Santos y Timochenko, los hombres que lideraron la guerra ahora sellan la paz

A los 17 años Juan Manuel Santos se graduaba del colegio San Carlos en Bogotá, donde se forman las élites para gobernar; a esa misma edad, Rodrigo Londoño ingresaba a las Farc en el Sumapaz. Así empezaron sus vidas los dos hombres que firmaron la paz de Colombia.

santos_0.jpg

Juan Manuel Santos y "Timochenko" se estrecharon la mano por primera vez en La Habana Cuba.
Archivo El Espectador

Su primer encuentro cara a cara fue el 23 de septiembre de 2015. Había tensión en el ambiente. El presidente Juan Manuel Santos había consultado con sus asesores y con su hijo Martín si le daba la mano al jefe de las Farc, Timoleón Jiménez, frente a la prensa colombiana e internacional apostada en el Palacio de las Convenciones de La Habana, Cuba. Le dijeron que no lo hiciera, pero el persistente anfitrión, el presidente Raúl Castro, agarró las manos de los dos y selló con las suyas el estrechón de los dos enemigos que firmaban el acuerdo de Víctimas, uno de los puntos más difíciles en la negociación en el que habían tardado cerca de año y medio.

Hasta ese momento, Santos y Timochenko solo habían hablado un par de veces veces por teléfono. El jefe guerrillero desde La Habana y el presidente desde Colombia. Las conversaciones habían sido muy concretas sobre los temas puntuales a resolver. No había tiempo para formalidades. Por eso había tanta expectativa por ese primer encuentro personal. Antes del acto ante la prensa, el jefe del equipo negociador de Gobierno, Humberto de la Calle, los presentó formalmente. Y los dejó a solas. 

Lee también: Los caminos cruzados de “Márquez” y De la Calle

De lo que hablaron los dos hombres que pasarán a la historia por firmar el acuerdo de paz que puso fin al conflicto de 52 años, solo trascendió el afán que llevaba Santos por comprometer a Timochenko con la firma del acuerdo final en los siguientes 6 meses. Tras 40 minutos de conversación privada, la declaración se dio, pero se demoraron 6 meses más para terminar de finiquitar el documento final que firman este lunes en Cartagena. 

Antes de ese histórico 23 de septiembre, Santos y Timochenko sólo se habían visto el uno al otro en los informes de inteligencia de los ejércitos que comandaban, o en televisión cuando hacían sus alocuciones, uno desde el Palacio de Nariño, el otro desde las selvas que dividen a Colombia de Venezuela. Llevaban años analizándose mutuamente. El uno como ministro de Defensa y el otro como jefe de inteligencia de las Farc. 

Lea también: Cuando ‘Iván Márquez’ era profesor en Caquetá

Se sabe, por ejemplo, que apenas llegó a ese ministerio, lo primero que hizo Juan Manuel Santos fue pegar sobre su escritorio un pequeño cartel con las fotos y los nombres de los hombres más buscados de las Farc. Y ahí estaba Timochenko, al lado de los demás miembros del secretariado. Era la forma de dejar claro cuál era su objetivo, de recordárselo cada día a la cúpula militar, a los civiles que se llevó a trabajar con él, incluso a él mismo.

“No quiero más jefes de finanzas ni coordinadores logísticos. Díganme a qué cabecilla estamos a punto de dar de baja”, repetía en los acuerdos de comandantes, reuniones semanales que sostenía con la comandancia para hacerle seguimiento a la situación de orden público. 

Por aquella época, Timochenko estaba ya en el Catatumbo. Había llegado allí a comienzos de los 90, después del pleno del estado mayor central que le dio el encargo de recomponer el bloque Magdalena Medio, fuertemente diezmado por los paramilitares y los desmanes de otro comandante, Braulio Herrera. Salió de allí solo para participar en el otro pleno que se cumplió en la zona de distensión en el año 2000. En aquella ocasión solo se dejó ver en público cuando las Farc lanzaron el Movimiento Bolivariano. Nunca participó de las negociaciones ni de las reuniones que tenía Marulanda con distintos sectores del país y hasta con invitados internacionales.

