Óscar Naranjo y Pablo Catatumbo

Los hombres que acordaron acabar con el paramilitarismo

El “mejor policía del mundo” y el ideólogo del Movimiento Bolivariano de las Farc discutieron durante un año el acuerdo sobre medidas de seguridad para los excombatientes y el combate al crimen organizado.

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El general Óscar Naranjo, por parte del Gobierno, y Pablo Catatumbo, comandante de las Farc, negociaron el fin del paramilitarismo y la seguridad de los exguerrilleros./ Archivo

 

Estos son los perfiles de los dos hombres que algún día se enfrentaron en medio de la guerra y que hoy, por cuenta del proceso de paz, terminaron sentados pactando dos de los temas que históricamente han frenado el fin del conflicto: la amenaza paramilitar y las garantías para que los exguerrilleros puedan hacer política sin miedo a ser exterminados.

Desde esas orillas de la guerra, conocieron por dentro los dos temas que negociaron durante un año en La Habana y que hacen parte del punto 3 de los acuerdos de paz, el del fin del conflicto.

Óscar Naranjo y su lucha contra los narcos

De escribir inéditos reportajes judiciales que llevaba a las clases de periodismo en la Universidad Javeriana de Bogotá pasó a las aulas de la Escuela General Santander para iniciar su curso de subintendente. Su cercanía a los movimientos de su padre, el general Francisco Naranjo, lo incentivó inicialmente por el periodismo durante un semestre. Pero el infortunio de localizar asesinado al líder sindical José Raquel Mercado, secuestrado por el M-19, decepcionó sus aspiraciones en esa profesión y un mes después del hecho, en mayo de 1976, decidió hacer carrera de policía.

Luego del retiro de su padre de la Dirección Nacional de la Policía, Naranjo se convirtió en capitán y entró a fortalecer el bloque de ataque contra los narcotraficantes que preparaba el ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla. Desde entonces no se ha ausentado de esa obsesión, a pesar de que se retiró de la institución hace cuatro años (cumplió 35 años de servicio). Esa tarea lo ha puesto en el banquillo de los homenajeados y, en momentos, en el de los cuestionados generales del país.

En esa lucha comandó las capturas de Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela y de Hélmer Pacho Herrera, la recaptura de Don Berna y el hallazgo de las caletas de Juan Carlos Ramírez, alias Chupeta, entre otros narcotraficantes, y también tomó decisiones en los bombardeos que dieron de baja a los comandantes de las Farc Raúl Reyes, Mono Jojoy y Alfonso Cano.

En 2006 su hermano menor, Juan David Naranjo Trujillo, fue capturado por las autoridades alemanas por vínculos con el narcotráfico. Ahí quiso dar un paso al costado de la Dirección Nacional de Policía, pero el entonces presidente, Álvaro Uribe, frenó sus intenciones de renunciar.

Luego, en 2014, fue nombrado por el presidente de México, Enrique Peña Nieto, como su asesor en seguridad. Los opositores del Gobierno lo acusaron de haber alentado la creación de las autodefensas en el estado de Michoacán, cuyas acciones derivaron en enfrentamientos armados con el crimen organizado y policías federales.

Así superó varias tormentas y hasta ahora la justicia ha estado a favor de su historia en contra del crimen, esa que empezó cuando se convirtió en pieza clave para desarticular el cartel de Medellín y desembocó en la muerte de Pablo Escobar Gaviria, el capo de capos. Luego fue determinante, bajo el mando del general Rosso José Serrano, en el plan que desmoronó el imperio del cartel de Cali.

Antes de llegar a la Dirección Nacional de la Policía, Naranjo pasó por la Dirección de Inteligencia, estuvo al frente de la Policía Judicial y en diciembre de 2005 ascendió a brigadier general. Ya en el gobierno de Álvaro Uribe, el 16 de mayo de 2007, alcanzó el más alto rango de la institución castrense. En 2012 se retiró de la Policía y se convirtió en asesor en cuestiones de inteligencia y empezó a apoyar el proceso de paz. Antes, en 2011, ya había recibido el reconocimiento como mejor policía del mundo y había dado señales de que su intención era contribuir a terminar el conflicto del que él fue protagonista. Entre sus discursos había dicho que “toda decisión que tomemos, todo lo que esté a nuestro alcance, será finalmente para que la vida derrote a la muerte”.

En noviembre de 2012, el presidente Juan Manuel Santos lo nombró como uno de los negociadores plenipotenciarios del Gobierno en la mesa de negociación con las Farc, en La Habana (Cuba). El 14 de agosto de 2014 le entregó una tarea adicional: ser ministro consejero para el Posconflicto. Desde ahí, Naranjo, el mejor policía del mundo, está sentado dialogando con sus enemigos, a los que combatió durante toda su vida como uniformado.

