Coros de Popayán, Valledupar y Pasto

Cuentos de Canto

O cómo transformar la vida de niños, niñas y jóvenes a través de sus voces, cantando.

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Algunos de los niños que hacen parte de Batuta.
Carlos Mario Lema

No se equivoquen: la sencillez sólo se logra a través del trabajo duro.
Clarice Lispector

Edgar David D. jamás olvidará que a los doce años alcanzó a husmear en los rincones del hampa. En un lejanísimo 2010 salía con sus amigos de barrio a buscar problemas y a montarla de necios por todos lados. Eran niños en ese entonces y aquello parecía un juego. No lo era. Y aunque los rezos de todas las mamás se hicieron con el mismo fervor para que los chicos enderezaran el camino, solo Édgar David abandonó para siempre la calle y los malos hábitos. Los demás siguieron en las mismas, continuaron jugando al maleante como quien juega rayuela y terminaron convertidos en rateros peligrosos que han estado presos varias veces. ¿Qué pasó para que Édgar David cambiara el rumbo? Pasó Batuta por el barrio Guasimales de Valledupar. Eso pasó. Batuta tocó a su puerta. No es una metáfora.

Déiber y Kevin, los asistentes administrativos de los centros musicales, son cazadores de almas y recolectores de talentos. Con el tiempo han aguzado el olfato y saben a dónde ir, a qué casa tocar y qué palabras decir para que los chicos accedan, por lo menos, a conocer. El resto es una historia de magias y encantamientos. La magia está disfrazada de disciplina, de sentido común, de respeto por el grupo, de responsabilidades, de tareas, de retos y dificultades; los encantamientos suelen venir disfrazados de maestros. A veces llegan chicos con muchos problemas en sus dinámicas de aprendizaje. Renegados de pura sangre como Édgar David, que con sólo dos clases ya se sientan derechitos y atienden a pie juntillas todas las instrucciones de la profe Sandra Navarro. En Batuta todo tiene que ver con el sentido común. No hay reglas arbitrarias ni órdenes absurdas. Sentarse derecho, por ejemplo, es indispensable para poder disponer mejor del aire a la hora del canto.

Cuando los niños escuchan por primera vez el poder de sus propias voces en el coro, comienza el gran truco de magia. El truco que hace desaparecer las dificultades. Claudia Milena tenía siete años cuando escuchó ensayar el coro representativo en el pequeño salón comunal del barrio Nando Marín. Era un sábado. Como los edificios del barrio están muy cerca uno del otro y en cada apartamento fácilmente pueden vivir hasta tres familias, las conversaciones familiares y los retazos trasnochados de alguna parranda vallenata retumban en el salón como si fuera el interior de un bafle. Para colmo de ruidos, casi siempre se juega un picaíto de fútbol justo al lado del salón, los vendedores ambulantes empiezan sus pregones estridentes y el camión de basura llega a recoger el contenedor con su máquina de ruidos cretácicos. Pero la niña Claudia Milena estaba hipnotizada por la magia, como los ratoncitos del pueblo de Hamelín, y a sus oídos sólo llegaba el coro de niños que entonaba La piragua. Fue un momento místico. Quedó petrificada a la entrada del salón, como una santa que reconoce la divinidad a las puertas de una catedral gótica. Comenzó a cantar desde allí, hasta que el profesor Samuel Cano y la profesora Sandra Navarro le dijeron que entrara.

