“Los excombatientes tienen que tener acceso a la política”, investigador del conflicto colombiano

Marc Chernick, director del Centro de Estudios de América Latina de Georgetown University, habló con el Espectador sobre los retos del posconflicto.

marc.jpg

Marc Chernick, director del Centro de Estudios de América Latina de Georgetown University.
Marc Chernick, director del Centro de Estudios de América Latina de Georgetown University.
Andrés Torres

Marc Chernick es uno de los más respetados investigadores del conflicto colombiano a nivel internacional y desde muy joven ha sido testigo del curso que han tomado las diversas apuestas por la paz en el país. Ha sido profesor en los más prestigiosos centros universitarios, además de consultor de agencias internacionales como El Banco Mundial, el PNUD, USAID, los gobiernos de Noruega, Suecia y Suiza.

En diálogo con El Espectador habla del actual proceso de paz entre el gobierno y las Farc, la atención a las víctimas y el tema de desarme y reintegración de excombatientes.

 ¿Cómo llega a Colombia?

 Llegué a Colombia en 1980 en el preciso momento en que el M-19 se había tomado la residencia de la embajada dominicana. En esa época era un estudiante de posgrado y estuve en correspondencia con el embajador estadounidense sobre la posibilidad de hacer una pasantía cuando él fue tomado como rehén. La toma de la embajada dominicana resultó histórica. Por primera vez, el Gobierno abrió una especie de diálogo con la guerrilla para buscar una salida pacífica a la crisis y en la siguiente elección presidencial -entre Belisario Betancur y Alfonso López Michelsen- las campañas giraron alrededor del tema de la paz. Allí comenzó un largo proceso, difícil, con muchas expectativas, grandes rupturas y frustraciones que podrían estar llegando a su fin con los diálogos en La Habana, más de 30 años después.

P: Pero usted no se desconectó de la agenda del país y siguió estudiando…

R: Sí, mi tesis doctoral fue sobre las negociaciones de paz en la época de Belisario Betancur. Pensé que en realidad se iba a lograr un acuerdo en esa época. Lograron un cese al fuego bilateral y las Farc fundó un partido político, la Unión Patriótica, que participó en las elecciones de 1986. Pero por muchas razones que analicé en la tesis, y posteriormente en otros escritos, la paz no se logró. Ganaron los “enemigos de la paz agazapados dentro y fuera del Estado” para citar las palabras de uno de los primeros comisionados de paz, Otto Morales Benítez. De allí en adelante, he presenciado casi todos los procesos de paz, desde los diálogos en la Uribe (Meta), en la época de Betancur, hasta el presente.

P: ¿Qué características tiene el actual proceso de paz que no tuvieron otros?

R: En este momento lo que existe es voluntad política de las dos partes. Es algo que nunca habíamos visto. Lo que muestra una mayor coherencia y convicción por parte del Estado y por parte de las Farc. La aparición de las víctimas en la mesa de La Habana es algo nuevo que nunca había sucedido en los procesos de paz anteriores.

Sin embargo, las personas comunes y corrientes no entienden bien el proceso. No se sienten involucradas ni comprometidas. En la época de Betancur, había palomas pintadas por toda Bogotá y otras ciudades. Había teatro callejero en favor de la paz. El tema de la paz era novedoso y lleno de posibilidades. Hoy en día, uno no siente esto, algo entendible después de tantas frustraciones en los procesos anteriores. Hay un apoyo general sobre la idea de una salida negociada, según las encuestas, pero la gente no se siente parte del proceso. En las últimas elecciones presidenciales Santos logró levantar el tema y convertir la segunda vuelta en una especie de referendo sobre la paz, pero aun así, no logró explicarle al país por qué la paz tiene que pasar, necesariamente, por las negociaciones con la guerrilla en La Habana. En este momento hay partes de la sociedad civil que sí están involucradas, pero no la sociedad en general. Hay que involucrar no sólo las cabezas visibles de la sociedad civil, sino a toda la sociedad.

P: La elección de las victimas ocasionó la voz de protesta de los miembros del partido Centro Democrático ¿Usted qué opina al respecto?

R: Me parece que el presidente Juan Manuel Santos respondió bien en ese aspecto. Esta es una guerra con muchas caras, víctimas de los agentes del Estado, de la guerrilla, y de los paramilitares. Si vamos a terminar la guerra y construir la paz, hay que reconocer a las víctimas de todas las fuerzas involucradas. La idea de enviar a Cuba sólo a víctimas de las Farc no tiene sentido. Sería una forma de distorsionar el conflicto y la verdad, un poco como sucedió con la desmovilización de los paramilitares en la época de Álvaro Uribe. Creo que es positivo lo que está sucediendo en la mesa de diálogos de La Habana. Es importante que el país entienda el conflicto, que entienda sus raíces históricas y también que se conozcan los abusos y las violaciones cometidas por todas las fuerzas involucradas en el transcurso de casi setenta años de guerra continua, desde la violencia de los años cuarenta.

