Camino a La Esperanza, de la guerra a la confianza

Dos años después del atentado de las Farc a tropas militares en La Esperanza (Cauca) la vereda respira un aire de paz, pero sin muchas oportunidades.

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Chiva que conduce desde Timba Cauca a La Esperanza / Harold Cortés

Los habitantes de la vereda la Esperanza (Cauca) presagiaron que los estruendos que nacieron en la oscuridad no eran truenos. A las 11:30 de la noche, bajo un cielo de color tinta, dos balas, una explosión y gritos familiares de otras guerras, forzaron a los aldeanos a aferrarse a la vida.

Las casas de tablas y bareque palpitaban. Las ráfagas de fusil rasgaban el viento. Los techos de latón iban siendo agujerados por proyectiles del tamaño de un dedo índice. Poco a poco, en un porfiado enfrentamiento sin tregua, el cielo se estrelló de balas, de piedras, de lamentos.

“Lo único que hice fue quitarme de la ventana y envolver la niña en una cobija”. Dice Sol María Guasaquillo con aire reflexivo, y luego recuerda que por poco muere en una hazaña: “cuando escuché gemidos y personas pidiendo ayuda, pensé en mi papito. Entonces salí en medio de esa balacera y llegué hasta un lugar donde unos tipos me dijeron: usted de aquí no pasa, su abuelo está bien, vaya para la casa que la matan”.

Aquel 14 de abril de 2015, en medio del proceso de paz que se adelantaba en La Habana entre el Gobierno y las Farc, tropas de la Brigada Móvil 17 de la Fuerza de Tarea Apolo fueron atacadas con artefactos explosivos, granadas y armas de fuego. Los responsables fueron guerrilleros que integraban el frente 30 y 60 de las Farc, así como la columna Jacobo Arenas de la misma guerrilla.

El informe: diez militares muertos. Uno más con muerte cerebral. Otros veinte soldados heridos. Un polideportivo bañado en sangre. Un acuerdo de paz que temblaba en las mesas de negociación en la Habana. Una vereda que hasta entonces aparecía sólo en mapas virtuales de internet.

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La vereda La Esperanza está ubicada en el municipio de Buenos Aires (Cauca). Sus tierras: fértiles y generosas. Resulta inverosímil pensar que en este paraíso natural florezca la extorsión, los atentados a dirigentes populares, funcionarios públicos y defensores de los Derechos Humanos. En este lugar no sólo el inconstante clima angustia a los agricultores, las “Águilas Negras” y los “Rastrojos” asolan. La lucha por el control del cultivo de coca ha sumergido a este municipio en la violencia desde hace décadas. Su cercanía estratégica con el pacífico colombiano por la cordillera occidental, cuyas montañas conectan con el parque Farallones de Cali, con Buenaventura (Valle) y con el Pacífico caucano, quizá sea su mayor desventaja.

La Esperanza (Cauca), camino al polideportivo. / Fotos: Harold Cortés

“Luego del acuerdo de paz en la Habana entre el Gobierno y las Farc, la guerrilla dijo que nada tenían que ver con los cultivos de coca”, dirá luego el pastor, como suelen llamarlo en la vereda. Su nombre es Roberto Yonda.

Sin embargo, las estadísticas indican un aumento en el cultivo de esta planta en la región. Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), se registró que del 2014 al 2015 la Región del Pacífico tuvo un aumento del 56% en hectáreas de coca, pasando de 26 mil a 40 mil en tan sólo 12 meses. Y por cada kilo de hoja, 1 dólar.

Por ello no sorprende que el camino a La Esperanza se encuentre custodiado por militares y miradas graves, displicentes, como corolario de la guerra.

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Para llegar a La Esperanza se deben recorrer 23,1 kilómetros desde Jamundí (Valle del Cauca), hasta Timba Valle. Aproximadamente cuarenta minutos de asfalto y sol ardiente.

Durante este tramo muchos afrodescendientes, pocos indígenas y un blanco luchan por mantener el equilibrio en un bus angustioso. Pieles sudorosas se estrujan más de dos veces. A la distancia, encuadrado entre montañas, se divisa un pueblo de color ladrillo. Su nombre: Timba Valle, una urbe en crecimiento.

