El bosque de los mil colores y sabores renace en los Montes de María

Durante treinta años, esta región fue uno de los escenarios más oscuros de la violencia. Tras el fin del conflicto armado, sus paisajes vuelven a teñirse de verde y los productos agrícolas que dan sus tierras estarán en los platos de importantes restaurantes del centro histórico de Cartagena.

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Pedro Vásquez (de gorra), acompañado de otros habitantes de cerro Maco. / Fotos: Juan Camilo Serrano

Leila, Eduardo, Pedro y Carmen hablan con la firmeza y el liderazgo que su labor como guardianes del bosque seco tropical de los Montes de María les ha dado durante los últimos cuatro años. Cada uno, a su turno, se para frente a los ocho expertos en gastronomía y dueños de importantes restaurantes del centro histórico de Cartagena. Están acordando con ellos, en la pequeña escuela de la vereda Brasilar del municipio de San Jacinto, su papel como proveedores de los alimentos típicos del Caribe que irán a parar a los platos de estos chefs graduados en París, Londres o Estados Unidos.

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“Necesitamos saber qué cantidad de producto compran ustedes y que nos hagan los pedidos con dos o tres días de anticipación, porque, así como hicieron el recorrido para llegar hasta acá, ya saben que no es fácil sacar los alimentos”, les dice Leila Vega, desplazada del municipio de San Juan Nepomuceno en los años más crudos de la guerra y actual representante de Asoagro.

Y habla con toda la razón. Los campesinos del cerro Maco en Montes de María tienen que andar a lomo de mula por su montañosa geografía o aguantar el cansancio de horas de camino a pie para llegar a una carretera principal desde su finca, como ocurre prácticamente en toda Colombia. Por eso es tan difícil sacar los alimentos que cultivan y es tan poco rentable venderlos.

El recorrido en mula de la vereda Brasilar hasta San Jacinto puede tomarles tres horas. 

Así que esta reunión la ven como una oportunidad de oro que no pueden desaprovechar. Ni Leila, ni Pedro, ni Carmen o Eduardo, al igual que las 49 familias que integran Asobrasilar, Asoagro y Asomudepas, se imaginaron alguna vez ser los proveedores de ñame, fríjoles, cilantro, cacao o ají de restaurantes de la alta cocina cartagenera.

También es una oportunidad para los restaurantes Carmen, Moshi, María, La Cevichería y El Santísimo, e iniciativas como Proyecto Caribe y Best Restaurants Colombia, ya que consiguen productos más baratos, frescos, con la calidad propia de la zona y sin intermediarios. Además impulsan el crecimiento regional, que a final de cuentas es un agregado a la hora de ofrecerles su menú a los turistas.

Aunque la tierra de los Montes de María albergó por muchos años la muerte, hoy está volviendo a ser fértil y su bosque seco está renaciendo. Los agricultores están recuperando especies nativas como la espinaca costeña, la hoja de bledo, el cilantro cimarrón, el bijao y el arroz criollo, y distintos tipos de maíz, ñame y fríjol que vienen en colores morados, amarillos o veteados y que convierten esta zona en una gran y variada alacena de hortalizas, tubérculos y legumbres para el país.

Así entraron en el radar de estos restaurantes que están siempre en la búsqueda de diversidad culinaria e innovación en la presentación y los sabores de sus platos. De ahí que se esté puliendo actualmente la relación comercial para que sea un caso de emprendimiento rural exitoso.

Cuatro chefs y expertos en gastronomía en medio de la demostración culinaria que hicieron los habitantes de San Jacinto.

Federico Vega, dueño del restaurante El Santísimo, ha sido uno de los chefs que han acompañado el proceso desde el comienzo y ha invitado a otros colegas a que se sumen a la iniciativa. Cuenta que su restaurante puede llegar a comprar 80 aguacates diarios entre $5.000 y $6.000. “En Montes de María se los compran a esos campesinos a $300. ¿Qué pasaría si nosotros se los compramos a $1.500? Ellos multiplican por cinco sus ventas y nosotros compramos más barato sin intermediación. Todo el mundo está feliz”.

