Colonos con tierra en las uñas

Recorrimos las tierras del Meta para comprender por qué los productos que se cultivan en lo rural no se venden en la plaza de mercado de Villavicencio o en las cabeceras municipales de Mesetas, Vistahermosa y La Macarena.

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Darío Bautista, campesino colono de La Macarena (Meta).Cristian Garavito

Basta recorrer las tierras planas de los Llanos Orientales para comprender qué tan excluido está el campesino colombiano del mercado que todos los días hacemos. El caparazón del Meta es Villavicencio y toda lo que se halle en la Vía al Llano, que comunica al centro con el oriente del país. Entonces lo que resalta en esas tierras no es más que ganado, palma africana, criaderos de cerdos, búfalos, patillas y, de vez en cuando, una que otra mata de plátano que verdea.

Uno podría preguntarse cómo es posible que, en la población de Mesetas, por donde pasan los ríos Guayabero, Duda, Papamene, Guape, Lucía, Guaduas y Santo Domingo, además de numerosas corrientes menores, no exista una agricultura para abastecer, aunque sea al mismo municipio. Ahí y en dos poblaciones más con nombres de guerra, Vistahermosa y La Macarena, nos detuvimos para saber si se siembra comida y hasta dónde llegan los productos de los campesinos colonos.

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Los tres colonos me dijeron lo mismo: “Ahora nos voltean a ver porque acá están las zonas veredales de las Farc”. Onaiber Urrea, presidente de la Junta Comunal de la vereda Buenavista, ubicada al sur de Mesetas, lo comprendió en la guerra y ahora en la paz. En la guerra, cuando vio que por cuenta de la zona de despeje para el proceso de paz con el entonces presidente Andrés Pastrana, la vereda se llenó de cultivos de coca. “Donde tenían café sembraron coca. Es que era preferible recolectar un kilo de coca, que valía como seis veces más, que una carga del grano”, apunta.

La coca ahí no duró mucho. En 2002, después de que se rompieran los diálogos con Pastrana y de que se acabara la zona de despeje, la guerra empezó a perseguir de cerca a los campesinos: la coca se la debían vender a las Farc y no a compradores individuales que llegaban a la vereda. “Si lo hacía y las Farc se daba cuenta, uno era hombre muerto”.

Era la guerra a la que, como Urrea dice, “le torcimos el pescuezo acabando la mata”. Y entonces apareció la ganadería para leche, floreció de nuevo el café, y las matas de plátano y yuca empezaron a ser paisaje. No obstante, es para comer ellos o para los marranos.

“De la leche se consigue para la comida, para la sal del ganado, para la droga y para pagar pasto”, concluye Urrea. Allá no se siembra comida para vender en el mercado, porque no hay vía y ni siquiera justicia en los precios que les pagan.

En 2013, el Ministerio de Agricultura reportó que en Mesetas estaban sembradas 2.793 hectáreas en cultivos permanentes como café (1.536 ha) y plátano (650 ha); 1.525 hectáreas en cultivos transitorios, entre ellos, maíz (1.520 ha) y patilla (5 ha), y 100 hectáreas en cultivos anuales, donde predomina la yuca (100 ha).

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Edida Yanira Rivera nació en Duitama (Boyacá), pero llegó a Vistahermosa, a la vereda La Cooperativa, en 2004, después de que terminara la zona de despeje. Llegó en el apogeo de la coca, que duró hasta finales de 2009, cuando la erradicación forzada y la estigmatización echaron raíces.

En 2011 “teníamos tierra, pero todos dependíamos de la coca”, dice Rivera, y por eso decidieron crear la Asociación de Productores del Campo de la Serranía de La Macarena, a la cual pertenecen 139 campesinos de 13 veredas. “Vimos que el fuerte era la ganadería, porque es lo que se adapta a este territorio. Acá la tierra es demasiado ácida y lo que más se produce es pasto”, agrega.

Como en Vistahermosa, en La Macarena, que ya es tierra sabanera, sufren por el precio de la leche y por las vías para sacar el único líquido que les da de comer. También siembran yuca, plátano y maíz, y crían gallinas y marranos. Los tienen para el consumo diario. Así, por ejemplo, cuando cosechan maíz en junio, les puede durar hasta diciembre y sobra para sembrar en enero. Por eso piden que el Estado les ayude a obtener la maquinaria para procesar esa materia prima, pues todo su esfuerzo se queda en los empresarios intermediarios.

Darío Bautista, que vive en la vereda Buenos Aires, ya en La Macarena, tiene ganado y también cultivos de pancoger. La leche la vende en San Vicente del Caguán (Caquetá), y hay un camión que recoge todos los días la tina que los colonos sacan a la vera del camino.

En sus vidas, lo único que tienen es tierra en las uñas, replican los tres colonos. La tierra en la que viven no tiene títulos del Estado y por eso los bancos no les hacen créditos para sus proyectos. Es evidente que los terrenos de más de 400 hectáreas, en cualquiera de estos tres municipios, son los únicos que tienen legitimidad para el Gobierno. Son pocos los títulos de los pequeños productores.

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¿Y en dónde venden los cultivos de pancoger?, le pregunto a Bautista. Responde lo mismo: “Sirven para el sustento de los hijos y para intercambiar con el vecino que produce otra cosa”.

Aunque para llegar a La Macarena es necesario tomar una avioneta en Villavicencio o viajar desde Bogotá por carretera 20 horas entrando por el Caquetá, en ese municipio distante no hay plaza de mercado. La comida la llevan desde Corabastos (Bogotá) o Neiva (Huila), y lo único que hay es una plaza de mercado campesino, como las que uno encuentra en los barrios populares de Bogotá. Los fines de semana, cuando es el mercado, los campesinos que sacan racimos de plátanos los ponen en el suelo del parque principal del pueblo.

En Villavicencio, a decir verdad, no hay plaza de mercado popular. Entonces no hay mayores ilusiones de encontrar productos de estos campesinos en los alrededores de la derruida plaza San Isidro. “Los productos que vendemos acá vienen de Corabastos, de Bogotá. A los pobres campesinos no les podemos comprar nada, porque ¿cómo compiten con los precios de los grandes distribuidores que importan de otros países?”, responde con una pregunta una comerciante nostálgica por la plaza que a sus espaldas es sólo escombros.