P: Usted ha estudiado el conflicto en países como El Salvador y Nicaragua, ¿cómo se trató el tema de las víctimas en esos casos?

R: El Salvador y Guatemala no son buenos ejemplos de cómo tratar a las víctimas, ya que en la mesa de diálogo no se escucharon sus voces. Que en este proceso de paz que se adelanta en La Habana las víctimas estén en la mesa de diálogo es algo sin precedentes. En Sudáfrica, a través de un proceso de justicia transicional post-conflicto, escucharon las voces de las víctimas y los victimarios en un intento de conseguir justicia, pero con resultados muy pobres. En El Salvador y Guatemala también se escucharon a las víctimas luego de firmar un acuerdo final pero intencionalmente lograron separar el proceso de buscar la verdad y el proceso de justicia, cerrando los caminos al último con una ley de amnistía. Hoy en día, con la evolución de las estructuras de DH (Derechos Humanos) y DIH (Derecho Internacional Humanitario) a nivel internacional, y con los compromisos que ha adquirido Colombia a respetar estas normas, ésta no es posible. Sin embargo, en el país hay un potencial para repensar todos estos procesos históricos del pasado y buscar un balance entre la búsqueda de la paz y la justicia por los abusos de DH y DIH. Las víctimas ya viajaron a Cuba, la guerrilla ya ha hablado con ellas y está reconociendo su papel en las violaciones. También viajó a La Habana una comisión de militares de alto rango. De ahí en adelante el paso a seguir no va a ser fácil pero de una u otra manera Colombia puede ser pionera en la búsqueda de una paz con justicia.

P: En sus intervenciones el Alto Comisionado de Paz, Sergio Jaramillo, ha hecho énfasis en una paz con enfoque territorial. ¿Qué papel van a jugar las regiones en el posconflicto?

R: La paz se construye desde las regiones. Si bien existe un conflicto nacional, en cada región el conflicto se ha manifestado de forma distinta, involucrando la diversidad étnica, cultural, diferentes actores y su realidad ambiental. Existe un desfase entre la agenda de La Habana y las agendas regionales. Lo que dice Sergio Jaramillo es correcto. Uno de los grandes retos es aterrizar la agenda de la mesa de La Habana dentro del marco de los conflictos regionales. Son los actores regionales los que tienen que tomar el liderazgo para construir la paz. Ni las Farc ni el Estado pueden construir la paz sin la participación activa de amplios sectores de la sociedad civil.

P: ¿Qué opina de la figura de Ministro consejero del posconflicto, derechos humanos y seguridad?

R: Estoy de acuerdo con la figura pero hay que evitar que se parcelen las tareas del posconflicto. Es decir evitar que las diferentes unidades como la de Restitución de Tierras y Reparación de Víctimas, junto a la Agencia Colombiana para la Reintegración, atiendan los problemas de forma separada. Es importante que los requerimientos para asegurar la paz de forma duradera sean asumidos de forma integral y de manera conjunta.

Por otro lado no se debe concentrar el esfuerzo en la cuestión de seguridad, que si bien es muy importante en el posconflicto, lo que resulta vital es hacer la transición de una política de seguridad nacional a una política ciudadana. Las tareas para el posconflicto van mucho más allá, es una cuestión de construir la paz, de integrar a sectores que han sido excluidos durante décadas y hasta siglos, y de construir un Estado con la participación política de la sociedad civil.

P: ¿Qué hacer para que el posconflicto colombiano no termine en un escenario como el que tuvo lugar en El Salvador y Guatemala donde la violencia urbana creció sin control?

R: En los años noventa, la idea de una salida negociada a un conflicto armado o una guerra civil era un tema novedoso casi sin precedentes. Ni las autoridades nacionales o internacionales tuvieron una experiencia de cómo transformar un estado de guerra a un escenario de construir la paz. Después de las experiencias tempranas de El Salvador, Sudáfrica y Guatemala aprendieron que en el posconflicto hay un gran reto en convertir una política de Seguridad Nacional o Contra-insurgente a una política de Seguridad Ciudadana. Hoy en día, después de las experiencias en muchos países, todos entienden, tanto académicos del tema como oficiales internacionales, que el posconflicto necesita un aparato policial y judicial para la paz. Pero, cuidado, el problema no es simplemente mantener el orden, sino construir un Estado con la participación de la ciudadanía, con justicia social, con acceso a la tierra, con empleo, con la reintegración a los excombatientes, con la atención a las víctimas, con la reparación a las comunidades. El posconflicto plantea retos que van mucho más allá del tema de la seguridad. Solamente aplicando un enfoque integral es como se puede evitar que en Colombia suceda lo que sucedió en Centroamérica, donde proliferaron las pandillas y arreció el crimen urbano.