La mamá de Claudia Milena frecuentaba la sede por desconfianza. Sus tres hijas se la pasaban en Batuta. Llegaba cinco minutos después que ellas, se sentaba en una silla de atrás y se iba cinco minutos antes. Su labor de directora de seguridad y control le duró un par de semanas. Yohanna Venera, la psicóloga, se dedicó a conversarle hasta que todo salió a la luz. Le habían desaparecido a un hermano y temía que le pasara lo mismo con alguna de sus hijas. Ahora va de vez en cuando a saludar. Ya no espera lo peor. Ha visto cómo han cambiado las miradas de Claudia, Maritza y Nicole. Confía en Batuta; en la maestra y su equipo como si fueran familia. Lo son. Yohanna cuida muy bien esas relaciones y está en todo, hasta en el coro. Si le hubieran preguntado cuando niña qué quería ser cuando grande, es improbable que hubiera dicho psicóloga y cantante, como sí lo dicen los niños del Nando Marín: científico y músico, corredor de moto y músico, futbolista y músico. Le puede interesar: El papel del teatro en el posconflicto

Una cosa es escuchar un ensayo del coro en las sedes de Guasimales, 450 Años o Nando Marín, y otra cosa es un concierto. Hace un par de años se presentaron en la biblioteca Rafael Carrillo Luque. El preámbulo fue lo de siempre: un maestro de ceremonias y un protocolo larguísimo de saludo a personalidades. Hasta que los anunciaron. Empezaron a aparecer niños por lado y lado del escenario y se formaron en tres filas, una detrás de otra. Más de setenta niños en escena —y la psicóloga cantante mimetizada muy al fondo—. La maestra Sandra Margarita Navarro encaró a su grupo, luego hizo un repentino gesto como de tigre africano y el coro comenzó a cantar Bonse aba, una canción de la tradición popular de Zambia. Lo hicieron en lengua bemba, frente a un público vallenato. Algunas personalidades despistadas preguntaron dónde estaba la sede para meter a sus hijos al coro, y se quedaron de piedra cuando se enteraron de la verdad de Batuta.

En los lugares donde está el programa quieren que los niños canten en todas partes, para iluminar todos los eventos y para apoyar todas las causas. Batuta produce orgullo en todos los niveles: barrial, comunal, municipal y nacional. En Popayán, la encopetada y culta capital del Cauca, todos quieren el coro representativo en sus eventos. Es invitado de honor a las Procesiones Chiquitas, al Festival de Arte para Niños y al de Música Religiosa, que se celebran en la semana de Pascua. Uno de tantos conciertos que dieron sucedió después de la misa de seis de la tarde, en la iglesia de la Milagrosa. Esa tarde caía un aguacero bíblico sobre la Ciudad Blanca mientras los chicos reventaban los pulmones en el bus que los transportaba. Plenos de felicidad, cantaban Somos Batuta, un arreglo que le hicieron a una canción de Chocquibtown:

Somos Batuta / estamos unidos / somos una fortaleza /nunca nos rendimos (…).

Es verdad. No se rinden. En 2014 Batuta Popayán tenía que hacer cuatro conciertos. Eso figuraba en algunos papeles como obligación contractual. Dio veintisiete más. Y eso no estaba en los papeles.

Claudia Josefina Dávila, la Chepa, dice que Batuta la rescató. Vive agradecida. Un divorcio la dejó con la autoestima bajo cero. Desde el momento en que entró a Batuta comenzó el rescate anímico y musical. Ya era una tremenda música, especializada en canto lírico y violín (viene de una familia de músicos: padre clarinetista, hermano saxofonista, y así). “En Batuta comencé a darme cuenta de que servía para muchas cosas”, dice. Para todos los maestros, Batuta es más que una institución; es una forma de vida. Los hijos de la Chepa son músicos también. “Mi hijo a veces viene a dar talleres de percusión y mi hija me colabora con la parte coral”, señala mientras mira una foto en la que el nevado Puracé sirve de telón para esa bonita familia. Tres veces por semana, a veces cuatro y a veces cinco, ensaya en el coro Estampas, que dirige Lucía Arciniegas. “La vida es igual en todas partes, lo que se necesita es gente que sea gente”, diría Clarice Lispector.

Mauricio Salazar está en el coro y tiene unos doce años. Dice de sí mismo que era una piquiña en la casa. Hablar con Mauricio no es bueno para la salud anímica y mental de nadie. Es tan serio, tan dueño de sus actos, tan seguro de sí mismo, tan ser humano, que cualquiera desluce a su lado. Lleva en la escuela tres años y lo seleccionaron para la orquesta de Ciudad Blanca, la otra orquesta emblemática de Popayán. “Quiero especializarme en saxofón y canto”, dice. El orgullo que siente por ser parte de Batuta no cabe en ningún traje. Está muy agradecido.

