Ha habido desde aplausos a Gaitán hasta tomatadas a Lleras

Universidad Nacional: ¿sede de la paz?

El claustro quiere ser el escenario de la firma del acuerdo final entre el Gobierno y las Farc, y tiene los pergaminos para serlo: pocas instituciones como esta han marcado la historia del país.

unacional.jpg

La Universidad Nacional en la historia política del país es cuna de ideas, movimientos y líderes.

Luego de que el Gobierno y las Farc anunciaran el cese el fuego definitivo, la firma de un acuerdo final de paz se ve a la vuelta de la esquina. Y aunque se haría en Colombia, aún no se sabe específicamente dónde. Escoger el sitio no es un detalle menor, en especial desde lo simbólico. Por eso Ignacio Mantilla, rector de la Universidad Nacional, pidió que el claustro más importante del país albergue este acto. Y para reforzar su sugerencia se refirió a las palabras del presidente Juan Manuel Santos a Timoleón Jiménez: “Las balas escribieron nuestro pasado. La educación, nuestro futuro”.

El protagonismo de la Universidad Nacional en la historia política del país es innegable, como cuna de ideas, movimientos y líderes. Incluso fue la primera plaza política de personajes como el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, quien el 29 de octubre de 1924 presentó en público su examen final para graduarse como abogado. Entonces, la joven promesa del derecho ya tenía una fama incipiente en la universidad, que se había ganado a punta de discursos. Por eso el salón donde lo evaluaron estuvo lleno de sus primeros admiradores. La exposición fue aplaudida y replicada en la prensa, aunque no faltó quién lo rotulara de comunista.

Su nombre volvería a figurar en este escenario años después, a su regreso de Italia. Gaitán fue uno de los que denunciaron la Masacre de las Bananeras, ocurrida en diciembre de 1928 en Ciénaga (Magdalena). Precisamente, el asesinato de los trabajadores de la United Fruit Company a manos del Ejército fue un detonante de las manifestaciones de los estudiantes de la Nacional.

El 8 de junio de 1929 se movilizaron en contra del gobierno del presidente conservador Miguel Abadía, en una jornada que marcó la historia del movimiento estudiantil por la muerte de Gonzalo Bravo, un alumno a quien, en medio de la protesta, lo alcanzó una bala.

En 1954, los estudiantes asumieron el liderazgo de las movilizaciones contra la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla. El 8 de junio de ese año, pese a que el Gobierno había negado el permiso para marchar, protestaron para conmemorar la muerte de Bravo. La manifestación de nuevo derivó en la muerte de un estudiante: Uriel Gutiérrez. Al día siguiente, cuando insistieron con otra marcha, nueve estudiantes más fueron asesinados en un choque con la Fuerza Pública.

Pero no dejaron de manifestarse contra Rojas Pinilla. En 1957, la movilización encabezada por alumnos de la Nacional, junto con algunos gremios, aclimató la creciente resistencia al mandatario, quien finalmente renunció el 10 de mayo de ese año.

La década siguiente la marcó el surgimiento de las guerrillas comunistas. En la universidad, las ideas marxistas se extendieron y varios protagonistas de la vida universitaria repercutieron en el rumbo del país: el cura Camilo Torres, fundador de la Facultad de Sociología, quien terminó en las tropas del Eln; el rector Gerardo Molina, querido por los estudiantes, congresista por el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) y candidato presidencial por el movimiento de izquierda Firmes, y Eduardo Umaña, el académico más influyente en la universidad en las últimas décadas y bastión ideológico del MRL.

Cada hecho, como la Revolución Cubana, el Frente Nacional o el presunto fraude en las elecciones presidenciales de 1970 (en las que ganó Misael Pastrana), tenía respuesta en los pasillos de la universidad. En medio de su hervor ideológico, el campus fue escenario de varios episodios memorables.

