Segunda parte

¿Qué dijeron los integrantes de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas?

Cada integrante de esta comisión creada por la mesa de negociaciones de La Habana tenía como mandato entregar su visión acerca del origen del conflicto. Entregaron sus informes el 15 de febrero de 2015.

En esta segunda parte reproducimos el resumen de los ensayos que presentaron los miembros de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas: Francisco Gutiérrez, Alfredo Molano, Daniel Pécaut, Vicente Torrijos, Renán Vega y María Emma Wills.

 

¿Una historia simple?

Por Francisco Gutiérrez

Este estudio se concentra en los factores que puedan explicar no solamente el inicio de la guerra civil en Colombia, sino sus especificidades principales: el que se haya desarrollado sin discontinuidades en la política competitiva, y su extraordinaria persistencia. Incluso con la periodización restringida que se presenta en este texto, el conflicto colombiano es el más largo del mundo. 

Comienza por los orígenes, destacando cinco factores (herencias de La Violencia, desigualdad agraria creada a través de la asignación política de los derechos de propiedad, exclusiones institucionales del campesinado por debajo del nivel del régimen político, dinámicas centrífugas y bloqueadoras dentro del sistema político, y la reapertura del acceso a la provisión privada de la seguridad). Después, se concentra en la persistencia; allí se escogen otros cinco factores claves, que desarrollan los que permitieron los orígenes (o se superponen a ellos), y analizo sus interacciones mutuas. Dichos factores son: narcotráfico, patrones de violencia de la guerrilla contra los civiles, masiva provisión privada de la seguridad, articulación de ésta a orientaciones estratégicas de agencias nacionales, y articulación densa entre actores legales e ilegales dentro del sistema político. Las consecuencias para el país son devastadoras, cosa que se ilustra en la sección sobre victimización. Pero a la vez se encuentran importantes puertas de salida.

Fragmentos de la historia del conflicto armado (1920-2010)

Por Alfredo Molano

El presente ensayo intenta poner de relieve la matriz de análisis de mi aporte a la narración de la historia del conflicto armado en Colombia. Las acentuadas tendencias hacia la exclusión política y económica  de la mayoría de la población colombiana han sido cuna de formidables actos de resistencia civil y de persistentes alzamientos armados desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el presente. 

1) La política. La exclusión económica ha sido causa de protestas y movimientos populares estigmatizados como criminales y reprimidos no pocas veces a sangre y fuego.  Poderosas corrientes políticas, arraigadas en el aparato estatal, siguiendo prácticas patrimoniales y clientelistas, han bloqueado los intentos de democratización impulsados por fuerzas populares. El liberalismo perdió la Guerra de los Mil Días y fue marginado de la vida política hasta el triunfo de Olaya Herrera en 1930; en los años 20 y 30 las luchas de los campesinos e indígenas en regiones cafeteras de Santander, Cundinamarca, Tolima y Cauca fueron reprimidas brutalmente; liberales y socialistas fueron aterrorizados en los años 40 y 50  a sangre y fuego para impedir su triunfo electoral; el Partido Comunista fue ilegalizado en los años 50 y perseguido durante el Frente Nacional; los partidos tradicionales cerraron el acceso al poder a movimientos alternativos como el MRL, la Anapo y el Frente Unido. En los años 70 y 80 se puso fin al intento de la reforma agraria, un paro nacional fue ahogado en sangre, la Unión Patriótica fue exterminada. En las siguientes décadas los intentos de paz con las fuerzas insurgentes fueron saboteados sistemáticamente por “enemigos agazapados” que terminaron apuntalando al paramilitarismo y beneficiándose del narcotráfico. A fines de la década el orden político hizo crisis y le abrió paso a la Constitución de 1991, que avanzó en el reconocimiento de los derechos humanos, pero también afianzó la internalización de la economía y la dependencia de las poderosas multinacionales.

