Adiós al estratega de la paz

Sergio Jaramillo Caro fue el hombre que estuvo en la negociación con las Farc desde los diálogos exploratorios hasta que dejaron las armas. Se va de embajador a Bélgica y se lleva los secretos de casi cinco años de diálogos, así como el agradecimiento de cientos de ciudadanos.
 

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Sergio Jaramillo fue el segundo al mando en la delegación de paz del Gobierno. / Óscar Pérez – El Espectador

Esta será la última semana de Sergio Jaramillo como alto comisionado para la Paz. Aunque la renuncia oficial se dio el pasado martes, ha tenido que continuar cerrando el ciclo que empezó hace seis años y once meses, cuando el presidente Juan Manuel Santos lo nombró y le dio las llaves de la paz. Desde entonces los días de Jaramillo Caro han sido un torbellino. Dormir máximo seis horas, trabajar de seis de la mañana a doce de la noche  y pasar cientos de horas en un avión. De La Habana a Bogotá, de Bogotá al Catatumbo, a Apartadó o cualquiera de los rincones donde la guerra se enquistó. Se va porque siente que cumplió su misión: desarmar a las Farc, pero también porque necesita recuperar su vida. Además, cree que es buen momento para hacer un corte, terminó la guerra y empieza la construcción de la paz. Una tarea que será compleja y que, según piensa, necesita sangre nueva.

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Desde enero le había advertido al presidente que lo acompañaría hasta que terminara el proceso de dejación de armas. Y no era una idea, era una decisión. “Estoy como un chupo. Tengo tendinitis en el brazo izquierdo hace un mes de firmar 11.000 cartas; hace dos meses sufro de un esguince en el pie derecho, y no he podido hacer fisioterapia. No volví a trotar. No tengo tiempo para mí. Siete años en esto, cinco de ellos en La Habana, hay un momento en que uno tiene que parar y dedicar tiempo a su familia, a mi esposa, a mí. Este es el momento de parar”, explicó. Tiene 51 años, llegó al Estado en los tiempos del expresidente Andrés Pastrana, primero como asesor de la Cancillería, luego como consejero político de la Embajada de Colombia en Francia.

Desde entonces su trabajo giró en torno al conflicto armado. De escribir la política de seguridad democrática de Álvaro Uribe, pasó a asesorar al Ministerio de Defensa. Primero como asesor. En 2004, el hombre que parecía signado para ser un estratega de la guerra, da sus primeros pasos en la búsqueda de una solución política al conflicto armado y se va a dirigir la Fundación Ideas para la Paz, donde estuvo tres años. En ese momento empieza su relación con el entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, quien lo nombró viceministro para los Derechos Humanos y Asuntos Internacionales. Pero, sobre todo, desde ese momento se convirtió en uno de sus más cercanos consejeros. Santos y Jaramillo comparten ciertos rasgos de carácter. No son exactamente personalidades arrolladoras, sino más bien introspectivas y enigmáticas. Pero sobre todo, tienen una enorme capacidad para actuar estratégicamente.

Juntos le hicieron frente a los mal llamados falsos positivos dentro del Ejército. Y desde ese momento sellaron una amistad que los llevaría hasta el fin del conflicto con las Farc. Al gobierno Uribe renunció porque no estaba de acuerdo con una segunda reelección, pero cuando Santos fue elegido presidente le pidió a Jaramillo que lo acompañara como asesor para la Seguridad Nacional. En ese contexto apareció la oportunidad de explorar una mesa de negociación con la guerrilla. Era el momento de la fase secreta. Enrique Santos -hermano del presidente- fue el encargado de encabezar la delegación, y Jaramillo era el estratega. Era febrero de 2012, los diálogos exploratorios se prolongaron hasta el 26 de agosto, cuando Gobierno y Farc alcanzaron un acuerdo sobre la hoja de ruta que seguiría el proceso de paz. 

“Nunca tuve la menor duda de que esto iba a terminar en una negociación. Toda mi vida profesional estuve en eso. Escribí la política de seguridad democrática de Álvaro Uribe Vélez. Y si usted mira, hay un capítulo de la negociación. Luego estuve tres años como director de la Fundación Ideas para la Paz. Después pasé a Defensa. En 2008 le dije a una amiga, la guerra terminó. La pregunta es cómo vamos a terminarla. No tenía la menor duda de que íbamos a terminar en una negociación. Lo que nunca pensé es que esto iba a durar tanto. Hay una paradoja en el tiempo de negociación. Unos diálogos de cuatro años para una democracia tan exaltada, que vive de coyuntura en coyuntura, fue mucho, e indujo a un desgaste en la opinión pública. Paradójicamente, el hecho de que tardara tanto tiempo, hizo que la negociación fuera irreversible. Que la gente apoyara el enorme sacrificio que significaba la negociación”, reflexiona.

De lo ocurrido durante los más de cuatro años en La Habana no suelta mucho. La discreción es una de sus características y jamás hace públicos los detalles de los momentos difíciles con sus compañeros de negociación o de las discusiones con las Farc. Otra de sus características es pensar muy bien antes de hablar. Tras una pregunta sobre cualquier tema sensible, se toma unos segundos para buscar las palabras precisas. Incluso, suele hacer una contrapregunta para precisar aún más sobre lo que se le indaga. Sus gestos evidencian lo que piensa. Cuando algo le desagrada, lo molesta o lo sorprende, su rostro deja ver lo que sus palabras ocultan. No habla ni actúa pensando en agradar a su interlocutor, por eso se concentra en lo que está diciendo, y pone una cierta distancia con el que tiene al frente. Esta forma de ser le ha costado que se diga de él que es prepotente y obstinado, que es extremadamente sincero, una virtud que en el ámbito político es concebida como un defecto. Y esto significó muchos problemas con los negociadores de las Farc e incluso con varios de sus compañeros de delegación y de Gobierno.

