Ecuador espera la entrega de los cuerpos de los tres periodistas

Una zozobra de 840 horas por el equipo periodístico ecuatoriano

A diario se realiza una vigilia en el centro de Quito para orar por las almas de Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra, secuestrados y posteriormente asesinados por una disidencia de las Farc. En la redacción del diario “El Comercio” hay tristeza, pero señalan que “hay que seguir adelante”.

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El ambiente en la redacción del diario “El Comercio” es de tristeza. Periodisdtas y ciudadanos claman por una pornta respuesta del Gobierno./ Hans Vargas Pardo

Seis ramos de flores hacen guardia en un altar cuyo centro son 83 fotografías que recuerdan solo unos pocos instantes de los muchos vividos por Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra; el periodista, el reportero gráfico y el conductor del diario El Comercio, de Quito (Ecuador), secuestrados y posteriormente asesinados enColombia por un grupo de disidentes de la guerrilla de las Farc, liderado por alias Guacho, quien es buscado por las autoridades binacionales para que responda por el triple crimen y por el secuestro de otros dos ciudadanos  del vecino país, a mediados de abril. Por lo pronto, ya rodaron las cabezas de los ministros del Interior y de Defensa de Ecuador, ante la falta de resultados para localizar a Guacho.
Han pasado 35 días y ni los empleados de este periódico ni el país entero se reponen del golpe anímico por la pérdida de tres de los suyos.

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Caminar por la sala de redacción es chocarse de frente con sentimientos encontrados, emociones dolorosas y corazones lastimados. Sin embargo, en medio de un silencio envolvente que domina el ambiente, una “llama” permanece encendida y adherida en cada computador, recordando que no hay que dar un paso atrás. #NadieSeCansa, esa es la consigna que, unida a #nosfaltan3, se ha impregnado en los corazones de esta casa periodística, de los medios de comunicación, de la ciudadanía, de un país entero que rechaza la violencia.

Y es que, en verdad, nadie se ha cansado. La jornada comienza muy temprano. Además de cumplir con el trabajo cotidiano noticioso, los trabajadores de El Comercio están comprometidos a no dejar olvidar a la Nación y al mundo entero lo que significa el asesinato de sus tres compañeros.  

Los cuerpos de los periodistas aún no han sido entregados. “Entre todos nos ayudamos y coordinamos todo para asistir a diario a las vigilias en el centro de la ciudad”, relata Carolina Henríquez, reportera de la sección Negocios, mientras una pequeña lágrima se desliza por su pómulo izquierdo. 

A las 7:30 p.m., luego de una eucaristía especial en la Catedral Metropolitana de Quito, la denominada Plaza Grande se transforma con la presencia de familiares, amigos y personas del común, quienes a una sola voz, solicitan respuestas, reclaman la entrega de los cuerpos y rechazan la violencia. Los cantos calientan la fría noche, los 56 velones de varios colores que custodian en el piso las fotos de quienes murieron, mantienen viva la llama de la esperanza.

En una esquina del improvisado círculo de personas está Patricio Segarra, hijo de Efraín Segarra, el conductor del vehículo en el que se transportaba el equipo periodístico en el momento del secuestro. “Mi padre era un hombre muy alegre. Era el papá, el tío, el abuelo, el amigo de todos. Irradiaba a cada paso una energía muy especial, siempre sacrificaba su tiempo personal por cumplir con su trabajo, el de llevar a los periodistas a su destino”, destaca.

A su vez, Ricardo Rivas, hermano de Paúl, el reportero gráfico asesinado, dice que esta lucha no termina. “Todas las noches hemos estado pidiendo, en un principio por el regreso de nuestros familiares, y luego, para que se nos entreguen los cuerpos. Vamos a estar de ahora en adelante cada jueves en la noche en este lugar para exigir al Gobierno más acciones concretas sobre este caso”. 

De Javier Ortega, lo que más recuerda su hermano Alejandro es la tenacidad de su ejercicio periodístico. “Siempre desde su cuarto, a altas horas de la noche, se escuchaba el sonido de las teclas de su computador. Era su compromiso con el periodismo, con la investigación, que era lo que más le gustaba”. Sillas vacías, corazones fortalecidos. “¿Cómo recordar a Javier? Yo creo que la mejor manera de tenerlo en la memoria es reconociendo méritos por su compromiso, su tenacidad y su entrega al trabajo. Empezó como pasante de la sección deportiva en el periódico Últimas Noticias, de esta misma casa editorial, y hace seis años empezó a escalar en la sección. Desde el 2013, Javier viajó en once oportunidades a la frontera norte. Siempre estaba pendiente de lo que ocurría en esta zona”.

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Las palabras de Geovanny Tipaluisa, editor de Seguridad y Justicia, engloban lo que periodísticamente representaba Javier Ortega: datos, precisión en las informaciones y mucha entrega. “No metía labia en sus textos, todo era lleno de datos. Es más, en el caso de la denuncia de Odebrecht recopiló como 400 cuerpos de este juicio”, agrega.

Para Armando Prado, editor de fotografía, la mejor capacidad que tenía el reportero gráfico Paul Rivas era el saber cómo llegar a las personas. “Creo que más que la fotografía, pues era excepcional y había recibido varios premios, su entrega a la gente era lo que brillaba en este hombre. Esto no lo digo como su jefe, sino como una persona del común que recibía todo su afecto, su alegría y disponibilidad. Eso nos hace mucha falta”.

En la redacción de El Comercio, luego de dar muchas vueltas al asunto y preguntarse sobre el porqué de estos trágicos hechos, la resiliencia está más fuerte que nunca. Marco Arauz Ortega y Gonzalo Ruiz Álvarez, directores adjuntos, coinciden en afirmar que el trabajo debe continuar. “La labor informativa no debe parar. Esto que ha ocurrido no puede convertirse en un amedrentamiento a nuestro quehacer periodístico. Seguiremos informando y más ahora en esta coyuntura en la que vivimos”, dice Ruiz Álvarez.

“¿Miedo? Claro que se tiene miedo, eso no lo podemos negar. Pero descubrimos que podemos tener más unión: pasamos más tiempo en la redacción que en nuestras propias casas, entonces hoy el trabajo en equipo se fortalece y eso nadie nos lo va a quitar”, comenta Arauz, al señalar hacia el grupo de periodistas y demás colaboradores en la sala de redacción.

Entre tanto, en el pasillo del primer piso, justo en la entrada del periódico, descansa un gran mural en madera denominado El ave fénix, del maestro Jaime Andrade Moscoso, quien en 1957 quiso recordar como el diario El Comercio salió de las cenizas luego de que en los años cuarenta la sede fue incendiada durante una protesta. “Junto a esta obra vamos a poner un recordatorio en homenaje a estas tres personas que lo dieron todo por su labor”, concluye Arauz Ortega, mientras se dirige a la redacción. “Hay que seguir adelante”. 

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