Colores de paz en Dabeiba

Un festival de arte, desarrollado en este municipio de Antioquia a principios de julio, le cambió la cara al parque principal, pero sobre todo fue la oportunidad para compartir con las personas que están reconstruyendo sus comunidades.

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Todos los murales del parque de Dabeiba fueron intervenidos por los artistas. Se utilizaron más de 80 galones de pinturas. Gran parte de la pintura fue donada. Artista: Julieth Alejandra Restrepo. Foto: José David Galvis.

El parque de Dabeiba es, tal vez, uno de los más ricos de Antioquia. Quizás sea así porque pocos espacios como ese se dan el lujo de contar con cerca de 20 árboles centenarios, enormes y frondosos.

El parque, sin embargo, no impactaba a primera vista. Era gris. Los colores, sin embargo, cambiaron radicalmente desde el 8 de julio, cuando pasó por allí una ráfaga de arte. O mejor: el festival Color es Poder. Veinte artistas de Medellín, Bogotá y Dabeiba se tomaron el parque durante tres días y le dieron vida a los fríos y grises muros. En cada centímetro de cemento pintaron lo más significativo de este municipio de cerca de 23 mil habitantes: sus montañas, sus frutales, su población indígena.

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Detrás de este baño de arte y color están universitarios que hicieron sus prácticas en la Alcaldía de Dabeiba y la Gobernación de Antioquia, y también jóvenes profesionales de la organización Aldeas Infantiles. Ellos visitaron algunas de las comunidades más afectadas por la violencia en Dabeiba y dictaron talleres de convivencia.

Estuvieron en los corregimientos de Camparrusia y San José Urama y en el resguardo indígena de Choromandó. Supieron que ese municipio, más conocido como la puerta del Urabá antioqueño, padeció como pocos los rigores del conflicto: frecuentes quemas de buses de transporte público; 14 masacres que dejaron 79 muertos; 115 asesinatos selectivos; más de cincuenta muertos en acciones bélicas; dos tomas de las Farc, una de las cuales dejó 61 combatientes muertos, debido a que la guerrilla derribó un helicóptero Black Hawk.

Se sorprendieron, sobre todo, con la manera como estas comunidades están resurgiendo: con deporte, arte, educación y música. Por eso se idearon un festival, con el apoyo de la Alcaldía, la Gobernación y la ONG Aldeas Infantiles, en el que el color fuera la metáfora de la nueva esperanza que empieza a surgir en este municipio del Occidente antioqueño.

Pie de foto: Así quedó la entrada al parque, en la cual está la escultura de la santa Laura Montoya, quien realizó su actividad misionera en Dabeiba. La pintura es del artista Joan Mateo Ariza. Foto: Nicole Chavarro.

En el corazón de cada uno de estos jóvenes quedaron nombres como los de Humberto Tuberquia y Eliecer Londoño, por su liderazgo en el fútbol; Leidy Correa y Evangelina Guzmán, por llevar su enseñanza más allá de las aulas; Berenice Domicó, por exaltar sus costumbres emberas; Fernando Domicó, por crear una orquesta indígena y enseñar música; entre otros.

Los ‘profes’ de fútbol

En la vereda Betania del corregimiento Camparrusia, los principales espectadores del fútbol son los niños. Son quienes se quedan de principio y a fin. A Humberto Tuberquia, 39 años, y Eliécer Londoño, 41, les llamó la atención, como si de repente hicieran un descubrimiento, que en su comunidad hubiera tanto niño. Los conmovió especialmente la felicidad que les causaba la oportunidad de ir a recoger algún balón perdido.

“¡Sabe qué!: vamos a darle una oportunidad a esos niños”, le dijo un día Humberto a Eliécer, su amigo y vecino.

Pie de foto: De izquierda a derecha: Jorge Eliécer Londoño y Humberto Tuberquia. Ellos lideran la escuela de fútbol de la vereda Betania, corregimiento de Camparrusia. Foto: Walter Arias.

Ambos renunciaron a un torneo de fútbol para adultos y al descanso dominical y se propusieron crear una escuela de fútbol. Sus únicos recursos era su corazón y voluntad. No había balones ni uniformes ni zapatos ni amplios conocimientos tácticos de fútbol. Tampoco pretendían formar futbolistas profesionales. Solo estaban convencidos de que este deporte podía ser una herramienta social para formar personas. Creyeron firmemente en que esta podría ser una manera para reconstruir su comunidad y para contribuir a la construcción de la paz.

Humberto recordó los años cuando aún era un niño, por allá a comienzos de los 90. En ese entonces era común ver a la gente reunirse frecuentemente a solucionar un problema comunitario, como el arreglo de un camino. Pero llegó el rigor de la violencia y acabó con el espíritu comunitario. “Ahora nos cuesta mucho trabajar en comunidad y necesitamos aprender otra vez a trabajar unidos”, dice Humberto.

Comenzaron a trabajar con 35 niños entre los 8 y los 12 años. Sin embargo, la idea hizo tanto eco entre la comunidad de Betania que les tocó extender la jornada para entrenar además a 14 niñas entre 8 y 14 años y a un grupo de mujeres más mayores.

