendo en riesgo la construcción de paz y el acceso a la Justicia Especial de Paz (JEP) en dos regiones específicas del país: sur del Meta y norte del Cauca.  

Estamos en el casco urbano de Uribe, y en las veredas La Julia, Paraíso y Papameme. De igual forma, en el norte del Cauca nuestros similares, líderes indígenas y campesinos, de Tacueyó, Toribio, Jámbalo, Pueblo Nuevo y Buenos Aires, replican el ejercicio: con un cuadernillo debajo del brazo caminan de vereda en vereda para escuchar a las comunidades sobre la situación humanitaria de la zona. Son 60 variables del documento final firmado entre el Gobierno y la guerrilla, las que se consultan en los territorios. Por ejemplo, el desplazamiento forzado, asesinato, amenazas y otras.

Las comunidades de Uribe (Meta) grafican los datos recogidos en los cuadernillos durante 6 semanas, a partir de septiembre de 2017. /Pax Holanda.

Esa información la tabulamos y la organización Pax Holanda nos ayuda a hacer los análisis. La idea es que en junio próximo se presente el informe consolidado de este primer piloto del sistema de monitoreo del conflicto, el cual ha dado resultados positivos en otros países como Guatemala, también firmante de un acuerdo de paz.

Así puedo resumir mi vida, que es muy parecida a la que vivieron y viven los pobladores de Uribe (Meta). Una vida ultrajada, sufrida, resistente y aguerrida. Nunca vengadora. Aunque las circunstancias lo hayan querido así por momentos. Necesitamos de ayuda psicológica para tramitar nuestros dolores y angustias, producto de la tortura de vivir en un territorio abaleado durante cinco décadas.