“Se trata de cambiar las balas por votos”: embajador de Alemania

Günter Kniess explica el apoyo que presta su país al proceso de paz y cómo la experiencia alemana después de la Segunda Guerra podría servir para el contexto colombiano. Alemania entregó US$300 millones como aporte para el posconflicto.

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Günter Kniess, embajador de Alemania, explica el apoyo que presta su país al proceso de paz
Günter Kniess, embajador de Alemania en Colombia, explica el apoyo que presta su país al proceso de paz
Archivo El Espectador

¿Cómo ha sido el respaldo de Alemania al proceso de paz?

Creo que terminar un conflicto armado siempre es muy positivo. Y en este caso lo vemos así también porque la terminación del conflicto armado significa liberación de recursos, liberación de energías. Hemos nombrado un enviado especial para el proceso (Tom Koenigs). Estamos en la cooperación oficial desde hace muchos años, no sólo con las Farc sino también la desmovilización de las Auc, apoyando a la Fiscalía y la restitución de tierras y a los desplazados. Eso lo seguiremos haciendo. Tenemos recursos importantes de cooperación técnica y financiera, préstamos programáticos dedicados a eso. Son tres préstamos, cada uno de US$100 millones.

Alemania ya apoyó un proceso con el Eln en los años 90. ¿Cómo ve las posibilidades de diálogo con esta guerrilla?

 

Por entonces se necesitaba apoyo, no hicimos mediación. Lastimosamente no prosperó y desde entonces estamos en veremos. Tal como con las Farc, es necesario. Porque es otro elemento muy importante para terminar el conflicto armado, y ojalá se dé pronto. De ese modo se terminan las razones ideológicas del conflicto y se utilizan los recursos liberados para combatir el déficit.

¿Cuáles son los frentes específicos en los que trabajará Alemania en el posconflicto?

Los préstamos ya están disponibles. Estamos trabajando en eso sin que haya una firma del acuerdo, porque sabemos que en todo caso son tareas necesarias de construcción puntual de paz. Trabajamos desde la cooperación oficial en asuntos humanitarios, de desminado, de apoyo a la población vulnerable. Y no es sólo la cooperación oficial, sino también con las organizaciones civiles.

¿Cree que las Farc tienen un futuro político?

Bueno: de eso se trata. De cambiar las balas por votos. Y terminar un conflicto armado significa abrir el campo político para los exguerrilleros, los exarmados. Claro, de por medio está un proceso de desmovilización y desarme: ya tenemos la resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que da las bases para un monitoreo internacional. No va a ser fácil.

¿Las Farc deberían pagar cárcel u otro tipo de condena?

Tenemos la justicia transicional. Es una situación de dilema: por un lado está la sociedad, están las víctimas, que están exigiendo penas duras, estrictas. Por otro lado está la necesidad de llegar a la paz. En una situación de negociación. Quien negocia, difícilmente va a pactar su entrada a la cárcel. Hay que encontrar un equilibrio entre la justicia y la paz, y también considerando la verdad. Se ha encontrado un mecanismo bastante refinado, bastante detallado, en estos 75 puntos que sirven como código penal transicional, para conciliar las exigencias.

Ese proceso lo vivió Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué podría aprender Colombia de ese posconflicto?

En Alemania hay dos procesos de justicia transicional. Primero, después de la Segunda Guerra Mundial hubo los juicios de Núremberg, que fueron condenas drásticas para una pequeña parte de la cúpula. Incluso pena de muerte. Después hubo una cierta época, varias décadas, de amnesia y olvido. Hasta que en los años sesenta empezó, con la acción de unos fiscales muy valiosos, la tarea de ver dónde estaban los otros culpables que seguían libres. Y empezaron los llamados juicios de Auschwitz. Lo recuerdo bien, tenía como catorce años. Con gran atención del público alemán se describían los horrores, los crímenes que se habían cometido. Y yo me pregunté: ¿cómo pudo pasar esto? ¿Qué ha hecho la generación de nuestros padres? Y eso llevaba a un gran cuestionamiento de la generación de los padres, de la generación de la guerra, y aparte de la cuestión de los juicios (hubo muchas condenas) hubo una revaluación de esa época. Es decir, hubo una concientización de todo un pueblo por cuarenta años para llegar a eso. Y también para llegar al nunca más: es una convicción de la gran mayoría de los alemanes de que esto nunca más debería pasar. No me sorprende que en Colombia también tarde bastante tiempo para que sanen las heridas. Pero para que sanen, hay que inspeccionarlas de verdad. No tratar de dejar todo debajo del tapete.

¿Qué mecanismos utilizó Alemania para que no se repitieran las violaciones de derechos humanos?

Algo muy importante en nuestra Constitución, que se plasmó tras la guerra, fue que la dignidad del hombre es inviolable. En Berlín, cuando uno camina, hay placas en el suelo que recuerdan a las víctimas de Auschwitz. Pero también hay cosas como museos y monumentos. Por ejemplo, el monumento al Holocausto en el centro de Berlín. Una vez estuve en Oriente Medio y un amigo me dijo: “Entiendo que ustedes repararon al pueblo judío, lo que no entiendo es que hicieron de su culpa, de ese sentido de compasión, un monumento en piedra y concreto que dura hasta la eternidad. No lo entiendo”. Pero fue justamente eso: la voluntad del nunca más, que esté en el corazón del país un monumento que no pase desapercibido ni para los turistas ni para los alemanes. Es una cultura de la memoria.