—El año pasado estuvimos en Buga. Conocí gente de Chocó y de Antioquia. Nos quedamos en un hotelazo. Y cuando cantamos la ópera Carmen, tuvimos profesora personal de francés, profesor de coro y profesor de teatro. Conocimos gente muy importante. Si no fuera por Batuta, ¿cuándo?

Nunca. Es improbable que los niños de barrios populares tengan estas oportunidades. Oportunidades que cambian la vida, amplían horizontes y desaparecen dificultades como por arte de magia. Batuta es como el Camino Rojo. Lo que dicen del Camino Rojo le viene como anillo al dedo: se trata de formar hombres que se hacen conscientes de sí mismos y se miran hacia dentro. Que buscan trascender sus propios errores y defectos. Se trata de enfrentar a las fuerzas contradictorias que viven dentro de nosotros. Enfrentarlas con la música. Y con el método Batuta, que está lleno de enseñanzas para la vida entre cada nota del pentagrama.

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Las aguas de marzo seguían haciendo de las suyas cuando la buseta llegó a la iglesia de la Milagrosa. Los niños descargaron los instrumentos y los pusieron a salvo en un salón; luego se juntaron con los chicos de la sede Las Palmas para un ensayo general. La imagen del concierto de la Milagrosa la protagonizaron dos chiquillas antes de comenzar el concierto. La que estaba de pie le hacía trencitas a la que estaba sentada. Cantaban en coro Allá en la montaña, mientras el mundo pasaba alrededor.

La sede Las Palmas queda en un barrio que causa reticencias entre algunos taxistas. Dicen que es un barrio peligroso. El colegio está en la cima de una pequeña colina, desde donde se divisa buena parte de la ciudad. Tienen asignado un salón pequeñito. Y desde allí, el maestro José Efraín Tupaz despliega sus encantamientos. A principios de 2015 estaban comenzando el montaje de La fantástica, de Carlos Vives. Como todos los maestros de Batuta, José imparte instrucciones sin levantar la voz. Antes de terminar la clase de ese día, tenía tanto público afuera como alumnos adentro. Y todos cantaron La fantástica. Los de la clase y los de recreo.

Qué clase la que tiene José. Se especializó en guitarra. Nació en Aldana (Nariño) y pertenece a una familia de músicos. También dice que Batuta le transformó la vida. Ese José, que cuando niño cantaba con sus amigos mientras sembraban papa, ahora transforma la vida de otros niños para siempre. Para bien.

Todas las sedes musicales nombradas en este texto parece que estuvieran protegidas por montañas emblemáticas del país: la Sierra Nevada protege las de Valledupar; el Puracé, las de Popayán, y el Galeras, las sedes pastusas.

El volcán Galeras tiene un nombre secreto que pocos conocen en San Juan de Pasto. Los quillacingas lo llamaron Urcunina, que significa “Montaña de Fuego”. Pocas personas saben ese dato, y quienes lo saben no lo usan a diario. Pero en el barrio Santa Bárbara hay una esquina, en la esquina hay una casa y en la casa está Urcunina. Para recordarles a los vecinos que es verdad: hay una montaña de fuego en Pasto y un centro musical en el que, además, se practica el bonito oficio de la memoria.

Sandra Mora, directora del Centro Musical del sur de Pasto, es enfática: “Canto desde que existo”. Es una apasionada y se le nota en todo. La casa donde funciona ese centro la consiguió en comodato. La arreglaron con sus propias manos. El cableado eléctrico, las tuberías, los baños, la pequeña cocina, las cerraduras... Todo. Todo huele a impecable en aquel lugar. Sandra hace de lutier también: se lleva los instrumentos averiados para arreglarlos en casa. Cada profe de Batuta tiene su manera de comprometerse con el programa al tope de sus capacidades. Ella sabe que la pobreza económica es una circunstancia, porque vivió en condiciones muy austeras cuando niña. “Lo verdaderamente importante es la fortaleza y el amor familiar”, dice.

