Pablo Catatumbo, el ideólogo del Movimiento Bolivariano

Batalló al lado de Alfonso Cano y con él construyó las bases del Movimiento Bolivariano. Fue artífice de los contactos clandestinos que dieron inicio al proceso de paz, que culminó con el desarme. Ante la posible ausencia de Iván Márquez se erige como la cabeza de la bancada del partido Farc, del que es representante legal.

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Pablo Catatumbo Torres Victoria escogió su nombre de guerra en honor a su hermano mayor. / Nelson Sierra - El Espectador.

A los 22 años, Jorge Torres Victoria, como lo bautizaron sus padres al nacer en 1953, en Cali, tomó prestado, para ir a la guerra, el nombre de su hermano mayor: Pablo. Hoy, como nuevo senador de la República, a sus 65 años, usa un nombre que combina su pasado guerrillero y su presente como político: Pablo Catatumbo Torres Victoria.

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La decisión la tomó en el momento en el que se enfrentó a un delegado de la Registraduría en La Habana, Cuba, donde se terminaba de sellar el Acuerdo Final entre el gobierno y las Farc, y los miembros de la dirigencia de la todavía guerrilla accedían a una nueva cédula. “Decidí conservar mi nombre de guerra porque ya no me acostumbro al otro, dejé de usarlo hace muchos años. Y, además, porque quiero recuperar los apellidos de mis padres”, confesó en un apartamento en Bogotá, al calor de un café con endulzante de dieta.

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Jorge nació en un hogar de 10 hijos (8 mujeres y dos hombres), que tuvo que sacar adelante la madre ante la prematura muerte del padre en un accidente automovilístico a los 46 años. El hijo mayor, Pablo, con apenas 17 años, ocupó la figura paterna y tuvo que ir a trabajar para sostener a la familia. Edgar Lenis, próspero y conocido empresario del Valle, padrino de Jorge, les tendió una mano y le ofreció a Pablo trabajo y paciencia para enseñarle, además de un buen sueldo. Pero el muchacho resultó revoltoso e intentó crear un sindicato en la empresa.

“Eso fue en el año 66, mi hermano Pablo tenía unas ideas revolucionarias y cuando lo llamaron al orden insistió en que no renunciaría a sus ideales. Lo echaron. Y don Edgar, con su buen corazón, recibió a una de mis hermanas para suplir ese puesto. Pero lo mejor fue que mandaron a mi hermano a Carvajal, allá le dieron otra oportunidad, pero él volvió con sus ideas y don Manuel le dijo lo mismo. Otra vez lo echaron”, recuerda entre risas.

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El muchacho, lejos de calmarse, se radicalizó y mientras estudiaba las biografías de Camilo Torres y el Che Guevara, fue masticando una decisión que les cambiaría la vida a todos los miembros de la familia Torres Victoria: se fue a la guerrilla de las Farc.

Jorge tenía apenas 15 años y quedó muy impresionado con las decisiones que tomaba su hermano Pablo. Admiraba la consecuencia con la que actuaba y le pareció muy valiente eso de irse para el monte. “Yo ya estaba picado con el bichito de la rebeldía”, rememora el hoy senador por la Farc. Por eso se dejó envolver por el movimiento estudiantil de la época, entró a la Juco y “echó piedra”, sin abandonar la idea de seguirle los pasos a su hermano. “Ese vacío que me dejó era muy fuerte, él era como mi padre”, dice.

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Esa obsesión lo llevó a contactar al “Flaco”, como era conocido Jaime Bateman. Él había reclutado a su hermano y estaba seguro de que a través suyo lo encontraría. Así, a los 18 años, Jorge entró a la guerra. Tuvo que pasar algún tiempo para que se encontraran en alguna marcha por la región de Pato. “Fue un tiempo bueno, fuimos felices. Estuvimos con Bateman, Álvaro Fayad y Carlos Pizarro, toda la gente que después fundó el M19, pero yo no me fui con ellos. Yo pertenecía a la Juco, y por lealtad a mi hermano, que era marxista leninista, me quedé en las Farc”. La guerra los separó otra vez. El hermano mayor se fue para Caquetá y Jorge para el Cauca.

