De nuevo en Colombia

Las frustraciones con la implementación son inevitables: Bernard Aronson

El enviado especial del gobierno de Estados Unidos para acompañar el proceso de paz con las Farc habla con El Espectador sobre el reto que implica materializar lo pactado en La Habana y afirma que su país mantendrá el apoyo a la implementación.

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Bernard Aronson fue delegado como enviado especial para el proceso de paz con las Farc, en 2015. / Cristian Garavito - El Espectador

El 20 de febrero de 2015, el entonces secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, anunció que su país, bajo la administración de Barack Obama, había designado a Bernard Aronson como enviado especial para acompañar el proceso de paz con la guerrilla de las Farc. Desde entonces, Aronson -quien se ha desempeñado como subsecretario de Estado para Asuntos de América Latina-, empezó a volar más seguido a Cuba, donde se desarrollaban las conversaciones con el hoy grupo desarmado. El rol que ejerció fue fundamental para el presidente Juan Manuel Santos, quien, expresamente, había solicitado al gobierno norteamericano adoptar un papel más directo en el proceso de paz y, por ello, sus visitas a Colombia también se fortalecieron.

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El exfuncionario estadounidense dijo no tener ningún rol concreto en esta etapa de posconflicto, pero afirmó estar listo para prestar sus buenos oficios en caso de que sea requerido. Aronson aterrizó hace pocos días en el país en el FAC 0001 (el avión que transporta al jefe de Estado), que trajo de regreso al presidente Santos luego de su intervención en la 72 Asamblea General de la ONU, en Nueva York. Aseguró no tener agenda oficial en Colombia, pero El Espectador pudo establecer que durante los días que permanecerá en el país podría reunirse con miembros del Comité Político de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, el partido político surgido de la exguerrilla, y se prevé que visite uno de los espacios territoriales de capacitación y reincorporación, antiguas zonas veredales. En diálogo con este diario, el enviado especial para este proceso de paz habló de las complejidades propias de la implementación de lo pactado, de los malentendidos que hubo en la campaña para convocar a los colombianos al plebiscito, de la postura de Estados Unidos en torno a mantener preso a Simón Trinidad en su país, del incidente con el presidente Donald Trump acerca del aumento de cultivos ilícitos y del rol que podría ejercer en el proceso de paz con el Eln.

Se completa el primer año desde que se firmó el Acuerdo de Paz en Cartagena, que resultó fallido con su derrota en el plebiscito. ¿Qué pudo haber ocurrido para que los colombianos decidieran no apoyarlo?

Antes de responderle eso quiero señalar que el presidente Santos no tenía ninguna obligación de llevar a cabo el plebiscito, pero lo hizo por su compromiso con la democracia. Además, el resultado fue muy estrecho. La diferencia entre los del “Sí” y los del “No” fue muy pequeña e, incluso, las inundaciones por las lluvias en algunas regiones del país pudieron haber afectado el resultado que el Gobierno respetó. Convocó a los distintos sectores y negoció cambios importantes en el acuerdo que luego fue llevado al Congreso. Un acuerdo de paz como este toca tantos aspectos de la vida, que es inevitable que surjan voces en desacuerdo. Tienen el derecho a hacerlo como colombianos, pero también creo que hubo malentendidos sobre el contenido del Acuerdo, sobre todo en lo relacionado con los derechos de género, que no eran parte del texto en sí mismo. Sin embargo, algunos pensaron que sí y, por eso votaron en contra.

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En Colombia se aproximan las elecciones y hay un sector muy fuerte liderado por el expresidente Álvaro Uribe con opciones de llegar al nuevo gobierno. ¿Ve esa posibilidad como una amenaza para el Acuerdo de Paz?

El proceso político en Colombia es el de una democracia, todos los puntos de vista se respetan, y los críticos y los que apoyan el Acuerdo de Paz siempre se harán oír. Pero me parece que lo fundamental es que se acabó la guerra, las Farc han entregado las armas, han sido inhabilitadas por la ONU y no creo que ningún colombiano quiera volver atrás. La gente puede tener diferencias sobre el Acuerdo, pero ya es parte de la legislación del país, así que dejaré que otros digan lo que puede hacer un gobierno futuro.