2) La economía. El cultivo campesino del café fue una conquista popular contra la hacienda cafetera, pero los beneficios de esta economía han sido controlados en gran parte por los grupos que manejan su comercialización. La gran ganadería, que ocupa la mitad de la superficie agrícola, se ha expandido a costa de las tierras que los colonos con su trabajo han civilizado ante la mirada impasible del Estado. Los cultivos ilícitos son el efecto de estas condiciones y han facilitado el tráfico de estupefacientes, fenómenos declarados como actividades criminales por parte de EE. UU. y de Colombia. Los programas de sustitución de cultivos han fracasado uno tras otro. Los intereses de terratenientes, gamonales y narcotraficantes han impedido la democratización económica y política de las regiones periféricas donde el Estado es fuerte militarmente y débil socialmente. Los sectores anti reformistas económicos han encontrado apoyo en las Fuerzas Armadas tuteladas y ahormadas por los intereses estratégicos de EE. UU. Para completar el cuadro, los gobiernos han facilitado –cuando no cooperado abiertamente con ella– la organización paralela de grupos armados privados que han atropellado los derechos humanos y han polarizado la opinión pública. Quizás el último intento de usar el viejo molde del statu quo fue el régimen de la Seguridad Democrática. Si los acuerdos con las guerrillas salen hoy adelante y el Estado es capaz de albergar y defender las fuerzas liberadas en tal pacto, el país habrá iniciado un capítulo inédito de su historia.

Una conflicto armado al servicio del statu quo social y político

Por Daniel Pécaut

El texto está basado sobre la distinción entre la definición de los contextos y las lógicas de los actores que manejan recursos de violencia. Además en varios momentos las actuaciones de los actores violentos llegan a formar parte del contexto. El otro punto de partida es el énfasis sobre las discontinuidades tanto como las continuidades. La noción de violencia remite a dinámicas muy variadas.

Sobre los orígenes. El informe escoge como punto de partida los años 1930 siendo el momento en que se produce lo  que va a marcar la diferencia con la evolución de países vecinos: en lugar de la consolidación del Estado central se produce el fortalecimiento de las redes partidistas y de un modelo liberal de desarrollo. Las dos características van a influir sobre: a) la precariedad del Estado; b) la debilidad de las regulaciones sociales y el impacto de las redes de poder privatizadas; c) la centralidad de lo rural y, después, de las periferias,  del punto de vista tanto económico (papel del café) como político (papel del clientelismo en lugar de la ciudadanía); d) la institucionalización de las desigualdades.

Estos componentes contextuales implican ciertas continuidades. Sin embargo enfatizo las discontinuidades entre los conflictos agrarios de los años 20, la Violencia y el conflicto armado de las últimas décadas. Incluso me parece que los problemas agrarios se modifican a lo largo del tiempo. En los últimos tiempos están, sustituidos por conflictos territoriales.

Otro punto que enfatizo de manera deliberada es el hecho de que el partido comunista, a pesar de su influencia en sectores del campesinado  y obreros, no fue capaz de capitalizar los movimientos de masas que se produjeron después de 1945  (el gaitanismo, la ANAPO, la ANUC).  Dada la proximidad entre las FARC y el PCC no es de sorprenderse que las llamadas posteriores de la guerrilla a la insurrección de las masas no alcanzaron la respuesta esperada.

El informe recuerda que, a pesar de Marquetalia,  las FARC también tuvieron dificultades en aprovechar el momento de radicalización política que siguió la revolución  cubana debido entre otros factores a la participación electoral del PCC durante el Frente Nacional al contrario de las nuevas organizaciones guerrilleras. El informe subraya al respecto que la explicación de la lucha armada por el carácter cerrado del Frente Nacional tiene que estar matizada. Más importante es su conservatismo social y cultural. También se  pone de relieve el relativo fracaso del conjunto de las guerrillas hasta finales de los anos 70 que se ubicaron en el campo debido a las ilusiones según las cuales la experiencia de la Violencia hubiera dado lugar a un proceso global de maduración  política campesina. Otra discontinuidad, pues.

Las razones de la prolongación del conflicto. El informe pone el acento sobre el papel desencadenante del narcotraficante en la nueva fase del conflicto. Alejándose de las tesis de Collier, lo hace partiendo de la crisis institucional que provocó, a la cual las acciones del M-19 no fueron ajenas. El fortalecimiento de las organizaciones guerrillas se debe, no solo a los recursos económicos que consiguieron, sino a las nuevas bases sociales rurales que adquirieron y, por supuesto al nuevo contexto de corrupción y de paramilitarismo. El salto decisivo se dio con el exterminio de la UP lo que determinó en el caso de las FARC, su alejamiento de lo que quedaba del PCC y su escogencia de una vía ante todo militar.