Lee aquí: Del Movimiento Bolivariano al nuevo partido sin armas

Y regresó al Catatumbo, esta compleja y rica zona del país, en la que que ya había reorganizado las tropas, impuesto disciplina y puesto freno a las deserciones para que sus unidades no siguieran el ejemplo del comandante evadido. Lo hizo al lado de Pastor Alape, Solís Almeida y Hermes Aguilera. Su acción la sintieron las tropas del ejército que sufrieron el incremento de acciones en su contra en la zona, con tomas y hostigamientos a estaciones de policía. También lo sintió la población, a través de la escalada de los secuestros, asesinatos selectivos y la promoción de sucesivos paros armados.

Los guerrilleros a su mando recuperaron zonas perdidas y se afianzaron en el control estratégico de corredores claves para rutas de narcotráfico y contrabando con Venezuela, al punto de generar una dinámica con el Eln y el Epl de repartición de territorios. Pero su principal tarea era recuperar políticamente la zona tras el exterminio de sus bases históricas expresadas en la UP. Timochenko puso su base en la frontera con Venezuela y allí se resguardó los años más duros de la confrontación durante los dos mandatos de Álvaro Uribe. Allí recibió una a una las noticias de los contundentes golpes que le propinaba el Estado a su organización. 

Con la llegada de Santos como ministro de defensa, los organismos de inteligencia del Estado lograron, después de décadas de celos y rencillas, a trabajar coordinados con el objetivo común de golpear militarmente a los grupos guerrilleros. Y los resultados se empezaron a ver. El primer gran golpe fue la muerte de Raúl Reyes en el bombardeo sobre tierras ecuatorianas, que se conoció como operación Fénix, en marzo de 2008. Le seguiría la operación Sodoma en la que murió el Mono Jojoy en septiembre de 2010, sin contar las operaciones exitosas de rescate de secuestrados como la Jaque, en julio de 2008 y la Camaleón en Junio de 2010.

Durante décadas, la figura de Timochenko representó muchas incógnitas para el Estado. Era el miembro del secretariado menos conocido para la opinión pública, al punto que durante los diálogos del Caguán no pasó de un saludo lejano con los periodistas. Hasta ese momento solo se conocían las fotos de él en La Uribe, Meta, al lado de Jacobo Arenas, Alfonso Cano y Manuel Marulanda. 

Por eso sorprendió que fuera él quien diera la noticia del fallecimiento de Manuel Marulanda, en marzo de 2008, de muerte natural y en brazos de su compañera”, según dijo leyendo el comunicado. Pero sería la muerte de Alfonso Cano, a manos de tropas que comandaba Juan Manuel Santos como presidente, el hecho que terminó catapultando a Timochenko como jefe máximo de las Farc. Quedó así, encargado de dirigir a la guerrilla a la negociación y, a la postre, a su conversión en partido político.

El comienzo

A los 17 años, Rodrigo Londoño era un joven inquieto por la revolución cubana, que había crecido escuchando Radio Habana Libre y los discursos de Fidel Castro, María Cano y Jorge Eliécer Gaitán o los que repetía de memoria su padre, don Arturo, en la pequeña tienda que tenía con su esposa, doña Elisa, en La Tebaida, un pueblo del Quindío. El jovencito llevaba casi dos años fuera de la casa, por desacuerdos con su papá, un comunista convencido y muy estricto. Se había ido a vivir con una tía mientras terminaba el bachillerato. 

Mientras estudiaba en el colegio Rufino José Cuervo de Armenia, Rodrigo Londoño se iba a escondidas a las reuniones de la Juventud Comunista. Allí descolló por ser un muchacho juicioso para el estudio de los documentos y por tener discurso combativo. Sin duda recordaba sus primeros años de infancia cuando se subía en un butaco a repetir los discursos que había escuchado la noche anterior en el radio de su padre. Y también se alimentaba de las historias que contaban sus padres y parientes sobre las penurias que pasaban por la época de La Violencia.