Don Toño, el conductor del bus, un tipo regordete, de mejillas hinchadas y expresiones duras, le dirá a un pasajero que para La Esperanza debe bajarse en Timba Cauca, en el municipio de Buenos Aires, a solo dos minutos de Timba Valle. Lo que diferencia a estas dos veredas es el imponente rio Timba que divide el departamento del Cauca y el del Valle. Aparte de eso, comparten la misma geografía: un lugar seco, difícil. En la plaza central aparecen pirámides de piñas, plátanos ignotos, tomates, aguacates, tortillas, pollos muertos, vivos, trozos de res, perros muy flacos, un par de peluquerías, un restaurante, toneladas de motos y motoratones. Músicas varias se mezclan en el aire. Y las chivas, cuatro diferentes cada treinta minutos.

Aquí los habitantes han sabido convivir desde que se fueron asentando sobre la base de las culturas pacíficas y aborígenes. Se puede respirar un aire de paz. Aunque por sospecha, algunos tipos con gorras negras observan de pies a cabeza a los nuevos turistas. Un cuartel militar pintado de camuflaje marrón y verde se destaca como un diamante de plástico sobre el fondo verde.

“Antes en Timba no había nadie. Primero controlaron los de la guerrilla. Luego las autodefensas. Las cosas han cambiado mucho, por aquí.”, comenta un anciano desdentado y luego advierte que la chiva a La Esperanza acaba de llegar: un bus sin puertas, con bancas de extremo a extremo, de madera vieja y espuma desgastada. En la terraza viajan bultos de comida estrangulados, electrodomésticos, algún niño y muchos panales de huevos.

En la algarabía no faltan contratiempos. De camino a La Esperanza una niña grita que detengan la chiva. Su madre se perdió. “Ella sabe en dónde quedarse, señora”, le responde el chofer a una turista angustiada. Es la ley de la vida en estos pueblos.

Kilómetros adelante el sol es grueso. El camino es de piedras desparejas, hirientes. La chiva salta sin piedad, busca otros aires. Una señora de expresiones duras, como si la vida le debiera algo, de vez en cuando observa a un turista como si se tratase de un espía. En esta zona del país es correcto dudar. Según reportes de La Asociación de Cabildos Indígenas del Cauca, en el 2015 registraron más de cinco indígenas muertos en el municipio de Suárez, próximo a Buenos Aires, y al menos quince muertos en Timba Cauca.

Conforme la chiva escala las montañas, hay, sobre todo, un calor húmedo que te hace los huesos plastilina. Por el camino pasan bicicletas, motos, algún camión, tres burros y cada tanto aparece una casa de paredes agrietadas como piel de elefante africano: son edificaciones mal logradas de bareque, un material utilizado en la construcción de viviendas, compuesto de cañas o palos entretejidos y unidos con una mezcla de tierra húmeda y paja; al interior: algún almanaque del Sagrado Corazón de Jesús. En esta zona del país es preciso creer en algo.

Parece que los viajes impedidos por la toma de armas en la carretera, la voladura de un puente o una alcantarilla, son pesadillas de otras noches. Los tiempos de posconflicto han permitido incluso que un veterano, moreno y de canas suaves, venda piñas en alguna parte del camino. Aquí la chiva se detiene. “Dame una, te la pago luego”. “¡Atienda primero a las mujeres!” “Juan Carlos, una de mil, sin pelar”.

A pocos minutos de La Esperanza, el motor de la chiva recibe un baño que levanta un vapor grueso de olores contrastados. Y al fin, cuando la flota atraviesa entre las nubes alturas de más de cuatro mil metros antes de caer al valle, se ve la entrada a la vereda, luego casas bajas, mucho polvo, secuelas de una guerra.