Más allá del modelo de negocio, este puente entre la gastronomía y la producción agrícola en el cerro Maco es un reconocimiento al trabajo de conservación del medio ambiente que los campesinos están realizando con el bosque seco, al que también llaman bosque de mil colores por las distintas tonalidades que toma su vegetación en verano.

Guardianes del bosque seco

La reunión entre los habitantes de San Juan, San Jacinto y los chefs, que se dio el 3 de mayo pasado, es el resultado del proyecto de conservación y uso sostenible del bosque seco, una iniciativa del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Ministerio de Ambiente, el Instituto Alexander von Humboldt y la Corporación Paisajes Rurales que empezó en 2014.

El ecosistema de bosque seco es uno de los más amenazados del país. Según el Instituto Humboldt, de los 9 millones de hectáreas que antes había en toda Colombia, actualmente queda apenas un 8 %, debido a actividades agropecuarias realizadas de forma irresponsable, la minería, la ganadería y las obras de infraestructura que han ido acabando con él.

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Por eso el objetivo del programa es reducir los procesos de deforestación y desertificación de los bosques secos con un trabajo de concientización con las comunidades que lo habitan, en temas de conservación de la biodiversidad, el manejo sostenible del suelo y la fijación de carbono. A la vez pretende generarles ingresos adicionales con la recuperación de semillas nativas para la producción agrícola responsable y la diversificación de alimentos.

Con una inversión de US$8,7 millones para cinco años de parte del Fondo Global para el Medio Ambiente (GEF, por sus siglas en inglés) comenzó el proyecto para el desarrollo sostenible con las comunidades de los departamentos de Cesar, La Guajira, Valle del Cauca, Huila, Tolima y Nariño. A Bolívar llegó a comienzos de 2014, implementado por el PNUD, para reforestar el corredor de bosque seco ubicado entre cerro Maco y el Santuario de Flora y Fauna Los Colorados.

Paisaje del bosque seco en los Montes de María. 

“Tenemos aproximadamente 55 familias de San Jacinto y San Juan Nepomuceno con las que estamos haciendo diferentes actividades. Con 20 estamos en procesos de restauración del bosque y con otras hay un proceso de conservación”, explica Zoraida Fajardo, coordinadora del proyecto de conservación y uso sostenible del bosque seco del PNUD.

“Son los guardianes del bosque seco”, agrega. “Con ellos hemos ido a recolectar las semillas nativas porque son más fuertes, más resistentes. La idea no era irnos a comprar semillas certificadas sino buscar las que pertenecen a este ecosistema”.

Con las familias que se integraron al proyecto se hizo la zonificación en sus terrenos de las áreas destinadas a la conservación y otras para la producción. Actualmente hay 244 hectáreas en proceso de restauración y conservación y cerca de 400 más dedicadas a la producción agrícola sostenible en toda esta zona.

El atractivo para los campesinos de esta parte de los Montes de María fue que podían seguir con sus cultivos, incluso mejorar su producción, con el compromiso de que conservaran la flora y la fauna de su entorno. Así establecieron herramientas de manejo de paisaje, como el enriquecimiento de vegetación en el bosque y la recuperación de las fuentes hídricas.

Sólo en San Jacinto hay 9,5 hectáreas en conservación y que encierran tres nacimientos de agua, a los que se les hizo un trabajo intensivo. Así lo manifiesta Eduardo Rodríguez, quien se vio obligado a salir de la zona durante seis meses por el conflicto armado y es el actual representante legal de Asobrasilar, la cooperativa de la vereda donde se reunieron con los chefs.

“Si usted se levanta aquí a las cinco de la mañana, oye al mono, la guacharaca, la pava congona y muchos más pájaros que antes no se veían. También hay venados, guartinajas y este año me di de cara con una pantera. Ya uno le está diciendo a la gente que no vamos a matar a los animalitos, sino que vamos a dejarlos. Es duro porque vivíamos de la caza, pero se está percibiendo un cuidado del medio ambiente que antes no se veía entre nosotros”, cuenta Eduardo.