Si bien el paramilitarismo, apoyado por los narcos y por sectores del Estado y de las elites, tuvo al principio un sentido contrainsurgente termino persiguiendo objetivos políticos e económicos, lo que termino por una mayor concentración de las riquezas.

Los efectos sobre la población civil. La tesis del informe es que a medida que se extendieron las zonas en disputa, amplios sectores de la población se encontraron sometidas al miedo y al terror cuya responsabilidad incumbe a todos los actores armados. Son múltiples las formas de victimización pero el total de víctimas se equipara al de las peores guerras civiles, como lo prueba entre otras cosas el número de personas desplazadas. La militarización del conflicto tuvo también como resultado la imposibilidad de movimientos sociales autónomos. Otra anotación es que la evolución del conflicto tuvo que ver, no tanto por los reveses militares de las guerrillas, sino por el deterioro de su imagen político después de las negociaciones del Caguán. No se explica de otra manera el amplio apoyo a Álvaro Uribe.

De ahí la conclusión sobre el balance del conflicto: lo mismo que la Violencia, la guerra reciente ha tenido como resultado preservar el statu quo social y político agudizando las desigualdades y la ausencia de ciudadanía. La negociación puede abrir por fin la posibilidad de reformas postergadas desde hace  un siglo de atraso.

Cartografía del conflicto: pautas interpretativas sobre la evolución del conflicto irregular colombiano

Por Vicente Torrijos

Como podrá apreciarse, la evolución estratégica del conflicto se basa en los intereses de unas organizaciones subversivas que, en procura de fortalecer sus posiciones y la lucrativa explotación ilegal de recursos escasos, se fundaron, con claros criterios de racionalidad organizacional, aprovechando las expresiones de gamonalismo, patrimonialismo y voracidad de algunas élites nacionales y regionales, así como los microvacíos estatales de poder en un país que por su estructura geocultural supone por lo menos cinco realidades regionales diversas. Esto se traduce en que tales microvacíos estatales se hacen aún más visibles en la medida en que, por ensayo y error, algunos círculos dirigentes y de opinión han fomentado, cíclicamente, la idea de que es posible una “solución negociada” con las guerrillas, unas guerrillas que suficientemente poderosas tanto en el uso de la fuerza como en el manejo de sus ingresos, lúcidas en la narrativa y en la renovación del discurso ideológico, y dotadas de una inteligencia estratégica remarcable, han sabido convertir las diferentes experiencias de negociación en acumulación de conocimiento y multiplicación de exigencias orientadas a cogobernar al país sin renunciar a la violencia (directa o indirecta) como metodología política.

En definitiva, esta es la problemática de la creciente tensión entre una democracia perfectible [que, incluso, vivió episodios propios de una democracia delegativa o iliberal en la década de los 50 y a finales de los 70] y un autoritarismo subversivo que desafía los valores profundos sobre los que se ha ido consolidando el Estado colombiano.

Una tensión alimentada constantemente tanto por externalidades como por apetitos internos de poder [políticos y económicos] que han sumido a la sociedad, desde 1964, en un conflicto violento entre las fuerzas del Estado y las agrupaciones subversivas cuya principal característica es que han privilegiado la rapacidad y el terrorismo como método de lucha revolucionaria e interacción política.

En definitiva, es la dinámica de los esfuerzos tanto políticos como militares emprendidos contra la subversión por parte de una sociedad diversa y plural interesada en refinar el clima de gobernabilidad democrática que la identifica, esto es, un clima en que los conflictos puedan dirimirse mediante fórmulas no violentas, con base en las libertades públicas e individuales, y promoviendo el desarrollo social.

Injerencia de los Estados Unidos, contrainsurgencia y terrorismo de Estado

Por Renán Vega

Se analiza el papel de los Estados Unidos en el conflicto armado de Colombia durante los últimos cincuenta años, enmarcado en una perspectiva histórica amplia que rastrea las características de las relaciones entre los dos países desde la época de la independencia hasta el día de hoy. Los vínculos de Estados Unidos con el Estado colombiano son anteriores a la Guerra Fría y no desaparecen cuando esta finaliza sino que se mantienen hasta el presente.