Las clases son todos los domingos desde las 8:00 de la mañana hasta las 5:00 de la tarde. Cada jornada, coinciden Humberto y Eliécer, son un bálsamo para una población tan golpeada por la violencia y un aporte para la comunidad del futuro. “Lo que ven y hacen estos niños acá lo replicarán con sus hijos”, dicen.

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Humberto y Eliécer cuentan su historia en el parque de Dabeiba. Lo hacen con emoción mientras decenas de niños de su vereda participan en el festival Color es Poder. Interrumpen por un instante su relato para saludar a una joven que pasa por su lado. La saludan con afecto. “Ella fue quien nos ayudó a conseguir los balones”, comenta Humberto.

La joven es Mayra Alejandra Holguín, estudiante de psicología, quien hizo sus prácticas en Dabeiba en el programa Cuerpos de Paz de la Gobernación de Antioquia. La joven se conmovió con el proyecto, conocido como “Escuela de paz niños con futuro”, pero sobre todo con la explicación de sus creadores: una escuela de fútbol que sirva de mediadora para recuperar la convivencia, para ayudar a los niños a ser mejores personas.

Mayra utilizó sus redes sociales, sin ser muy aficionada a ellas, para convocar solidarios a donar balones de fútbol. Consiguió 16 pelotas.

Cuando Humberto recibió los balones se le hizo un nudo en la garganta y no pudo contener las lágrimas. En agradecimiento, le envió luego un video en el que se ven los niños felices con los balones nuevos. “Yo siento que no hice tanto”, dice Mayra.

En Betania están felices con el proyecto. “Esos señores son espectaculares”, dice la profesora María Evangelina Guzmán. “Ellos se la han jugado con esto”, agrega la también profesora Leidy Correa.

Las profes de radio

Las profesoras María Evangelina, 57 años, y Leidy Correa, 26, también se la juegan todos los días por sus niños y sus comunidades. No solo apoyan decididamente proyectos comunitarios como el de Humberto y Eliécer, también trabajan en sus propias iniciativas, las cuales superan las responsabilidades de las aulas.

Pie de foto: De izquierda a derecha: María Evangelina Guzmán y Leidy Johana Correa. Ellas son profesoras de la Institución Educativa Rural San Rafael del corregimiento de Camparrusia. Foto: Walter Arias.

A María Evangelina, por ejemplo, se le ocurrió crear una emisora estudiantil en su sede educativa, gracias a los nuevos recursos tecnológicos que han sido instalados allí. La idea surgió como una actividad de esparcimiento durante los descansos, en la que unos muchachos complacían musicalmente a sus compañeros. Pero la propuesta tuvo tanta acogida entre los estudiantes, compañeros y directivas que la profesora le apostó más a su idea. Sistematizó todo el proceso de la emisora, la nombró Florida Estéreo, y compró de su bolsillo algunos equipos, como un minicomponente. Ahora quiere replicar el proyecto en todas las sedes de la institución educativa.

Leidy, quien ahora tiene el propósito de tomar la idea de Evangelina en su sede de primaria, tiene tantos ímpetus comunitarios como su colega. La profesora extiende sus jornadas de trabajo porque se ha propuesto implementar clases de danza y enamorar a los niños de otros deportes, como el tenis de mesa y el ajedrez.

Además, todos los jueves en la tarde invita a las madres de los niños a recibir clases de bordado, con materiales que ella misma consigue. “Son las cosas mínimas que cambian nuestras aulas”, dice Leidy. Y Evangelina, agrega: “En las veredas de este municipio hay muchos problemas. Entonces el maestro se la tiene que jugar, debe buscar muchas estrategias, ser muy creativo para poder sacar adelante los muchachos”.

María Evangelina y Leidy son conscientes del reto que tienen por delante. Muchos de sus alumnos son hijos de la guerra. Algunos, por ejemplo, les han contado que conocieron a sus madres cuando al sector llegaron decenas de guerrilleros del Bloque Efraín Guzmán de las Farc, quienes se preagruparon en el Alto de Urama y luego se trasladaron a la Zona Veredal Transitoria de Normalización Jacobo Arango (hoy Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación), en la vereda Llano Grande del mismo municipio

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Las acciones cotidianas de Humberto, Eliécer, María Evangelina, Leidy y otros líderes son gestos de paz que no pasan desapercibidos para quienes conocen estas comunidades, inaccesibles para otras personas hasta hace pocos años. Hoy ellos son parte de los nuevos aires de esperanza, representados en actividades como el festival Color es Poder.

Pie de foto: Los niños fueron quienes más participaron en el proceso de pintura. La mayoría de los niños eran de los corregimientos Camparrusia y San José de Urama. Foto: Walter Arias.

Para algunos de los artistas que conocieron Dabeiba por primera vez y que compartieron con estas personas “fue una experiencia mágica”. Así lo comentó uno de los artistas que dejó plasmado su arte en el parque y que además tuvo la oportunidad de compartir con las personas que día a día luchan en sus comunidades por cambiar el color de sus territorios, al menos por ayudar a soñar a los niños.