La voz de Sandra es prodigiosa. Tiene una voz que sale como de la tierra, con la potencia de una montaña de fuego. En abril de 2015 tenía muchos estudiantes nuevos. Ensayaban, entre otras, Qué será, de Jairo Ojeda, una canción infantil con ritmos andinos, porque a ella le encanta la música andina, latinoamericana. Aún no había finalizado la clase y ya los nuevos tenían claro qué debían hacer y la mayoría se sabía las letras. “Antes de que termine el año voy a tener un coro con todas las de la ley”, dice. No es fácil formar un coro nuevo cada año. La base por lo general se conserva, pero siempre hay niños que llegan y otros que se van. La vulnerabilidad de las familias es una verdad que supera las estadísticas. Las relaciones que se tejen son hermosas y verdaderas. Cuando los chicos deben marcharse porque los padres buscan mejores horizontes o por lo que sea, Sandra y los demás compañeros mueren un poco. Por eso la entrega es total. “Nuestro paso por la vida no es gratuito; hay que aportar algo”, dice ella.

En Batuta nada es hacer por hacer, tocar por tocar, cantar por cantar. Si están montando La piragua, investigan sobre el río Magdalena, la ciénaga de la Zapatosa. Los niños saben el significado de cada palabra que cantan. De la mano de la música vienen la historia de la canción, relatos del compositor, el país, el mundo. Nada es fácil para los maestros de Batuta, aunque todo parezca tan sencillo cuando hacen una presentación. Los maestros músicos están en constante aprendizaje y suelen ser implacables consigo mismos. Tienen una autocrítica devastadora que los hace competir con la sombra, como Peter Pan competía con la suya. Aparte de sus proyectos personales, donde investigan, sufren, ensayan y repiten hasta el cansancio lo mismo hasta que suena perfecto; una o dos veces al año tienen que viajar a Bogotá por cuenta de Batuta. Las capacitaciones son muy importantes en este tinglado tan eficaz. A comienzos de 2016 tomaron un taller de World Voice, un programa de formación que hace de la música una experiencia integral de aprendizaje, promovido por el British Council. World Voice está trabajando en diecisiete países de todos los continentes. Así que la perspectiva es de un valiosísimo intercambio cultural, porque este programa ha llegado para quedarse.

El Centro Musical del norte de Pasto lleva poco tiempo en la sede Club de Leones, que pertenece al colegio Artemio Mendoza. Antes estaban en la sede del Hermógenes Samara, y antes en Zarabanda, y antes en La Floresta, y antes en La Paz, y antes en el barrio La Rosa, y antes en un salón que pertenecía a una casa cural. Tal vez no en ese orden, pero eso no importa. El hecho de que a dos cuadras de su lugar actual esté una comunidad de gitanos quizá sea una coincidencia, pero se trata de una de esas coincidencias muy bien puestas, como los mensajes secretos del destino.

Germán Ruiz no parece darse cuenta de todo lo que ha trajinado con los niños por San Juan de Pasto. Conserva una sonrisa de recién nacido, inocente y feliz, que siempre está al servicio de sus pequeños alumnos. No acusa cansancio alguno. Germán ha compuesto varios temas para los ensambles de Batuta. A veces pone a los chicos a improvisar con sus voces. Germán toca en el teclado Besito de coco. Los chicos entonan el coro. El resto lo improvisan con ruidos que suenan a flautas, oboes, clarinetes y trompetas. Puro jazz. El salón donde trabajan también es pequeño, pero a estas alturas todos sabemos cómo lo hacen. O no lo sabemos. Sólo lo hacen. Así como El Principito logró meter un elefante en una boa y un cordero en un corral de papel. Así de sencillo.