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“Luego del atentado de abril de 2015, aquí subieron todos los medios de comunicación nacionales”, recuerda Roberto Yonda, el pastor. “Luego preguntaron que a dónde estaba el sacerdote. Les dijeron que aquí no había sacerdote. Entonces me mandaron a llamar. Me dijeron que, si podía orar por los muertos, a las 9:00 de la mañana, para que saliera en las noticias. Yo les dije que yo no oraba por los muertos, sino por los que tenían el privilegio de seguir vivos”, afirma.

Roberto Yonda anda por los cuarenta. Es de descendencia indígena, con ojos rasgados que parecen conocer el otro lado de las cosas. Su nariz es afilada, el pelo corto como un militar y el bigote a medio nacer. Él, como la mayoría en la vereda, guarda el ademán de aquellos hombres que se han acostumbrados a lidiar con el campo. Su hermana sirve un tintico sin azúcar y sonríe.

“En esos días se hablaba mucho del desplazamiento y nosotros antes del 2000 habíamos vivido eso”, continúa Yonda. “Yo les dije a los aldeanos que tomáramos nuevas fuerzas y que nos quedáramos aquí. No sé, si nos van a acabar, pero quedémonos, les dije a todos.”

Historias más amargas que el café.

Por aquellas épocas, Piedad Córdoba, funcionarios de Popayán y concejales de Timba (Cauca) fueron floreciendo, impasibles, atraídos por la opinión pública. Luego felicitaron a los aldeanos por el coraje de aferrarse a La Esperanza a pesar del caos. Lo que desconocían algunos es que, en ese tiempo, gran parte de los lugareños deseaban irse a algún lugar; a morir en otra parte.

“Pero igual no teníamos a dónde irnos”, agrega Edith Yonda, la mujer del tinto.

La iglesia Cristo la Única Esperanza fue fundada a mediados de 1980 por misioneros Anabautistas. Es la primera en el pueblo y fue construida en una época en que la fe escaseaba. Este lugar, apodado por los aldeanos “Recinto de Paz”, permite renovar la fe de más de 500 personas al año, de las 600 que dispone la vereda.

Interior de la Iglesia La Esperanza (Cauca)

“Cuando estábamos en esa situación tan difícil nosotros sabíamos que los evangélicos estaban orando por nosotros para que no nos fuera a pasar nada.”, comentará luego un campesino al observar el polideportivo en donde ocurrió la masacre del 14 de abril del 2015.

A causa del incidente y gracias a la participación de líderes del corregimiento El Porvenir, la vereda La Esperanza se distingue. Muchos lamentan que ésta sea la forma de visibilizar las voces del conflicto, pero en esta zona montañosa  del Cauca no se goza de muchos privilegios.

Las calles del pueblo son inquietas. Las casas están marcadas con agujeros calibre 7,62 mm. Las viviendas: algunas con ventanas, otras sin el privilegio de la vista. El suelo es polvoriento. El clima: fresco y sosegado, con un sol que muerde al medio día. Aquí, al menos 200 familias han sobrevivido a las causas del conflicto armado, a las bombas, a las minas. Se dice que, durante los tiempos del conflicto armado, los caminos hacia los cafetales, acueductos y viviendas, estaban rodeados de cables que activaban dinamitas, minas antipersona. Cuando algún miliciano se llevaba a un campesino para “charlar”, les advertían que siguieran sus pasos, para no perder un pie en el camino.

Emer España, un hombre menudo, con cara estrecha y bigote prolongado, campesino de antaño y miembro del gremio de cafeteros del Cauca, afirma que “ahora puede caminar más tranquilo uno, aunque a veces da miedo, todavía.”

Esa noche hay un silencio prolongado. El cielo es limpio. Al fondo se escucha un bolero que proviene de una discoteca abandonada, sucia. Dos niños discuten quién debe ir a dormir primero. Los aldeanos esta vez duermen en paz.

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De camino al polideportivo es posible cuestionarse: ¿cómo pueden los niños jugar con sus padres en donde alguna vez La Esperanza moría a disparos?

