Garante del desarme de las Farc

Jean Arnault: un misionero de la paz

Es el jefe de la Misión Especial de Paz de la ONU en Colombia, encargada de verificar el cese bilateral del fuego, la dejación de armas y ahora la implementación de lo acordado. Ha conocido los distintos rostros de la guerra alrededor del mundo.

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Jean Arnault, jefe de la Misión de la ONU en Colombia.

Tiene 66 años, de los cuales 40 los ha vivido lejos de su natal París. Tenía 27 cuando se fue de Francia para recorrer el mundo de los conflictos armados. Estuvo en Afganistán a finales de los 80, en Guatemala entre 1992 y 1996, en Burundí en el primer quinquenio del siglo XXI, después pasó por Giorgia y Pakistán. En 2015 aterrizó, enviado por el entonces secretario de Naciones Unidas, Ban Ki Moon, en el proceso de paz entre el Gobierno y las Farc en La Habana. Acompañó la mesa de diálogos desde la subcomisión para el fin del conflicto y desde enero de 2016 está en Colombia al mando de la Misión de Paz que dispuso el Consejo de Seguridad para acompañar la implementación de los acuerdos.

Es un hombre reservado, que no gusta de exponerse a las cámaras. Su tiempo libre lo dedica a su esposa y sus dos hijos, y cuida cada palabra cuando habla sobre su vida, el proceso de paz o sus experiencias en otras negociaciones. Quienes lo conocen lo describen como un hombre afable, entregado a su trabajo y a su familia. Él se define como alguien con los defectos propios de su educación francesa, pero al mismo tiempo un desarraigado de su país. Estudió filosofía en La Sorbona a principios de los 70, cuando el estructuralismo de Claude Lévi-Strauss, Louis Althusser o Michel Foucault —de quien recibió clases— reinaban en su universidad.

Habla cuatro idiomas con la misma naturalidad con que hace silencio para observar lo que ocurre a su alrededor. Y esa observación es la que le abre las puertas de la gente. Prefiere compartir un sancocho con las comunidades que un coctel con las celebridades. Por esa sensibilidad es uno de los hombres de Naciones Unidas con mayor experiencia en terreno en misiones de paz. Razón por la cual le fue encomendada una de las tareas más importantes de los últimos tiempos para la comunidad internacional: el proceso de paz en Colombia. Desde que llegó ha estado a cargo de más de 700 personas que han servido de observadores de la implementación del Acuerdo de La Habana. Labor frenética en un país que vive de sobresalto en sobresalto.

“En realidad, las misiones de paz tienen una cosa muy especial: están integradas por gente de distintos países, que por lo general no se conocían antes y que seguramente no se volverán a ver nunca. Y uno de los grandes desafíos es lograr que en ese pequeño lapso actúen con coherencia y con un objetivo común. Una cosa es un coronel del ejército argentino y otra una voluntaria de Naciones Unidas de 25 años. Todos estos individuos se juntan un día para conformar una misión y esto tiene grandes desafíos. Pero a pesar de esas diferencias, la gente ha cumplido y lo ha hecho con una gran motivación, trascendiendo sus experiencias anteriores”, señala Arnault buscando entregarles el protagonismo a los 750 funcionarios que participaron de la llprimera misión y los 576 que hoy continúan en territorio colombiano.l

No duda en afirmar que lo más difícil que han vivido este tiempo es la constante incertidumbre que ha caracterizado el proceso de paz. Primero, durante las negociaciones en La Habana. Luego, tras la derrota del plebiscito, posteriormente con los retrasos del calendario de dejación de armas y hoy por las dificultades políticas que enfrenta la implementación. Cuando se le pregunta qué ha sido lo más gratificante, sostiene que cada paso dado hacia la reconciliación ha sido emocionante, que no hay un único hito de dicha, que la satisfacción ha sido tan gradual como el avance de los objetivos trazados. Pero aún así, sabe que el acto de dejación de armas de las Farc fue, en parte, por la seriedad con que la Misión asumió el reto.

“En los años 90, cuando estaba en los proceso de paz de Centroamérica, se decía de Colombia lo siguiente: en el cono sur los conflictos internos se resolvieron militarmente, en América Central por la vía de la negociación, y quedaba el interrogante sobre qué rumbo tomaría Colombia. Así que la imagen que tenía era ese interrogante. Y no puedo esconder que me produjo una gran satisfacción que me invitaran a ayudar, porque eso iba señalando que entre las dos opciones se había escogido la correcta. Además, los primeros meses en La Habana fueron muy gratificantes, por una razón que no tenía que ver con quienes estaban en la mesa sino por la dinámica de la subcomisión del cese al fuego, que confirmó algo que habíamos aprendido en otros países y que es muy importante en la doctrina de los procesos de paz: la importancia de que militares y guerrilleros tengan la oportunidad de negociar cara a cara”.