Las Farc se han quejado porque sienten que el Gobierno no estuvo preparado para esta etapa de implementación. ¿Usted lo ve así? A veces da la impresión de que hay más cumplimiento por el lado de esa organización que del Gobierno…

El Acuerdo de Paz fue un acuerdo integral, cubre todos los aspectos de la vida colombiana, y no sólo el desarme, sino también la participación política, un programa muy visionario para el desarrollo rural, para llevar los servicios a distintas partes del país, se acordaron programas de desminado humanitario, poner fin al narcotráfico, un plan para reparar a las víctimas, una Comisión de la Verdad, un sistema de justicia transicional, en fin. Lo que le quiero decir es que para cualquier gobierno esa es una agenda muy activa y ambiciosa. En algunos aspectos el proceso de paz ha sido muy rápido, sobre todo en la dejación de armas. Cuando terminó la guerra en Irlanda del Norte las armas estuvieron en contenedores durante 10 años y aquí, después de un año, ya se han catalogado y destruido todas. Pero, claro, las frustraciones con la implementación son inevitables. No se trata de la voluntad del Gobierno. El presidente Santos está comprometido con el Acuerdo de Paz y la implementación, pero la naturaleza en sí de todos los compromisos indica que no van a avanzar como si fuera un tren rápido.

Pero esa lentitud ha derivado en las disidencias que quieren permanecer en la insurgencia...

Tomando en cuenta el tamaño de las Farc, no creo que haya tantas disidencias. El 10 o 20 % de los guerrilleros en el mundo no se desmovilizan y la disidencia de las Farc es del 5%. Si se definen como un grupo fuera del proceso, entonces se vuelven delincuentes comunes, y sé que el Gobierno los tratará como tal. A ellos hay que combatirlos y enjuiciarlos.

Usted desempeñó un rol importante en la construcción de la justicia transicional. En Colombia algunos críticos piden cárcel para los miembros de la exguerrilla. ¿Hay que “tragarse esos sapos” para lograr la paz?

Hay aspectos que son complicados, pero yo diría que, a menos de que uno haya vencido completamente al ejército opositor, siempre tiene que haber una negociación para ponerle fin a una guerra. En El Salvador, por ejemplo, donde también participé, hubo amnistía total para todos los guerrilleros. Eso no existe en Colombia. De hecho, acá se ha hecho algo novedoso, que es exigir verdad a cambio de unos beneficios en la justicia transicional. De otro modo será la justicia ordinaria la que se encargue de imponer varias décadas de cárcel a los victimarios. Entonces, de muchas maneras, este Acuerdo es más seguro que cualquier otro. Entiendo que una víctima pueda sentirse muy mal con este sistema, pero hay que preguntarse qué es más importante: ¿ponerle fin a la guerra o resolver los crímenes que han ocurrido? Colombia decidió que lo más importante es ponerle fin a la guerra. Las víctimas siempre han sido el centro del proceso y tienen el derecho de enfrentar a sus victimarios, tienen que ser consultadas sobre las sanciones que se le pueden imponer a las Farc y el pueblo de Colombia tiene que decidir si este es un precio que vale la pena pagar para lograr la paz después de más de 50 años de una guerra muy amarga.

¿Qué opina del incidente ocurrido entre Estados Unidos y Colombia alrededor del aumento de cultivos ilícitos? Trump amenazó con “descertificar” a Colombia por esta cifra…

Acá es importante tomar nota de lo que dice el gobierno norteamericano y lo que hace. Estados Unidos no descertificó a Colombia, apoya el proceso de paz, sigue trabajando estrechamente con las entidades del Estado colombiano en la construcción del desarrollo rural y en la lucha contra el narcotráfico. Pero hay una preocupación en el Congreso y en el gobierno norteamericanos sobre la aceleración de la producción de coca, que es la misma que tienen ustedes. Por eso mi país quiere trabajar con Colombia para cambiar esa tendencia y asegurarse de que la meta propuesta se cumpla. Donald Trump es un presidente no muy diplomático que habla bruscamente, pero no sólo con Colombia. Lo ha hecho con Alemania, con Italia, con Corea del Sur. Él critica mucho a nuestros aliados más cercanos. Entonces, hay que enfocarse en lo que hace el gobierno y no solamente en lo que dice Trump, porque no hemos descertificado a Colombia y no creo que eso vaya a ocurrir.

