Yo estuve cuidando las armas que dejaron las Farc

El día que pude ver el material destruido sentí una emoción muy fuerte. Dan ganas de llorar al saber que ahí quedan más de ocho mil armas que ocasionaron tanto daño, pensar en todas las vidas que se salvaron.

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El coronel Rojas sellando uno de los ocho contenedores donde están los restos de las armas.

Hace dos años estaba entregando la comandancia del Departamento de Policía del Tolima cuando mi general Pico me propuso trabajar en la conformación de la nueva Unidad de la Policía para la Edificación de la Paz (Unipep). Adelantándonos a la firma del Acuerdo de Paz con las Farc, se creó la unidad que enfocaría todos los esfuerzos a la construcción de paz. Tiene tres grandes componentes: memoria histórica, para rescatar las historias de nuestras víctimas; operaciones, a la cual pertenezco, en la que convergen las especialidades de la Policía Nacional; e implementación de los acuerdos.

Tuve la responsabilidad de conformar y dirigir el grupo de 1.400 policías, entre ellos 155 mujeres, que brindó protección a los integrantes del Mecanismo de Monitoreo y Verificación. Los aspirantes debían tener experiencia en protección, tener interés y disposición por alcanzar la paz, y no tener huellas de la guerra en sus familias o en ellos mismos. No fue difícil encontrarlos, porque los policías estamos formados para alcanzar la paz. Como dijo el alto comisionado de paz: “No hay mayor voluntad de paz que una Policía que acepta a su enemigo para protegerlo”.

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Iniciamos una capacitación en técnicas de seguridad cercana y de instalaciones, y en misiones de paz. Montamos las unidades para cubrir las 8 regionales y 26 zonas veredales. El reto inicial fue acompañar a las Farc en el traslado desde sus zonas de operaciones a los Puntos de Preagrupamiento Temporal, en coordinación con el Ejército, y luego coordinar los desplazamientos a las zonas veredales y puntos transitorios. Nosotros prestamos la seguridad cercana, a pie, en los botes. Significó un despliegue de más de 40.000 policías.

Instaladas las Farc en las zonas veredales empezó el trabajo con el MM&V. Debíamos garantizar su seguridad próxima y la seguridad cercana de las zonas veredales. Cuando el mecanismo ingresaba a la zona, ingresaban mis hombres a brindar protección. Fui a las zonas a acompañar a Jean Arnault, al general Pérez Aquino, a Iván Márquez, a Timoleón Jiménez y Pablo Catatumbo.

Allí me sucedió algo que nunca había contado: tuve que acompañar a integrantes de la ONU y a Iván Márquez a la zona veredal de Putumayo. Cuando ingresamos le hicieron una calle de honor a Márquez, con banderas de las Farc, eran como 300 guerrilleros con fusiles a la espalda… Y yo ahí, con tres hombres que apenas tenían una pistola. Lo acompañamos hasta el campamento en medio de las arengas. ¡Las vueltas que da la vida! En ese momento había mucha incredulidad sobre el proceso, pero para mí fue una bendición, porque estábamos logrando lo impensable, la paz, y yo era instrumento para ayudar a construirla.

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Tuve a mi cargo la seguridad próxima de los integrantes de las Farc y de la ONU que hicieron la extracción de las caletas. La coordinación fue compleja, se hicieron cronogramas, cada operativo tenía una bitácora para hacerlo más transparente. Iniciamos con una caleta muy grande en Nariño, se sacaron como 450 fusiles, muchas municiones y explosivos que se destruyeron allí mismo. Ese operativo nos tomó casi 15 días por lo complicado del terreno.

La extracción de cada caleta significaba un riesgo permanente. Poníamos la seguridad cercana; la perimetral, el Ejército. Eran 10 hombres de protección y 20 carabineros con fusil para escoltar a ocho integrantes de las Farc y cinco de la ONU.

El incidente más grave fue el 6 de agosto en Caldono, Cauca. Ese día ingresaron al lugar y llegaron hasta la caleta más lejana, se extrajo, y cuando se regresaban para extraer otra, los hostigaron. Gracias a la presencia de los carabineros se logró repeler el ataque y evacuar a nuestro policía herido. Otro inconveniente fue el peso del material. La ONU era la responsable de sacarlo, pero en algunas ocasiones tuvimos que ayudar. Evitamos tocarlo, había mucho celo por cumplir el acuerdo.

Una vez extraído todo el material, tuve a mi cargo la seguridad del traslado de los 34 contenedores con las armas, desde las 26 zonas veredales, hacia Funza. Monté la seguridad en esa bodega, con 30 hombres, 24 horas al día. Esa operación simultánea de traslado de las armas duró 15 días y se destinaron 3.000 policías para dar la seguridad. El Ejército aseguraba las zonas por donde pasaban las caravanas.

La caravana estaba integrada así: abría una moto de la Policía de Tránsito, luego un vehículo civil, blindado, en el que iban policías de la Unipep; luego una camioneta de la ONU con emblemas; después el o los camiones con los contenedores; después otra camioneta de la ONU; y luego otra de la Policía y cerraba una moto de la Policía de Tránsito. Y más lejos venía un grupo fuerte de contraguerrilla armados con fusiles, para reaccionar ante cualquier eventualidad.

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No tuvimos problemas graves. La gente ni se enteró de lo que pasaba, se hizo con mucho sigilo y prudencia, la información nunca se filtró. Sufrimos un poco cuando se nos varó un camión y tuvimos que cambiar el vehículo y pasar el contenedor a otra cama-baja. ¡Fueron cinco horas esperando el transbordo, con un camión lleno de armas en muy buen estado y completas!

Otro problema fue la extracción de armas de sitios donde no había posibilidad de transporte terrestre, como en Vidrí, en Vigía del Fuerte. Sacábamos las armas en helicóptero, por tandas, y se concentraban en una bodega. En Villavicencio se hizo lo mismo, porque en Charras, Colina o el Yarí no se pudieron sacar por tierra, por seguridad. Luego se trasladaron a Bogotá. La caravana más larga fue la que salió de Valledupar, se demoró dos días.

La ONU concentró todos los contenedores en una bodega, y una empresa alemana hizo la inhabilitación, en un proceso minucioso, con un registro muy preciso. Después, Farc y ONU decidieron que la Unipep era la que más confianza generaba para dejar en custodia esa chatarra. Tengo a mi cargo la seguridad de lo que queda de esas armas en ocho contenedores, cerca de 69 toneladas. Ahora esperamos que el Ministerio de Cultura diga cómo se distribuirá para hacer los tres monumentos.

Participar en este proceso fue un orgullo muy grande. El día que ingresé a la bodega y pude ver el material destruido, sentí una emoción muy fuerte. Dan ganas de llorar saber que ahí quedan más de ocho mil armas que ocasionaron tanto daño, pensar en todas las vidas que se salvaron, en el dolor y sufrimiento que se evitaron. Veo eso con satisfacción por el deber cumplido, porque garanticé que esas armas estén en esa bodega y ahora están bajo mi responsabilidad.

* Coronel de la Policía