Decepcionado por la muerte de Salvador Allende, inspirado en Los Cuadernos de Campaña, de Manuel Marulanda, y alentado por algunos amigos, según le contó a Alfredo Molano Bravo, se fue al Sumapaz a buscar a las FARC. Era 1976.

Y llegó justo donde Jacobo Arenas y Manuel Marulanda. Con ellos estuvo varios años, en Casa Verde aprendió enfermería y por la zona de El Pato participó en sus primeros combates. Pronto regresaría a esta zona para integrarse al secretariado en 1985, a los 26 años (el más joven en llegar a esa instancia). Allí estuvo hasta el bombardeo del mítico campamento para salir hacia los territorios de lo que hoy se conoce como bloque oriental. 

Por esa época, Juan Manuel Santos ya se había graduado del colegio San Carlos, y había decidido ingresar a la Escuela de Cadetes de la Armada en Cartagena antes de irse a estudiar a Estados Unidos y Londres. Ya por esa época repetía ante la mirada incrédula de sus compañeros que quería ser presidente de Colombia. Tenía su objetivo claro y estaba trabajando para lograrlo. Como cuando dejó la subdirección de El Tiempo para meterse de lleno en la actividad política, aun en contra de la opinión y la tradición familiar que les impedía a los Santos usufructuar el poder burocrático.

Se fue primero como representante de la Organización Mundial del Café en Londres y regresó al Ministerio de Comercio Exterior. Todavía era desconocido y se ganó fama de tecnócrata. Sería en el Ministerio de Hacienda donde ganó fama, aunque no fue más popular, por las medidas de ajuste que tuvo que tomar. Fue en esta cartera que Santos demostró sus dotes de negociador y su capacidad para enfrentar a sus más enconados contradictores, como lo hizo en el Congreso. 

Los encuentros 

Cuando se encontraron en La Habana, hace un año, Timoleón Jiménez llevaba nueve meses viviendo en isla con permiso de su contradictor, el presidente Santos. El objetivo del traslado definitivo era tener cerca al máximo jefe de las Farc para agilizar la toma de decisiones en los puntos más complejos: víctimas y fin del conflicto. Y se hizo a pedido del propio Santos, aunque los garantes, Cuba y Noruega, también ayudaron a convencerlo. 

Timochenko no quería quedarse en LaHabana, sentía que debía estar cerca de sus tropas, teniendo en cuenta que casi todo el secretariado estaba en la isla. "Para eso está la delegación", repetía. 

La negociación la lideraba Iván Márquez como jefe de la delegación, y Timochenko había ido a la isla en cuatro oportunidades para consultas puntuales con su equipo. Varios negociadores también habían venido a Colombia a consultar con él cada vez que la negociación se enredaba. Pero una vez la mesa entró en los temas más espinosos se hacía necesaria su presencia física.

De tal manera que cuando se llega al cierre del punto de fin del conflicto, no fue muy difícil concertar un nuevo encuentro entre los dos. Y tal vez por ser el segundo, hubo menos incertidumbre o ansiedad. Pero Santos, le tenía a Timochenko otra sorpresa guardada, como aquella que le soltó en privado hace un año, para presionarlo a poner la fecha de los seis meses para concluir la negociación. Esta vez, lo hizo en público: anunció que la firma del acuerdo sería en Colombia. Hasta el gobierno cubano se alcanzó a molestar por un anuncio inconsulto. 

Lo cierto es que la firma se hace ese lunes en Colombia, y que en esta tercera ocasión ya no habrá recelos para estrecharse las manos, y se dejarán guiar más tranquilos por el protocolo. Con esa firma se cerrará un capítulo violento de la historia de Colombia, que estos dos protagonizaron desde sus orillas, porque tal vez nadie como ellos, simbolizan los extremos de la sociedad colombiana. 

¿Cuándo será el próximo encuentro?