Una historia de amor a pesar de la guerra

Un plato de arroz con pollo y una canción de Carlos Vives, la vida de muchos militares que dejaron sus hogares para pelear una confrontación absurda. ¿Valió la pena? Esa es la historia que narra en su último libro el escritor bumangués Samuel Celis. 

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Samuel Celis es odontólogo, un militar frustrado y el escritor del libro Un plato de arroz con pollo y una canción de Carlos Vives. /Cristian Amaya - El Espectador.

Se encontró ingresando a una cárcel en Chile, un país que no era el suyo y al que llegó huyendo, exiliado desde el año 2000. De pie, vestido con saco y corbata porque así había ido a la audiencia, Samuel Celis se vio en el centro de un grupo de presos que le preguntaban quién era, qué había hecho. Narcotraficante, soy un narcotraficante colombiano, dijo para sobrevivir, porque una acusación de abuso sexual sería duramente castigada en la prisión y él estaba ahí porque había sido acusado de abusar de sus hijas. Pasó 48 días de cárcel, seis meses de preparación y un juicio oral. Después quedaría absuelto de todos los cargos.

Mientras cuenta esa historia, sentado en la sala de su apartamento en Bogotá, al lado de su esposa Karen, su perrita Paquita empieza a alterarse. Se para, se le sube en las piernas, no para de moverse. Y ese proceso lo repite cada vez que Samuel empieza a contar los momentos más difíciles de su pasado. A Paquita, que además es nerviosa, no le gustan esos recuerdos.

En encierro trató de escribirles cartas a sus hijas, contándoles que no era cierto, que las amaba, que el pleito por la custodia de ellas había desencadenado lo peor de su expareja, pero que él jamás les había hecho daño. “Colombia”, como le decían los presos chilenos, convirtió esas cartas en el libro Mi nombre es Colombia, que solo pudo retomar y terminar de escribir después de tocar fondo.

Fueron seis meses de irse a pique. Primero con el alcohol, luego con el bazuco. En el intermedio estuvieron los intentos de suicidio. Fueron dos, porque el último lo califica como exitoso, aunque no murió. Al salir de la cárcel debía preparar el juicio oral. Se enfrentó a pruebas que califica de amañadas y no veía la posibilidad de demostrar su inocencia. Quería morir y encontró una forma de hacerlo, dice, huyendo, pero sin irse. Hasta que tomó fuerzas y decidió que era el momento. Se tomó todos sus medicamentos y media botella de licor. Después despertó.

“Me vi al espejo y vi un monstruo, pensé que no servía ni para matarme. Y ahí decidí salir del fondo”, dice. Al juicio fue totalmente sobrio, y así enfrentó, por fin, una buena noticia.

Con ese acontecimiento trágico comenzó la vida entre las letras de este escritor bumangués. Y en la búsqueda de la reconstrucción de su vida se encontró con Karen, su actual esposa, quien antes había sido una amiga de infancia. Estando con ella escribió su segundo libro: Lo mejor y lo peor del ser humano. Y luego escribió su más reciente novela, Un plato de arroz con pollo y una canción de Carlos Vives.

El principio: un militar frustrado

El escritor se ríe cuando recuerda que quiso ser militar, y comienza su historia cuando tenía 14 años y estaba a punto de iniciar el grado décimo, era 1986. Había tres amigos en su curso que compartían su sueño y con los que hizo planes: se iban a presentar a las Fuerzas Militares apenas terminaran el colegio. Pero sus tres amigos perdieron el año y él pasó a undécimo grado. Sin embargo, para darles tiempo e ir adquiriendo experiencia, se mudó de Bucaramanga a Bogotá para prestar el servicio militar en el Batallón Guardia Presidencial. “Y volví con la potencia militar. Nos presentamos, tres a la Marina y uno al Ejército, y todos pasaron menos yo”, recuerda entre risas.

Sus tres amigos se vistieron de militares y él se hizo odontólogo, pero nunca perdieron contacto. Uno de ellos fue el que lo llamó y le dijo que estaba en peligro, que se fuera del país con su familia. “El 5 de mayo del 2000, el día de mi cumpleaños y el 6 de junio me fui para Chile. A él lo asesinaron el 10 de julio. Eso me dolió mucho porque estaba fuera del país, huyendo por una situación ajena a mí, dejando todo atrás”, dice Celis.

De sus amigos de entonces quedan dos, uno está pensionado y el otro sigue activo, aunque fue herido en un combate. ¿Vale la pena morir, entregar el tiempo, salir herido? ¿Qué motiva a un muchacho a irse a combatir en una guerra absurda? ¿Acaso importa la muerte de un soldado que quería defender las instituciones mientras otros estaban robando las mismas? Esas preguntas se las empezó a hacer y se agudizaban cada vez que veía una noticia sobre corrupción.

Y así nació la historia de Martín, un joven que decide irse a la guerra, un hombre que se equivoca, que siente miedo, que extraña, que atraviesa el amor. Un ser humano, vestido de militar, que no es el héroe que sale en los comerciales.

“Los desenmascaro”, dice, refiriéndose a los militares, porque "les quito de los labios lo que no son capaces de expresar", cree.

De esa historia de juventud, de esos amigos fue sacando relatos, los más humanos: un primer combate, donde el teniente se moría de terror, de pavor, y de no ser por sus infantes, ahí lo matan. Buscando esas historias de humanidad recuerda haberle preguntado a su amigo, activo en las Fuerzas Militares, qué sintió cuando lo hirieron.

Él contaba: yo estaba tirado en el piso, desangrándome y no llegaba la ayuda...

Samuel lo interrogaba: "pero ¿usted qué sentía?" Y su amigo, de nuevo en la narración del héroe, decía: no, yo seguí en el piso esperando el helicóptero...

“Pero ¡¿usted qué sentía?! ¿pensaba en su esposa? ¿En sus hijos? ¿Le daba miedo no verlos crecer? ¿No estaba aterrado de morir ahí?” Nada. Los sentimientos permanecían dentro de la coraza. Como si el rol del militar no permitiera la humanidad más ínfima. Por eso, algunos de estos amigos, al leer el libro recordaron sus comienzos, el primer amor, la mujer que dejaron para irse, la madre, el padre, los amigos.

Y así, sacando lo más humano de cada uno se fue materializando el proyecto. El libro estaba escrito y se llamaba Siempre en mi memoria. “¡Hermano, eso no suena a nada!”, le dijo a Samuel su hermano menor, que es publicista. Lo leyó y llegó a la conclusión de que la obra debía llamarse Un plato de arroz con pollo y una grabadora de casete, porque la escena más importante es eso: un hombre y una mujer sentados en una mesa, en una cena romántica con música y un plato de arroz con pollo.

Luego, mirándolo con Karen, su esposa y agente, pensaron en que debían destacar que la canción que sonaba en aquella cena era una de Carlos Vives. Fue así como el cantante se sumó al proyecto, aprobando que su marca se usara. Así como la Armada Nacional, con quien se hizo el libro. 

Se sumó también Marcela Zapata, Marche, la artista que hizo el cuadro que es la portada del libro. Y Jota Mario Valencia, quien escribió el prólogo. Las utilidades por la venta del libro irán a una fundación de militares heridos en la guerra. Un plato de arroz con pollo y una canción de Carlos Vives, es la historia de Martín, Francisca y Amelia. Un libro que Samuel Celis sentía como deuda con un amigo secuestrado, otro asesinado, uno herido en combate, y una memoria militar que no se ha contado desde ese lugar.