Pedro Vásquez, quien también es víctima de la guerra e integrante de Asobrasilar, lo complementa: “Lo que nosotros estamos mirando es el servicio que ese bosque nos puede estar prestando a nosotros a través de la naturaleza. Si bien lo estamos conservando, también estamos produciendo unos alimentos que van a mejorar nuestro bolsillo, la parte económica de la familia”.

Gracias al trabajo de monitoreo de especies que ha hecho la comunidad de los dos municipios a lo largo de estos cuatro años se ha logrado identificar 183 especies de plantas, 135 tipos de aves, 111 especies de hormigas y 17 de mamíferos.

Recuperar la tranquilidad perdida

Leila Vega, que sufrió todos los dolores imaginables en los años más crudos de la guerra, fue víctima de los paramilitares y las Farc por igual. Le mataron a uno de sus hermanos y su familia fue desplazada de San Juan Nepomuceno tras la masacre de Las Brisas en el 2000. Pero no se minimiza ante el dolor. Cuida de su extensa familia, es campesina y mujer líder en su comunidad.

Leila Vega es representante de Asoagro, asociación de San Juan Nepomuceno enfocada en el cultivo de miel y ñame. 

Al igual que ella, Pedro, Carmen y Eduardo son agricultores que hasta hace unos dos o tres años comenzaron el retorno a sus fincas en cerro Maco. Fueron expulsados por el bloque Héroes de los Montes de María, por el frente 35 de las Farc o por el Ejército, que en el caso de Eduardo lo acusó de llevarle comida a la guerrilla y lo mandó a la cárcel por seis meses.

“En los caminos uno no podía traer más de una libra de arroz o una libra de carne porque pensaban que era para la guerrilla o los paras, y nos lo quitaban en los retenes que hacían. Yo estaba en esa época embarazada de mi segunda hija y me fui a tener mi bebé en San Jacinto y no regresé nunca más hasta hace unos años, pero vengo y voy. Mi esposo es quien está en la finca permanentemente”, es el testimonio de Carmen Rodríguez, representante de Asomudepas.

Pedro Vásquez y su familia fueron desplazados en 1994 de su finca en la vereda Brasilar y desde el 2000 visitaban intermitentemente su finca. “Nunca recibimos amenazas directamente, pero a los alrededores había combates. Se veían encima los helicópteros del Ejército tirando bala y los niños no entendían, se asustaban. Salíamos y cuando regresábamos estábamos más pendientes de cuándo teníamos que irnos de nuevo”.

Tantos años después y ahora, cuando están hablando de negocios con los chefs, sienten que es un escenario que nunca imaginaron. Los cuatro, como líderes de las tres asociaciones que hacen parte del proyecto, están trabajando en equipo con los demás habitantes para sacar los productos de la mejor calidad, diversificar aún más su oferta y encontrar la mejor ruta de comercialización para cumplir con la demanda de los restaurantes.

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Están en el proceso de definir los costos de sus productos y cotejar los tiempos de recolecta y entrega, y aprendiendo a manejar las rutas administrativas y cuentas de cobro, con el acompañamiento y la asesoría técnica de la Universidad de Cartagena, Corpoica, BanCO2 y la Fundación Masbosques, para mejorar sus productos y evitar intermediarios.

Pablo Ruiz, director del PNUD en Colombia y Jaime Rodríguez, chef y uno de los creadores de Proyecto Caribe. 

“Es una impresión muy bonita ver que la gente que ha sufrido los rigores de la guerra de repente está en un momento de construcción de paz, de nuevas oportunidades de vida, de mejora de su situación económica. Y con la ilusión no sólo de mejorar su situación personal sino también de contribuir a nuevos sabores, a un nuevos país y nuevas ideas”, manifiesta Pablo Ruiz, director del PNUD en Colombia, quien acompañó la reunión de los campesinos de San Jacinto y los chefs para iniciar la ruta comercial.

La noticia que suena esta vez desde los Montes de María es que allí se construye paz, a través de la conservación de uno de los ecosistemas más importantes pero más deforestados en Colombia y con el impulso de que esta paz también está atrayendo la innovación gastronómica de la región Caribe.