Yo estuve en el tránsito del monte al Congreso

El segundo al mando de la delegación de paz de las Farc, Pablo Catatumbo, narra cómo fue su paso de la guerra a la política. El excomandante guerrillero es hoy uno de los nueve congresistas del partido político que surgió tras el Acuerdo de Paz.

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Pablo Catatumbo Victoria es senador desde el 20 de julio. / Archivo El Espectador

Me veo y pienso: “A pesar de las vicisitudes, acertamos con la paz para Colombia. Los diálogos en La Habana fueron un gran espacio político con el que, de manera consensuada, menguamos un dolor generado por la guerra”. Estar en el Congreso de la República como senador ha significado asumir un gran compromiso político en la defensa de los intereses de la gente del común, de los campesinos, los trabajadores, las mujeres, la juventud, los indígenas y las negritudes, que ha sido la razón de ser de nuestro ideario y de nuestras luchas por las transformaciones democráticas de nuestro país.

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Desde el día que llegamos al Congreso hemos asumido con muchísima responsabilidad una nueva contienda. Después de tantos años de guerra, sabíamos que lo que empezó el 20 de julio no sería fácil, pero también estábamos seguros de que, con fraternidad, armonía y unidad, construiríamos un nuevo partido. Llegamos a la política para decirle al pueblo colombiano que contara con nosotros sin esperar nada a cambio. Esto me ha dado tranquilidad.

La vida en el Senado ha significado conocer personas de diversos partidos y distintas convicciones. Lo que ha reafirmado el objetivo de contribuir en la construcción de un país mucho más pluralista e incluyente, en el que se busque la equidad y crezca nuestra democracia.

Esta nueva contienda requiere de un compromiso de formación permanente, de construir y fortalecer relaciones, de elaborar análisis de coyuntura, lo cual ha marcado mi vida en el Senado: escuchar con libertad a la gente en los diferentes territorios del país, tejer y sostener relaciones, organizar un espacio de trabajo, acceder a más libros, más conocimientos, y mantener siempre viva la esperanza en la gente.

Pasar de la vida guerrillera a una vida en la ciudad en el ejercicio parlamentario ha significado un cambio drástico en mis rutinas. Empezar a hacer vida civil nuevamente me permitió estar más cerca de los problemas de la gente, vivir las dificultades del sistema de salud, de vivienda, de transporte público, de la canasta familiar. Me ha mostrado los problemas y dificultades que vive diariamente la gente común y corriente. La vida en la ciudad significó empezar a vivir de nuevo, toda vez que ingresé a las Farc a los 18 años. La adaptación no ha sido fácil y nos ha conducido a replantear muchas de nuestras rutinas y maneras de enfrentar los problemas.

De mi vida en el monte extraño su sosiego. Estar allá tuvo ventajas y desventajas. Entre otras cosas, porque la vida en la guerrilla requería de una jornada de planificación continua y estricta, mientras que en la ciudad el tiempo se difumina entre reuniones permanentes, horarios cambiantes porque se cancelan actividades. En la ciudad los tiempos se viven de manera frenética. Ah, y claro, los trancones me han enseñado el estrés urbano que no conocía.

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Puede sonar curioso, pero en el monte pude ejercitar el placer de la lectura. Allí escogí mis libros por gusto: política, literatura, historia, biografías. Ahora me toca enfrentar una lectura coyuntural, que cambia según las necesidades del día a día, y desde las impenetrables leyes y proyectos legislativos hasta pesados análisis de entornos políticos puntuales. A cambio, he vuelto a sentir la normalidad de una vida en sus rituales; fui perseguido por años y ahora, con los días, he ido olvidando la angustia del acosado. En la guerra, durante décadas no usé celulares. Acceder a la tecnología significaba la muerte. Ahora tengo un teléfono que nunca para de sonar.

Pero a donde quiera que vaya me seguirán mis recuerdos de la vida guerrillera: las marchas, la hermandad y la solidaridad que genera esta forma de lucha. Extraño el orden y la disciplina militar, a mis compañeros y compañeras de tanta vida andada. Me hacen falta las cofradías y tranquilidad de las montañas. Los paisajes de las selvas y los ríos. Lugares donde, a pesar de los combates, de las extensas jornadas con escasez de comida, o de correr de un lado a otro, aprendí el valor de la vida misma. El placer de las cosas sencillas, de un trago de agua, de un abrazo en la angustia y el dolor. Cómo no declarar en este escrito la mucha falta que me hacen las cancharinas. Extraño ver el compromiso con que la guerrillerada desarrollaba sus actividades y habilidades, desde construir campamentos hasta los oficios de comunicación, artes, danzas, medicina. La llegada a esta nueva vida implicó un encuentro con una sociedad que desconocía.

En La Habana, muchas veces imaginé cómo sería enfrentar la luz del día, caminar por una calle cualquiera. Y sentía también miedo de cómo me vería la gente. Ahora tengo que decir que los colombianos, en general, han sido generosos. En algunos sitios han sido cariñosos. Cuando llegué de La Habana a los territorios, la gente nos recibió con banderas blancas, con flores, con cabalgatas, pancartas de esperanza en la paz, poemas.

Mucha gente de las regiones olvidadas en este país está agradecida con nosotros. Fue mucho lo que hicimos por las comunidades, desde la construcción de carreteras hasta la defensa de la vida de sus pobladores, porque en las zonas donde luchamos promovimos principios de convivencia y respeto por los demás y el medio ambiente. Como el respeto al credo religioso, el trabajo colectivo, la proscripción de la pesca y la cacería comercial, y la conservación de las especies animales amenazadas.

En las regiones que dejamos, para nadie es un secreto que fuimos defensores del cuidado de los bosques y de los páramos, de la conservación de la fauna. Nos opusimos a la minería a cielo abierto y a los grandes megaproyectos. Y hoy la gente de esos rincones dice que cuando estaban las Farc, “al menos había con quién hablar”. Salimos nosotros, no llegó el Estado y la gente quedó a merced de decenas de grupos armados. A las puertas de nuestro partido político llegan a contarnos lo que está pasando y a pedirnos que no los dejemos solos. Saben que nuestro compromiso fue dejar las armas para luchar desde acá por buscarles soluciones a sus problemas.

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Enfrenté a los paramilitares en la cordillera Central para evitar su avance, y eso ahorró muchos muertos. La gente de la región lo sabe y me hace sentir orgulloso cuando voy. No me excusa eso de asumir los muchos errores que cometimos en esta larga guerra. Y no me cansaré de generar actos de reconciliación y perdón en los casos en los que hayamos causado dolor o hayamos cometido injusticias o errores que fueran contrarios a nuestros principios. Eso es un acto de contrición. Sé que este es un pueblo generoso que quiere la reconciliación, que la necesita, y que ésta irá llegando de la mano de la verdad y la justicia.