El polideportivo sirvió de base aérea para las Flotas Colombianas de Helicópteros BlackHawk hace mucho tiempo. Se encuentra en la parte más alta de la vereda. La visibilidad del lugar obligó a los militares a asentarse para monitorear, luego para jugar fútbol, después para tomar alguna bebida refrescante. Actividades que violaban el Derecho Internacional Humanitario al ser un espacio civil.

Ahora se escucha en el silencio voces de un lamento que conversan con las risas de los niños. Las rejas metálicas que cercan la cancha reciben un balón de futbol: goles de esperanza, aunque en otro tiempo recibieron trozos de carne militar. Tres jóvenes observan el horizonte reposado, y entre vista y vista, distinguen una montaña boscosa, un cementerio de otros muertos, desde el cual los guerrilleros soltaban ráfagas de largo alcance. En el suelo del polideportivo: 15 agujeros de granadas olvidados con cemento, rasguños de proyectiles que dejaron su huella en el acero ya oxidado. En alguna parte, sobre un pastizal, un fragmento del techo que quedó.

Ahora el polideportivo esta reconstruido, con un techo nuevo, graderías de ladrillo color ocre, baños y salones cuadrados. “Tardó mucho tiempo quitar la sangre del suelo”, dice Yonda con voz paciente.

Al bajar de aquel lugar, muchos niños juegan escondite. Juegan todo el tiempo. Sin escuela en dónde formarse —porque a los profesores les espanta la idea de subir a La Esperanza—, Santiago, el hijo de Edith Yonda y con tan solo 8 años, ya se forma en el campo como futuro cafetero o cocalero. Aquí el pasatiempo es recoger granos de café en las fincas o jugar al escondite. Hace muchos años, los aldeanos que tenían suerte terminaban la primaria. Hoy la escuelita, cuyo nombre es igual que la vereda, no muestra esperanza para los más de 280 niños que viven en el pueblo. El tema de la educación es un juego de ajedrez. La noche anterior lo explicaba Sandra Milena Guasaquillo, docente del Kiosco Vive Digital de grado cero, y los oyentes dudaban entre escucharla o desmayarse de una vez por todas:

“Desafortunadamente no tenemos el personal suficiente para cumplir la tarea. Si bien es cierto hemos tenido respuestas satisfactorias como es el aval para la educación secundaria, nos falta personal calificado para trabajar. Hay cinco salones y en ocasiones dos cursos se unen para ver clase de matemáticas y español. 280 estudiantes es mucho para unos pocos docentes.”

Quizá Santiago y otros niños no comprendan todavía por qué su Icfes será el más bajo del país, pero algo es cierto: jugando escondite de lunes a domingo no se obtienen muchas oportunidades en Colombia. Los acuerdos en la Habana entre las Farc y el Gobierno representarían el despertar de un nuevo día para La Esperanza, según explica el concejal del municipio de Buenos Aíres, Alexander Guasaquillo, quien a su vez imparte clases de matemáticas y español en sus tiempos libres.

“Pero no escuchar balas no es vivir en paz. Aquí preferimos educación, inversión social”, reflexiona Sandra Gasaquillo, quien ahora habla del incierto futuro de su hija.

Según los habitantes de la vereda La Esperanza, el secretario de educación de Popayan, Elías Larrahondo Carabalí, ha pedido una prorroga debido a las diversas gestiones que están haciendo en todo el municipio. Sin embargo, para los padres de familia de La Esperanza, impedir el derecho a la educación es otra forma de violencia.

A pesar de eso, luego de unas cuántas tazas de café, sin azúcar, un grupo de campesinos confiesa que no se irían de la vereda, que la vida en la ciudad es dura y que los aldeanos son generosos, porque el campo ha sido generoso con ellos.

Sandra Milena Guillimue, mujer corpulenta, de 34 años y con cuatro hijos, comenta que en el campo todos son desprendidos, como una familia, cosas que, a pesar de la violencia y la falta de oportunidades educativas y sociales, carecen en una ciudad.

Después de tantas noches de sangre, los habitantes de la vereda se aferran con La Esperanza a un mejor mañana, con el aura de aquellos que han esperado toda una vida.

*Harold Cortés hace parte del semillero de periodismo de El País.