“Por ahí en el año 75, me enteré de que tuvo un accidente en el río Pato y se ahogó por tratar de salvarle la vida a su compañera. Fue muy duro”. Ese día decidió llamarse Pablo Catatumbo.

Y con ese nombre ascendería en la guerrilla hasta llegar al secretariado de las Farc, la máxima instancia de dirección de ese grupo. Sobrevivió a varias guerras, además de la que le declaró al Estado colombiano: una que libraron contra los ejércitos de Pablo Escobar y otra contra los paramilitares que incluso afectó de manera grave a su familia. Carlos Castaño, máximo comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), secuestró a su hermana, Yanet, a quien tiempo después, como retaliación a la arremetida guerrillera que lideraba Catatumbo, entregó descuartizada. 

Otros familiares de los jefes de las Farc padecieron el secuestro a mano de los paramilitares y la familia Torres Victoria decidió exiliarse. Tendrían que pasar 38 años para Catatumbo pudiera volver a ver a su madre, en La Habana, mientras él negociaba su desarme con el gobierno.

Su amigo de andanzas e ideologías siempre fue “Alfonso Cano”. De hecho, meses antes de su muerte estuvo con él en el Cañón de las Hermosas, entre los departamentos de Tolima y Huila, huyendo de la persecución militar que los traía agobiados y que llevó a Cano a refugiarse en norte del Cauca, donde finalmente murió, tras quedar herido en el bombardeo. 

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La última noche conversaron largo rato. “Al día siguiente me llamó —había un operativo militar muy grande— y me dijo: “Pablo, tenemos que separarnos. No podemos correr el riesgo de que caigamos los dos”. Ese es el último recuerdo que tengo de él. Nos abrazamos y nos despedimos”, rememora Catatumbo.

Con Cano estudiaron la historia de Simón Bolívar y sus hazañas, y por eso organizaron el Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, un proyecto político clandestino que buscó rescatar el pensamiento bolivariano y que fue el pilar de lo que las Farc denominaron “Ejército Popular o del Pueblo”. “Tal como lo soñó y construyó Bolívar”, me dijo algún día en 1999, en el caserío La Sombra, de San Vicente del Caguán, antes del lanzamiento. Finalmente lograron la misión que les habían encomendado: infiltraron organizaciones, universidades y fortalecieron el Partido Comunista Clandestino.

Con circular roja en su espalda, con los ojos del Departamento de Estado de Estados Unidos sobre él y, con la presión del Ejército que le respiraba en la nuca, Catatumbo recibió la carta del presidente Juan Manuel Santos, al comienzo de su primer mandato, para que se la remitiera al entonces máximo comandante de las Farc, “Alfonso Cano”. Tras la desaparición de su jefe, muerto en combate, Catatumbo siguió siendo el contacto directo del Gobierno que buscaba, de una vez por todas, sentarse a negociar con su enemigo histórico.

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En julio de 2013 llegó a la mesa de negociación en La Habana. Cuando se llegó a la discusión del punto tres de la agenda de diálogo, la mesa decidió crear la subcomisión técnica de fin del conflicto, integrada por militares y guerrilleros, y se acordó que Catatumbo y el general de la Policía Óscar Naranjo se dedicarían a buscar salidas a dos retos: combatir el paramilitarismo y otras formas de criminalidad y dar medidas de seguridad a los excombatientes. El objetivo: que no se repitiera el infortunio del exterminio de miles de militantes de la Unión Patriótica.  

Catatumbo, además de participar en varios actos de perdón y reconciliación con los familiares de los 11 diputados del Valle que él ordenó secuestrar y que murieron en cautiverio, bajo su responsabilidad, ha participado en encuentros del mismo tipo con excomandantes de las AUC. Y en octubre del año pasado, a instancias de un conversatorio de Colombia2020 en Cali, protagonizó un emotivo encuentro con Fredy Rendón Herrera. Allí se dieron la mano, reconocieron sus errores, pidieron perdón y sellaron un pacto para aportar a la verdad en el nuevo sistema de justicia transicional.

Pablo Catatumbo tiene, según informaciones de la Fiscalía, 41 procesos judiciales en su contra por delitos como terrorismo, rebelión, reclutamiento, homicidio, secuestro y narcotráfico.