Uno de ellos, a quien por orden de Uribe y Santos persiguió en la época de la política de seguridad democrática, fue Jorge Torres Victoria, alias Pablo Catatumbo, el cabecilla más importante de las Farc en el suroccidente del país y el mejor amigo del abatido máximo comandante de esa guerrilla Alfonso Cano. Desde agosto de 2015 se sentó a negociar con Catatumbo la manera como se iba a garantizar la vida de los excombatientes de las Farc y cómo erradicar de raíz el fantasma del paramilitarismo.

Pablo Catatumbo, el ideólogo del Movimiento Bolivariano

El hombre que ideó y planeó, junto al general Óscar Naranjo, las medidas de seguridad para los guerrilleros de las Farc que dejen las armas tras el proceso de paz, es tan curtido en la guerra que ha dicho que con el paramilitarismo cabalgando, la paz no será estable ni duradera. Días después de que llegó a reforzar la delegación de las Farc en Cuba, recordó la escena que protagonizó Manuel Marulanda, máximo comandante de esa guerrilla, en una conversación con el entonces presidente Andrés Pastrana durante el proceso de paz del Caguán: “¿Qué hay que hacer para que hagamos la paz?, preguntó Pastrana y Marulanda le respondió: “Hay que acabar con los paramilitares”. “Ese fue el pacto de honor que ellos hicieron, pero Pastrana no hizo nada por eso”, comentó en Cuba a finales de 2013, al programa Los Informantes.

Cuando se llegó a la discusión del punto tres de la agenda de diálogo, la mesa decidió crear la subcomisión técnica de fin del conflicto para que se dedicara a la búsqueda de acuerdos sobre los siete subpuntos que lo integran. En esa instancia, integrada por militares y guerrilleros, se acordó que Catatumbo y Naranjo se dedicarían a buscar salidas a dos retos: combatir el paramilitarismo y otras formas de criminalidad y dar medidas de seguridad a los excombatientes. El objetivo: que no se repita el infortunio del exterminio de miles de militantes de la Unión Patriótica. 

Su nombre de pila es Jorge Torres Victoria, más conocido en el mundo de la guerra como Pablo Catatumbo. En marzo pasado cumplió 63 años y fue él quien recibió la carta del presidente Juan Manuel Santos, al comienzo de su primer mandato, para que se la remitiera al entonces máximo comandante de las Farc, alias, “Alfonso Cano”. Tras la desaparición de su jefe, muerto en combate, Catatumbo siguió siendo el contacto directo del Gobierno que buscaba, de una vez por todas, sentarse a negociar con su enemigo histórico. 

Los inicios de Catatumbo en la guerrilla también están marcados por la sevicia de la guerra protagonizada por el paramilitarismo. En tiempos en que la mafia era la ley en Medellín decidió integrarse a las filas del M-19. Entonces, fue torturado por Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha en la era en que los narcotraficantes fundaron el grupo MAS (Muerte a Secuestradores). Por eso no prolongó tanto su estadía en esa guerrilla y pronto regresó a su tierra natal, Cali, donde se sumó  a las Farc. Ya en el Valle del Cauca, Carlos Castaño, máximo comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), secuestró a su hermana, Yanet Victoria, a quien tiempo después, como retaliación a la arremetida guerrillera que lideraba Catatumbo, entregó descuartizada.  

Su amigo de andanzas e ideologías siempre fue Alfonso Cano. De hecho, meses antes de su muerte estuvo con él en el Cañón de las Hermosas, entre los departamentos de Tolima y Huila, huyendo de la persecución militar que los traía agobiados y que llevó a Cano a refugiarse en el norte del Cauca, donde finalmente fue abatido a bala tras quedar herido en el bombardeo. La última noche conversaron largo rato. “Al día siguiente me llamó —había un operativo militar muy grande— y me dijo: “Tenemos que separarnos. No podemos correr el riesgo de que caigamos los dos”. Ese es el último recuerdo que tengo de él. Nos abrazamos y nos despedimos”, rememoró Catatumbo.

Con Cano leyeron mucho de la historia de Simón Bolívar y sus hazañas, y por eso organizaron el Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, un proyecto político clandestino que buscó rescatar el pensamiento bolivariano y que es el pilar que soporta lo que las Farc llaman “Ejército Popular o del Pueblo”. “Tal como lo soñó y construyó Bolívar”, decía en 1999, aún en la clandestinidad, Pablo Catatumbo. Finalmente lo lograron: infiltraron organizaciones, universidades y fortalecieron el reconocido Partido Comunista Clandestino.

Con circular roja en su espalda, con los ojos del Departamento de Estado de EE.UU. sobre él y, aún con la presión del Gobierno de Álvaro Uribe, que lo perseguía a muerte, sobrevivió y finalmente, en julio de 2013 llegó a la mesa de negociación en La Habana. Casi 46 años después de estar combatiendo en el monte desde que se inició en el Partido Comunista y desde que la Juventud Comunista Colombiana lo envió a la Unión Soviética a estudiar el marxismo-lenininismo, junto a su amigo de siempre Guillermo León Sáenz, alias, Alfonso Cano.