P: ¿Entonces cuáles serían los temas más importantes para atender en el posconflicto?

R: Son varios, la reintegración de excombatientes y atención a las víctimas, así como atender las necesidades de las comunidades. La reintegración no se puede dirigir desde una oficina en Bogotá, sino que debe ser basada en la participación activa de las comunidades en cada región.

P: El tema de tierras es uno de los más candentes…

R: El gran motor de este conflicto ha sido la ‘cuestión agraria’. En Colombia el coeficiente de Gini, que mide la desigualdad en la tenencia de la tierra, es 0.88, teniendo en cuenta que 1 es la desigualdad absoluta, no hay que explicar mucho. Desde los años ochenta hasta ahora estas tendencias han ido empeorando en la medida en que se ha producido un gran proceso de expulsión de campesinos y de acumulación de tierras, por ello existen cinco millones de desplazados internos en el país. Entonces si no se pone fin a esta acumulación y a la concentración de la tierra, junto al cierre de la frontera agrícola, el posconflicto será muy complejo. Por ello se debe trabajar con el campesino, brindarle asistencia técnica, fortalecer las reservas campesinas, y crear otras. Veo que existe un desconocimiento sobre temas que al parecer formaron parte de la agenda pactada en la Habana sobre el tema agrario.

P: ¿Cómo cuáles?

R: Por ejemplo hay comunidades indígenas que temen que en el proceso de crear una Zona de Reserva Campesina, les quiten la tierra para dársela a comunidades campesinas. Esto no puede suceder. Tales afirmaciones desconocen las leyes colombianas que ya han dado reconocimiento legal a las ZRCs. Otros insisten en que una Zona de Reserva Campesina negaría la presencia de actores estatales, creando una especia de zona de despeje. Tampoco es así. Existen muchos mitos que circulan sobre lo que sucederá con la tierra, sobre ellos es necesario trabajar para que la discusión sobre la tierra y los territorios en el posconflicto pueda avanzar.

P: Ahora que usted habla de mitos, otro de los que circula es que los guerrilleros que cometieron crímenes de lesa humanidad alcanzarán altos cargos políticos ¿Tiene esto algo de verdad?

R: La base esencial de un proceso de paz es transformar un conflicto armado en una contienda política, donde un grupo armado como las Farc se convierta en un movimiento o partido político y donde hay una gran expansión de la participación política legal de todas las fuerzas sociales y políticas –de la izquierda, centro y derecha –sin recurso a la violencia. Así sucedió en el Salvador. Allí, el FMLN se convirtió en un movimiento político y luego de varios años de su formación llegó al poder. Decir que las Farc no pueden participar en la política es como castrar el proceso de paz. No sólo las Farc tienen que renunciar a la violencia. Lo que sucedió en El Salvador es un buen ejemplo. Los dos principales partidos políticos hoy en el Salvador son El FMLN (El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) que está gobernando el país y que tiene sus orígenes en la guerrilla y ARENA (La Alianza Republicana Nacionalista) que tiene sus orígenes en los escuadrones de la muerte, paramilitares de la época. La derecha también renunció a la violencia y se convirtió en un partido político, lo que supuso un proceso exitoso. Los excombatientes tienen que tener acceso a la política. Sin embargo, dentro del marco de la justicia transicional que están construyendo en el país y dentro de la ley internacional, es probable que unos pocos de quienes fuese posible probar cargos por delitos de lesa humanidad, difícilmente podrán llegar a ejercer la política.

P: ¿Qué significa para el proceso de paz que un grupo de militares viaje a La Habana?

R: Si existe un sector de la sociedad que entiende la guerra son las Fuerzas Armadas y es bueno que estén allá, porque tienen que aportar al proceso de paz, aunque en teoría no son “deliberantes”. En el pasado, las Fuerzas Armadas se opusieron a los procesos de paz, como sucedió abiertamente con el Ministro de Defensa Fernando Landazábal en el gobierno de Belisario Betancur. De una u otra manera, ha habido sectores militares junto con fuerzas obstruccionistas de distintos índoles que han intentado minar todos los procesos subsiguientes. La literatura de la resolución de conflictos evidencia que muchos de los procesos de paz en el mundo están llenos de saboteadores -‘spoilers’- que buscan terminar las negociaciones. Es evidente que el presidente Santos está haciendo un gran esfuerzo por incluir en el proceso a diversos actores en un intento de blindarlo y asegurarlo. En este sentido, es un gran logro que también los militares vayan a la Habana. Ellos entienden el conflicto. Han sufrido sus consecuencias. Merecen estar en la mesa.