“Hay dos maneras de ver lo que vivimos en La Habana. Imagínese un grupo de personas tan disímiles metidos en una casa, en una especie de reality, mes tras mes durante más de cuatro años. La gente piensa que tuvimos que haber estado agarrados de las mechas, pero para mí no fue así. La convivencia fue cordial, no recuerdo un solo incidente en nuestra vida diaria. Las dificultades grandes eran las discusiones sobre la negociación. En los debates entre nosotros. El presidente Santos, al haber escogido ese equipo, con personas de tanto recorrido, pero tan distintas, tuvo un gran acierto. Porque esas discusiones tan intensas fueron fructíferas. El general Mora ha dicho que a veces las discusiones entre nosotros eran más duras que con las mismas Farc. Eso permitió una mejor comprensión de los temas, necesariamente nos obligaba a acercar posiciones hasta llegar a acuerdos robustos, que recogieran puntos de vista distintos”, explica.

Para este filósofo de la Universidad de Toronto (Canadá) y filólogo de la Universidad de Oxford (Reino Unido), el momento más feliz de la negociación de paz fue el día que sellaron el Acuerdo General para la Terminación del Conflicto en los diálogos exploratorios con las Farc. Del momento más amargo que vivió en los casi cinco años de negociación no dice una sola palabra. “Me lo reservo”, y advierte: “Tengo una deformación de carácter, y es que siempre que logro algo ya estoy pensando en los problemas que se vienen. Pero para mí el momento más feliz fue el 26 de agosto de 2012, cuando cerramos el acuerdo general de la fase secreta. Ese días pusimos los rieles de una negociación que fue muy dura. En ese momento pensé: bueno, este primer piso quedó bien armado. Y con cada acuerdo hubo momentos de satisfacción”.

Sobre los momentos más duros de la mesa de diálogos, cuenta que el momento más delicado de toda la negociación ocurrió en la fase secreta cuando les pidieron a las Farc incluir el tema del desarme en la agenda. “Se negaron y nos levantamos de la mesa. Eso fue muy duro. La reunión de mayor intensidad fue una en enero de 2015. Esa vez Humberto de la Calle y yo nos reunimos durante tres días a puerta cerrada con el Secretariado a hablar de justicia de manera descarnada. Hablamos de los límites, lo que pensábamos posible y lo que no. Fue una reunión muy dura. Pero siempre mantuvimos el trato respetuoso, y hasta cordial. Le diría mentiras si negara que muchas veces tuve ganas de tirar la toalla por las dificultades propias del proceso. A pesar de mi naturaleza, siempre fui un convencido absoluto de que esto iba a funcionar. Siempre fui un optimista del proceso. Pero hay momentos tan desgastantes que uno piensa que no da más. Pero las lógicas de la mesa me devolvían a mi puesto. Tomaba aire y me daba cuenta de que con tanta tensión esas reacciones eran normales y que el reto era dominarlas”.

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Este pragmatismo lo lleva a su vida diaria. No es un hombre religioso, aunque prefiera evitar el tema. Pero durante todos los años de negociación tuvo en su muñeca una aseguranza de los indígenas de la Sierra Nevada, lo que permite pensar que es un ser esotérico. Y esa búsqueda la lleva a reflexiones profundas sobre su humanidad, y lo que le dejó el proceso de paz. “Lo que nos ocurrió a todos los que participamos de la negociación fue que perdimos nuestras vidas. Nos metimos en un torbellino que no se detenía. Esas eran las reglas del juego. Para mí, y para todos, el sacrificio de la separación de las familias por tanto tiempo fue el más alto costo que pagamos”, puntualiza. Ese precio fue la separación por muchas noches de su esposa, Ana María Romero, y ella en parte es la razón para ponerle punto final a su labor como comisionado de Paz. Llevan más de una década juntos y no tienen hijos por razones que sólo ellos conocen. “No ha sido una decisión consciente. Es lo único que le puedo decir”.

Habla seis idiomas y es capaz de leer ocho, sin embargo, la comunicación no es su fuerte, y cree que en parte ese fue uno de los errores que se cometieron en el proceso de paz. Pero no le gusta quedarse en el pasado, o mejor, prefiere utilizarlo como una reflexión que sirva al presente. “Una cosa buena y una mala de lo que vivimos en este proceso: la buena fue que realmente hice un ejercicio permanente de humildad, de no creer que uno se las sabe todas, y que tiene que entender por qué el otro dice lo que dice, y evaluar si tiene razón. Creo que hoy oigo mejor de lo que lo hacía hace siete años. Y la mala: que la intensidad de este esfuerzo lo lleva a ser demasiado impaciente y duro con las personas con las que uno trabaja. A veces creo que fui demasiado exigente. Hay que entender que la causa puede ser la más importante, pero la gente no aguanta todo”.

Y una reflexión final sobre su paso por los ámbitos del poder: “La parte más difícil de trabajar en cargos públicos es ver la condición humana. La vanidad es lo más complejo de la condición humana. Pero al final, lo importante es encararla y darse cuenta de que lo que se necesita es trabajar sobre ella, no sólo porque está metido en un asunto de la mayor sensiblidad para un Estado y no puede cometer errores, sino porque lo obliga a mirarse y a oír al otro, a sus compañeros y a los que estaban del otro lado de la mesa”.