Cuatro elementos claves para el análisis

¿Reducir el Ejército en el posconflicto?

El papel principal de las Fuerzas Militares en el posconflicto es contribuir a un clima favorable y seguro para que florezca un mejor orden político y social. Y eso no se reduce a la derrota o eliminación de las amenazas.

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Ejército
En la actualidad, Colombia cuenta con una fuerza pública cercana a los 500.000 efectivos. / Óscar Pérez - El Espectador

El posconflicto y el Ejército

Sorprendió a algunos que el ministro de Defensa, Guillermo Botero, confirmara ante el Congreso que las Fuerzas Militares cuentan con casi 40.000 soldados menos que hace cinco años.

Sin conflicto, se supone que debería haber más presupuesto para la salud, la educación y, en general, para mejorar la calidad de vida de la gente. Precisamente por eso, uno de los lugares más comunes al hablar sobre construcción de paz es pensar en el fin de los conflictos armados como una oportunidad para redirigir los recursos de la guerra.

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Aprender de El Salvador y de Guatemala

De manera intuitiva, esto tiene sentido. Así sucedió, por ejemplo, en El Salvador en los años 90, donde el acuerdo de paz tuvo principalmente dos consecuencias: (1) los miembros de las Fuerzas Armadas se redujeron a la mitad (pasaron de 63.000 a 31.000 entre 1992 y 1993), y (2) el presupuesto de defensa pasó de 13 % del PIB al 5,4 % en unos pocos años.

El caso de Guatemala es similar. El tamaño de las Fuerzas Armadas se redujo en una tercera parte. Pasó de 47.000 a 31.000 entre 1996 y 1997, y el presupuesto de defensa pasó del 1 % del PIB al 0,68 %.

Infortunadamente, y al revés de lo que se esperaba, la seguridad empeoró en uno y otro caso y la violencia organizada se transformó en maras o pandillas de gran peligrosidad y en organizaciones dedicadas al narcotráfico.

¿Cuál es el problema?

Aunque los indicadores anteriores de violencia no miden el efecto directo de reducir la tropa, sí revelan las malas consecuencias de una reforma inadecuada sobre la seguridad ciudadana después de haberle puesto fin a la guerra interna.

¿Es mejor, entonces, no reducir las Fuerzas Militares? El punto que de veras interesa no es meramente el tamaño: el punto es que la reforma militar no puede ser automática ni ciega al contexto, ni se reduce a cambiar el número de soldados. En vez de solo modificar el pie de fuerza, hay que entender que el papel de los soldados simplemente no puede ser el mismo en un contexto de conflicto que en uno de posconflicto.

A continuación presento cuatro elementos claves que deberían ser tenidos en cuenta al discutir la reforma de las Fuerzas Militares en Colombia:

Las nuevas formas de la violencia

En Colombia se combinan elementos de conflicto con otros de posconflicto. Hay lugares del país donde no hay conflicto y hay lugares donde el conflicto ha continuado después de los acuerdos.

Cualquier reforma debe ser sensible al hecho de que las Fuerzas Militares tienen, por tanto, un doble reto: enfrentar las amenazas vigentes derivadas de la lucha contra el Eln, las disidencias de las Farc y el narcotráfico, y al mismo tiempo evitar que se cierren las ventanas abiertas que hacen posible la paz, es decir, lograr que más allá del “posacuerdo” tengamos de verdad un “posconflicto” en todo el país.

El tamaño de la tropa es apenas un factor entre otros varios, como el uso de tecnología o las capacidades logísticas y operativas para enfrentar este nuevo ambiente de “posacuerdo”.

La estrategia

Cada plan militar tiene unas formas y necesidades diferentes que definen la manera como los soldados deben actuar en el terreno. En décadas pasadas, por ejemplo, las Fuerzas Militares se adaptaron al combate con las guerrillas incorporando soldados voluntarios y profesionales, creando unidades de soldados campesinos, reorganizando internamente sus teatros de operaciones y su estructura de mando, etc.

Hoy, el Plan Victoria concentra su esfuerzo contra las llamadas “guerrillas residuales” o “disidencias”, así como contra grupos de delincuencia organizada con expresiones militares. Una reforma militar que incluya cambios en el número de soldados afectará directamente la estrategia, la operación y la táctica militar, y estas a la vez deberán ajustarse a las nuevas posibilidades.

La moral de los soldados

Las ideas de reforma y reducción del pie de fuerza despiertan incertidumbres entre muchos sectores militares acerca de su propio futuro. Si bien muchos lo entienden como un proceso normal en tiempos de posconflicto, en otros dispara temores profundos. Si a esto se suma la puesta en marcha del sistema de justicia transicional, en el que miles de militares tendrían que responder por acusaciones criminales, es posible entender que algunos incluso digan en voz más o menos baja que “parece que hubiéramos perdido la guerra”.

Cualquier reducción en la tropa que no disipe estos temores dará más munición a quienes la critican. Y un posconflicto donde los militares sienten que pierden más de lo que ganan afectará la moral de los soldados.

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La reintegración

No existe el concepto de reintegración a la vida civil para los soldados que dejan la guerra. En casi todo el mundo, el uso de este término se ha limitado al caso de exmiembros de grupos ilegales que dejan las armas. En vez de “reintegrarse”, los soldados de Colombia acceden a planes de retiro asistido que poco figuran en la prensa.

La salida masiva de soldados al final de un conflicto armado multiplica los desafíos de adaptación a la vida civil. Pero como este reto no se reconoce ni se asiste de manera adecuada, podemos estar incubando un problema invisible.

El papel principal de las Fuerzas Militares en el posconflicto es contribuir a un clima favorable y seguro para que florezca un mejor orden político y social. Y eso no se reduce a la derrota o eliminación de las amenazas. La capacidad de los militares para hacer su contribución debe fortalecerse y no debilitarse luego de un acuerdo de paz. La sociedad colombiana en su conjunto y sus instituciones necesitan sopesar de manera seria y responsable las consecuencias de cualquier tipo de reforma, optimizar sus oportunidades y afrontar de manera proactiva los inevitables efectos negativos.

* Profesor de la Universidad del Rosario y analista de Razón Pública.

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