Del tema central, la dimensión internacional del conflicto armado, se deriva el examen de  la contrainsurgencia y el Terrorismo de Estado. Se considera el origen y construcción de un “bloque de poder contrainsurgente”, a partir, primero, de la represión y persecución a los movimientos sociales y políticos que en diversos momentos de la primera mitad del siglo XX pusieron en cuestión el orden establecido (como las luchas populares de la década de 1920 y el gaitanismo en la década de 1940) y, segundo, de la sofisticación doctrinaria de la contrainsurgencia por influencia directa de los Estados Unidos a comienzos de la década de 1960.

Por contrainsurgencia nativa se entiende la utilización de mecanismos represivos de diversa índole (ideológicos, mediáticos, jurídicos, militares…) para perseguir a los adversarios sociales y políticos, por parte de sectores de las clases dominantes, el bipartidismo, las Fuerzas Armadas y el Estado. Ese proceso se remite a la década de 1920. Se destaca como momento clave de esa contrainsurgencia nativa la formación de pájaros y chulavitas, la politización de la policía y el Ejército para perseguir gaitanistas, comunistas y nueveabrileños, durante las décadas de 1940 y 1950.

La contrainsurgencia nativa se entronca con la contrainsurgencia moderna que se implementa tras la Revolución Cubana. Cuando la contrainsurgencia se convierte en una doctrina oficial de las Fuerzas Armadas y del Estado colombiano se erige en uno de los soportes del Terrorismo de Estado, cuyo antecedente más distante es la Masacre de las Bananeras, de 1928.

Se exponen los múltiples impactos de la intervención de los Estados Unidos en el conflicto colombiano y los efectos de la contrainsurgencia y del terrorismo de Estado, como el paramilitarismo, los asesinatos de Estado (“falsos positivos”), la creación de redes oficiales de espionaje y persecución (como el Departamento Administrativo de Seguridad, DAS), las acciones de militares y mercenarios estadounidenses, las fumigaciones aéreas, los bombardeos, las violaciones y tráfico sexual que realizan funcionarios civiles y militares de los Estados Unidos.

Los tres nudos de la guerra colombiana

María Emma Wills

Este ensayo caracteriza al conflicto armado contemporáneo como una “nueva -vieja guerra” que, no obstante la mezcla perversa de motivaciones privadas y reclamos políticos, sigue siendo de carácter nacional y de naturaleza política. El desencadenamiento de esta nueva vieja guerra es el resultado, no de las decisiones de unos u otros actores por separado, sino de unas interacciones no siempre premeditadas que van configurando un escenario complejo donde el conflicto político queda dispuesto de tal manera que puede fácilmente derivar en guerra.  Estas interacciones entre actores van configurando tres nudos que desencadenan y alimentan la guerra.

El primero nudo alude a la manera cómo el sistema político no ha logrado tramitar y representar los reclamos por un buen vivir de los campesinos y las campesinas colombianos. Desde esta perspectiva, el conflicto de tierras en Colombia se revela más como un problema de representación y reconocimiento políticos que como una situación exclusivamente económica. Esta representación se ha visto truncada por la confluencia de la persecución de la que han sido objeto sus líderes; las miradas radicales agenciadas por corrientes políticas de ambas orillas que descalifican y torpedean las propuestas moderadas; y por las pugnas y sectarismos entre izquierdas que contribuyen a romper los intentos de formación de un movimiento campesino nacional articulado.

El segundo nudo es producto de unas instituciones que aún luchan por alcanzar imparcialidad frente a los distintos actores en conflicto y que todavía deben hacer esfuerzos por inculcar en sus funcionarios la capacidad de adherir a procedimientos y reglas establecidas constitucionalmente para actuar en consonancia con ellas. Estas instituciones, y en particular la Fuerza Pública (FP), por la falta de autonomía relativa frente a los actores del conflicto, ha terminado siendo parte de las espirales de violencia política. Solo recientemente ha alcanzado mayores grados de independencia aunque todavía afronta tareas pendientes para su consolidación democrática.

El último nudo alude a las fracturas entre la esfera y la agenda política del nivel nacional, y las de los niveles regionales y locales. Estas dislocaciones propician respuestas contradictorias, sobre todo en las instituciones estatales que por su efecto, se debilitan.

A partir de la década de los ochenta, estos nudos se articulan y se refuerzan mutuamente, haciendo de la guerra un campo irrigado de repertorios violentos de una enorme ferocidad. La reiteración de esta ferocidad, ejercida contra la población desarmada, termina haciendo de esta guerra una “con pasado pero sin futuro”. 

*Oficina del Alto Comisionado para la Paz