Es decir, ¿la presidencia de Donald Trump no afectará la ayuda norteamericana a la implementación del Acuerdo de Paz?

El Congreso aprobó la asignación de más fondos para Colombia, más de lo que pidió la Casa Blanca y de forma bipartidista, así que creo Colombia y Estados Unidos tienen una alianza muy fuerte que no se va a romper. Lo que pasa es que nosotros también tenemos problemas presupuestales, y por eso se está recortando el presupuesto. Probablemente van a presionar la reducción del presupuesto a Colombia, pero por el momento el Congreso ha aprobado más fondos para Colombia, así que esa es una buena señal.

¿Usted qué cree que debió ocurrir con Simón Trinidad, hoy preso en las cárceles de su país?

Nuestro punto de vista fue, desde el primer día y hasta hoy, que su encarcelación no tenía nada que ver con el proceso de paz. Y ese punto de vista no ha cambiado y nunca hubo ningún esfuerzo para que lo liberaran ni lo trajeran a Colombia. Simón Trinidad está encarcelado por faltas criminales y no lo veíamos como parte de la negociación en los acuerdos de paz. Sé que las Farc querían que lo liberaran y muchas veces me pidieron que interviniera, pero era algo que no íbamos a hacer.

Cuando a usted lo delegaron como enviado especial para el proceso de paz confiaba en que, de firmarse, el exembajador Juan Carlos Pinzón lideraría esa búsqueda de apoyo en el Congreso norteamericano para impulsar el acuerdo. ¿Qué piensa de que hoy Pinzón se haya convertido en uno de los principales opositores al Acuerdo de Paz?

No conozco qué ha dicho, así que no puedo opinar mucho al respecto. Lo que le puedo decir es que fue un embajador muy bueno, fue un buen ministro de Defensa, lo respeto mucho y trabajó mucho para Colombia.

Estos días se ha escuchado de su posible participación en el desarrollo del cese bilateral temporal con el Eln. ¿Se va a sumar a este otro proceso de paz?

Realmente nadie me ha hablado nada al respecto, pero si el Gobierno me lo pidiera, ayudaría con mucho gusto.

Sin embargo, su experiencia en resolución de conflictos le permite dar una primera visión sobre este cese bilateral pactado con esa guerrilla. ¿Qué opina de que se haya logrado antes de firmar algún punto de la agenda de negociación?

Creo que va a ser muy bueno para mejorar el ambiente en las negociaciones. El Eln es distinto a las Farc, tiene un liderazgo menos unido, pero, por mi experiencia, puedo decirle que cuando comienzan a separarse los ejércitos y se aminora la guerra, es muy difícil volver al combate. El Eln tiene una gran responsabilidad, que es unirse al proceso de paz y el Gobierno de Colombia está abierto a esa posibilidad. Pero si siguen con la acción armada, se les va a ver como bandidos y delincuentes comunes, y sin ningún apoyo para que sigan utilizando la violencia contra el Estado. Van a ser marginados y aislados a menos de que sigan adelante con el proceso de paz. Ojalá opten por lo segundo.

En el plano regional, la crisis en Venezuela también preocupa a los vecinos de ese país. ¿Usted es partidario del intervencionismo militar para restablecer el orden democrático allí, como lo ha planteado el presidente Trump?

No creo que sea cierto que el gobierno de Estados Unidos quiera intervenir. Lo que hemos tratado de hacer es trabajar con otras democracias de la región para presionar al gobierno de Maduro para que libere a los prisioneros políticos y que los ciudadanos puedan votar con reglas claras.

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Finalmente, ¿cuál es el momento más difícil que recuerda de su acompañamiento al proceso de paz que estuvo a punto de romperlo?

Cuando una patrulla de las Farc atacó al Ejército en el Cauca y mató a 11 soldados. Esa fue una crisis realmente grave y el Gobierno tomó una respuesta sumamente dura. En ese momento el proceso de paz estaba atado por un hilo muy débil y podría haberse roto, pero por suerte, y gracias a los países garantes y acompañantes, no ocurrió. Sin embargo, sí fue una advertencia para ambas partes sobre la fragilidad de las negociaciones.