El 26 de octubre de 1966 el presidente Carlos Lleras Restrepo llegó allí con Nelson Rockefeller (multimillonario y luego vicepresidente de Estados Unidos) a inaugurar un edificio, pero los recibieron con una lluvia de tomates, piedras y arengas contra el imperialismo, según relata el profesor Ciro Quiroz en su libro La Universidad Nacional en sus pasillos.

Del rechazo de los universitarios tampoco se salvó Luis Carlos Galán, en 1972, cuando era ministro de Educación. Eran tiempos en los que los estudiantes reclamaban que la institución fuera cogobernada entre ellos y el Ejecutivo. Al asistir a un encuentro con los alumnos, el ministro dejó su carro oficial, un Mercedes Benz, parqueado en el campus. Los estudiantes lo incendiaron, episodio que provocó, una vez más, la entrada del Ejército.

Sin duda, ese campus no ha sido un escenario fácil para representantes de los gobiernos de la última mitad de siglo. Pero, en particular, la plaza más temida ha sido el auditorio León de Greiff, donde el hoy rector Mantilla propone que se firmen los acuerdos de paz con las Farc.

En la noche del 27 de julio de 1973 se inauguraba ese auditorio. La Orquesta Filarmónica de Colombia fue la encargada. Apenas comenzó el concierto arreciaron las consignas: “Queremos educación para los niños, no cultura burguesa”, “queremos música nacional, no queremos música burguesa”. “Se armó el debate y el concierto quedó a medias”, cuenta Quiroz en su libro.

Dos décadas después, en abril de 1994, se daría uno de los episodios más recordados. Antanas Mockus y Enrique Peñalosa eran candidatos a la Alcaldía de Bogotá y se presentaron a un debate en el León de Greiff. En medio de los chiflidos, les lanzaron, con tino certero, excremento de vaca. Mockus terminó encuellando a un estudiante que se subió a la tarima a interrumpirlo.

El 28 de enero pasado los objetos de la rechifla fueron el presidente Santos, el negociador Humberto de la Calle y la ministra de Educación Gina Parody. Fue el primer presidente en ir al auditorio. “Me recomendaron que no viniera a la universidad, mucho menos al León de Greiff, pues de allá nadie sale vivo, sobre todo los presidentes”, dijo Santos.

Ahora, la propuesta es que ese escenario sea el de la firma del acuerdo final de paz. Es apenas una iniciativa que, pese a tener fundamentos en el valor simbólico y en la historia, podría quedarse en una mera petición, como lo considera Víctor Manuel Moncayo, profesor emérito de la universidad.

“Sería un buen gesto, porque la universidad es sitio de pluralismo y un espacio crítico, pero hay que entender que las Farc tienen su propia historia. Ellos querrán algo más ligado a las regiones, a la Colombia profunda, no una cosa urbana, capitalina”.** 

Pero el papel de la universidad va más allá de ser una posible sede de la firma. En una conferencia dictada en julio del año pasado, el profesor de sociología Carlo Tognato aseguró que la estigmatización que recae sobre la Nacional, como un lugar cómplice de la violencia, no refleja la pluralidad de su comunidad. Sin embargo, agregó que para cumplir con su función histórica tras los acuerdos, la universidad tendrá que reflexionar sobre su papel en la guerra. “Sólo mediante dicho ejercicio y mostrando que ellas mismas (las universidades) han dicho adiós a la guerra, podrán tener la autoridad para orientar al resto de la sociedad en esa dirección”. 

Eso implica varias cosas, aseguró: “El cese de la violencia en los campus universitarios por parte de los grupos violentos; un debate público sobre quiénes han beneficiado de ese dispositivo de la violencia (…) un reconocimiento voluntario por parte de los miembros de las comunidades (…) del papel que puedan haber tenido a lo largo de la guerra”. Así no sea la sede de la firma del acuerdo final, la Nacional está llamada a ser protagonista del posacuerdo. 

*@jflorezs

**En la versión del periódico impreso esta cita está atribuida a Leopoldo Múnera, exvicerrector de la Universidad Nacional. Sin embargo, corresponde al profesor emérito Víctor Manuel Moncayo, como se corrigió en esta versión digital.