"Victoria Sandino", la líder feminista de la Farc

Nació en Tierralta, Córdoba. Es periodista y como tal asesoró a Alfonso Cano. Al llegar a La Habana a integrar el equipo negociador promovió, junto a otras guerrilleras, una iniciativa de feminismo fariano. Ella y Pastor Alape coordinan la implementación del acuerdo de paz.

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Victoria Sandino creó, junto con otras mujeres, la plataforma Mujer fariana. / Archivo El Espectador.

A los 13 años, con esa rebeldía que le picaba en el cuerpo, Judith Simanca ingresó a la Juventud Comunista. En su tierra, Córdoba, se vivían tiempos convulsos por aquellos años 80. Las luchas por la tierra desencadenaron la persecución de los líderes agrarios que estaban consolidando un movimiento sólido. La guerra tocaba las puertas de los campesinos todos los días y su familia -eran cuatro hermanos- se tuvo que desplazar. La vida la llevaría por otros caminos antes de irse al monte. Sus inquietudes la llevaron a trabajar con las Farc desde la clandestinidad y a estudiar periodismo en Bogotá. Le tocó adaptarse a la capital, mientras cumplía con las tareas de la universidad y las que le imponía la organización. Así logró graduarse y llevarse equipos y conocimientos para el monte.

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“Mi trabajo en las Farc estuvo orientado a la parte política, en asuntos de mujeres, con el movimiento sindical y el estudiantil. Me dediqué al trabajo que llamábamos de propaganda, que era hacer documentos, videos, elaborar las revistas, trabajar en la radio, en la formación de camarógrafas de guerra”, recuerda.

Así llegó hasta Alfonso Cano. Durante los diálogos del Caguán estuvo asesorándolo en las pocas entrevistas que le daba a la prensa. En lo que más trabajó fue en el lanzamiento del Movimiento Bolivariano, el gran sueño de Cano, al que le dedicó gran parte de últimos años de vida en la insurgencia.

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Su atuendo, siempre colorido y con llamativos turbantes, no la deja pasar desapercibida. Tampoco sus carcajadas y su “costeñidad”, pero es de lágrima fácil. Y llora cuando recuerda su llegada a La Habana, el 6 de abril de 2013 a las 6 de la tarde. “Fue un choque tremendo, yo venía del Tolima, de Roncesvalles. Yo no quería viajar; tenía planes con la tropa; habíamos tenido en 2012 una reunión de comandantes en el área, y teníamos un compromiso inmenso como un homenaje a Alfonso Cano, nuestro comandante asesinado”.

Y llora recordando lo mucho que lloró antes de subirse al helicóptero, y lo mucho que lloró durante ese largo viaje antes de que el calor y el sopor de isla la golpeara con fuerza, luego de despegar a 3.900 metros de altura sobre el nivel del mar. Sentía que, literalmente, la habían arrancado de la montaña.

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Se sorprendió con el agite de la delegación fariana. Todos corrían con documentos de un lado a otro, con reuniones y tareas que los ocupaban desde muy temprano hasta la media noche. Al llegar le informaron que debía integrarse a la mesa de negociación para trabajar con los plenipotenciarios. Allí le tocó participar en la comisión de redacción, que era justamente la encargada de redactar el documento final que sería el Acuerdo de Paz, junto a Sergio Jaramillo y Elena Ambrosi, entre otros.

“Encontré una fuerte hostilidad hacia las mujeres por parte de la prensa. Nos daban un trato denigrante. De Alexandra (Tanja Neijmeier) decían que era la vedette, que era la mujer de fulano y zutano, de otras decían que parecían modelitos; alguien dijo incluso que parecían chapolas, esos bichitos que se pegan a la luz. Las muchachas se sentían mal y no había sensibilidad colectiva ni una estrategia para cambiar eso”, recuerda adolorida.

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Fue ahí donde decidió, que además de su trabajo en la mesa, utilizaría sus conocimientos en manejo de imagen y de prensa para cambiar la situación. Reunión y motivó a las mujeres. Empezaron a estudiar con más conciencia los documentos del acuerdo, leyeron sobre feminismo, sobre las luchas de las mujeres en Colombia, trabajaron para perderle el miedo a los medios de comunicación, crearon Mujer Fariana, una página web que expresaba el sentir de las guerrilleras.

“Ya habíamos aprendido a competir por igualdad en la guerra, pero cuando llegamos acá los roles cambiaron y nos quedamos paralizadas”, analiza. Por eso hizo un mayor esfuerzo en estructurar un discurso político en las mujeres, para que ellas leyeran, escribieran, y se atrevieran a dar en público sus opiniones sobre el proceso.

“Había una realidad que transformar. Cuando los medios abordaban a una guerrillera siempre le peguntaban cómo era la vida en el campamento, cómo era el tema del aborto, de las relaciones de pareja. Cuando entrevistaban a un hombre las preguntas eran distintas, siempre orientadas por lo político”, recuerda. Y aprovecharon que en la isla estaban varias comandantes que tenían más de 30 años en la guerra y muchas jóvenes farianas.

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Se levantaban siempre más temprano que los hombres, a las 4 de la mañana, estudiaban hasta las 5:30, hora en que todos se empezaban a alistar para ir el centro de convenciones donde se realizaban las negociaciones. Hicieron talleres de género que Victoria y Olga Marín, otra comandante con muchas inquietudes sobre los derechos de las mujeres en la guerrilla, dirigían mientras las dos estudiaban una maestría del tema, a distancia, con una universidad en España.

Pero, además, Victoria y Olga tuvieron que explicarles a los comandantes lo que estaban haciendo. Dieron muchos debates con los hombres del secretariado explicando que sus ideas feministas no iban en contra de los objetivos revolucionarios del movimiento. Algunos de sus jefes las apoyaron, otros nunca entendieron.

En medio de esas discusiones nació la subcomisión de género a instancias de la mesa de negociación. Llegaron dos mujeres plenipotenciarias por parte del gobierno, María Paulina Riveros (hoy vicefiscal general de la Nación y Nigeria Rentería) y las guerrilleras decidieron que era el momento de juntar esfuerzos con ellas para trabajar buscando que el acuerdo incluyera una perspectiva de género.

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Llevaron a La Habana a las organizaciones de mujeres para conocer su trabajo y aprender de sus luchas en Colombia, escucharon expertas que iban de otros lugares del mundo para entender cómo debía incorporarse la perspectiva de género en el acuerdo, trabajaron incluyendo ese enfoque de género en los tres primeros borradores de acuerdos que ya se habían redactado.

Su figura se convirtió en un referente de las mujeres en las Farc. No solo por su forma recia de defender sus puntos de vista, por participar en la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación del Acuerdo de Paz, CSIVI, sino porque logró hacer visible esa lucha silenciosa que las mujeres llevaron dentro de la guerrilla.

A su regreso a Colombia, luego de la firma del Acuerdo Final, Victoria siguió con esa lucha dentro la organización, hoy convertida en partido político, para que las mujeres sean reconocidas como sujetos políticos y avancen conquistando las posiciones de poder que no lograron ganar cuando hacían la guerra, de igual a igual, con los hombres.